[:es]
La Gran Vía de Madrid. Breve biografía crítica de una gran calle (I) | Antón Capitel

El primer tramo de la Gran Vía, que asciende –dando con ello una cierta sensación de fatiga, como si se rememorara la dificultad que se tuvo para iniciarla-, comienza con el gran edificio singular que fue el de la Unión y El Fénix (Alcalá 39, arqtos. Jules y Raymond Fevrier, 1905-10, hoy “Metrópolis” y anterior, en realidad, a la avenida), rotonda brillantemente replicada y acompañada por otra inmediata y separada por una calle pequeña, la del edificio que tiene en su planta baja la joyería Grassy (Gran Vía 1, arqto. Eladio Laredo y Carranza, 1916-17). Y este notable y atractivo inicio queda espectacularmente rematado por el gran final de este primer tramo, consistente en la presencia del rascacielos de la Telefónica (Gran Vía 28, arqtos. Ignacio Cárdenas de Pastor y Louis S. Weeks, 1925-29), el más alto del lugar, al menos por su posición, y en una vista ampliamente fotografiada, e inmortalizada también, modernamente, por el afortunado y atractivo pincel de Antonio López García.
Y fue esta arquitectura ecléctica, de estilo neobarroco, la que caracterizó por completo la realización de esta primera parte de la avenida. La Gran Vía fue una actuación relativamente superficial, dicho esto en el sentido de que los nuevos edificios que la apertura supuso rara vez están más al fondo de los solares que ocupan la primera línea de la calle. Los que podríamos llamar “efectos Gran Vía” se extienden a veces por las calles laterales o por plazas traseras, pero no siempre. En la mayoría de los casos, la Gran Vía la constituye únicamente la primera línea de edificios, que siempre resuelven todas las esquinas, naturalmente, pero que no suelen continuar hacia atrás, bien fuera por sí mismos, bien mediante edificios semejantes. La Gran Vía es así como un escenario, una escenografía urbana, y si bien a esta condición podría tenérsele como por algo demasiado superficial –dicho esto en el peor de los sentidos- hemos de rescatar de esta sospecha a la avenida asegurando que la Gran Vía es desde luego una escena porque constituye un gran “Teatro”, un espectacular y magnífico teatro urbano. Nada más, pero tampoco nada menos.
Podría decirse sin exageración que muchos elementos urbanos son un “teatro”, con tantas plazas ocurre eso, por ejemplo. Un teatro quieto, desde luego, donde se representa siempre la misma escena y donde se dicen repetidamente las mismas frases no sonoras, pero un teatro, al fin. Donde los edificios se presentan al modo de personajes que dialogan entre sí y animan con un coloquio sordo, pero elocuente, la quieta escena, y ello más allá de sus estrictas obligaciones estéticas, constructivas y funcionales.
El gran teatro de la Gran Vía tiene tres “actos”, sucesivos en el espacio, y siempre en quieta y continua representación. El primero es el primer tramo del que estábamos hablando, cuyos personajes, en un gesto de firme voluntad unitaria, se han vestido todos de neo-barroco (o, como mucho, de neo-renacimiento); esto es de aquel estilo historicista que estaba más de moda en el Madrid de las dos primeras décadas del siglo, antes de que nada de lo que enseguida sería la arquitectura moderna hiciera su aparición. Era un estilo, y un historicismo, superviviente de las ideas y los modos del siglo XIX, pero que en Madrid, y en España, había tomado un fuerte impulso por la promoción de los “estilos españoles” que, frente a la moda decimonónica de lo francés, había defendido el gran arquitecto y profesor Vicente Lampérez, y que había sido seguido por proyectistas tan ilustres y de tanto éxito como Antonio Palacios, Aníbal González, Leonardo Rucabado y hasta Teodoro de Anasagasti.
Era un estilo –o unos estilos- que venía a disimular un poco la falta real de contenidos arquitectónicos verdaderamente interesantes en las primeras décadas del siglo, extinguidos ya los historicismos decimonónicos, que fueron más profundos e importantes, y sin aparecer todavía, como dijimos, los inicios de la arquitectura moderna. Estilos propios así para un tiempo incierto, un tiempo de espera -aún cuando él mismo no tuviera conciencia de tal- como si se tratara de un paso de baile que no hace otra cosa que dividir y separar dos piezas musicales realmente importantes.
