“Cielo sobre Berlín” versus “Her”. La necesidad de ser mortal | Ignacio Grávalos – Patrizia Di Monte

Entre el “Cielo sobre Berlín” (1987), de Win Wenders y “Her” (2013), de Spike Jonze, han pasado apenas veinticinco años. Una distancia y un tiempo suficiente para abordar, desde estos dos puntos de vista, cuestiones relativas a la identidad y al espacio público que ambas películas abordan.

En “Cielo sobre Berlín”, se nos muestra una ciudad formada por inquietantes vacíos urbanos, heridas de una ciudad bombardeada y que está definida fundamentalmente por las ausencias. “Her” sitúa la acción en Los Angeles. Es especialmente paradójico que se nos muestre un mundo digital, caracterizado por las desmaterialización electrónica de las infraestructuras, precisamente en Los Angeles, paradigma de la ciudad densa y “autópica”. Sin embargo, a través de Samantha (un sistema operativo personalizado de última generación), se produce una deslocalización de la historia, que tiene su espacio en la red, y por tanto, en ningún lugar concreto y en todos a la vez.

IZQ. Berlín. Cielo sobre Berlín | DRCHA. Los Angeles. Her

Ambas películas proponen una reinterpretación de los conceptos de espacio y tiempo. La transformación de una sociedad que no estaba configurada para cambiar, la articulación social en torno a un supuesto progreso y las nuevas tecnologías o la reivindicación de los espacios físicos, han propuesto nuevos modelos sociales en la ciudad contemporánea. Autores tecno-optimistas argumentan que nunca antes se ha utilizado tanto el espacio público (físico) como ahora, ya que las redes sociales potencian la interacción urbana. Por otro lado, autores más críticos (véase Virilio1) anuncian la desacreditación del espacio (el aquí) en favor del tiempo (el ahora). En cualquier caso, es innegable la inmersión de la sociedad en una paranoia tecnológica capaz de transformar profundamente los modos de relación, determinados ahora por el tránsito humano en el ciberespacio.

IZQ. Berlín. Cielo sobre Berlín | DRCHA. Los Angeles. Her

Las dos plantean uno de los temas recurrentes en la sociedad contemporánea: la soledad del ser humano. En el caso de Wenders, los ciudadanos desorientados de la gran ciudad son acompañados por ángeles, que, desde la invisibilidad, modifican levemente el proceder de sus conductas. Tan sólo unos cuantos ciudadanos, dotados de una sensibilidad extrema, son conscientes de esa presencia que determina, en cierto modo, sus actos. Dos de estos ángeles (Damiel y Cassiel) son testigos de múltiples acontecimientos cotidianos que dan sentido a la vida de los personajes. En un momento dado, repasan lo vivido durante una jornada, que han ido apuntando detalladamente en una libreta:

“Una mujer
ha cerrado el paraguas a pesar de que llovía
para poder mojarse.

Un escolar ha descrito a su profesor
como un helecho de la tierra
y le ha dejado asombrado.

Una invidente se ha tocado el reloj,
al notar mi presencia.

Es fantástico vivir como un alma
y ver, día a día, la eternidad de las personas
siendo testigo de lo que sienten.

Pero a veces, la existencia espiritual,
es poco para mí.

Quisiera dejar de sentirme
suspendido en el aire,
sentir mi propio peso.
Poner límite a mi infinidad,
y atarme a la Tierra”.

Es, desde esa atracción de lo cotidiano, desde la que Damiel, un ángel nostálgico, aspira a conquistar la materialidad de la condición humana, a adquirir gravedad, sentir el paso del tiempo e impregnarse de aquellas pequeñas historias que van conformando el acaecer contemporáneo. En este caso, todos estos pequeños acontecimientos suceden en el espacio público. La visión de Wenders nos acompaña por un Berlín insólito, un paisaje urbano desreferenciado, que ya no admite establecer vínculos con el territorio. Aparece una ciudad frágil, despojada de significaciones comunes, pero todavía no afectada por la invasión publicitaria que iba a suplantar su lugar. Inmensos terrenos englobados en el interior de la ciudad, espacios residuales bajo viaductos, un muro descarnado que divide la ciudad…Espacios, que como diría Solá-Morales, constituyen,

“la contraimagen de la propia ciudad, tanto en el sentido de su crítica como de su propia alternativa (…) El habitante de la metrópoli siente los espacios no dominados por la arquitectura como un reflejo de su propia inseguridad…pero también una expectativa de lo otro, de lo alternativo, lo utópico, del porvenir”.2

IZQ. Berlín. Cielo sobre Berlín | DRCHA. Los Angeles. Her

La esencia del espacio público está formada por estos micro-movimientos, inesperados y anónimos que van tejiendo una red de situaciones que dotan a lo urbano de sentido. Es precisamente en esos vacíos donde los personajes navegan buscando su sitio. Pero se trata tan sólo de un fragmento de una ciudad que ya no existe, que no sólo ha perdido su presencia, sino que a la vez, también ha sido despojada de su memoria.

Theodore, el protagonista de “Her”, en una de sus conversaciones con Samantha (su sistema operativo) recupera el carácter emocional del devenir cotidiano:

“A veces veo a la gente y me gusta sentir que no son sólo personas pasando por ahí. Me imagino cuántas veces se han enamorado profundamente o cuántas decepciones amorosas habrán tenido…”. (Theodore)

Y tal como ya sucedía con los ángeles de Wenders, el sistema operativo es, en esta ocasión, el que desea adquirir el peso de la gravedad.

