[:es]
Puede decirse, sin demasiada exageración, que toda arquitectura es ecléctica, y puede añadirse también que tantas veces residen en esta condición las más importantes bases de su propia calidad. Pero ha de reconocerse igualmente que hay ocasiones, y períodos, en las que dicho eclecticismo está en el fundamento mismo de los productos arquitectónicos que definen ese momento preciso.
El afán por superar las actitudes del siglo XIX y acceder de un modo definitivo a la modernidad, considerada ésta como una “Buena Nueva”, hizo tener al concepto mismo de eclecticismo por una actitud indeseable, degradada, constituyendo durante mucho tiempo algo parecido a un insulto, a una ofensa. Pensar y decir que alguien era ecléctico suponía condenarle, tener acerca de su actitud y de su obra una idea negativa, impresentable, inmoral casi. Así fue entendido por generaciones anteriores a la de quien esto escribe.
La notable distancia que nos separa ya del inicio y hasta del triunfo de la arquitectura moderna, de un lado, y la paciencia y lucidez que hemos ido alcanzando para poder observar la realidad de un modo independiente y no prejuiciado, de otro, ha conseguido que seamos capaces de ver con nitidez el eclecticismo que invade, ya no a toda arquitectura, si no, y muy concretamente, a alguno de los períodos de la arquitectura española cuya condición “pura” era antes dada por supuesta, y tenida poco menos que como garante misma de la calidad. Tales fueron, por ejemplo, el período de 1925-1936, el del nacimiento de la arquitectura moderna en nuestro país, tan querido y hasta tan mitificado por su importante significación. Y, también, el de 1950-1970, enormemente apreciado igualmente por suponer el abandono del oscuro período historicista que caracterizó los años de posguerra y la fundación definitiva de una arquitectura española moderna y plena.

La arquitectura moderna del período 1925-36
La arquitectura moderna del período 1925-36, identificada por algunos autores como un fenómeno cultural directamente relacionado con el pensamiento progresista pre-republicano y republicano, contó así no sólo con el mito de la pureza, sino también con otro equívoco no menos confuso, el de la relación entre modernidad avanzada e ideología progresista. No me molestaré en esta ocasión en demostrar que dicha relación no existía más que en modo ciertamente vago e indefinido, y me contentaré con afirmar que doy por descontada la demostración de que esta relación no era real en absoluto en un modo suficientemente significativo. Y que, en todo caso, este asunto no nos ocupa ahora.
Pasaré a examinar, pues, algo que considero más interesante, la inexistencia de la pureza, sea ésta figurativa o también de contenido; esto es, la consideración y el examen de las bases eclécticas, mezcladas y mestizas que alimentaron a las arquitecturas españolas de aquel período. Aunque advertiré, sin duda para alivio de algunos, que hablaré sobre todo de la arquitectura de Madrid, que en muy buena medida representó también a la de tantas partes de España, y que dejaré así intocada la arquitectura catalana, reservando para los de allí, y en modo parecido a una suerte de reto, el que sean capaces de explicar su arquitectura en aquellos años y a partir de ahora de un modo más afortunado de lo que hasta el momento lo han hecho.
“El racionalismo madrileño” fue un modo bastante consagrado de hablar de la arquitectura de aquella época, y hasta hay algún buen libro así titulado. Pero el racionalismo –entendiendo por tal el propio de la arquitectura de Le Corbusier en su primera etapa; también de las obras de la Nueva Objetividad alemana, por ejemplo, y de algunas otras manifestaciones afines a estas- no fue más que uno de los ingredientes de los que esta arquitectura se alimentó, aun cuando algunos de sus rasgos más superficiales hubieran sido más o menos dominantes.
Pues el racionalismo nacido de las raíces citadas, y de aquellas otras que les fueron complementarias y afines, convivió con otras figuraciones, recursos y contenidos muy distintos, y para cuya mezcla y combinación los arquitectos madrileños se mostraron, si no quizá muy conscientes, si, desde luego, especialmente habilidosos.
Pueden citarse, al menos, varias fuentes tan distintas como fértiles y que contaminaron y convivieron con el racionalismo. De un lado, y en primer lugar, el academicismo y sus diferentes recursos de trazado, composición y lenguaje, todos ellos en la base de la educación de la mayoría de los arquitectos que actuaron en aquella época, y que habían recibido aquellos instrumentos, de un modo u otro, en sus años de Escuela. Relativamente cercano al academicismo, pero bien distinto, en realidad, estaba también lo que podemos llamar tradicionalismo, operativo mediante la construcción aprendida en los edificios históricos y en la arquitectura popular, así como sus tipos, disposiciones y hasta elementos concretos, aprendidas estas cosas también en la Escuela, o directamente de obras y de profesores y maestros. Ello en relación con la arquitectura española, pero a ella habría que añadir también las influencias, debidas a publicaciones, a viajes y a filiaciones personales, de las Arts and Craft británicas y de sus equivalentes alemanas y centroeuropeas.
Estaban, de otro lado, los ismos modernos no incluidos directamente en el gran tronco racionalista –al que podríamos llamar la modernidad por excelencia-, tales como el expresionismo alemán, otro tronco fundamental de importantísima influencia y al que podemos añadir algunas otras tendencias afines, como la Escuela de Amsterdam, definida por los discípulos de Berlage e, incluso, por las propias obras de éste. (Porque la posible influencia de la obra de Wright, por ejemplo, que tan importante fue en la Holanda de la época, no se detecta, al menos del todo, en la arquitectura española de este período).
Pero al importante expresionismo y a sus afines y complementos hay que añadir todavía otra fuente, más figurativa y superficial que otra cosa, pero no por ello menos influyente: se trata del estilo “Art-Dèco”, cuyo seguimiento y uso fue, como sabemos, tan intenso y tan dispuesto a mezclarse con cualquiera que fuesen los otros componentes.
Estos son los mimbres, aunque quizá hubiera todavía algunos otros. Acaso la mezcla entre academicismo y racionalismo fuera la más importante –como ocurrió también en algunos otros países- pues afectó, por ejemplo, a obras tan grandes y completas como las de la Ciudad Universitaria de Madrid, y de muy distintas maneras. Porque fueron bien distintas las formas de proyectar de Agustín Aguirre, en el Campus de Letras; de Miguel de los Santos, el de Ciencias y Medicina, ambos incluso diferentes entre sí; de Pascual Bravo, en la Escuela de Arquitectura; de Manuel Sánchez Arcas en el Hospital Clínico; o de Luis Lacasa en la Residencia de Estudiantes. Todas estas obras fueron mestizas entre racionalismo y academicismo, como queda muy claro en tantas de ellas y como ha sido observado ya repetidas veces, y también que los instrumentos de acción fueron diversos. Baste comparar, por ejemplo, dos edificios pequeños, como la Facultad de Filosofía y Letras de Aguirre y la Escuela de Arquitectura de Bravo, para sentir intensamente las diferencias: planimetría completamente académica y figuración plenamente moderna en Aguirre, y planimetría muy moderna y figuraciones algo más académicas o, en todo caso, más escuetas, en el caso de Bravo.
Comparaciones interesantes pueden observarse también con los edificios grandes; esto es, si se examinan, por ejemplo, la Facultad de Medicina de De los Santos, de un lado, y el Hospital Clínico de Sánchez Arcas, de otro. La Facultad de Medicina, es un organismo de trazado tardoacadémico pleno y no exento de interés, y tanto la composición de conjunto que realiza con las otras dos facultades vecinas, la de Farmacia y la de Odontología, y las figuraciones concretas, externas e internas, insisten en este academicismo, de carácter simplificado. Esto es, cuya mezcla con el moderno (con el racionalismo) consiste precisamente en esta simplificación, en esta depuración del lenguaje clásico, que no desaparece, pero que se acerca mucho al lenguaje racionalista.