Pero lo cierto es que aunque sea sin otras obras maestras que las ya señaladas del principio y del final, este primer acto y tramo de la Gran Vía, está dotado de suficiente unidad y de una variedad también notable, cuya combinación logra una fortuna escénica no pequeña, y de alto empaque urbano. Si uno va mirando uno a uno los distintos edificios probablemente tenga una importante decepción con muchos de ellos (aunque no con todos), pero como efecto urbano de conjunto hay que reconocer que se tuvo un notable éxito. Y no es un éxito pequeño, ya que resulta más difícil, en general, lograr una armonía de conjunto en un sector de una ciudad que obtener grandes éxitos particulares. Tal parece que los arquitectos de la ciudad que aquí intervinieron hubieran sido absolutamente conscientes de que el verdadero protagonista formal no era otro que la nueva avenida. Entre la unidad y la variedad combinadas y la condición ascendiente de la calle se obtuvieron unos efectos estéticos, en buena medida pintorescos, bastante convincentes.
Cabría señalas algunos otros edificios concretos. El de Gran Vía esquina a Marqués de Valdeiglesias (arqto. Juan Moya, principio de los años 20) es de un estilo neobarroco convencional, pero resolvió muy afortunadamente el ángulo obtuso entre Alcalá y Gran Vía, al inicio de ésta, y la adecuada conexión con la iglesia de San José. El edificio de Gran Vía 4 (de arqto. no conocido y de los años 10) no siguió exactamente el estilo colectivo, pero lo hizo en un modo académico capaz da armonizarse con él, dotado de una fachada muy abierta y acristalada que se enlaza con edificios comerciales de París o, incluso, de Chicago.
De entre los edificios neo-barrocos más enfáticos y conseguidos destaca el de Gran Vía 16 (arqto. Julio Martínez Zapata, 1914-16). En Gran Vía 25 (arqto. Modesto López Otero, 1919-25) encontramos en el Hotel Gran Vía una alusión nada desdeñable a la arquitectura vienesa del gran Otto Wagner. Justamente antes de la Telefónica y enfrente del vació de la red de San Luis que abre la calle de la Montera destaca el brillante eclecticismo del edificio de Gran Vía 26 (arqto. Pablo Aranda Sánchez, 1914-16). Aunque podríamos también echar un vistazo hacia algunas de las calles laterales que tienen ciertos “efectos Gran Vía” en solares más retrasados con respecto a la avenida, y descubrir así, en la calle Virgen de los Peligros 11 y 13, al edificio conocido como la “Casa de los portugueses” (arqto. Luis Bellido, 1919-22), de un eclecticismo independiente y personal, muy conseguido, probablemente el edificio estéticamente más cualificado de la zona. Con todos ellos cerramos nuestra referencia a este primer tramo.
Antonio González-Capitel Martínez · Doctor arquitecto · catedrático en ETSAM
Madrid · enero 2016
Referencias:
– 100 años de Gran Vía. El Mundo.
– Gran Vía. Memoria de Madrid.
La Gran Vía de Madrid. Breve biografía crítica de una gran calle (III) | Antón Capitel

O primeiro tramo de la Gran Vía, que ascende –dando con iso una certa sensación de fatiga, coma se rememorásese a dificultade que se tivo para iniciala-, comeza co gran edificio singular que foi o da Unión e O Fénix (Alcalá 39, arqtos. Jules e Raymond Fevrier, 1905-10, hoxe “Metrópoles” e anterior, en realidade, á avenida), rotonda brillantemente replicada e acompañada por outra inmediata e separada por unha rúa pequena, a do edificio que ten na súa planta baixa a xoiería Grassy (Gran Vía 1, arqto. Eladio Laredo e Carranza, 1916-17). E este notable e atractivo inicio queda espectacularmente rematado polo gran final deste primeiro tramo, consistente na presenza do rañaceos da Telefónica (Gran Vía 28, arqtos. Ignacio Cárdenas de Pastor e Louis S. Weeks, 1925-29), o máis alto do lugar, polo menos pola súa posición, e nunha vista amplamente fotografada, e inmortalizada tamén, modernamente, polo afortunado e atractivo pincel de Antonio López García.
