[:es]
Decía la semana pasada que la arquitectura cabalga entre lo utilitario y lo poético y que esa condición que pudiera llamarse híbrida hace que calificar de artista a un arquitecto por el hecho de serlo resulta extraño, pese a que a cualquier escritor, poeta, músico o pintor, malo o mediocre, se le da ese título, porque se supone que hace arte1, aunque carezca de méritos artísticos.

A la inversa, si un arquitecto convencido del valor artístico de su obra se opusiera con fuerza a su adulteración, transformación, mutilación o abandono, lo más probable es que no logre ningún apoyo, pues la gente lo vería más bien como malcriado, poco realista, o como alguien conflictivo y problemático. Porque esa obra, tan importante para él, tan digna de ser conservada, respetada y hasta venerada, no es importante para casi nadie, a menos que se conjuguen factores que motivados por sus mejores virtudes permitan verla desde un punto de vista no rutinario, la saque de la simple cotidianidad. Cosa que a veces ocurre; cuando ya ha muerto el arquitecto (por eso decía Le Corbusier que el reconocimiento llegaba siempre tarde); cuando se le confiere valor mediante la crítica o un consenso entre gentes del oficio; cuando sus propietarios son gente influyente que además la promueven; cuando por su dimensión, su carácter simbólico, el hecho de ser sede de alguna institución de prestigio, es admirada por mucha gente; o finalmente, si su autor es un personaje muy celebrado. Condiciones que se dan poco, si tomamos en cuenta la cantidad de arquitecturas meritorias que se construyen frente a las muy pocas que son respetadas. Respeto que se debe a que se la reconoce como parte del patrimonio colectivo, una cualidad que da categoría de arte2 a una arquitectura concreta, y la hace trascender sus atributos meramente utilitarios.
Y esa dificultad de reconocimiento se debe a la condición híbrida de la arquitectura, a lo cual se suma su valor material facial, su simple valor en dinero invertido, siempre mucho más alto que el de un libro, un cuadro o, incluso, una escultura. Todo ello sin considerar el valor agregado por el mérito artístico. Y en el caso del edificio, se trata de un costo que no es sufragado por el arquitecto sino por un propietario, exige un laborioso proceso de construcción donde participan muchas personas, y tiene una presencia destacada en el escenario urbano, aparte de ser utilizado, usado, frecuentado, por muchísimas personas durante mucho tiempo, a veces siglos. Condiciones completamente singulares de la arquitectura, no compartidas con ninguna otra expresión artística.
Por todas estas razones la obra de arquitectura puede ser y es transformada a lo largo de toda su vida útil, y aunque disfrute de la ventaja de haber sido bien construida y siguiendo cuidadosamente las pautas de su autor y el beneplácito de un cliente, sufre cambios que a veces la desfiguran totalmente. Por ejemplo las Case Study Houses (16,17 y 18) del Arq. Craig Ellwood que mencioné la semana pasada, fueron todas modificadas hasta ser irreconocibles, pese a su valor como experiencias pioneras. Pero eso no es sino un detallito comparado con las decenas de miles de obras de arquitectura de valor patrimonial que han sido trasformadas, mutiladas y modificadas de la forma más radical a lo largo de las últimas décadas, para no hablar de la historia universal, que está llena de agresiones irrespetuosas y degradantes a importantes monumentos.
Pero vayamos a lo que nos afecta de modo directo. ¿Qué pasa cuando además de lo dicho ocurre que la sociedad en general se caracteriza por el desprecio del pasado construido y, en general, por una manifiesta incapacidad para la conservación de su patrimonio urbano? ¿Qué pasa en una situación como la venezolana?3
La Ciudad Universitaria de Caracas, por ejemplo, fue declarada “Patrimonio de la Humanidad” por la Unesco hace casi dos décadas pero su estado general de mantenimiento es lamentable. Con la excepción de lo que se viene haciendo en el Conjunto Biblioteca-Aula Magna, el resto de los edificios del conjunto exigirían una inversión no menor de un centenar de millones de dólares para hacerle el honor que merece su condición patrimonial, que, lo he dicho otras veces coincidiendo con muchos otros, la ha convertido en la obra de arte más importante de Venezuela. Y nuestra revolución de opereta en quince años, disponiendo de dinero de sobra, no sólo no apropió fondos a este fin sino que se los niega junto a todo lo que niega a la Universidad Central de Venezuela. Parece un accidente, un detalle, pero demuestra con toda claridad el ínfimo valor que se le otorga en Venezuela, desde la política, a la arquitectura. Lo cual en un petroestado es lo mismo que decir desde las más altas jerarquías del poder social y económico.