El Hospital Clínico, en cambio, aunque tiene una disposición planimétrica en la que lo propiamente moderno se combina con resabios académicos, esto se hace de un modo que era común a los arquitectos más avanzados, a la obra misma de Le Corbusier, por ejemplo. Esto es, que puede decirse que era lo más moderno posible, en este sentido y en su época. En cuanto al aspecto y a los caracteres figurativos, sin embargo, nada tiene del lenguaje corbuseriano o de sus afines o próximos, y sí de un cierto radicalismo de la alemana “Nueva objetividad”, a veces en forma tan escueta y sobria, tan adusta, que se confunde con un cierto academicismo. Aunque sea, en realidad, un radicalismo extremo, consciente de su purismo y de su sobriedad.
Pero, en fin, estas mezclas entre academicismo y racionalismo fueron muy comunes en la época. Ateniéndonos a Madrid, puede añadirse también la Fundación Rockefeller, de Lacasa y Sánchez Arcas, o el complejo del Instituto Escuela, de Arniches y Domínguez, de otro talante, pero también partícipe de esta mezcla.
Próximo al academicismo, pero distinto de éste, está el “tradicionalismo”. Podemos apuntar en esta tendencia, y por tantas cosas, a la famosa “Casa de las Flores”, de Secundino Zuazo, que tanto debe también a ciertas tendencias europeas, como a la obra de Berlage y a la Escuela de Amsterdam, y a otros ejemplos europeos diferentes. Ahora bien, en este caso, los españoles podemos ponernos más serios y más contentos, pues pocas cosas hubo en la vivienda moderna de aquella época tan cualificadas como la famosa manzana del barrio madrileño de Arguelles. El hecho de ser una casa construida con muros de carga de ladrillo y de tener también otras cosas, como las cubiertas de madera, sitúan la obra de modo decidido en una tendencia tradicionalista, pero, como siempre, mezclada. En los aspectos visuales y compositivos, la obra es neo-académica, y no en vano quería emular convenientemente a las casas de balcones del siglo XIX que cualificaron el casco antiguo madrileño y algo del ensanche. No obstante, hay algunos elementos lingüísticos del racionalismo, como son las terrazas de la fachada sur. Y hay otros muchos detalles (arcos parabólicos de los bajos, entradas de los portales) que juegan con un pícaro historicismo, a veces neo-barroco, tan irónico como hábil y plenamente conseguido. De otro lado, y todavía, la disposición misma de la manzana (aquello que probablemente sea lo más importante de la obra), con su cuádruple crujía servida por patios corridos, y con su gran patio jardín abierto a las calles, supone una disposición urbana higienista que carece de estilo, pero que es absolutamente moderna. La compatibilización de esta disposición con el terreno de una manzana del ensanche y con sus obligaciones como volumen urbano completan, sintéticamente, los muy diversos ingredientes de esta obra maestra con una actitud urbana propia también del mundo académico decimonónico y se enlazan con la figuración antes comentada.
Ahora bien, las obras tradicionalistas no fueron muchas, sobre todo si nos alejamos de la figura de Zuazo. Para completarla podría recordarse el Hospital de Toledo, de Sánchez Arcas, Lacasa y Solana, en el que una planimetría de academicismo modernizado se concreta con una construcción y unas figuraciones tradicionalistas muy intensas como tales, y en cuyas intenciones quizá estuvieran presentes cuestiones ambientales en relación a la relativamente próxima ciudad histórica.
La combinación entre expresionismo y racionalismo fue también propia de esta época, tanto en muchas partes de España como en Madrid, tal y como ha sido ya repetidamente observado hace bastante tiempo. No se ha hecho notar tanto que dicha combinación, y más allá de lo directo o no de esta influencia, no es de origen español ni madrileño, sino que procede de la actitud adoptada por el gran arquitecto alemán Erich Mendelsohn cuando decidió abandonar el expresionismo pleno por dicha combinación, y a favor del sentido práctico; o, más concretamente, a favor de una actitud más propia para conseguir encargos.
Casi toda la obra de Mendelsohn estuvo inmersa en esta actitud, como fueron los importantes edificios de oficinas para Berlín, casi todos ellos desaparecidos en la segunda guerra mundial, y algunos otros. Mendelsohn combinó con extraordinaria habilidad los principios conceptuales y plásticos de ambas tendencias, en principio opuestas, y la fertilidad de su actitud se extendió muy rápidamente por el mundo occidental. En Madrid hay algunos casos bien atractivos (como los hay en muchas partes de España) y baste citar el conocido Cine Barceló (hoy sala “Pachá”), de Luis Gutiérrez Soto, ejemplar tan atractivo como exacto; y, también, el no menos famoso edificio Capitol, de Luis Martínez Feduchi y Vicente Eced, más complejo en su uso, tamaño y disposición, y, también, en ingredientes e influencias. Pues el Capitol fue sensible también al estilo “Art-Dèco” en muchos de sus elementos decorativos, y recogió aquí una influencia estadounidense, como ha sido también, y naturalmente, bien notado. Pero incluso ha de hablarse en este complejo edificio de las lecciones aprendidas en las arquitecturas académicas y eclécticas españolas al ser capaz de disponer un edificio tan respetuosamente urbano como figurativamente tan acertado en su papel de edificio singular, y hacerlo sirviendo con extraordinaria precisión la dificultad de adaptarse a un terreno tan irregular.
Otras cosas quedan, desde luego. La unión entre racionalismo y Art-Dèco, sin la intervención del expresionismo, quedó presente, por ejemplo, en el desaparecido Mercado de Olavide, del arquitecto Javier Ferrero, autor también de una atractiva combinación entre un intenso “estructuralismo” (pariente tanto del academicismo como del racionalismo) y el Art-Dèco en el viaducto madrileño de la calle de Bailén.
La intervención de la ingeniería generó también otras combinaciones, como es el caso del brillante Hipódromo de la Zarzuela, en el que la presencia de Eduardo Torroja originó un atractivo “estructuralismo”, a la postre inevitable pariente del expresionismo, pero que fue combinado también por los arquitectos del conjunto, Arniches y Domínguez, con una posición y una actitud que se inspiraba en buena medida en la admirada “arquitectura popular”.
Arniches y Domínguez hicieron también en Madrid la conocida Residencia de Señoritas de la esquina entre las calles Miguel Ángel y Martínez Campos. Podría decirse que en ella brilla exclusivamente el racionalismo, moderado, pero puro. Pero esto, aunque bien intenso, no es del todo cierto. La forma en que el edificio se pliega ante el ángulo de las calles, la existencia del chaflán y el tan diferente comportamiento de las fachadas a la calle y al jardín hablan también de la influencia del comportamiento urbano de la arquitectura del academicismo ecléctico.
No voy a insistir. Basta para entender la condición mestiza de la arquitectura española de aquella época, la riqueza de sus referencias y la habilidad desplegada en el uso de éstas. Acaso el examen de otros casos en otras culturas occidentales, todas ellas bastante afines, no muestre situaciones muy diferentes.

Años 50 y 60
Vayamos ahora a los años 50 y 60, y la mayor abundancia de obras en esta época irá a procurar una mayor síntesis.
Bien es cierto que las posiciones propias de los años 40, en lo que hace al menos a la generación joven, ya estaban teñidas de eclecticismo, consistente en conciliar el academicismo practicado por sus mayores, y enseñado en las Escuelas, con las posiciones que los jóvenes entreveían en aquella España cerrada. Baste citar para ello las obras de Fisac para el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, o, sobre todo, la Delegación Nacional de Sindicatos, de Cabrero y Aburto, proyectada y realizada entre el final y el principio de las dos décadas, y que tan fielmente representa una postura tradicional –pero no exactamente académica- en relación con el asentamiento del edificio en el importante enclave urbano que ocupa y, de otro lado, el brillante seguimiento de una figuración moderna «metafísica» inspirada en algunas de las obras italianas de la época.
