sábado, diciembre 3, 2022
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Los tumbados | Landa Hernández Martínez

En 2015, Liliana Ang me pidió redactar un breve texto para su serie Los Soñadores, un conjunto de 25 pinturas que muestra a personas yacentes: desde “el descanso interrumpido del trabajador agotado” hasta “quienes viven en la opulencia”. Parte de ese texto sirve como hilo de la siguiente reflexión.

Los tumbados Landa Hernández Martínez ¿Descanso
¿Descanso?

Quizá fue a partir de la lectura presente del libro La sociedad del cansancio de Byung-Chul Han (un pensador que ha sido capaz de enunciar muy bien el síntoma actual, a costa de repetirse, eso sí) y sus derivados, que comencé a interesarme los conceptos del cansancio y el agotamiento, particularmente en su dimensión de diseño, espacial y corporal (véase aquíaquí o aquí). Hoy, incluso el sueño, como reconoce Johnathan Crary en 24/7, corre el riesgo de extinguirse.

La captura de la atención que proporcionan hoy las pantallas —o, en realidad, la economía digital que han construido las plataformas — nos exige estar siempre presentes, conectados, entre la angustia por el timing y la ansiedad de perdernos algo. Nuestra identidad se confunde frente al fugaz movimiento del ahora, aplastada por miles de estímulos que nos rodean y reducen.

En un modelo productivo siempre activo, parece que la cosas fluyen, se nos escapan sin demora. Y no hay posibilidad alguna de detenernos, atendernos, cuidarnos, descansar.

Al tiempo que estamos sometidos al yugo de una velocidad algorítmica, que hace la vida más pobre en experiencia, la desnuda, la deja desprotegida y nos somete a un desequilibrio nervioso que nos agita constantemente de un estado a otro, la precariedad ha invadido gran parte de nuestra realidad laboral.

Trabajador de Huawei
Trabajador de Huawei

El trabajo, que antes representaba el modo de poder tener una vida plena, es cada vez más precario, y en ocasiones sin un contrato ni una seguridad suficientes:

“Tener un empleo ya no te garantiza una vida digna. (…) Todas esas garantías y seguridades muchas veces colectivas, en forma de derechos sociales, y derechos colectivos, se ven sustituidos por un traslado al riesgo, digamos, que debe adoptar uno individualmente y, por tanto, todo nuestro tiempo de vida tiene que ser tiempo disponible para lo que pueda surgir. Es decir, para encontrar ingresos necesarios para poder vivir toda vez que, cada vez más, en más esferas de la vida, y más partes de la sociedad, hay una incapacidad estructural para reproducir la vida a través del salario”.1

Hay que trabajar más. Así, el tiempo de trabajo se extiende siempre más allá: gastamos nuestras horas desplazándonos para ir a trabajar, enviando emails, rellenando informes y documentos, haciendo click y sonriendo de forma constante las redes sociales. Siempre hay que ser positivo:

“Gracias a [su] salario, por mínimo que sea, y a lo que queda del Estado social, [logran] tener suficiente como para sustraer[se] a la constante lucha por la supervivencia”.2

Habitamos, cada vez más, una frágil condición de la realidad, donde no sólo donde trabajamos muchas horas y dormimos poco. El agotamiento, el cansancio, se extiende más allá de nuestros cuerpos y pasa a ser la condición del mundo: el futuro se cancela, abocado a una catástrofe climática.

No es de extrañar que hoy se viralice (casi como un meme) que los jóvenes se tumban en Chinanegándose a trabajar de pie en una fábrica como sus padres, ni que miles de personas sin conexión entre ellos renuncien de forma generalizada en EEUU ante los trabajos de mierda.

Si bien tal negación la vida activa podría verse como un aspecto de una debilidad, la verdad es que representa una especie de contraofensiva.

Cuando el agotamiento (corporal o de recursos energéticos, materiales, económicos…) llega al límite de su propia resistencia, solo le queda parar.