Esa actitud descubre un sesgo cultural específicamente venezolano: carecemos de una tradición urbana y arquitectónica suficientemente sólida como para reconocer la prioridad de la conservación de lo más valioso de nuestro patrimonio construido. Ni siquiera la presencia en estos últimos quince años, en los altos niveles del gobierno, de algunos arquitectos, pudo corregir esa estrechez de miras, con lo cual queda demostrado que ni esos arquitectos conceden verdadero valor a la arquitectura, ni dentro de nuestra insincera retórica política de avance social4 hay espacio para las exigencias de la vida urbana. Esto define de manera clara la diferencia entre nosotros y otros países del mundo, incluyendo muchos de los latinoamericanos, en los que el desarrollo institucional y cultural, nunca hubiera permitido que un supuesto avance5 cualitativo en términos sociales incluyera tanta indiferencia, tanta ceguera irresponsable.
Óscar Tenreiro Degwitz, Arquitecto.
Venezuela, octubre 2013,
Entre lo Cierto y lo Verdadero
Notas:
1. Otras veces he escrito sobre la película de hace muchos años, con Gary Cooper en el rol principal, que llevaba en español el título “Uno contra todos”, basada en la novela “El Manantial” de Ayn Rand (1905-1982) exitosa escritora estadounidense nacida en Rusia. Siempre tengo en la memoria la escena en la cual el arquitecto (Cooper) dinamita un conjunto de edificios en construcción de un proyecto suyo que había sido adulterado. Creo, que en el juicio que se le siguió el arquitecto salió absuelto, y lo que me interesa destacar aquí es su actitud frente a la obra y su desprecio por el valor material de ella, frente al enorme valor que tenía para él su integridad como producto de su arte personal.
Me impresionó esa actitud desafiante que colocaba la estima del arquitecto sobre su capacidad “creadora” por encima de todos los argumentos utilitarios y económicos que habían justificado el atropello al Proyecto. Un visión heroica, muy a tono con la época (los años treinta), atractiva para cualquier joven deseoso de romper esquemas, ansioso por darse a sí mismo una imagen liberadora y arriesgada.
Se ha dicho siempre que el modelo que Rand tomó para su personaje era Frank Lloyd Wright, pero si no lo hubiese sido, de todas maneras era común en ese tiempo, si se veía la vida con espíritu de vanguardia, suponer que el arquitecto era parte de una avanzada cultural que le confería, incluso, el derecho a ser implacable en el soporte de sus puntos de vista hasta todos los extremos.
2. Se trataba en fin de cuentas de ficción, pero no está demás decir que a lo largo de mi vida profesional he tenido experiencias que bien hubieran merecido una actitud similar. Y lo mismo dirían muchos de mis colegas, con variaciones de intensidad y consecuencias pero con idénticas razones: el trabajo del arquitecto rebajado a simples pautas básicas que pueden ser intervenidas a voluntad.
Porque forma parte de la experiencia de todo arquitecto en nuestro medio, sufrir interferencias, ver alteraciones, asistir impotentes a la arbitraria modificación de un proyecto a partir de la autoridad del cliente o del administrador del dinero público, todo ello sin que exista un estatuto jurídico que defienda derechos y proteja de arbitrariedades en nombre del dinero o del Poder. Y sobre todo (es lo que motiva mis reflexiones de hoy) un fundamento cultural que actúe como limitación, una visión de la arquitectura con raíces profundas en una tradición capaz de dar al oficio la dignidad que tiene, por encima de las peculiaridades personales y los impulsos de autoridad. La carencia de regulación es en definitiva una consecuencia de la levedad de la tradición arquitectónica, produciéndose una ausencia de soporte que viene a ser generalizada pese a que, por supuesto, existen espacios tanto en el área pública como en la privada, donde la situación es mucho más positiva. Nichos, podría decirse, en los cuales se procede de modo diferente.