Más allá de estos años se produjo el triunfo pleno de los modos modernos, libres ya de contaminaciones tradicionales o académicas. Pero, como tantas veces se ha observado, en España -y como ocurrió igualmente en todo el mundo occidental- se produjo también el triunfo del «Estilo Internacional», entendido como la mejor práctica arquitectónica de los tiempos y las naciones modernas, simultáneamente con una contestación o revisión del mismo, la orgánica, que tuvo protagonistas tan prestigiados como los arquitectos nórdicos, presididos nada menos que por Alvar Aalto, o tan significativas como los arquitectos italianos de la generación del malogrado Terragni, que practicaban lo que llamaron el «neo-realismo» o lo que suponía la teoría de las «pre-existencias ambientales».
Así, pues. del mismo modo que Aalto construía el Ayuntamiento de Säynatsälo, tradicionalista y moderno a la vez (y que Jacobsen integraba en el racionalismo las cubiertas inclinadas, que Utzon demostraba que las casas patio podían ser modernas, que Ridolfi y Quaroni proclamaban en el Tiburtino un popularismo contemporáneo, o que los arquitectos milaneses y venecianos ensayaban propuestas modernas compatibles con las ciudades históricas), una generación más joven que la nórdica y que la italiana, ensayaba en España una incorporación a la modernidad plena que, quizá por la novedad, por la prisa y por el cierto deslumbramiento que el mismo hecho suponía, no pudo parar mientes en la naturaleza exacta de los instrumentos que utilizaba.
Ya De la Sota -como Fisac, como Cabrero- había sido voluntariamente ecléctico en las obras del Instituto Nacional de Colonización, comprometidas con el uso de criterios tradicionales e instrumentos planimétricos modernos, responsables de un lenguaje mezclado, no por ello menos brillante. Pero después, iniciada la época plenamente moderna, fué de los autores que introdujeron antes las contaminaciones orgánicas del racionalismo, como probaba la desaparecida casa en la calle Doctor Arce, en Madrid, entre otras obras. También Coderch había sido ya mitad racionalista mitad informalista en la brillante casa de pisos en la Barceloneta. Paradójicamente, De la Sota se convirtió después en el practicante y defensor más encendido de un racionalismo purista que fue, sin embargo y acaso a pesar suyo, también algo ecléctico.
Hubo otros intensos e importantes defensores de la modernidad pura, como fue Sáenz de Oíza, al principio de su carrera, y en una lógica respuesta ante la práctica de los barrios oficiales de viviendas económicas. Pero ya en la Ciudad Blanca de Alcudia se presentó como un revisionista, en este caso cercano a los del Team X, teniendo en el caso posterior de Torres Blancas una verdadera explosión ecléctica, que mezcla muy brillantemente posiciones corbuserianas y wrightianas con otras propias del organicismo tardío de Utzon o de Saarinen.
Fisac, una vez abandonada la posición juvenil de los años 40, fue casi siempre un arquitecto que mezclaba voluntariamente el racionalismo y el organicismo, a veces integrándolos (como era, por ejemplo, en las iglesias) y en otras ocasiones superponiéndolos, como en el brillante caso del Centro Hidrográfico del río Manzanares, en Madrid.
Pero probablemente los arquitectos más emblemáticos de esta generación en cuanto a una práctica mezclada e intermedia entre racionalismo y organicismo fueran Corrales y Molezún, aunque no fuera más que por su reconocida obra maestra del Pabellón español para la Expo de Bruselas de 1958. Principios puramente modernos, racionalistas, como era el de la repetición modular y el crecimiento indefinido, la forma abierta, así como la propia condición figurativa, se integraron con la malla hexagonal, natural o cristalográfica, pero al fin netamente organicista, y con la identidad entre espacio y estructura resistente, derivado en forma directa de la arquitectura del segundo Wright.
¿Podríamos pensar que estas mezclas -acaso ignorantes de una fuerte oposición entre racionalismo y organicismo como arquitecturas contrarias- fue un lastre que perjudicó la arquitectura española de aquellos años?
Así lo pensaba un ilustre arquitecto y crítico español hace ya bastante tiempo, identificando con lucidez una cierta falta de criterio intelectual en el examen de sus propios instrumentos por parte de los proyectistas, pero concluyendo con ese reconocimiento una cierta falta de calidad de sus producciones. Quien escribe no piensa que esto sea así y, más allá de la conciencia o no de los autores acerca de sus instrumentos de proyecto, cabría decir que tales mezclas e incorporaciones eclécticas favorecieron y enriquecieron la arquitectura española producida en aquellos años (bajo la dilatada etapa de la dictadura militar), y que formaron parte, con las arquitecturas puristas y con otras, de un panorama muy rico e interesante, sobre todo por diversificado.
Generaciones posteriores a esta primera promoción de posguerra continuaron con una práctica de la arquitectura orgánica que era, por su propia naturaleza, una arquitectura ecléctica en cuanto incorporaba inevitablemente principios racionalistas. La generación de Cano Lasso, de Carvajal y de Alas y Casariego presentaron también perfiles eclécticos, como no podía ser de otro modo, pero la posición más clara se produjo a partir de la obra de Antonio Fernández Alba y de la práctica consciente de un organicismo que era siempre ecléctico, pues tenía siempre en su base el racionalismo. Y éste podía ser puro, o, al menos, intentarlo. Pero el organicismo no.
Así, Fernández Alba, en el Convento del Rollo en Salamanca practicó una combinación entre tradicionalismo y modernidad tan intensa como clara, lo que hizo también, con distintos recursos, en el Colegio Monfort en Loeches y en algunas otras obras. Las realizaciones de Peña Ganchegui añadieron a unas bases racionalistas siempre inevitablemente implícitas en cualquiera que fueses la obra de esta época unos criterios sacados de la arquitectura vernácula y tradicional. Moneo tuvo una obra muy brillante, desgraciadamente desaparecida, la casa Gómez Acebo en la Moraleja, especialmente ecléctica y con alambicados y mezclados recursos. Y hasta Fernando Higueras, que hubiera querido practicar una arquitectura absolutamente exenta de contaminaciones racionalistas, hubo de conformarse con lo que era inevitable eclecticismo.
¿Hubiera sido mejor la arquitectura española si hubiera logrado librarse de un eclecticismo que, consciente o inconscientemente, siempre fue practicado?
Probablemente no, y baste examinar muchas de las obras aquí citadas, y otras muchas no aludidas, para comprobar que lo ecléctico fue casi siempre riqueza, de formas y de contenidos.
Pues, ¿acaso la arquitectura no es ecléctica por su propia naturaleza?
Tiendo a creer que sí, y más aún en estos tiempos ya tan tardíos, en que resulta casi imposible, y hasta poco oportuno, evitar ciertas contaminaciones.
Antonio González-Capitel Martínez · Doctor arquitecto · catedrático en ETSAM
Madrid · marzo 2016
[:gl]
Pode dicirse, sen demasiada esaxeración, que toda arquitectura é ecléctica, e pode engadirse tamén que tantas veces residen nesta condición as máis importantes bases da súa propia calidade. Pero ha de recoñecerse igualmente que hai ocasións, e períodos, nas que devandito eclecticismo está no fundamento mesmo dos produtos arquitectónicos que definen ese momento preciso.
O afán por superar as actitudes do século XIX e acceder dun modo definitivo á modernidade, considerada esta como unha “Boa Nova”, fixo ter ao concepto mesmo de eclecticismo por unha actitude indesexable, degradada, constituíndo durante moito tempo algo parecido a un insulto, a unha ofensa. Pensar e dicir que alguén era ecléctico supoñía condenarlle, ter acerca da súa actitude e da súa obra unha idea negativa, impresentable, inmoral case. Así foi entendido por xeracións anteriores á de quen isto escribe.