E foi esta arquitectura ecléctica, de estilo neobarroco, a que caracterizou por completo a realización desta primeira parte da avenida. A Gran Vía foi unha actuación relativamente superficial, devandito isto no sentido de que os novos edificios que a apertura supuxo de cando en cando están máis ao fondo dos solares que ocupan a primeira liña da rúa. Os que poderiamos chamar “efectos Gran Vía” esténdense ás veces polas rúas laterais ou por prazas traseiras, pero non sempre. Na maioría dos casos, a Gran Vía constitúea unicamente a primeira liña de edificios, que sempre resolven todas as esquinas, naturalmente, pero que non adoitan continuar cara atrás, ben fóra por si mesmos, ben mediante edificios semellantes. A Gran Vía é así como un escenario, unha escenografía urbana, e aínda que a esta condición podería térselle como por algo demasiado superficial –devandito isto no peor dos sentidos- habemos de rescatar desta sospeita á avenida asegurando que a Gran Vía é desde logo unha escena porque constitúe un gran “Teatro”, un espectacular e magnífico teatro urbano. Nada máis, pero tampouco nada menos.
Podería dicirse sen esaxeración que moitos elementos urbanos son un “teatro”, con tantas prazas ocorre iso, por exemplo. Un teatro quieto, desde logo, onde se representa sempre a mesma escena e onde se din repetidamente as mesmas frases non sonoras, pero un teatro, ao fin. Onde os edificios preséntanse ao modo de personaxes que dialogan entre si e animan cun coloquio xordo, pero elocuente, a quieta escena, e iso máis aló das súas estritas obrigacións estéticas, construtivas e funcionais.
O gran teatro da Gran Vía ten tres “actos”, sucesivos no espazo, e sempre en quieta e continua representación. O primeiro é o primeiro tramo do que estabamos a falar, cuxos personaxes, nun xesto de firme vontade unitaria, vestíronse todos de neo-barroco (ou, como moito, de neo-renacemento); isto é daquel estilo historicista que estaba máis de moda no Madrid das dúas primeiras décadas do século, antes de que nada do que enseguida sería a arquitectura moderna fixese a súa aparición. Era un estilo, e un historicismo, sobrevivente das ideas e os modos do século XIX, pero que en Madrid, e en España, tomara un forte impulso pola promoción dos “estilos españois” que, fronte á moda decimonónica do francés, defendera o gran arquitecto e profesor Vicente Lampérez, e que fora seguido por proyectistas tan ilustres e de tanto éxito como Antonio Palacios, Aníbal González, Leonardo Rucabado e ata Teodoro de Anasagasti.
Era un estilo –ou uns estilos- que viña disimular un pouco a falta real de contidos arquitectónicos verdadeiramente interesantes nas primeiras décadas do século, extinguidos xa os historicismos decimonónicos, que foron máis profundos e importantes, e sen aparecer aínda, como dixemos, os inicios da arquitectura moderna. Estilos propios así para un tempo incerto, un tempo de espera -aínda cando el mesmo non tivese conciencia de tal- coma se tratásese dun paso de baile que non fai outra cousa que dividir e separar dúas pezas musicais realmente importantes.
Pero o certo é que aínda que sexa sen outras obras mestras que as xa sinaladas do principio e do final, este primeiro acto e tramo da Gran Vía, está dotado de suficiente unidade e dunha variedade tamén notable, cuxa combinación logra unha fortuna escénica non pequena, e de alto empaquetado urbano. Se un vai mirando un a un os distintos edificios probablemente teña unha importante decepción con moitos deles (aínda que non con todos), pero como efecto urbano de conxunto hai que recoñecer que se tivo un notable éxito. E non é un éxito pequeno, xa que resulta máis difícil, en xeral, lograr unha harmonía de conxunto nun sector dunha cidade que obter grandes éxitos particulares. Tal parece que os arquitectos da cidade que aquí interviñeron fosen absolutamente conscientes de que o verdadeiro protagonista formal non era outro que a nova avenida. Entre a unidade e a variedade combinadas e a condición ascendiente da rúa obtivéronse uns efectos estéticos, en boa medida pintorescos, bastante convincentes.
Cabería sinalas algúns outros edificios concretos. O de Gran Vía esquina a Marqués de Valdeiglesias (arqto. Juan Moya, principio dos anos 20) é dun estilo neobarroco convencional, pero resolveu moi afortunadamente o ángulo obtuso entre Alcalá e Gran Vía, ao comezo desta, e a adecuada conexión coa igrexa de San José. O edificio de Gran Vía 4 (de arqto. non coñecido e dos anos 10) non seguiu exactamente o estilo colectivo, pero fíxoo nun modo académico capaz dá harmonizarse con el, dotado dunha fachada moi aberta e acristalada que se enlaza con edificios comerciais de París ou, mesmo, de Chicago.
