Las arquitectas pioneras: la presencia de la ausencia (I) | Cristina García-Rosales

Tal como decía José Ortega y Gasset:

“Cuando en un mosaico falta una pieza, la reconocemos por el hueco que deja, lo que de ella vemos es su ausencia; su modo de estar presente es faltar, por tanto es estar ausente”

Por eso he subtitulado este texto como “La presencia de la ausencia”.

Cariatides, Grecia Clásica

Empezaré con un poco de historia.

Dentro del ámbito mediterráneo, en el mundo grecorromano, cuna de la civilización occidental, la mujer era ciudadana de segunda categoría, junto con los esclavos y los extranjeros. En Grecia fue el origen del concepto de ciudad (polis), entendida no sólo como agrupación ordenada de gentes, edificios y espacios, sino en su sentido más amplio de participación ciudadana basada en el uso de la palabra -instrumento político por excelencia-, y que asignaba a cada individuo una función precisa y un lugar determinado.

La mujer pertenecía al dominio de lo privado (oikonomia) y no se le permitía acceder a la asamblea ni opinar en asuntos de público interés. Participaba en la construcción de la ciudad y de la sociedad, por medio de su papel de madre, como reproductora de la especie, cuidadora de niños y de niñas, personas enfermas y mayores y mantenedora del fuego del hogar y de las tradiciones.

Cuando las mujeres accedían al ámbito público lo hacían cerca de las fuentes -donde iban a buscar agua para beber-, en el mercado -donde compraban alimentos para consumir-, en los lavaderos o participando en determinados ritos religiosos permitidos para ellas. No tenían acceso al gimnasio, al foro o a la asamblea y los baños eran de categoría inferior a los del varón. Sólo las mujeres públicas accedían a los lugares prohibidos.

La mujer no tiene alma,” decía Aristóteles “y su mejor adorno es el silencio”. No podían tampoco alzar públicamente su voz ya que el hombre era considerado como el único ciudadano de pleno derecho.

Sin embargo, el espacio público constituía en esa época la esencia de la ciudad.  Como símbolo de relación, de participación solidaria y de debate entre la ciudadanía, el Ágora griega o el Foro romano eran lugares de encuentro por definición, lugares donde se desarrollaba dialécticamente el espacio público que dio origen a  la sociedad occidental.

Ciudad y sociedad eran conceptos muy similares, basados en la educación, la palabra y la razón argumental (logos) donde la mujer no tenía cabida, no era digna de ser escuchada, como ser infantil e inferior, quedando al margen de la ciudad como entidad política.

Excepciones confirman la regla, como la célebre matrona romana, Hortensia, quien saltándose la norma prefijada, irrumpe en el Foro para defender la paz.

Hortensia era hija de Quinto Hortensio y sería una célebre oradora, como su padre. En el año 42 a. C. se pronunció en contra de la imposición de un impuesto especial para las matronas más ricas de Roma. Tras la proclamación del segundo triunvirato, se proclamó un edicto que establecía que debían realizar una contribución extraordinaria al estado para hacer frente a gastos militares. Como consecuencia de ello, las mujeres afectadas se dirigieron al Foro. Y sentadas ante la tribuna, Hortensia, en representación de todas ellas, pronunció su célebre discurso. Un discurso que constituye una verdadera carta de los derechos y deberes de la mujer romana.

 “Hombres de Roma”, exclamó, “¿por qué hemos de pagar impuestos si no participamos en los cargos, honores, puestos militares ni, en una palabra, en el gobierno por el cual lucháis, por cierto, con tan funestos resultados?”

A lo largo de la historia, la vida y las relaciones entre hombres y mujeres, han transcurrido de manera similar. No pretendo hacer un recorrido excesivo, aunque sí me gustaría citar a Christine de Pizan, autora de “La Ciudad de las Damas” en el siglo XIV, en plena Edad Media.

C. de Pizan. La Ciudad de las Damas

Christine de Pizan es considerada como la primera escritora profesional de occidente. Fue hija del médico, astrólogo y consejero del Rey Carlos V de Valois. Nacida en 1363, se casó los 15 años, enviudó a los 25 y se dedicó a partir de entonces a la escritura y a la pintura para mantener a sus 3 hijos y a su madre

Su  libro “La Ciudad de las Damas” quiso replicar a “De Claris Mulieribus” de Bocaccio, recopilación de 104 biografías de mujeres reales o míticas y uno de los muchos tratados del Renacimiento que no hacen sino reforzar la posición subordinada de la mujer de la época. Dice Bocaccio sobre estas mujeres célebres:

Opino que sus proezas eran dignas de alabanza, porque el arte es ajeno a la mente de la mujer”.

Y continúa:

Emulando las hazañas de las antiguas mujeres, emplearéis vuestra mente en  hechos más elevados “.

Christine de Pizan no podía entender cómo los hombres podían escribir de forma tan demoledora contra la mujer, siendo así que le debían nada menos que su existencia. En su ciudad alegórica “La Ciudad de las Damas”, ofrece numerosas pruebas acerca de valiosas realizaciones femeninas, reivindica valores como son la ternura, la solidaridad o la generosidad y denuncia la misoginia de la época medieval.

Pero vayamos a una época más cercana a la actual, cuando la incorporación de la mujer al trabajo profesional, y por lo tanto, al ámbito público, comienza en muchos países. Y este hecho ha sido –posiblemente- uno de los factores más revolucionarios y significativos de la modernidad del siglo XX, según la opinión de muchos expertos.

El acceso femenino a la Universidad, antes vetado, fue, junto con el movimiento de liberación de la mujer para conseguir el voto y la igualdad de derechos laborales, la invención y popularización de los electrodomésticos (que la liberó en parte del duro trabajo del hogar), así como la posibilidad de contar con determinados anticonceptivos como la píldora (decidiendo cuantos hijos quería tener), todos ellos fueron elementos fundamentales para que la mujer en el mundo occidental, poco a poco, fuera participando activamente en la vida colectiva y profesional.

No ha sucedido lo mismo en otras latitudes. Aún hoy en día los derechos de las mujeres están bajo mínimos en continentes como África, ciertos países como  los árabes, China y tantos otros lugares.

En Occidente, en los lugares más avanzados democráticamente hablando, a principios del siglo XX las mujeres tenían ganas de participar y  pusieron los medios para hacerlo. Anteriormente, la ciencia, la filosofía, el arte, la sociología, la política o la economía, es decir las áreas que implicaban una salida de la esfera doméstica, estaban dominadas por los hombres. Rita Levé-Montalcini, premio Nóbel de Medicina en 1986, – fallecida recientemente con más de 100 años-, escribía en su autobiografía que tituló “Elogio de la Imperfección”:

Resulta inaudito que la presunta diferencia de las capacidades intelectuales entre los sexos masculino y femenino de nuestra especie, se deba al hecho de que el individuo tiene, en el primer caso, un cromosoma X y uno Y, y en el segundo, dos cromosomas X.”

Cristina García-Rosales. Arquitecta
Madrid. Enero 2014

Las arquitectas pioneras: la presencia de la ausencia (II) | Cristina García-Rosales

Cristina García-Rosales

Soy arquitecta (1980). Mis proyectos son muy diversos. En 1995 fundo el grupo La Mujer Construye, en el que ocupo la Presidencia. 

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