“No sé, mirando a esas personas me imagino que… camino junto contigo y que tengo un cuerpo. Escuchaba lo que decías pero… al mismo tiempo sentía el peso de mi cuerpo”.(Samantha)

En el caso de “Her”, las relaciones sociales se muestran profundamente condicionadas por la tecnología. La historia resulta heredera de aquellas visiones de la ciencia ficción en que la inteligencia artificial buscaba obtener un grado de autonomía plena (2001, Una odisea del espacio; Blade Runner; o, más recientemente, Black Mirror). Sin embargo, el caso de “Her” es especialmente hiriente, debido a que no hace referencia a un futuro lejano, sino que se incardina dentro de un presente inmediato. Su discurso se articula en torno a la virtualidad de las relaciones sociales; el mundo está ya totalmente pantallizado. Estamos en un punto en el que el espacio público ha sido redefinido por la red digital. En palabras de Castells,

“el espacio de los lugares ha dejado lugar al espacio de los flujos”.3

En esa exagerada pérdida del sentido físico del espacio público, el ser humano ha ido perdiendo presencia visual. La pérdida de identidad del ciudadano, el derecho contemporáneo a no ser nadie, ha reducido al límite el valor del encuentro y, por tanto, del conflicto. La aparición del ciberespacio, ha ido acompañada no tanto por una creciente invisibilidad del ser humano, de su pérdida de rostro, sino por una presencia diversa, por la creación de una ficción de sí mismo, por la recreación de identidades parciales o virtuales. Pero en el fondo, esto ya sucedió con la expansión de la ciudad industrial que, en palabras de Sennett, puso en valor

“la idea de que los hombres son como actores y la sociedad como escenario”.4

Los Angeles. Her

En este contexto emerge el universo digital, ocupando un espacio antes destinado a la producción de referencias colectivas (familia, religión, moral,…) que ha derivado en la desintegración de la sociedad tradicional.

Mientras que en Wenders la presencia de los ángeles tiene una causa superior, espiritual, una presencia divina, en Jonze, encontramos ya “un espacio sin Dios”5, cuya causa última está en una conciencia colectiva artificialmente construida por un grupo de programadores. Detrás de estos últimos, subyace el resultado de múltiples experiencias de interacción humana, una base de datos que ha permitido elaborar la ficción de una personalidad. Se trata, en cierto modo, de un catálogo de situaciones registradas que permiten abordar la complejidad de la realidad contemporánea. Lejos de presentar un conjunto cerrado de situaciones, el cruce de las miradas vertidas por los programadores dota de cierta intuición a la máquina, y la deja en la frontera de afrontar una relación humana.

La novedad de “Her” consiste en que la personalidad artificial se va construyendo “como un ser humano” a medida que interacciona con diversos usuarios. Samantha, adquiere complejidad en la medida que es capaz de confrontar sus experiencias, en concreto, con los otros 8.316 usuarios del sistema operativo. En este sentido, Samantha dice:

“Lo que me hace ser yo es la capacidad de crecer con mis experiencias. Básicamente, estoy evolucionando en cada momento. Igual que tú…”.

William J. Mitchell observaba que

“en lugar de establecer nuevas relaciones entre personas y lugares de producción, como en la revolución agrícola, o entre personas y máquinas en la revolución industrial, el mundo digital global reconstruirá relaciones entre personas e información”.

Esa información, en este caso con aspiración de trascender a los datos, es la que produce la reflexión de Jonze sobre las relaciones sociales. En el inicio de “Her”, el anuncio publicitario del sistema operativo ya nos advierte de que

“no sólo es un sistema artificial, es una conciencia”.6

Los Angeles. Her

Existe un elemento más. Wenders, paralelamente a sus planteamientos sobre la temporalidad, hace especial énfasis en el espacio. Los ángeles mantienen una cercanía, unas distancias íntimas con los diferentes protagonistas de la ciudad, pero sin embargo, no se trata de distancias entre dos cuerpos, sino la del espacio existente entre un ser y un no ser. En Jonze, el espacio ha sido abolido, y entre el ser humano y la máquina sin rostro, es la inmediatez (el tiempo) el término que rige su relación. Pero se trata de un tiempo que quiere adquirir espacio, a través de un mundo captado por la cámara digital. En este caso, el mundo es filtrado a través de la imagen, y no es tanto la realidad como su representación la que escenifica la sociedad contemporánea.

Ignacio Grávalos – Patrizia Di Monte. Arquitectos (estonoesunsolar)
Zaragoza-Venezia. Diciembre 2020.

Notas:

1 Virilio, Paul. El cibermundo: la política de lo peor. Cátedra. Madrid, 1997.
2 Solá Morales, Ignasi. “Terrain vague” en Quaderns 212, Barcelona, 1996.
3 Castells, Manuel. La era de la información. Vol. 1. La sociedad red. Alianza. Madrid, 2005.
4 Sennet, Richard. El declive del hombre público. Anagrama. Barcelona, 2011.
5 Delgado, Manuel. El animal público. Anagrama. Barcelona, 1999.

Artículo publicado originalmente en LaCiudadViva en marzo 2014

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