La oreja de van Eyck | Luis Gil Pita – Cristina Nieto Peñamaría

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Aldo van Eyck in ca. 1964 | Fotografía: Pierre Alechinsky

“Por entonces nos habíamos convertido ya en dos venerables ancianos. Con el paso de los años yo me había quedado sordo como una tapia y él fue perdiendo la vista hasta convertirse en un miope profundo. Quiere decir eso que, mientras estábamos juntos, vivíamos en una especie de simbiosis, como esas plantas sin apenas sabía que se aprovechan la una de la otra. Sentado cada cual en su sillón, en un ángulo del amplio salón y muy cerca de la cristalera que daba al jardín, yo me servía de su oído y el de mi vista. Es decir, yo (aplicando trompetilla de plata a mi oído derecho) le preguntaba por los rumores que se alzaban a nuestro alrededor y él, a su vez, me pedía que le recordase los colores y los perfiles de las cosas”.

Javier Tomeo. Problemas oculares. Cap Simbiosis. Edt Anagrama 1990. Barcelona

Me gustaría a través de estas líneas encontrarme con un tema demasiado evidente, aquel que tiene que ver con el sentido del oído (y la escucha) frente al de la vista (y la mirada). La obviedad de este acercamiento, nada científico por otra parte y que espero sepáis perdonar, sólo puedo afrontarla teniendo presente las palabras del maestro Cornelius van Eesteren al decirnos que

los principios elementales deben ser constantemente redescubiertos”.

No se trata de confrontar dos formas de entender, sino más bien de repensar su coordinación ante la hoy flagrante inflación de lo visible y lo imaginario frente a las demás facetas de la percepción, y entre ellas las ligadas al sentido del oído. Pararnos a pensar por qué ver y oír, cada día más, están en franca discordancia y divergencia.

El hombre, como ser perceptivo, enjuicia principalmente a través de los ojos, orientándose e intentando acertar, en proporción tanto parecida como engañándose y errando sobre su entorno. Pero este juicio se ha ido haciendo cada día más coercitivo y acelerado, sin tener en cuenta a los otros consultores que acompañaban a lo visual en una lectura más global de los fenómenos a entender.

Este cambio así como gran parte de las alteraciones en el equilibrio del ritmo de la percepción se originaron y gestaron durante el siglo que muchos han denominado como del cinematógrafo. El siglo XX -que se inició poniendo en movimiento la imagen quieta del XIX, la fotografía, para irla aligerando de contenido en tres   fases sucesivas: el cine, la televisión y, más recientemente, los nuevos sistemas de telecomunicación, consiguió artificializar y mecanizar el mirar, convirtiéndolo en un proceso acelerado y controlado que se adueña cada día de manera más profunda de nuestra forma de entender la mayor parte de nuestros habituales comportamientos y por ende de la arquitectura.

No deja, sin embargo, de resultar una paradoja que la contemplación de los fenómenos reales a través de los medios de la imagen, que reproducen movimiento y aceleración, presuponga y exija una quietud, un estar parados y sentados, controlados en la oscuridad de un recinto privado (antes privado y colectivo, la sala de cine, ahora privado y particular, cualquier habitación de la casa). Se trata de una observación que exige, frente a la apariencia de realidad en movimiento, una mirada estática y neutra. Una quietud también trasladada al mundo de la razón y las ideas, provocada por las dinámicas de vaciamiento originadas en el control de la imagen.

Los medios de información despliegan su funcionamiento tomando una parte aislada de la realidad que más tarde remiten a un sujeto pasivo que la contempla, y que tanto como observador es un muy probable cliente. En este esquema las situaciones descritas son aisladas de su entorno, de sus antecedentes y consecuencias, organizando, como explicaba Pierre Bordieu, todos sus movimientos entorno a una visión “deshistorizada y deshistorizante, atomizada y atomizante”, que evita cualquier percepción global del fenómeno enseñado (podríamos decir capturado).

Antes de producirse la revolución mediática, el conocimiento (no la información) exigía un viaje físico o intelectual. Un esfuerzo que requería el acercamiento de nuestra consciencia a los objetos o ideas buscados. Un movimiento del individuo frente y hacia lo indagado y una actitud en la que debían participar casi todos nuestros sentidos.

“Ver no es comprender. Pues no se comprende màs que con la razón”

dice Ignacio Ramonet. Profundización y conocimiento demandan para ser, estabilidad, tiempo suficiente y una reflexión ordenada. Un proceso cuyo desarrollo exige acercamiento, viaje hacia lo interior como argumento fundamental. Este acercamiento, como forma de entender, parece más próximo a lo que se despliega entorno al sentido del oído y los fenómenos que de él se derivan: diálogo y escucha. No enfrentados sino coordinados con lo que la vista y el ojo puedan aportar.

El oído y la oreja, el sentido y la parte exterior del sistema físico que lo permite, funciona, frente a la rapidez con que la imagen viaja desde el ojo, de forma mucho menos veloz en el trasvase de información desde el exterior al cerebro.