3. Esos nichos, lo he comentado otras veces, fueron muy importantes a mediados del siglo pasado cuando Venezuela se encontraba en un proceso de modernización acelerado y una situación política en la que, a pesar de las restricciones que marcaron la etapa dictatorial, el populismo no había echado raíces. Y, siendo cierto que había muy pocos arquitectos en ejercicio, las iniciativas públicas y las más importantes a nivel privado hacían por insertarse en una perspectiva “moderna” que incluía a los arquitectos como una profesión necesaria, gentes dignas de ser escuchadas según lo señalaban las pautas de los países de mayor tradición.
Pero si la profesión en los años siguientes se expandió enormemente en términos numéricos, no fue así en términos cualitativos, manteniéndose un modo de proceder generalizado muy incompleto, en medio de una especie de avasallamiento populista que marcó la acción del Estado y fue progresivamente erosionando la noción de calidad, y como consecuencia, la necesidad de guardar una visión integral y completa de la disciplina. Y hoy seguimos padeciendo las consecuencias. Entre ellas, la casi imposibilidad de que se asuma la construcción de edificios tomando en cuenta todos los aspectos del proceso. Se sigue considerando que construir es definir un continente, un envoltorio, sin asumir las consecuencias de su inserción urbana, de sus “prolongaciones”, como se decía en la jerga de los años cincuenta.
4. Ayudar a superar esas limitaciones, luchar porque eche raíces una visión de la arquitectura más completa, madura, consciente de las implicaciones a largo plazo de la construcción de la ciudad, podría ser el papel, por ejemplo, de un Museo de Arquitectura: ubicar en contexto e intenciones la labor de los arquitectos, establecer vínculos con esfuerzos similares, saltar distancias geográficas y culturales para situar mejor, ayudar a entender mediante el documento, la crítica y el debate, las motivaciones del autor, revelar lo que permanece oculto en la maraña de lo utilitario y circunstancial. Pero no es así como lo han entendido los funcionarios “revolucionarios”. Lo ven como un organismo de propaganda empeñado en trasmitir una visión unidimensional, única, excluyente, de la arquitectura. No es que una visión así no pueda tener lugar en sus esfuerzos divulgativos, sino que estarían obligados a documentar y apoyar otras visiones para poder ser considerada una institución culturalmente completa, universal, consciente de que su escenario es múltiple.
5. Eso sabemos que no es posible en el actual contexto político venezolano, pero tendrá que serlo para que la institución justifique su existencia.
https://veredes.es/blog/arquitectura-arte-iii-oscar-tenreiro-degwitz/[:gl]
Diecía a semana pasada que a arquitectura cabalga entre o utilitario e o poético e que esa condición que puidese chamarse híbrida fai que cualificar de artista a un arquitecto polo feito de selo resulta estraño, malia que a calquera escritor, poeta, músico ou pintor, malo ou mediocre, se lle dá ese título, porque se supón que fai arte1, aínda que careza de méritos artísticos.

Á inversa, se un arquitecto convencido do valor artístico da súa obra se opuxese con forza á súa adulteración, transformación, mutilación ou abandono, o máis probable é que non logre ningún apoio, pois a xente o vería máis ben como malcriado, pouco realista, ou como alguén conflitivo e problemático. Porque esa obra, tan importante para el, tan digna de ser conservada, respectada e ata venerada, non é importante para case ninguén, a menos que se conxuguen factores que motivados polas súas mellores virtudes permitan vela dende un punto de vista non rutineiro, sáquea da simple cotianidade. Cousa que ás veces acontece; cando xa morreu o arquitecto (por iso dicía Le Corbusier que o recoñecemento chegaba sempre tarde); cando se lle confire valor mediante a crítica ou un consenso entre xentes do oficio; cando os seus propietarios son xente influente que ademais a promoven; cando pola súa dimensión, o seu carácter simbólico, o feito de ser sede dalgunha institución de prestixio, é admirada por moita xente; ou finalmente, se o seu autor é un personaxe moi celebrado. Condicións que se dan pouco, se tomamos en conta a cantidade de arquitecturas meritorias que se constrúen fronte ás moi poucas que son respectadas. Respecto que se debe a que lla recoñece como parte do patrimonio colectivo, unha calidade que dá categoría de arte2 a unha arquitectura concreta, e a fai transcender os seus atributos meramente utilitarios.