A notable distancia que nos separa xa do inicio e ata do triunfo da arquitectura moderna, dun lado, e a paciencia e lucidez que fomos alcanzando para poder observar a realidade dun modo independente e non prejuiciado, doutro, conseguiu que sexamos capaces de ver con nitidez o eclecticismo que invade, xa non a toda arquitectura, se non, e moi concretamente, a algún dos períodos da arquitectura española cuxa condición “pura” era antes dada por suposta, e tida pouco menos que como garante mesma da calidade. Tales foron, por exemplo, o período de 1925-1936, o do nacemento da arquitectura moderna no noso país, tan querido e ata tan mitificado pola súa importante significación. E, tamén, o de 1950-1970, enormemente apreciado igualmente por supoñer o abandono do escuro período historicista que caracterizou os anos de posguerra e a fundación definitiva dunha arquitectura española moderna e plena.

A arquitectura moderna do período 1925-36.
A arquitectura moderna do período 1925-36, identificada por algúns autores como un fenómeno cultural directamente relacionado co pensamento progresista pre-republicano e republicano, contou así non só co mito da pureza, senón tamén con outro equívoco non menos confuso, o da relación entre modernidade avanzada e ideoloxía progresista. Non me molestarei nesta ocasión en demostrar que dita relación non existía máis que en modo certamente vago e indefinido, e contentareime con afirmar que dou por descontada a demostración de que esta relación non era real en absoluto nun modo suficientemente significativo. E que, en todo caso, este asunto non nos ocupa agora.
Pasarei a examinar, pois, algo que considero máis interesante, a inexistencia da pureza, sexa esta figurativa ou tamén de contido; isto é, a consideración e o exame das bases eclécticas, mesturadas e mestizas que alimentaron ás arquitecturas españolas daquel período. Aínda que advertirei, sen dúbida para alivio dalgúns, que falarei sobre todo da arquitectura de Madrid, que en moi boa medida representou tamén á de tantas partes de España, e que deixarei así intocada a arquitectura catalá, reservando para os de alí, e en modo parecido a unha sorte de reto, o que sexan capaces de explicar a súa arquitectura naqueles anos e a partir de agora dun modo máis afortunado do que ata o momento fixérono.
“O racionalismo madrileño” foi un modo bastante consagrado de falar da arquitectura daquela época, e ata hai algún bo libro así titulado. Pero o racionalismo –entendendo por tal o propio da arquitectura de Le Corbusier na súa primeira etapa; tamén das obras da Nova Obxectividade alemá, por exemplo, e dalgunhas outras manifestacións afíns a estas- non foi máis que un dos ingredientes dos que esta arquitectura alimentouse, aínda cando algúns dos seus trazos máis superficiais fosen máis ou menos dominantes.
Pois o racionalismo nado das raíces citadas, e daqueloutras que lles foron complementarias e afíns, conviviu con outras figuracións, recursos e contidos moi distintos, e para cuxa mestura e combinación os arquitectos madrileños mostráronse, se non quizá moi conscientes, se, desde logo, especialmente habilidosos.
Poden citarse, polo menos, varias fontes tan distintas como fértiles e que contaminaron e conviviron co racionalismo. Dun lado, e en primeiro lugar, o academicismo e os seus diferentes recursos de trazado, composición e linguaxe, todos eles na base da educación da maioría dos arquitectos que actuaron naquela época, e que recibiran aqueles instrumentos, dun modo ou outro, nos seus anos de Escola. Relativamente próximo ao academicismo, pero ben distinto, en realidade, estaba tamén o que podemos chamar tradicionalismo, operativo mediante a construción aprendida nos edificios históricos e na arquitectura popular, así como os seus tipos, disposicións e ata elementos concretos, aprendidas estas cousas tamén na Escola, ou directamente de obras e de profesores e mestres. Iso en relación coa arquitectura española, pero a ela habería que engadir tamén as influencias, debidas a publicacións, a viaxes e a filiacións persoais, das Arts and Craft británicas e dos seus equivalentes alemás e centroeuropeas.
Estaban, doutro lado, os ismos modernos non incluídos directamente no gran tronco racionalista –ao que poderiamos chamar a modernidade por excelencia-, tales como o expresionismo alemán, outro tronco fundamental de importantísima influencia e ao que podemos engadir algunhas outras tendencias afíns, como a Escola de Amsterdam, definida polos discípulos de Berlage e, mesmo, polas propias obras deste. (Porque a posible influencia da obra de Wright, por exemplo, que tan importante foi na Holanda da época, non se detecta, polo menos do todo, na arquitectura española deste período).
Pero ao importante expresionismo e aos seus afíns e complementos hai que engadir aínda outra fonte, máis figurativa e superficial que outra cousa, pero non por iso menos influente: trátase do estilo “Art-Dèco”, cuxo seguimento e uso foi, como sabemos, tan intenso e tan disposto a mesturarse con calquera que fosen os outros compoñentes.
Estes son as vimbias, aínda que quizá houbese aínda algúns outros. Seica a mestura entre academicismo e racionalismo fose a máis importante –como ocorreu tamén nalgúns outros países- pois afectou, por exemplo, a obras tan grandes e completas como as da Cidade Universitaria de Madrid, e de moi distintas maneiras. Porque foron ben distintas as formas de proxectar de Agustín Aguirre, no Campus de Letras; de Miguel de los Santos, o de Ciencias e Medicina, ambos mesmo diferentes entre si; de Pascual Bravo, na Escola de Arquitectura; de Manuel Sánchez Arcas no Hospital Clínico; ou de Luis Lacasa na Residencia de Estudantes. Todas estas obras foron mestizas entre racionalismo e academicismo, como queda moi claro en tantas delas e como foi observado xa repetidas veces, e tamén que os instrumentos de acción foron diversos. Baste comparar, por exemplo, dous edificios pequenos, como a Facultade de Filosofía e Letras de Aguirre e a Escola de Arquitectura de Bravo, para sentir intensamente as diferenzas: planimetría completamente académica e figuración plenamente moderna en Aguirre, e planimetría moi moderna e figuracións algo máis académicas ou, en todo caso, máis concisas, no caso de Bravo.
Comparacións interesantes poden observarse tamén cos edificios grandes; isto é, se se examinan, por exemplo, a Facultade de Medicina de De los Santos, dun lado, e o Hospital Clínico de Sánchez Arcas, doutro. A Facultade de Medicina, é un organismo de trazado tardoacadémico pleno e non exento de interese, e tanto a composición de conxunto que realiza coas outras dúas facultades veciñas, a de Farmacia e a de Odontoloxía, e as figuracións concretas, externas e internas, insisten neste academicismo, de carácter simplificado. Isto é, cuxa mestura co moderno (co racionalismo) consiste precisamente nesta simplificación, nesta depuración da linguaxe clásica, que non desaparece, pero que se achega moito á linguaxe racionalista.
O Hospital Clínico, en cambio, aínda que ten unha disposición planimétrica na que o propiamente moderno combínase con resabios académicos, isto faise dun modo que era común aos arquitectos máis avanzados, á obra mesma de Le Corbusier, por exemplo. Isto é, que pode dicirse que era o máis moderno posible, neste sentido e na súa época. En canto ao aspecto e aos caracteres figurativos, con todo, nada ten da linguaxe corbuseriano ou dos seus afíns ou próximos, e si dun certo radicalismo da alemá “Nova obxectividade”, ás veces en forma tan concisa e sobria, tan adusta, que se confunde cun certo academicismo. Aínda que sexa, en realidade, un radicalismo extremo, consciente do seu purismo e da súa sobriedade.
Pero, en fin, estas mesturas entre academicismo e racionalismo foron moi comúns na época. Aténdonos a Madrid, pode engadirse tamén a Fundación Rockefeller, de Lacasa e Sánchez Arcas, ou o complexo do Instituto Escola, de Arniches y Domínguez, doutro talante, pero tamén partícipe desta mestura.