De entre os edificios neo-barrocos máis enfáticos e conseguidos destaca o de Gran Vía 16 ( arqto. Julio Martínez Zapata, 1914-16). En Gran Vía 25 (arqto. Modesto López Otero, 1919-25) atopamos no Hotel Gran Vía unha alusión nada desdeñable á arquitectura vienesa do gran Otto Wagner. Xustamente antes da Telefónica e enfronte do baleirou da rede de San Luís que abre a rúa da Monteira destaca o brillante eclecticismo do edificio de Gran Vía 26 (arqto. Pablo Aranda Sánchez, 1914-16). Aínda que poderiamos tamén botar unha ollada cara a algunhas das rúas laterais que teñen certos “efectos Gran Vía” en solares máis atrasados con respecto á avenida, e descubrir así, na rúa Virxe dos Perigos 11 e 13, ao edificio coñecido como a “Casa dos portugueses” ( arqto. Luís Bellido, 1919-22), dun eclecticismo independente e persoal, moi conseguido, probablemente o edificio esteticamente máis cualificado da zona. Con todos eles pechamos a nosa referencia a este primeiro tramo.
Antonio González-Capitel Martínez · Doutor arquitecto · catedrático en ETSAM
Madrid · xaneiro 2016
Referencias:
– 100 anos de Gran Vía. El Mundo.
– Gran Vía. Memoria de Madrid.
https://veredes.es/blog/gl/la-gran-via-madrid-breve-biografia-critica-una-gran-calle-iii-anton-capitel/[:en]https://veredes.es/blog/en/la-gran-via-madrid-breve-biografia-critica-una-gran-calle-i-anton-capitel/

El primer tramo de la Gran Vía, que asciende –dando con ello una cierta sensación de fatiga, como si se rememorara la dificultad que se tuvo para iniciarla-, comienza con el gran edificio singular que fue el de la Unión y El Fénix (Alcalá 39, arqtos. Jules y Raymond Fevrier, 1905-10, hoy “Metrópolis” y anterior, en realidad, a la avenida), rotonda brillantemente replicada y acompañada por otra inmediata y separada por una calle pequeña, la del edificio que tiene en su planta baja la joyería Grassy (Gran Vía 1, arqto. Eladio Laredo y Carranza, 1916-17). Y este notable y atractivo inicio queda espectacularmente rematado por el gran final de este primer tramo, consistente en la presencia del rascacielos de la Telefónica (Gran Vía 28, arqtos. Ignacio Cárdenas de Pastor y Louis S. Weeks, 1925-29), el más alto del lugar, al menos por su posición, y en una vista ampliamente fotografiada, e inmortalizada también, modernamente, por el afortunado y atractivo pincel de Antonio López García.
Y fue esta arquitectura ecléctica, de estilo neobarroco, la que caracterizó por completo la realización de esta primera parte de la avenida. La Gran Vía fue una actuación relativamente superficial, dicho esto en el sentido de que los nuevos edificios que la apertura supuso rara vez están más al fondo de los solares que ocupan la primera línea de la calle. Los que podríamos llamar “efectos Gran Vía” se extienden a veces por las calles laterales o por plazas traseras, pero no siempre. En la mayoría de los casos, la Gran Vía la constituye únicamente la primera línea de edificios, que siempre resuelven todas las esquinas, naturalmente, pero que no suelen continuar hacia atrás, bien fuera por sí mismos, bien mediante edificios semejantes. La Gran Vía es así como un escenario, una escenografía urbana, y si bien a esta condición podría tenérsele como por algo demasiado superficial –dicho esto en el peor de los sentidos- hemos de rescatar de esta sospecha a la avenida asegurando que la Gran Vía es desde luego una escena porque constituye un gran “Teatro”, un espectacular y magnífico teatro urbano. Nada más, pero tampoco nada menos.
Podría decirse sin exageración que muchos elementos urbanos son un “teatro”, con tantas plazas ocurre eso, por ejemplo. Un teatro quieto, desde luego, donde se representa siempre la misma escena y donde se dicen repetidamente las mismas frases no sonoras, pero un teatro, al fin. Donde los edificios se presentan al modo de personajes que dialogan entre sí y animan con un coloquio sordo, pero elocuente, la quieta escena, y ello más allá de sus estrictas obligaciones estéticas, constructivas y funcionales.
