La arquitectura pública en Madrid y en el inicio del siglo XXI (V) | Antón Capitel

Palacio Municipal de Congresos, de Moreno Mansilla y Tuñón

Un nuevo edificio de Palacio Municipal de Congresos, contiguo a las “cuatro torres”, fue convocado por un concurso, con un jurado que también prefiero no recordar, y que le dio el premio al proyecto de Luis Moreno Mansilla y Emilio Tuñón, proyectistas que normalmente tienen resultados muy convincentes,  que quien escribe suele admirar y que antes elogió.

Pero no puedo pensar, en este caso, que un disco puesto de pie, una suerte de gran rueda, por mucho que aspire y hasta logre representar al sol, pueda llegar a ser un buen edificio. Me parece que todas las cosas, incluso el formalismo contemporáneo, y hasta el sentido del humor, tienen su límite, y creo que este es uno de ellos.

Cierto es, lo sé, que un redondel gana algo de racionalidad, en alguno de sus aspectos, si se pone de pie, ya que sus estratos horizontales –sus plantas- no quedan afectados por las rigideces de la forma redonda. De todos modos, la traidora geometría circular también te vence en este caso, pues te va obligando a que las plataformas horizontales tengan el tamaño irracional que el círculo dicta. ¿Se veían tan seguros los autores de lograr algo enormemente cualificado? Pues sólo esto podría perdonar un formalismo tan exacerbado. Ya que el formalismo sólo alcanza sentido, verdaderamente, si consigue ser olvidado; esto es, si consigue que, finalmente, la forma parezca un resultado y no un punto de partida. Muy difícil hubiera sido, en este caso.

No obstante, esta promoción ha sido llevada también por el viento de la recesión. No sabemos si volverá al compás de nuevos tiempos más felices, si es que éstos llegan a aparecer.

Centro cultural Caixa Forum, de Herzog y De Meuron

En uno de los últimos números de la revista “Arquitectura”, que dirigía, quien escribe dedicó un artículo crítico al edificio del “Caixa Forum”, de los arquitectos suizos Herzog y De Meuron. Quien esté más interesado puede buscarlo allí, pues aquí se hará algo más resumido.

Y distinto. Me parece importante tratar aquí el hecho de la falsa conservación de un edificio patrimonial, asunto que está en la base misma de esta actuación. No sé si los restos del viejo caserón que en su día fue una central eléctrica merecía o no ser un edificio protegido. Pero, si era así –al menos, por hipótesis-, debería de haberse conservado. Y, si no, resulta algo superfluo que se haya utilizado como un pretexto proyectual, más o menos conceptualista. La central eléctrica ya no existe, se ha convertido en un lacerado cadáver, por lo que la conservación patrimonial ha sido defraudada. ¿No hubiera sido mejor que se hubiera permitido hacerla desaparecer, y que así el nuevo proyecto hubiera sido intelectualmente más honrado al haber tenido que buscar su inspiración en otro asunto más razonable y atractivo?

Porque utilizar la cáscara de la vieja central para representar el milagro de cortarla por su base y de dejarla suspendida en el aire como un tema formal pretendidamente insólito, permítanme decir que no es otra cosa que un chiste malo. Es un chiste casi tan malo como el de la plaza de Castilla, con las torres que se caen y que no acaban de caerse, y que, como tal chiste, se convierte en repugnante cuando dura, y dura, y sigue durando. Pues la arquitectura tiene esa característica bien conocida de su absoluta terquedad, de que no cambia nunca, por lo que sus temas formales necesitan aguantar bien el paso de un tiempo cruelmente invariable.

No creo que, tampoco, el edificio del Caixa Forum haya vencido el problema primario de composición que los arquitectos mismos se plantearon al hacer crecer el volumen hacia arriba. Creo que han fracasado en este tema tan claro sencillamente por completo, y que el resultado sólo puede satisfacer a los aficionados más viciosos a un “collage” moderno-antiguo, ya bastante pasado de moda.

 Por otro lado, y para acabar, me parece bastante decepcionante el detalle muy importante de que, al llegar a la cafetería, en el piso alto, las planchas de acero cortén se agujerean para dar algo de luz y de vista, pero no se retiran lo suficiente para ofrecer la espléndida vista que se podría tener sobre el Jardín Botánico y el sector Este de la ciudad, y que haya de verse esto tan sólo mirando por un agujerito. Creo que el formalismo brilla así, en este edificio, mucho más que la calidad, y que para esto no hacía falta traerse a personalidades extranjeras supuestamente brillantes. Y, por cierto, sin concurso.

Ha sido este tema una gran decepción.

Nueva trasera del Museo del Prado, de Rafael Moneo

Las otras rehabilitaciones han sido mucho más importantes y, por fortuna, y a juicio de quien escribe, mucho más cualificadas.

La primera es la ampliación del Museo del Prado, de Rafael Moneo, después de un concurso de ideas con programa libre y de otro restringido a los seleccionados en aquél y con un programa muy estrictamente condicionado.

La ampliación ha resuelto las carencias funcionales que en el Museo eran endémicas (falta de salón de Actos, de salas de exposiciones, confusión en los accesos, falta de servicios varios,..), logrando ordenar muy adecuadamente un espacio disponible bastante limitado, de una parte, y saneando de una manera muy satisfactoria los espacios urbanos de la trasera del edificio, de otra.

Quien haga memoria recordará que el edificio de Villanueva, traicionado en su revolucionaria tipología por las retrógradas reformas de Arbós, primero, y de Chueca y Lorente después, que tergiversaron su disposición originaria exenta y sin patios, presentaba una trasera muy desafortunada, y en la que los nuevos volúmenes que lo habían empeorado fingían figurativamente que eran originales, como si el tiempo no hubiera transcurrido y la ignorancia hubiera sido inocua. El edificio se resentía de un encuentro con el terreno que continuaba indeciso entre la horizontalidad y la condición inclinada, y que para resolverlo había ido convirtiendo su trasera en una suerte de gigante “patio inglés”.

Nada que ver con el orden urbano, la limpieza espacial y volumétrica y la adecuación que hoy vemos. El “jardín de los arrayanes” de la cubierta ha domesticado la superficie semi-subterránea de la ampliación, que entesta adecuadamente con las fachadas espurias, y que libera mediante un patio el ábside vilanoviano, que había sido tan disminuido y puesto en duda por aquéllas. La peatonalización de la calle Ruiz de Alarcón ha quedado valorada con la convincente unión entre el volumen nuevo en torno al claustro y la Iglesia de los Jerónimos, y todo este sector urbano brilla hoy con un orden que ha desterrado la vieja inadecuación y el tradicional abandono que antes le era propio.

Ha habido muchos que criticaron aspectos figurativos tanto exteriores como internos, y acaso sea cierto que haya en la ampliación cuestiones visuales no del todo logradas, o convincentes, no sé.  No me parecen importantes al lado del orden y de la adecuación que hoy todo respira, y que han logrado hacer del Museo del Prado una institución física y arquitectónicamente a la altura de la colección de pintura más importante del mundo.

Creo que Madrid está en este caso de enhorabuena.

(continuará…)

Antonio González-Capitel Martínez · Doctor arquitecto · catedrático en ETSAM
Madrid · marzo 2013

Antón Capitel

Es arquitecto y catedrático de Proyectos de la Escuela de Arquitectura de Madrid, fue director de la revista Arquitectura (COAM) de 1981-86 y de 2001-09. Historiador, ensayista y crítico, ha publicado numerosos artículos en revistas españolas y extranjeras sobre arquitectura española e internacional. Entre sus libros destacan diferentes monografías sobre arquitectos.

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