Próximo ao academicismo, pero distinto deste, está o “tradicionalismo”. Podemos apuntar nesta tendencia, e por tantas cousas, á famosa “Casa das Flores”, de Secundino Zuazo, que tanto debe tamén a certas tendencias europeas, como á obra de Berlage e á Escola de Amsterdam, e a outros exemplos europeos diferentes. Agora ben, neste caso, os españois podemos poñernos máis serios e máis contentos, pois poucas cousas houbo na vivenda moderna daquela época tan cualificadas como a famosa mazá do barrio madrileño de Arguelles. O feito de ser unha casa construída con muros de carga de ladrillo e de ter tamén outras cousas, como as cubertas de madeira, sitúan a obra de modo decidido nunha tendencia tradicionalista, pero, como sempre, mesturada. Nos aspectos visuais e compositivos, a obra é neo-académica, e non en balde quería emular convenientemente ás casas de balcóns do século XIX que cualificaron o casco antigo madrileño e algo do ensanche. Con todo, hai algúns elementos lingüísticos do racionalismo, como son as terrazas da fachada sur. E hai outros moitos detalles (arcos parabólicos dos baixos, entradas dos portais) que xogan cun pícaro historicismo, ás veces neo-barroco, tan irónico como hábil e plenamente conseguido. Doutro lado, e aínda, a disposición mesma da mazá (aquilo que probablemente sexa o máis importante da obra), co seu cuádruplo crujía servida por patios corridos, e co seu gran patio xardín aberto ás rúas, supón unha disposición urbana higienista que carece de estilo, pero que é absolutamente moderna. A compatibilización desta disposición co terreo dunha mazá do ensanche e coas súas obrigacións como volume urbano completan, sintéticamente, os moi diversos ingredientes desta obra mestra cunha actitude urbana propia tamén do mundo académico decimonónico e enlázanse coa figuración antes comentada.
Agora ben, as obras tradicionalistas non foron moitas, sobre todo se nos afastamos da figura de Zuazo. Para completala podería lembrarse o Hospital de Toledo, de Sánchez Arcas, Lacasa e Solana, no que unha planimetría de academicismo modernizado concrétase cunha construción e unhas figuracións tradicionalistas moi intensas como tales, e en cuxas intencións quizá estivesen presentes cuestións ambientais en relación á relativamente próxima cidade histórica.
A combinación entre expresionismo e racionalismo foi tamén propia desta época, tanto en moitas partes de España como en Madrid, tal e como foi xa repetidamente observado hai bastante tempo. Non se fixo notar tanto que dita combinación, e máis aló do directo ou non desta influencia, non é de orixe española nin madrileño, senón que procede da actitude adoptada polo gran arquitecto alemán Erich Mendelsohn cando decidiu abandonar o expresionismo pleno pola devandita combinación, e a favor do sentido práctico; ou, máis concretamente, a favor dunha actitude máis propia para conseguir encargos.
Case toda a obra de Mendelsohn estivo inmersa nesta actitude, como foron os importantes edificios de oficinas para Berlín, case todos eles desaparecidos na segunda guerra mundial, e algúns outros. Mendelsohn combinou con extraordinaria habilidade os principios conceptuais e plásticos de ambas as tendencias, en principio opostas, e a fertilidade da súa actitude estendeuse moi rapidamente polo mundo occidental. En Madrid hai algúns casos ben atractivos (como os hai en moitas partes de España) e baste citar o coñecido Cinema Barceló (hoxe salga “Pachá”), de Luis Gutiérrez Soto, exemplar tan atractivo como exacto; e, tamén, o non menos famoso edificio Capitol, de Luis Martínez Feduchi e Vicente Eced, máis complexo no seu uso, tamaño e disposición, e, tamén, en ingredientes e influencias. Pois o Capitol foi sensible tamén ao estilo “Art-Dèco” en moitos dos seus elementos decorativos, e recolleu aquí unha influencia estadounidense, como foi tamén, e naturalmente, ben notado. Pero mesmo ha de falarse neste complexo edificio das leccións aprendidas nas arquitecturas académicas e eclécticas españolas ao ser capaz de dispoñer un edificio tan respetuosamente urbano como figurativamente tan acertado no seu papel de edificio singular, e facelo servindo con extraordinaria precisión a dificultade de adaptarse a un terreo tan irregular.
COutras cousas quedan, desde logo. A unión entre racionalismo e Art- Dèco, sen a intervención do expresionismo, quedou presente, por exemplo, no desaparecido Mercado de Olavide, do arquitecto Javier Ferrero, autor tamén dunha atractiva combinación entre un intenso “estructuralismo” (parente tanto do academicismo como do racionalismo) e o Art- Dèco no viaduto madrileño da rúa de Bailén.
A intervención da enxeñería xerou tamén outras combinacións, como é o caso do brillante Hipódromo da Zarzuela, no que a presenza de Eduardo Torroja orixinou un atractivo “ estructuralismo”, ao cabo inevitable parente do expresionismo, pero que foi combinado tamén polos arquitectos do conxunto, Arniches e Domínguez, cunha posición e unha actitude que se inspiraba en boa medida na admirada “arquitectura popular”.
Arniches e Domínguez fixeron tamén en Madrid a coñecida Residencia de Señoritas da esquina entre as rúas Miguel Ángel e Martínez Campos. Podería dicirse que nela brilla exclusivamente o racionalismo, moderado, pero puro. Pero isto, aínda que ben intenso, non é do todo certo. A forma en que o edificio se pliega ante o ángulo das rúas, a existencia do chaflán e o tan diferente comportamento das fachadas á rúa e ao xardín falan tamén da influencia do comportamento urbano da arquitectura do academicismo ecléctico.
Non vou insistir. Basta para entender a condición mestiza da arquitectura española daquela época, a riqueza das súas referencias e a habilidade despregada no uso.

Anos 50 e 60.
Vaiamos agora aos anos 50 e 60, e a maior abundancia de obras nesta época irá procurar unha maior síntese.
Ben é certo que as posicións propias dos anos 40, no que fai polo menos á xeración nova, xa estaban tinguidas de eclecticismo, consistente en conciliar o academicismo practicado polos seus maiores, e ensinado nas Escolas, coas posicións que os mozos entrevían naquela España pechada. Baste citar para iso as obras de Fisac para o Consello Superior de Investigacións Científicas, ou, sobre todo, a Delegación Nacional de Sindicatos, de Cabrero y Aburto, proxectada e realizada entre o final e o principio das dúas décadas, e que tan fielmente representa unha postura tradicional –pero non exactamente académica- en relación co asentamento do edificio no importante enclave urbano que ocupa e, doutro lado, o brillante seguimento dunha figuración moderna «metafísica» inspirada nalgunhas das obras italianas da época.
Máis aló destes anos produciuse o triunfo pleno dos modos modernos, libres xa de contaminacións tradicionais ou académicas. Pero, como tantas veces observouse, en España -e como ocorreu igualmente en todo o mundo occidental- produciuse tamén o triunfo do «Estilo Internacional», entendido como a mellor práctica arquitectónica dos tempos e as nacións modernas, simultaneamente cunha contestación ou revisión do mesmo, a orgánica, que tivo protagonistas tan prestigiados como os arquitectos nórdicos, presididos nada menos que por Alvar Aalto, ou tan significativas como os arquitectos italianos da xeración do malogrado Terragni, que practicaban o que chamaron o «neo-realismo» ou o que supoñía a teoría das «pre-existencias ambientais».
Así, pois. do mesmo xeito que Aalto construía o Concello de Säynatsälo, tradicionalista e moderno á vez (e que Jacobsen integraba no racionalismo as cubertas inclinadas, que Utzon demostraba que as casas patio podían ser modernas, que Ridolfi e Quaroni proclamaban no Tiburtino un popularismo contemporáneo, ou que os arquitectos milaneses e venecianos ensaiaban propostas modernas compatibles coas cidades históricas), unha xeración máis nova que a nórdica e que a italiana, ensaiaba en España unha incorporación á modernidade plena que, quizá pola novidade, pola présa e polo certo deslumbramiento que o mesmo feito supoñía, non puido parar amentes na natureza exacta dos instrumentos que utilizaba.