E esa dificultade de recoñecemento débese á condición híbrida da arquitectura, ao cal sumar o seu valor material facial, o seu simple valor en diñeiro investido, sempre moito máis alto que o dun libro, un cadro ou, ata, unha escultura. Todo iso sen considerar o valor agregado polo mérito artístico. E no caso do edificio, trátase dun costo que non é sufragado polo arquitecto senón por un propietario, esixe un laborioso proceso de construción onde participan moitas persoas, e ten unha presenza destacada no escenario urbano, separadamente de ser utilizado, usado, frecuentado, por muchísimas persoas durante moito tempo, ás veces séculos. Condicións completamente singulares da arquitectura, non compartidas con ningunha outra expresión artística.
Por todas estas razóns a obra de arquitectura pode ser e é transformada ao longo de toda a súa vida útil, e aínda que goce da vantaxe de ser ben construída e seguindo cuidadosamente as pautas do seu autor e o beneplácito dun cliente, sofre cambios que ás veces a desfiguran totalmente. Por exemplo cáseas Study Houses (16,17 e 18) do Arq. Craig Ellwood que mencionei a semana pasada, foron todas modificadas ata ser irreconocibles, pese ao seu valor como experiencias pioneras. Pero iso non é senón un detallito comparado coas decenas de miles de obras de arquitectura de valor patrimonial que foron transformadas, mutiladas e modificadas da forma máis radical ao longo das últimas décadas, para non falar da historia universal, que está chea de agresións irrespetuosas e degradantes a importantes monumentos.
Pero vaiamos ao que nos afecta de modo directo. Que pasa cando ademais do devandito ocorre que a sociedade en xeral caracterízase polo desprezo do pasado construído e, en xeral, por unha manifesta incapacidade para a conservación do seu patrimonio urbano? Que pasa nunha situación como a venezolana?3
A Cidade Universitaria de Caracas, por exemplo, foi declarada “Patrimonio da Humanidade” pola Unesco fai case dúas décadas pero o seu estado xeral de mantemento é lamentable. Coa excepción do que se vén facendo no Conxunto Biblioteca-Aula Magna, o resto dos edificios do conxunto esixirían un investimento non menor dun centenar de millóns de dólares para facerlle o honor que merece a súa condición patrimonial, que, díxeno outras veces coincidindo con moitos outros, converteuna na obra de arte máis importante de Venezuela. E a nosa revolución de opereta en quince anos, dispoñendo de diñeiro dabondo, non só non apropiou fondos a este fin senón que llos nega xunto a todo o que nega á Universidade Central de Venezuela. Parece un accidente, un detalle, pero demostra con toda claridade o ínfimo valor que se lle outorga en Venezuela, desde a política, á arquitectura. O cal nun petroestado é o mesmo que dicir desde as máis altas xerarquías do poder social e económico.
Esa actitude descobre un sesgo cultural específicamente venezolano: carecemos dunha tradición urbana e arquitectónica suficientemente sólida como para recoñecer a prioridad da conservación en grao sumo valioso do noso patrimonio construído. Nin sequera a presenza nestes últimos quince anos, nos altos niveis do goberno, dalgúns arquitectos, puido corrixir esa estrechez de miras, co cal queda demostrado que nin eses arquitectos conceden verdadeiro valor á arquitectura, nin dentro de nosa insincera retórica política de avance social4 hai espazo para as esixencias da vida urbana. Isto define de xeito claro a diferenza entre nós e outros países do mundo, incluíndo moitos dos latinoamericanos, nos que o desenvolvemento institucional e cultural, nunca permitise que un suposto avance5 cualitativo en términos sociais incluíse tanta indiferenza, tanta ceguera irresponsable.
Óscar Tenreiro Degwitz, Arquitecto.
Venezuela, outubro 2013,
Entre lo Cierto y lo Verdadero
Notas:
1. Outras veces escribín sobre a película de fai moitos anos, con Gary Cooper no rol principal, que levaba en español o título “Un contra todos”, baseada na novela “O Manantial” de Ayn Rand (1905-1982) exitosa escritora estadounidense nada en Rusia. Sempre teño na memoria a escena na cal o arquitecto (Cooper) dinamita un conxunto de edificios en construción dun proxecto seu que fora adulterado. Creo, que no xuízo que se lle seguiu o arquitecto saíu absolto, e o que me interesa destacar aquí é a súa actitude fronte á obra e o seu desprezo polo valor material dela, fronte ao enorme valor que tiña para el o seu integridad como produto da súa arte persoal.
