La arquitectura pública en Madrid y en el inicio del siglo XXI (VII) | Antón Capitel

Nuevo Colegio de Arquitectos, patio. Gonzalo Moure, arquitecto

El Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid ha abandonado su sede tradicional de la calle de Barquillo, como es bien sabido, y ha pasado a ocupar el nuevo edificio de la calle de Hortaleza, en el solar de lo que fueron en el pasado las Escuelas Pías de San Antón. Ello después de un concurso, ganado por el arquitecto Gonzalo Moure, que realizó la obra y la finalizó en 2012.

El edificio surgió de un acuerdo con el municipio, a quien pertenece en realidad, teniendo el Colegio de Arquitectos una concesión por 70 años. El conjunto consta del Colegio y de algunas partes construidas por acuerdo y directamente para el municipio, como es una Escuela de Música, una Escuela Infantil y una piscina municipal. No podemos saber ahora –ni lo sabremos nunca, pues pasaremos en su momento a criar malvas- si el Colegio de Arquitectos ha hecho bien o mal en este acuerdo. No son buenos tiempos para los Colegios profesionales, y mucho menos para el nuestro, pero aventurar su futuro al plazo que sea es sencillamente imposible.

En el sentido urbano, creo que la realización del nuevo Colegio de Arquitectos ha sido una buenísima operación, pues ha transformado una siniestra ruina del casco antiguo, y un siniestro lugar, en un edificio y un lugar resplandecientes. Esta zona de la ciudad, la calle de Hortaleza, es uno de los sectores centrales madrileños todavía fuertemente degradados, en cuanto a su aspecto y su conservación, por lo que la transformación que el Colegio ha supuesto ha beneficiado al sector de forma extraordinaria. El Colegio refuerza la calidad de la ciudad y de su casco antiguo al afianzarse en el centro y no huir a la periferia. El cambio en la imagen de la calle trasmite la calidad de la renovación en forma elocuente.

Arquitectónicamente hablando, se trata en realidad de un edificio de nueva planta, pues de las antiguas Escuelas Pías sólo quedaba una fachada, de composición muy simple, y cuyo tratamiento material y de cierre también ha necesitado ser nuevo. La imagen urbana es, pues, más o menos la misma, si exceptuamos el notable cambio que supone pasar del abandono y la suciedad a las superficies nuevas y a la limpieza.

El conjunto realizado por Gonzalo Moure ha tenido, a mi entender, dos características positivas principales. La más básica e importante, la de tratarse de la ordenación de un conjunto en torno a un gran patio; esto es, un asentamiento tradicional que revela su vigencia moderna y que mejora la tradición convencional al realizarse mediante una arquitectura abierta y transparente tanto a la circulación como a los usos.  Ver el Colegio desde fuera es sentir y en gran parte ver el gran patio jardín interior, y estar dentro es también gozar de la relación matizada e inmediata con el espacio urbano. Madrid, una ciudad de patios, casi siempre convencionalmente ocultos, enseña así esa condición sureña y mediterránea que su posición geográfica tiende a no revelar, y en el nuevo Colegio se ha hecho mediante una interpretación que ha unido armónicamente antiguo y moderno, y que honra así a la institución colectiva de los arquitectos, y muy concretamente al proyectista, por haber sido capaces de llevarla a cabo.

La otra buena característica es estilística. Se trata de que, en nuestros eclécticos y figurativamente tontos tiempos, alguien decida lúcidamente seguir siendo moderno –moderno de los maestros-, esto es, seguir la tradición racionalista, muy concretamente miesiana, y sacarle partido estilístico a esa tendencia, cuyos logros formales no están agotados, aunque sean conocidos. El edificio opone así su modernidad literal a los valores formales del casco antiguo, y obtiene gran éxito en ello, pues el racionalismo no es otra cosa –desde hace mucho tiempo- que un nuevo clasicismo.

Un matiz importante de esta posición moderna es el valor que el edificio ha dado a la construcción material y muy concretamente a la estructura.  Como edificio moderno y de tradición miesiana, la estructura resistente toma un valor muy intenso, pasando a ser en el interior el material figurativo más intenso, casi único.

La operación, pues, es excelente, al menos desde un punto de vista abstracto; esto es, arquitectónico y urbano. Deseamos al Colegio, en primer lugar -al haber sido quien se ha arriesgado y financiado la operación- y al Ayuntamiento y a la propia ciudad, un éxito también completo desde el punto de vista concreto del equipamiento y el servicio ciudadano.

Detalle de la Prolongación de la Castellana, de Ezquiaga y Ábalos

La prolongación de la Castellana es la operación urbana más importante proyectada por el municipio. Con unos esquemas urbanos no demasiado convincentes y procedentes del arquitecto Ricardo Bofill, primero, y hace ya años, y con un diseño nuevo realizado por el equipo formado por José María Ezquiaga e Iñaqui Ábalos, hace poco tiempo, el importantísimo eje de la capital pretende prolongarse más allá de su hoy precario final en el aparatoso nudo de tráfico que a la altura del Hospital de “la Paz” conecta la calle con la M-30 y con las carreteras de Colmenar y de Burgos.