Xa De la Sota -como Fisac, como Cabrero- fora voluntariamente ecléctico nas obras do Instituto Nacional de Colonización, comprometidas co uso de criterios tradicionais e instrumentos planimétricos modernos, responsables dunha linguaxe mesturada, non por iso menos brillante. Pero despois, iniciada a época plenamente moderna, fué dos autores que introduciron antes as contaminacións orgánicas do racionalismo, como probaba a desaparecida casa en cálea Doutor Arce, en Madrid, entre outras obras. Tamén Coderch fora xa metade racionalista metade informalista na brillante casa de pisos na Barceloneta. Paradoxalmente, Da Sota converteuse despois no practicante e defensor máis aceso dun racionalismo purista que foi, con todo e seica a pesar seu, tamén algo ecléctico.
Houbo outros intensos e importantes defensores da modernidade pura, como foi Sáenz de Oíza, ao principio da súa carreira, e nunha lóxica resposta ante a práctica dos barrios oficiais de vivendas económicas. Pero xa na Cidade Branca de Alcudia presentouse como un revisionista, neste caso próximo aos do Team X, tendo no caso posterior de Torres Brancas unha verdadeira explosión ecléctica, que mestura moi brillantemente posicións corbuserianas e wrightianas con outras propias do organicismo tardío de Utzon ou de Saarinen.
Fisac, unha vez abandonada a posición xuvenil dos anos 40, foi case sempre un arquitecto que mesturaba voluntariamente o racionalismo e o organicismo, ás veces integrándoos (como era, por exemplo, nas igrexas) e noutras ocasións superpoñéndoos, como no brillante caso do Centro Hidrográfico do río Manzanares, en Madrid.
Pero probablemente os arquitectos máis emblemáticos desta xeración en canto a unha práctica mesturada e intermedia entre racionalismo e organicismo fosen Corrales e Molezún, aínda que non fose máis que pola súa recoñecida obra mestra do Pavillón español para a Expo de Bruxelas de 1958. Principios puramente modernos, racionalistas, como era o da repetición modular e o crecemento indefinido, a forma aberta, así como a propia condición figurativa, integráronse coa malla hexagonal, natural ou cristalográfica, pero ao fin netamente organicista, e coa identidade entre espazo e estrutura resistente, derivado en forma directa da arquitectura do segundo Wright.
Poderiamos pensar que estas mesturas -seica ignorantes dunha forte oposición entre racionalismo e organicismo como arquitecturas contrarias- foi un lastre que prexudicou a arquitectura española daqueles anos?
Así o pensaba un ilustre arquitecto e crítico español fai xa bastante tempo, identificando con lucidez una certa falta de criterio intelectual no exame dos seus propios instrumentos por parte dos proyectistas, pero concluíndo con ese recoñecemento una certa falta de calidade das súas producións. Quen escribe non pensa que isto sexa así e, máis aló da conciencia ou non dos autores acerca dos seus instrumentos de proxecto, cabería dicir que tales mesturas e incorporacións eclécticas favoreceron e enriqueceron a arquitectura española producida naqueles anos (baixo a dilatada etapa da ditadura militar), e que formaron parte, coas arquitecturas puristas e con outras, dun panorama moi rico e interesante, sobre todo por diversificado.
Xeracións posteriores a esta primeira promoción de posguerra continuaron cunha práctica da arquitectura orgánica que era, pola súa propia natureza, unha arquitectura ecléctica en canto incorporaba inevitablemente principios racionalistas. A xeración de Cano Lasso, de Carvajal e de Alas y Casariego presentaron tamén perfís eclécticos, como non podía ser doutro xeito, pero a posición máis clara produciuse a partir da obra de Antonio Fernández Alba e da práctica consciente dun organicismo que era sempre ecléctico, pois tiña sempre na súa base o racionalismo. E este podía ser puro, ou, polo menos, tentalo. Pero o organicismo non.
Así, Fernández Alba, no Convento do Rolo en Salamanca practicou unha combinación entre tradicionalismo e modernidade tan intensa como clara, o que fixo tamén, con distintos recursos, no Colexio Monfort en Loeches e nalgunhas outras obras. As realizacións de Peña Ganchegui engadiron a unhas bases racionalistas sempre inevitablemente implícitas en calquera que foses a obra desta época uns criterios sacados da arquitectura vernácula e tradicional. Moneo tivo unha obra moi brillante, desgraciadamente desaparecida, a casa Gómez Acivro na Moraleja, especialmente ecléctica e con alambicados e mesturados recursos. E ata Fernando Higueras, que quixese practicar unha arquitectura absolutamente exenta de contaminacións racionalistas, houbo de conformarse co que era inevitable eclecticismo.
Fose mellor a arquitectura española se lograse librarse dun eclecticismo que, consciente ou inconscientemente, sempre foi practicado?
Probablemente non, e baste examinar moitas das obras aquí citadas, e outras moitas non aludidas, para comprobar que o ecléctico foi case sempre riqueza, de formas e de contidos.
Pois, seica a arquitectura non é ecléctica pola súa propia natureza?
Tendo a crer que si, e máis aínda nestes tempos xa tan tardíos, en que resulta case imposible, e ata pouco oportuno, evitar certas contaminacións.
Antonio González-Capitel Martínez · Doutor arquitecto · catedrático na ETSAM
Madrid · marzo 2016
[:en]
It can be said, without too many exaggeration, that any architecture is eclectic, and can be added also that so often reside in this condition the most important bases of his own quality. But has to be admitted equally that there are occasions, and periods, in that the above mentioned eclecticism is in the foundation itself of the architectural products that define this precise moment.
The zeal for overcoming the attitudes of the 19th century and acceding in a definitive way to the modernity, considered this one as a “Good New”, made have to the concept itself of eclecticism for an undesirable, degraded attitude, constituting for a long time something similar to an insult, to an offense. To think and to say that someone was eclectic supposed condemning, having him it brings over of his attitude and of his work a negative, unpresentable, immoral idea almost. This way it was understood by generations previous to her of whom this writes.
The notable distance that separates us already of the beginning and up to of the victory of the modern architecture, of a side, and the patience and brilliancy that we have been reaching to be able to observe the reality of an independent way and not prejuiciado, of other one, has achieved that we are capable of seeing with brightness the eclecticism that it invades, already not to any architecture, if not, and very concretely, to someone of the periods of the Spanish architecture which “pure” condition was given before for supposed, and had little less than as guarantor herself of the quality. Such they were, for example, the period of 1925-1936, that of the birth of the modern architecture in our country, so dear and up to so mitificado for his important significance. And, also, of 1950-1970, enormously estimated equally for supposing the abandon of the dark historicist period that it characterized the years of postwar period and the definitive foundation of a Spanish modern and full architecture.

The modern architecture of the period 1925-36.
The modern architecture of the period 1925-36, identified by some authors like a cultural phenomenon directly related to the progressive pre-republican and republican thought, counted this way not only with the myth of the purity, but also with another not less confused pun, that of the relation between advanced modernity and progressive ideology. I will not bother in this occasion to demonstrate that the above mentioned relation did not exist any more that in certainly vague and indefinite way, and I will content with affirming that I give discounted the demonstration of which this relation was not royal by no means in a sufficiently significant way. And that, in any case, this matter does not occupy us now.
I will happen to examine, so, something that I consider to be more interesting, the nonexistence of the purity, be figurative this one or also of content; this is, the consideration and the examination of the eclectic, mixed and half-caste bases that fed to the Spanish architectures of that period. Though I will warn, undoubtedly for relief of some, that I will speak especially about the architecture of Madrid, which in very good measure represented also that of so many parts of Spain, and that I will make this way the Catalan architecture untouched, reserving for them of there, and in way similar to a luck of challenge, the fact that they are capable of explaining his architecture in those years and from now in a way luckier than up to the moment they have done.