Impresionoume esa actitude desafiante que colocaba estímaa do arquitecto sobre a súa capacidade “creadora” por encima de todos os argumentos utilitarios e económicos que xustificaran o atropelo ao Proxecto. Un visión heroica, moi a ton coa época (os anos trinta), atractiva para calquera mozo deseoso de romper esquemas, ansioso por darse a si mesmo unha imaxe liberadora e arriscada.
Díxose sempre que o modelo que Rand tomou para o seu personaxe era Frank Lloyd Wright, pero si non o foi, de todas as maneiras era común nese tempo, si víase a vida con espírito de vanguardia, supoñer que o arquitecto era parte dunha avanzada cultural que lle confería, ata, o dereito a ser implacable no soporte dos seus puntos de vista ata todos os extremos.
2. Tratábase en fin de contas de ficción, pero non está demais dicir que ao longo da miña vida profesional hei ter experiencias que ben merecesen unha actitude similar. E o mesmo dirían moitos dos meus colegas, con variacións de intensidade e consecuencias pero con idénticas razóns: o traballo do arquitecto rebaixado a simples pautas básicas que poden ser intervidas a vontade.
Porque forma parte da experiencia de todo arquitecto no noso medio, sufrir interferencias, ver alteracións, asistir impotentes á arbitraria modificación dun proxecto a partir da autoridade do cliente ou do administrador do diñeiro público, todo iso sen que exista un estatuto xurídico que defenda dereitos e protexa de arbitrariedades en nome do diñeiro ou do Poder. E sobre todo (é o que motiva as miñas reflexións de hoxe) un fundamento cultural que actúe como limitación, unha visión da arquitectura con raíces profundas nunha tradición capaz de dar ao oficio a dignidade que ten, por encima das peculiaridades persoais e os impulsos de autoridade. A carencia de regulación é en definitiva unha consecuencia da levedad da tradición arquitectónica, producíndose unha ausencia de soporte que vén ser xeneralizada pese a que, por suposto, existen espazos tanto no área pública como na privada, onde a situación é moito máis positiva. Nichos, podería dicirse, nos cales procédese de modo diferente.
3. Eses nichos, comenteino outras veces, foron moi importantes a mediados do século pasado cando Venezuela atopábase nun proceso de modernización acelerado e unha situación política na que, malia as restricciones que marcaron a etapa ditatorial, o populismo non botara raíces. E, sendo certo que había moi poucos arquitectos en exercicio, as iniciativas públicas e as máis importantes a nivel privado facían por inserirse nunha perspectiva “moderna” que incluía aos arquitectos como unha profesión necesaria, xentes dignas de ser escoitadas segundo sinalábano as pautas dos países de maior tradición.
Pero si a profesión nos anos seguintes se expandió enormemente en términos numéricos, non foi así en términos cualitativos, manténdose un modo de proceder xeneralizado moi incompleto, no medio dunha especie de avasallamiento populista que marcou a acción do Estado e foi progresivamente erosionando a noción de calidade, e como consecuencia, a necesidade de gardar unha visión integral e completa da disciplina. E hoxe seguimos padecendo as consecuencias. Entre elas, a case imposibilidad de que se asuma a construción de edificios tomando en conta todos os aspectos do proceso. Séguese considerando que construír é definir un continente, un envoltorio, sen asumir as consecuencias da súa inserción urbana, das súas “prolongacións”, como se dicía na jerga dos anos cincuenta.
4. Axudar a superar esas limitacións, loitar porque bote raíces unha visión da arquitectura máis completa, madura, consciente das implicaciones a longo prazo da construción da cidade, podería ser o papel, por exemplo, dun Museo de Arquitectura: situar en contexto e intencións o labor dos arquitectos, establecer vínculos con esforzos similares, saltar distancias xeográficas e culturais para situar mellor, axudar a entender mediante o documento, a crítica e o debate, as motivaciones do autor, revelar o que permanece oculto na maraña do utilitario e circunstancial. Pero non é así como entendérono os funcionarios “revolucionarios”. Veno como un organismo de propaganda empeñado en transmitir unha visión unidimensional, única, excluínte, da arquitectura. Non é que unha visión así non poida ter lugar nos seus esforzos divulgativos, senón que estarían obrigados a documentar e apoiar outras visións para poder ser considerada unha institución culturalmente completa, universal, consciente de que o seu escenario é múltiple.
5. Iso sabemos que non é posible no actual contexto político venezolano, pero terá que selo para que a institución xustifique a súa existencia.