La primera virtud de esta importante prolongación, si llegara a hacerse, sería precisamente la de destruir este estúpido final de la avenida, hoy insensatamente confiado a una tonta y fea  solución ingenieril del tránsito rodado en vez de a un diseño de carácter urbano. La entrega de la ciudad a los ingenieros y a las empresas de obras públicas, que han sacado con ello pingües beneficios, es una de las principales y más siniestras características de la gestión municipal madrileña, que ha conseguido así, modernamente, la ciudad más plagada de túneles y de errores urbanísticos de carácter ingenieril.

Por otro lado, el diseño proyectado por el equipo de Ezquiaga y Ábalos supera con creces, como era lógico esperar, tanto la posición del limitado proyectista catalán como la de los ingenieros y empresas de obras públicas, presentando soluciones mucho más atractivas. Han sido soluciones muy concretas, incluso desde el punto de vista arquitectónico, y figurativamente interesantes. La duda que nos asalta al contemplarlas resulta evidente: ¿resistirá la ciudad, sin mucha merma de la calidad prometida, las arquitecturas reales que en su día aparezcan allí cuando este anteproyecto se convierta simplemente en ordenanzas? Se dirá que es lo que pasa siempre con cualquiera que sea el planeamiento urbanístico, y se estará así cerca de la verdad, desde luego, lo que no le quita un ápice de importancia a este asunto. Dada, sobre todo, la condición ordinaria y poco cualificada de la arquitectura profesional y comercial contemporánea.

Pero ésta sigue siendo una cuestión “abstracta”, dicho esto en el sentido que se ha empleado antes; esto es, correspondiente a la arquitectura y a la imagen y la forma de la ciudad. Hablando de cosas más concretas, esto es, del funcionamiento de la ciudad misma, hay otra importante duda que nos asalta cuando pensamos en la prolongación de la Castellana.

Si se compara el Paseo de Recoletos y el de la Castellana con la Avenida Diagonal de Barcelona, por ejemplo, calle similar en aquella ciudad, se recordará como esta última es de una vida urbana más intensa, tiene más comercios, más actividad, más vitalidad general y más atractivo para el viandante. Quizá sea ello porque la Diagonal barcelonesa corta directamente el ensanche, lo que en Madrid no es ya tan exacto.

Pero si vamos en Madrid a lo que se conoce como la prolongación de la Castellana, desde los Nuevos Ministerios, recordaremos con facilidad que la vida urbana de esta calle es más que precaria, si se descuenta su condición de vía de tránsito privado y público. Los comercios son escasos y la vitalidad ínfima. Y si se va más allá de la plaza de Castilla, la cuestión se agrava notablemente.

Así, pues, la nueva prolongación de la Castellana ¿podrá llegar a ser una vía dotada de vitalidad, de vida urbana a la escala de la importancia material y física de la propia vía?¿Podrá superar la condición pura de barrio de viviendas y de oficinas a la que le llevarían los edificios planeados? ¿No revelará, quizá, que la Castellana es un mito y que el cultivo sentimental de dicho mito ha sido superior a la lógica y a la realidad urbanística?

Acaso no lo comprobaremos, pues resultaría más que probable que la prolongación de la Castellana no fuera otra cosa que una fantasía, un espejismo, propio de las ideas de la época anterior a la actual recesión económica, y que ésta pondrá las cosas en su sitio, desestimando aquellas ampliaciones urbanas que no tienen sentido, hoy por hoy, en una ciudad en inevitable decadencia, muy posiblemente en disminución. Acaso sea mejor así, pero entonces habremos de seguir soportando el estúpido nudo de tráfico del final del gran eje, cosa que quien firma no perdona.

Madrid | Autor: Pedro Lozano

Espero haber dedicado a las distintas obras de arquitectura pública del Madrid de los últimos años algo, al menos, de la atención que se merecen. Y es de reconocer en ellas que, tanto por parte estatal, como municipal o institucional, el balance es mucho más positivo que en la etapa inmediatamente anterior, y ello a pesar de algunas de las sombras. Pido excusas por los olvidos que acaso haya podido tener, y también porque no quepan ya en las limitaciones inherentes a este escrito, y como había advertido en un principio, los comentarios acerca de las viviendas de promoción pública, que tan importantes y tan abundantes han sido en la ciudad y en esta época.

Antonio González-Capitel Martínez · Doctor arquitecto · catedrático en ETSAM
Madrid · marzo 2013

Antón Capitel

Es arquitecto y catedrático de Proyectos de la Escuela de Arquitectura de Madrid, fue director de la revista Arquitectura (COAM) de 1981-86 y de 2001-09. Historiador, ensayista y crítico, ha publicado numerosos artículos en revistas españolas y extranjeras sobre arquitectura española e internacional. Entre sus libros destacan diferentes monografías sobre arquitectos.

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