“The rationalism of Madrid” was a consecrated enough way of speaking about the architecture of that epoch, and even there is some good book like that qualified. But the rationalism – understanding for such own one of the architecture of Le Corbusier in his first stage; also of the works of the New German Objectivity, for example, and from any other related manifestations to these – it did not go any more than one of the ingredients than that this architecture fed, even if some of his more superficial features had been more or less dominant.
So the born rationalism of the mentioned roots, and of those others that they were complementary and related, coexisted with other imaginations, resources and very different contents, and for whose mixture and combination the architects of Madrid appeared, if not probably very conscious, if, certainly, specially capable.
There can be mentioned, at least, several sources so different as fertile and that contaminated and coexisted with the rationalism. Of a side, and first, the academicismo and his different resources of tracing, composition and language, all of them in the base of the education of the majority of the architects who acted in that epoch, and that had received those instruments, of a way or other one, in his years of School. Relatively near to the academicismo, but different good, actually, was also what we can be call a traditionalism, operatively by means of the construction learned in the historical buildings and in the popular architecture, as well as his types, dispositions and up to concrete elements, learned these things also in the School, or directly of works and of teachers and teachers. It in relation with the Spanish architecture, but to her there would be necessary to add also the influences owed to publications, to trips and to personal filiations, of the Arts and British Craft and of his equivalents German and Central European.
There were, of another side, the modern ismos not included directly in the great racionalist trunk – to which we might call the modernity by excellence-, such as the German expressionism, another fundamental trunk of the most important influence and to which we can add some other related trends, as the School of Amsterdam, defined by the disciples of Berlage and, even, for the own works of this one. (Because the possible influence of Wright‘s work, for example, that so important was in the Holland of the epoch, is not detected, at least completely, in the Spanish architecture of this period).
But to the important expressionism and to his related ones and complements it is necessary to add still another source, more figurative and superficial than another thing, but not for less influential it: it is a question of the style Art-Dèco”, whose follow-up and use was, since we know, so intensely and so ready to be mixed by anyone that they were other components.
These are the wickers, though probably there were still different some. Perhaps the mixture between academicismo and rationalism was more important – since it happened also in some other countries – since it concerned, for example, so big and complete works as those of the University City of Madrid, and of very different ways. Because there were different well the ways of projecting of Agustín Aguirre, in the Campus of Letters; of Miguel de los Santos, that of Sciences and Medicine, even different both between yes; of Pascual Bravo, in the School of Architecture; of Manuel Sánchez Arcas in the Clinical Hospital; or of Luis Lacasa in the Students’ Residence. All these works were half-caste between rationalism and academicismo, since it remains very clear in so many of them and since it has been observed already repeatedly, and also that the instruments of action were diverse. Finger to compare, for example, two small buildings, as the Faculty of Philosophy and Aguirre’s Letters and the School of Architecture of Bravo, to feel intensely the differences: completely academic mapping and fullly modern imagination in Aguirre, and very modern mapping and imaginations a little more academicians or, in any case, more succinct, in case of Bravo.
Interesting comparisons can be observed also by the big buildings; this is, if they examine, for example, the Faculty of Medicine of De los Santos, of a side, and Sánchez Arcas‘s Clinical Hospital, of other one. The Faculty of Medicine, it is an organism of tracing tardoacadémico fullly and I do not exempt of interest, and so much the composition of set that realizes with other two neighboring powers, that of Drugstore and that of Odontolgy, and the concrete, external and internal imaginations, they insist on this academicismo, of simplified character. This is, whose mixture with the modern one (with the rationalism) consists precisely of this simplification, in this purification of the classic language, which does not disappear, but that approaches very much the racionalist language.
The Clinical Hospital, on the other hand, though it has a planimetric disposition in which the properly modern thing combines with academic viciousnesses, this is done of a way that was common to the most advanced architects, to the work itself of Le Corbusier, for example. This is, that it can be said that it was as modern as possible, in this respect and in his epoch. As for the aspect and the figurative characters, nevertheless, nothing has of the language corbuseriano or of his related or next, and yes of a certain radicalism of the German » New objectivity «, sometimes in so succinct and sober, so austere form, which gets confused with a certain academicismo. Though it is, actually, an extreme, conscious radicalism of his purism and of his sobriety.
But, in end, these mixtures between academicismo and rationalism they were very common in the epoch. Us abiding Madrid, can be added also the Foundation Rockefeller, of Lacasa and Sanchez Arcas, or the complex of the Institute School, of Arniches y Domínguez, of another mien, but also participant of this mixture.
Next the academicismo, but different from this one, the «traditionalism» is. We can aim in this trend, and for so many things, to famous at «Flowers House”, of Secundino Zuazo, which so much has to also to certain European trends, since to Berlage‘s work and to the School of Amsterdam, and to other European different examples. Now then, in this case, the Spanish we can become more serious and more contentments, since few things were in the modern housing of that epoch so qualified as the famous apple of the neighborhood of Madrid de Arguelles. The fact of being a house constructed with walls of load of brick and of having also other things, as the covers of wood, they place the work of way decided about a traditionalist trend, but, since always, mixed. In the visual aspects and compositivos, the work is neo-academic, and not uselessly it wanted to emulate suitably to the houses of balconies of the 19th century that qualified the old town of Madrid and something of the widening. Nevertheless, there are some linguistic elements of the rationalism, since they are the terraces of the south front. And there are other many details (parabolic arches of the low ones, income of the portals) that play with a crook historicismo, sometimes neo-baroquly, so ironically as skilfully and fullly obtained. Of another side, and still, the disposition itself of the apple (that one that probably is the most important of the work), with his quadruple one was squeaking served by continuous courts, and with his great court garden opened for the streets, there supposes an urban disposition hygienist who lacks style, but that is absolutely modern. The compatibilización of this disposition with the area of an apple of the widening and with his obligations like urban volume they complete, synthetically, the very diverse ingredients of this masterpiece with an urban own attitude also of the academic nineteenth-century world and they connect with the imagination before commented.
Now then, the traditionalist works were not great, especially if we move away from Zuazo‘s figure. To complete it there might be remembered the Hospital of Toledo, of Sanchez Arcas, Lacasa and Solana, in that a mapping of academicismo modernized makes concrete with a construction and a few traditionalist very intense imaginations as such, and in whose intentions probably were present environmental questions in relation to the relatively next historical city.
The combination between expressionism and rationalism was also own of this epoch, both in many parts of Spain and in Madrid, as enough time ago has been already repeatedly observed. One has not made notice so much that the above mentioned combination, and beyond the direct thing or not of this influence, belongs neither to Spanish origin nor person from Madrid, but it comes from the attitude adopted as the great German architect Erich Mendelsohn when it decided to leave the full expressionism for the above mentioned combination, and in favour of the practical sense; or, more concretely, in favour of a more own attitude to obtain orders.
Almost the whole Mendelsohn’s work was immersed in this attitude, since they were the important office blocks for Berlin, almost all of them eliminated in the second world war, and different some. Mendelsohn combined with extraordinary skill the conceptual and plastic beginning of both trends, at first objected, and the fertility of his attitude spread very rapidly over the western world. In Madrid there are some attractive well cases (since it them is necessary in many parts of Spain) and finger to mention the acquaintance Barceló Cinema (today room “Pachá”), of Luis Gutiérrez Soto, copy so attractive as exact; and, also, the not less famous building Capitol, of Luis Martínez Feduchi and Vicente Eced, more complex in his use, size and disposition, and, also, in ingredients and influences. Since the Capitol was sensitive also to the “Art-Dèco” style in many of his decorative elements, and he gathered here an American influence, since it has been also, and naturally, noticed well. But even one has to speak in this complex building of the lessons learned in the academic and eclectic Spanish architectures to the being capable of arranging a building as respectfully urban as figuratively so succeeded in his paper of singular building, and to do it serving with extraordinary precision the difficulty of adapting to such an irregular area.