La vista funciona a partir de la retina que es una prolongación diferenciada del encéfalo, y el nervio óptico que los comunica es considerado, más que un nervio periférico, una verdadera vía intercraneal que asegura una instantaneidad que no existe entre el sistema exterior del oído y el cerebro. Casi una metáfora respecto del ritmo vital del oir, no del escuchar- todos escuchamos-, pues es un movimiento que exige calma y silencio personal, tiempo demorado para dejar que lo exterior pueda acceder y ser analizado.

Oir exige una actitud de predisposición que también puede existir para ver, pero a diferencia del sentido de la vista, el oído nos pone más lejanamente en contacto con el mundo de lo sensible en cuanto forma, y sin embargo nos acerca mucho más a las personas que habitan y construyen la vida a nuestro alrededor. Aquellos que se hacen “visibles” mediante el diálogo y el rumor.

El mundo neoliberal que habitamos no sólo se apoya en una inflación imaginaria sino también en una ausencia de dialogo, una especie de monólogo que evita la presencia de la voz del otro y que fácilmente se ha transportado al espacio vital de la arquitectura. Un espacio en el que por tradición los resultados siempre han parecido más visuales e imaginarios que organizados por la atenta escucha y el diálogo.

Frente a esta tradicional y últimamente agudizada y propositada falta de diálogo ,casi de profunda sordera, resulta reconfortante recordar aquellas otras actitudes nacidas en la naturaleza del escuchar y oir, del hablar y también del callar oportuno.

Para ello, no casualmente estas palabras comenzaban citando las de un maestro holandés, recurrimos al experimento social continuo, el de los Países Bajos. Holanda, como conquista territorial común y como espacio urbano por antonomasia, desde el pólder a Spuy Plein. Tejido fabricado a cualquier escala que procura lugar para la reclamación política, para el movimiento Provo, los kabouters y la ciudad utópica de Constant.

Holanda como lugar de deliberación social continuo donde la queja, el rumor, la charla, el grito y la reclamación social se hacen efectivos de manera más cercana a lo oído y no a lo visto.

Una Holanda en la que el mundo construído de Aldo van Eyck representa este espíritu del equilibrio entre lo visto y lo oído, formulando ideas, posiciones y trabajos, en una sociedad, la de los 60 y 70, en crisis y muy alejada de la perspectiva simplificadora con la que hoy es presentado aquel tiempo.

Un oído, el de Aldo van Eyck que se enriquece del habla y de la mesa redonda, donde participan el individuo y la comunidad, para atender a todos incluyendo a las minorías. Este incluyendo se dirigía no sólo a las minorías políticamente rentables, sino a otras que igual que siempre presentes, también eran siempre olvidadas, la de los niños. Escuchar hasta a los que parecen todavía no tener qué decir.

Existe en su visión del mundo una consciencia del valor de lo colectivo que se acrecienta mediante la anarquía, como respeto de cada una de las individualidades, la minoría de las minorías.

Van Eyck demostró siempre con anticipación holandesa (no de otra forma se puede sobrevivir en un espacio fuertemente adverso), que la atención a otra arquitectura nacida de parámetros de cualidad diferente a la imaginaria, visual y comercial es posible.

Sabía que entender sólo a través del mirar, obvia el problema de que el ojo además de guiarnos de forma fundamental, también nos engaña, tanto como arquitectos o creadores, como habitantes continuos o circunstanciales, pues la mirada acostumbra a buscar el recurso de la forma para explicarse.

Su trabajo evitaba el vaciamiento de conciencia de lo público a la búsqueda de un espacio para la crítica hecha, pero también recibida, que es consustancial a esta forma de entenderse a través del oído, del que debe resultar un lugar común.

Un lugar buscado y creado, donde paradojicamente la ciudad y el país del oído llegan a convertirse en uno de los más hermosos para la mirada. Una paradoja, como uno de los twin phenómena de Aldo, que en nuestro caso se resume en el vista-oído, para seguirnos enseñando que “tenemos el poder de reconciliar los opuestos”.

Luis Gil Pita-Cristina Nieto
Texto incluido en el Nº1 de la revista Laura de la Facultad de Arquitectura de Guimarães, DAAUM,2002.
Guimarães, 2002

Bibliografía:

Bordieu, Pierre. Contrafuegos. Edt Anagrama 1999. Barcelona.

Delgado, Manuel. El animal público. Edt Anagrama 1999. Barcelona.

Durán, Mª Angeles. La ciudad compartida.Edt CSCAE 1998. Madrid.

Ramonet, Ignacio. La tiranía de la comunicación. Edt Debate 1998. Barcelona.

Strauven, Francis. A. v E. The shape of Relativity. Edt A&N. 1998 A´dam.

Luis Gil Pita

Arquitecto por la ETSA de A Coruña en 1997, desde ese año colabora en el estudio de Manuel Gallego Jorreto hasta 1999. Becado de investigación en Holanda en 2000-1, con un estudio sobre lo fronterizo y liminar en arquitectura, por la Diputación de A Coruña, fue posteriormente Profesor invitado en el área de proyectos de la Facultad de Arquitectura de Guimaráes, Universidade do Minho, del 2001 hasta el 2007. Desde el inicio de su carrera ha publicado asíduamente artículos y ha participado como editor en diferentes publicaciones alrededor de la arquitectura.

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