[:en]
He was saying last week that the architecture rides between the utilitarian thing and the poetical thing and that this condition that could call hybrid does that to qualify of artist an architect for the fact of it being turns out to be strange, in spite of that to any writer, poet, musician or painter, bad or mediocre, gives himself this title, because it is supposed that it does art1, though he lacks artistic merits.

Inversely, if an architect convinced in the artistic value of his work was objecting strongly to his adulteration, transformation, mutilation or abandon, the most probable thing is that it does not achieve any support, since the people would see it rather like bad-mannered, slightly realistic, or as troubled and problematic anybody. Because this work, so importantly for him, so worth being preserved, respected and up to venerated, is not important for almost anybody, until there conjugate factors that motivated by his better virtues allow to see her from a not routine point of view, extract it of the simple commonness. Thing that sometimes happens; when already there has died the architect (because of it Le Corbusier was saying that the recognition was coming always late); when value is awarded by means of the critique or a consensus between peoples of the trade; when his owners are an influential people that in addition they promote it; when for his dimension, his symbolic character, the fact of being a headquarters of some institution of prestige, is admired by many people; or finally, if his author is a very celebrated personage. Conditions that are given little, if we bear in mind the quantity of meritorious architectures that there construct themselves opposite to very few ones that are respected. Respect that owes to itself that is recognized as part of the collective heritage, a quality that gives category of art2 to a concrete architecture, and it makes it come out his merely utilitarian attributes.
And this difficulty of recognition owes to the hybrid condition of the architecture, to which there adds his material facial value, his simple value in invested money, always much higher than that of a book, a picture or, even, a sculpture. All this without considering the value added by the artistic merit. And in case of the building, it is a question of a cost that it is not supported by the architect but by an owner, it is required a laborious process of construction where many persons take part, and has a presence emphasized in the urban scene, apart from being used, used, frequented, for many persons for a long time, sometimes centuries. Completely singular conditions of the architecture, not shared with no other artistic expression.
For all these reasons the work of architecture can be and transformed along all his useful life, and though enjoyment of the advantage of having being constructed well and following carefully the guidelines of his author and the consent of a client, suffers changes that sometimes disfigure her totally. For example Case Study Houses (16,17 and 18) of the Arq. Craig Ellwood that I mentioned last week, they were all modified up to being unrecognizable, in spite of his value as pioneering experiences. But it is not but a detallito compared with the tens of thousands of works of architecture of patrimonial value that have been trasformadas, mutilated and modified of the most radical form throughout last decades, not to speak about the universal history, which is full of disrespectful and degrading aggressions to important monuments.
But let’s go to what affects us in a direct way. What does happen when besides the above mentioned thing it happens that the company in general is characterized by the scorn of the constructed past and, in general, by a manifest disability for the conservation of his urban heritage? What does happen in a situation as the Venezuelan?3
The University City of Caracas, for example, was declared “Heritage of the Humanity” by the UNESCO almost two decades ago but his general condition of maintenance is lamentable. With the exception of what one comes doing in the Set Library – assembly hall, the rest of the buildings of the set would demand a not minor investment of a hundred of million dollars to do to him the honor that deserves his patrimonial condition, that, I it have said other times coinciding with different many, it has turned her into the most important work of art of Venezuela. And our revolution of operetta in fifteen years, having money of surplus, not only did not adapt funds to this end but one denies them close to everything what he denies to the Central University of Venezuela. It looks like an accident, a detail, but it demonstrates with all clarity the negligible value that grants him in Venezuela, from the politics, to the architecture. Which in a petroestado is the same thing that to say from the highest hierarchies of the social and economic power.
This attitude discovers a cultural specifically Venezuelan bias: we lack an urban and architectural sufficiently solid tradition as to recognize the priority of the conservation of the most valuable of our constructed heritage. Not even the presence in the latter fifteen years, in the high levels of the government, of any architects, could correct this narrowness of gun-sights, with which it can only demonstrated that not even these architects grant real value to the architecture, not inside our unsincere political rhetoric of social advance4 there is space for the requirements of the urban life. This defines in a clear way the difference strictly between ourselves and other countries of the world, including many of the Latin Americans, in whom the institution building and cultural, it had never been allowed that a supposed advance5 qualitative in social terms was including so many nonchalance, so many irresponsible blindness.
Óscar Tenreiro Degwitz, Architect.