Other things stay, certainly. The union between rationalism and Art-Dèco, without the intervention of the expressionism, remained present, for example, in the missing person Olavide Market, of the architect Javier Ferrero, author also of an attractive combination between an intense “structuralism” (relative both of the academicismo and of the rationalism) and the Art-Dèco in the viaduct of Madrid of Bailén’s street.
The intervention of the engineering generated also other combinations, since it is the case of the brilliant Zarzuela Racetrack, in which Eduardo Torroja‘s presence originated an attraction “structuralism”, at last inevitable relative of the expressionism, but that it was combined also by the architects of the set, Arniches and Domínguez, with a position and an attitude that was inspiring mostly by the admired “popular architecture”.
Arniches and Domínguez did also in Madrid the Misses’ known Residence of the corner between the Miguel Ángel street and Martínez Campos street. It might be said that in her the rationalism shines exclusively, moderated, but pure. But this, though intense good, it is not completely true. The form in which the building pliega before the angle of the streets, the existence of the bevel and such a different behavior of the fronts to the street and to the garden they speak also about the influence of the urban behavior of the architecture of the eclectic academycism.
I am not going to insist. It is enough to understand the half-caste condition of the Spanish architecture of that epoch, the wealth of his references and the skill opened in the use of these. Perhaps the examination of other cases in other western cultures, related enough all of them, does not show very different situations.

1950s and 1960s.
Let’s go now a 50s and 60s, and the major abundance of works in this epoch will be going to try a major synthesis.
Well it is true that the own positions of the 40s, in what it does at least the young generation, already were dyed of eclecticism, consistent in harmonizing the academicismo practised by his major ones, and taught in the Schools, with the positions that the young persons were guessing in that closed Spain. Finger to mention for it Fisac‘s works for the Top Advice of Scientific Investigations, or, especially, the National Delegation of Unions, of Cabrero andy Aburto, projected and realized between the end and the beginning of two decades, and that so faithfully represents a traditional position – but not exactly academic – in relation with the accession of the building in the important urban enclave that occupies and, of another side, the brilliant follow-up of a modern imagination «metaphysics» inspired by some of the Italian works of the epoch.
Beyond these years there took place the full victory of modern, free manners already of traditional or academic pollutions. But, since so often it has been observed, in Spain – and since it happened equally in the whole western world – there took place also the victory of the «International Style», understood as the best architectural practice of the times and the modern nations, simultaneously with an answer or review of the same one, the organic one, which had protagonists as prestigious as the northern, presided architects nothing less than for Alvar Aalto, or so significant as the Italian architects of the generation of the unsuccessful Terragni, who were practising what they were called the «neo-realism» or who he supposed the theory of the «preexistences environmental».
This way, so. In the same way that Aalto was constructing the Town hall of Säynatsälo, traditionalist and modern simultaneously (and that Jacobsen was integrating in the rationalism the sloping covers, that Utzon was demonstrating that the houses court could be modern, that Ridolfi and Quaroni were proclaiming in the Tiburtino a contemporary popularismo, or that the Milanese and Venetian architects were testing modern offers compatible with the historical cities), a generation younger than the northern one and that the Italian, was testing in Spain an incorporation to the full modernity that, probably for the innovation, for the hurry and for the certain dazzle that the same fact supposed, could not stop mind in the exact nature of the instruments that it was using.
Already De la Sota – as Fisac, since Cabrero – it had been voluntarily eclectic in the works of the National Institute of Settling, compromised with the use of traditional criteria and planimetric modern instruments, responsible for a mixed language, not for less brilliant it. But later, initiated the fullly modern epoch, it was of the authors who introduced before the organic pollutions of the rationalism, since Doctor was proving the missing house in the street Maple, in Madrid, between other works. Also Coderch had been already a racionalist half unformalist half in the brilliant tenement in the Barceloneta. Paradoxically, Of the Jack it turned later into the medical instructor and the most flushed defender of a purist rationalism who was, nevertheless and perhaps to his sorrow, also slightly eclectic.
There were others intense and important defenders of the pure modernity, since it was Sáenz de Oíza, initially of his career, and in a logical response before the practice of the official neighborhoods of economic housings. But already in the White City in Alcudia appeared as a revisionist, in this case near to those of the Team X, having in the later case of White Towers a real eclectic explosion, which mixes very brilliantly positions corbuserianas and wrightianas with own others of the late organicismo of Utzon or of Saarinen.
Fisac, once left the juvenile position of the 40s, was almost always an architect who was mixing voluntarily the rationalism and the organicismo, sometimes integrating them (since it was, for example, in the churches) and in other occasions superposing them, since in the brilliant case of the Hydrographic Center of the river Manzanares, in Madrid.
But probably the most emblematic architects of this generation as for a mixed and intermediate practice between rationalism and organicismo were Corrales and Molezún, though it was not any more than for his recognized masterpiece of the Spanish Pavilion for the Expo of Brussels of 1958. Purely modern, racionalist beginning, since it was that of the modular repetition and the indefinite growth, the opened form, as well as the own figurative condition, joined with the hexagonal, natural mesh or cristalográfica, but to the end net organicista, and with the identity between space and resistant structure, derivative in direct form of the architecture of the second Wright.
Might we think that these mixtures – chance ignoramuses of a strong opposition between rationalism and organicismo as opposite architectures – it was a ballast that harmed the Spanish architecture of those years?
This way an illustrious architect and critical Spanish was thinking it already enough time ago, identifying with brilliancy the certain one lacking in intellectual criterion in the examination of his own instruments on the part of the designers, but concluding with this recognition a certain lack of quality of his productions. The one who writes does not think that this is like that and, beyond the conscience or not of the authors it brings over of his instruments of project, it would be necessary to say that such mixtures and eclectic incorporations favored and enriched the Spanish architecture produced in those years (under the extensive stage of the military dictatorship), and that they formed a part, with the purist architectures and with others, of a very rich and interesting panorama, especially for diversified.
Generations later to this first promotion of postwar period continued with a practice of the organic architecture that was, for his own nature, an eclectic architecture in all that it was incorporating inevitably racionalist beginning. The generation of Cano Lasso, of Carvajal and of Alas y Casariego they presented also eclectic profiles, since it could not be differently, but the clearest position took place from the work of Antonio Fernandez Alba and of the conscious practice of an organicismo who was always eclectic, since it had always in his base the rationalism. And this one could be a cigar, or, at least, try it. But the organicismo not.
This way, Fernández Alba, in the Convent of the Roll in Salamanca practised a combination between traditionalism and modernity as intense as white of egg, which it did also, with different resources, in the College Monfort in Loeches and in some other works. The Peña Ganchegui´s accomplishments added to a few racionalist bases always inevitably implicit in anyone that you were the work of this epoch a few criteria extracted of the vernacular and traditional architecture. Moneo had a very brilliant work, unfortunately missing, the house Gómez Acebo in the Moral, specially eclectic and with refined and mixed resources. And up to Fernando Higueras, who had wanted to practise an architecture absolutely exempt from racionalist pollutions, it had to conform what was an inevitable eclecticism.
Had Spanish architecture been better if it had managed to get away itself from an eclecticism that, conscious or unconsciously, always was practised?
Probably not, and finger to examine many of the works here mentioned, and different great not alluded, to verify that the eclectic thing was almost always a wealth, of forms and of contents.
So, perhaps is not architecture eclectic for his own nature?
I tend to believe that yes, and even more in these times already so late, in that it turns out to be almost impossible, and up to slightly opportunely, to avoid certain pollutions.
Antonio González-Capitel Martínez · PhD architect · Professor in ETSAM
Madrid · march 2016
[:]