«Mi madre que tiene 50 años trabaja desde hace años en unos grandes almacenes. Cada vez se encuentra peor. Se pierde en los pasillos interminables formados por la estanterías, no tiene fuerza para sujetar los objetos y, a menudo, le caen al suelo. El sindicato de la empresa está haciendo todo lo posible para que sea despedida. El médico afirma que mi madre tiene fatiga crónica y fibromialgia» me dice el empleado de una oficina de correos. Tu madre no está enferma. Su cuerpo está harto de tener que soportar esta normalidad miserable y triste. Su cuerpo dice basta. Se rebela. Hace de su enfermedad, un arma».3

Al reconocer al sueño como el último espacio por conquistar, como el campo de batalla del capitalismo digital, Crary expone también que es en el cuerpo cansado de seguir donde aún se puede encontrar la posibilidad de una salida: el cuerpo, hastiado y agotado, se niega ya a seguir.

Cuando nuestro cuerpo llega al límite de su propia resistencia, exhausto y harto de tener que soportar el medio que le rodea, desfallece, su masa se recrudece, se deshace y las fuerzas que unen y conectan sus músculos y huesos fallan hasta el desplome. Abatidos, nos convertimos en un amasijo de carne que se desespera con nuestras últimas energías por encontrar cualquier lugar adecuado donde arrojarnos, dejarnos caer, descansar, recuperarnos del doctrinario ruido del mundo actual.

Una vez nos tropezamos con una zona suficientemente cómoda, nuestro cuerpo se abre, se despliega, se vuelca sobre el espacio hasta ocuparlo por completo. Esta impostura de la fatiga nos equipara; dormir, por tanto, nos iguala.

Todos lo sufren, sea cual sea su condición.

Y al dormir, nos refugiamos en los sueños, imaginando una realidad mejor o confrontando nuestras pesadillas, sumergidos en un torrente de imágenes, cargadas de miedos y deseos entremezclados. Una vez más, los límites de nuestro reducido cuerpo se expanden.

Ante el ruido estridente del exterior, soñar nos permite entrar en un estado de suspensión temporal donde encontrarnos de nuevo con nosotros mismos, confrontándonos a la complejidad de nuestro propio ser.

Es entonces cuando nuestra identidad, que había quedado durante el quehacer diario de la cotidianidad, se reconquista; en nuestro propio refugio, protegidos ante la infinita inquietud del universo.

Si el 68 soñaba con volver a imaginar, ahora quizá queramos soñar.

Literalmente.

Los tumbados Landa Hernández Martínez ‘Soñadores’, Liliana Ang
‘Soñadores’, Liliana Ang

Pedro Hernández · arquitecto
Ciudad de México. Diciembre 2021

Notas:

1 MORUNO, JORGE, 2019, Entrevista en Millennium (TVE2): La sociedad cansada. Disponible en: Rtve (Última consulta: 2 de septiembre de 2019).

2 CAMPAGNA, FEDERICO, 2015, La última noche. Anti-trabajo, ateísmo, aventura, Akal, Madrid.

3 LÓPEZ-PETIT, SANTIAGO, 2015, Anomalías Intempestivas. Disponible en: https://osdijequeestabaenfermo.wordpress.com/2015/06/21/anomalias-intempestivas-santiago-lopez-petit/ (Última consulta: 21 de diciembre de 2021).

Landa Hernández
Landa Hernándezhttp://laperiferiadomestica.tumblr.com/
Soy arquitecto por la Universidad de Alicante, pero mi interés sobre esta disciplina se encuentra alejado de su papel tradicional de diseño de espacios. Más bien, me interesa entender cómo las representaciones de la arquitectura, el paisaje, el diseño o el territorio construyen y materializan determinados discursos ideológicos, imponiendo posturas, subjetividades y formas de acción sobre los cuerpos que la habitan. En mi trabajo edito estos discursos –sus imágenes, sus historias o sus restos materiales– y reelaboro comentarios críticos que ponen en evidencia sus controversias y contradicciones, formalizándolos en diversos formatos como textos, fotografías, vídeos, objetos o instalaciones, muchas veces entrecruzados entre sí. He publicado artículos y ensayos en diversos medios de Estados Unidos, Italia, Croacia, España, Chile y México. Desde enero de 2013 resido en la Ciudad de México donde trabajo como coordinador de contenidos en Arquine.
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