Venezuela, october 2013,
Entre lo Cierto y lo Verdadero
Notes:
1. Other times I have written on the movie of many years ago, with Gary Cooper in the principal role, that it was taking in Spanish the title “One against all”, based on the novel “The Spring” of successful Ayn Rand (1905-1982) American born writer in Russia. Always I have in the memory the scene in which the architect (Cooper) dynamite a set of buildings in construction of his project that had been adulterated. I think, that in the judgment that followed him the architect worked out absolved, and what I am interested in emphasizing here is his attitude opposite to the work and his scorn for the material value of her, opposite to the enormous value that had for him his integrity as product of his personal art.
It impressed this challenging attitude that was placing the esteem of the architect on his “creative“ capacity over all the utilitarian and economic arguments that had justified the violation to the Project. One heroic visión, very to tone with the epoch (the thirties), attractive for any young person anxious to break schemes, eager to give him to yes same a liberating and risky image. I think, that in the judgment that followed him the architect worked out absolved, and what I am interested in emphasizing here is his attitude opposite to the work and his scorn for the material value of her, opposite to the enormous value that had for him his integrity as product of his personal art.
It has been said providing that the model that Rand took for his personage was Frank Lloyd Wright, but if it it should not be, anyhow it was common in this time, if one saw the life with spirit of forefront, to suppose that the architect was a part of the advanced cultural one who was awarding, enclosedly, the right to be implacable in the support of his points of view up to all the ends.
2. It was treating itself in account end of fiction, but it is not others to say that along my professional life I have had experiences that well had deserved a similar attitude. And the same thing would say many of my colleagues, with variations of intensity and consequences but with identical reasons: the work of the architect reduced to simple basic guidelines that can be controlled to will.
Because it forms a part of the experience of every architect in our way, to suffer interferences, to see alterations, to be present impotent at the arbitrary modification of a project from the authority of the client or of the administrator of the public money, all this without there exists a juridical statute that defends rights and protects of arbitrarinesses in name of the money or of the Power. And especially (it is what motivates my reflections of today) a cultural foundation that acts as limitation, a vision of the architecture with deep roots in a tradition capable of giving to the trade the dignity that has, over the personal peculiarities and the impulses of authority. The lack of regulation is definitively a consequence of the levity of the architectural tradition, producing to him an absence of support that comes to be generalized in spite of that, certainly, spaces exist both in the public area and in the private road, where the situation is much more positive. Niches, it might be said, in which one proceeds in a different way.
3. These niches, I it have commented on other times, they were very important in the middle of last century when Venezuela was in an intensive process of modernization and a political situation in which, in spite of the restrictions that marked the dictatorial stage, the populism had not thrown roots. And, being true that there were very few architects in exercise, the public and most important initiatives to private level were doing for be inserting in a “modern” perspective that was including the architects as a necessary profession, peoples worth being listened it was indicated by the guidelines of the countries of major tradition
But if the profession in the following years expanded enormously in numerical terms, it was not like that in qualitative terms, being kept a way of proceeding generalized very incompletely, in the middle of a species of populist enslavement that marked the action of the State and was eroding progressively the qualit notion, and as consequence, the need to guard an integral and complete vision of the discipline. And today we continue suffering the consequences. Between them, her almost impossibility that the building construction is assumed bearing in mind all the aspects of the process. It continues thinking that constructing is to define a continent, a bundle, without assuming the consequences of his urban insertion, of his “prolongations”, as it was said in the slang of the fifties.
4. To help to overcome these limitations, to fight because he throws roots a vision of the most complete, mature, conscious architecture of the long-term implications of the construction of the city, it might be the paper, for example, of a Museum of Architecture: to locate in context and intentions the labor of the architects, to establish links with similar efforts, to jump geographical and cultural distances to place better, to help to deal by means of the document, the critique and the debate, the motivations of the author, to reveal what remains secret in the tangle of the utilitarian and circumstantial thing. But it is not as well as the “revolutionary” civil servants have understood it. It come as an organism of propaganda pawned in trasmitir a vision unidimensional, the only, exclusive, from the architecture. It is not that a vision like that could not take place in his divulgative efforts, but other visions would be forced to document and support to be able to be considered to be a culturally complete, universal, conscious institution of which his scene is multiple.
5. We know it that it is not possible in the current political Venezuelan context, but it it will have to be in order that the institution justifies his existence.
[:]