El gran teatro de la Gran Vía tiene tres “actos”, sucesivos en el espacio, y siempre en quieta y continua representación. El primero es el primer tramo del que estábamos hablando, cuyos personajes, en un gesto de firme voluntad unitaria, se han vestido todos de neo-barroco (o, como mucho, de neo-renacimiento); esto es de aquel estilo historicista que estaba más de moda en el Madrid de las dos primeras décadas del siglo, antes de que nada de lo que enseguida sería la arquitectura moderna hiciera su aparición. Era un estilo, y un historicismo, superviviente de las ideas y los modos del siglo XIX, pero que en Madrid, y en España, había tomado un fuerte impulso por la promoción de los “estilos españoles” que, frente a la moda decimonónica de lo francés, había defendido el gran arquitecto y profesor Vicente Lampérez, y que había sido seguido por proyectistas tan ilustres y de tanto éxito como Antonio Palacios, Aníbal González, Leonardo Rucabado y hasta Teodoro de Anasagasti.
Era un estilo –o unos estilos- que venía a disimular un poco la falta real de contenidos arquitectónicos verdaderamente interesantes en las primeras décadas del siglo, extinguidos ya los historicismos decimonónicos, que fueron más profundos e importantes, y sin aparecer todavía, como dijimos, los inicios de la arquitectura moderna. Estilos propios así para un tiempo incierto, un tiempo de espera -aún cuando él mismo no tuviera conciencia de tal- como si se tratara de un paso de baile que no hace otra cosa que dividir y separar dos piezas musicales realmente importantes.
Pero lo cierto es que aunque sea sin otras obras maestras que las ya señaladas del principio y del final, este primer acto y tramo de la Gran Vía, está dotado de suficiente unidad y de una variedad también notable, cuya combinación logra una fortuna escénica no pequeña, y de alto empaque urbano. Si uno va mirando uno a uno los distintos edificios probablemente tenga una importante decepción con muchos de ellos (aunque no con todos), pero como efecto urbano de conjunto hay que reconocer que se tuvo un notable éxito. Y no es un éxito pequeño, ya que resulta más difícil, en general, lograr una armonía de conjunto en un sector de una ciudad que obtener grandes éxitos particulares. Tal parece que los arquitectos de la ciudad que aquí intervinieron hubieran sido absolutamente conscientes de que el verdadero protagonista formal no era otro que la nueva avenida. Entre la unidad y la variedad combinadas y la condición ascendiente de la calle se obtuvieron unos efectos estéticos, en buena medida pintorescos, bastante convincentes.
Cabría señalas algunos otros edificios concretos. El de Gran Vía esquina a Marqués de Valdeiglesias (arqto. Juan Moya, principio de los años 20) es de un estilo neobarroco convencional, pero resolvió muy afortunadamente el ángulo obtuso entre Alcalá y Gran Vía, al inicio de ésta, y la adecuada conexión con la iglesia de San José. El edificio de Gran Vía 4 (de arqto. no conocido y de los años 10) no siguió exactamente el estilo colectivo, pero lo hizo en un modo académico capaz da armonizarse con él, dotado de una fachada muy abierta y acristalada que se enlaza con edificios comerciales de París o, incluso, de Chicago.
De entre los edificios neo-barrocos más enfáticos y conseguidos destaca el de Gran Vía 16 (arqto. Julio Martínez Zapata, 1914-16). En Gran Vía 25 (arqto. Modesto López Otero, 1919-25) encontramos en el Hotel Gran Vía una alusión nada desdeñable a la arquitectura vienesa del gran Otto Wagner. Justamente antes de la Telefónica y enfrente del vació de la red de San Luis que abre la calle de la Montera destaca el brillante eclecticismo del edificio de Gran Vía 26 (arqto. Pablo Aranda Sánchez, 1914-16). Aunque podríamos también echar un vistazo hacia algunas de las calles laterales que tienen ciertos “efectos Gran Vía” en solares más retrasados con respecto a la avenida, y descubrir así, en la calle Virgen de los Peligros 11 y 13, al edificio conocido como la “Casa de los portugueses” (arqto. Luis Bellido, 1919-22), de un eclecticismo independiente y personal, muy conseguido, probablemente el edificio estéticamente más cualificado de la zona. Con todos ellos cerramos nuestra referencia a este primer tramo.
Antonio González-Capitel Martínez · PhD architect · professor at ETSAM
Madrid · january 2016
References:
– 100 años de Gran Vía. El Mundo.




