De la distancia (justa) | Pedro Hernández

1 Kilómetro | laperiferiadomestica.tumblr.com

En una reciente conversación con Xxxxxxx Xxxxxx en SOMA, ella me pidió que explicara, en síntesis, que hacía a la hora de enfrentarme a la realización de un proyecto (artístico) “como si lo dijera a un taxista”, con el objeto de situarme en un ejercicio de poder comunicar(me) en poco tiempo a alguien que no me conocía de nada. Si bien titubeé en mi respuesta y fue algo enrevesada se podría resumir en:

“Soy un arquitecto, que no construye, ni le interesa, que además escribe (y hace fotos) pero que no se considera escritor (ni fotógrafo).”

La respuesta contiene varias negaciones que no voy a desarrollar mucho más. Seguido de eso le conté mi trabajo, el primero que hice donde me distancié de la práctica de la arquitectura que había tenido hasta entonces. En concreto le enseñé unas cuentas fotografías que forman parte de la serie 1Kilómetro. Le hablé de la importancia que supuso para mi aquel ejercicio, no sólo porque traía consigo ese primer momento de negación (de construir) sino que también encerraba una imposibilidad que, como arquitecto, tenía para poder actuar ahí, dando lugar a lo que ya he mencionado: una toma de distancia.

Distancia respecto a varias cosas: a la arquitectura -tanto material como profesional- al paisaje, a las leyes, etc. No es casual que, en mi toma de distancia, eligiera la fotografía -documental- y el texto como principales herramientas. Una, me permitía volver a mirar, a través de la interposición de un filtro (la cámara) que servía además para enmarcar qué estaba viendo. Por contra, el texto me ayudaba a pensar, a verbalizar. Es decir, me ayudaba a darle un lenguaje, a ponerle nombre con el objeto de producir una propuesta que “no se redujera al análisis crítico de una realidad local, sino que establece una categorización de las acciones posibles, orientada a la fabricación de un instrumental que se quiere disciplinar hábil para interpretar y operar en contextos frágiles como ese”. Esto es, fue un ejercicio que no se limitaba a documentar sino a establecer una teoría en si misma. Dos acciones: mirar-pensar, que me abrieron muchas de las inquietudes que estoy realizando ahora: la investigación, la escritura, etc.

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Es evidente que este acercamiento supuso una conexión con el mundo de la academia, con sus pros y sus contras, que llevo a un cuestionamiento por parte de Xxxxxxx Xxxxxx. Ella, más ilustrada en el campo del arte, ponía abiertamente en duda que la academia sea una vía de hacer “público” un proyecto, de comunicarlo. De hecho, y volviendo a 1Kilómetro, preguntaba e insistía por qué yo había decidido mantener la distancia tal que no llegara a entablar contacto, por ejemplo, con los vecinos de las viviendas (cosa que, bien mirado, me parece discutible, pero entraré en ello más adelante), a lo que añadió que era “muy de arquitecto eso de no hablar con la gente”.

No voy a entrar a valorar la imagen que tiene de mi profesión que, como todo tópico, guarda algo de verdad (ganada a pulso), pero que, como todo tópico, es de visión reducida. Si a esto le sumamos su cuestionamiento de la academia -en donde parecía inscribirme- por su falta de acción, tenemos que el problema se reducía al tema de la distancia. Para ella, como arquitecto o como fuera lo que estuviera haciendo (escribir, fotografiar, etc), yo estaba demasiado lejos.

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Es curioso como, tras la conversación o por la conversación, me he ido encontrando con varios textos que hablan de esta noción de distanciamiento. Copio a continuación algunos fragmentos, no directamente enlazados del todo entre sí o con lo quiero decir, pero interesantes para apoyarme:

“Cuando los alemanes ya había perdido la guerra y los campos de concentración había sido liberados, los Aliados fotografiaron y filmaron los campos con los sobrevivientes y las huellas que indicaban la muerte de millones de personas. Las imágenes más impactantes fueron las de las pilas de zapatos, los anteojos, las prótesis dentales y las montañas de pelo. Quizás deban existir imágenes a la distancia, para que lo inimaginable puede ser comprendido. (Harun Farocki, Desconfiar de las imágenes)

La distancia equivale a separación, a establecer un vacío que impida el contacto, la implicación y el compromiso. (…) El alejamiento minimiza las opciones de configuración (encuadre, punto de vista, etc.) al desvalorizar el eventual repertorio de decisiones adoptado por el operador; y, por otra parte, el alejamiento asegura una imagen más plana en la que el fotógrafo no se siente obligado a destacar nada. En la realización del documento auténtico, como hacer una fotocopia, sería absurdo pretender resaltar un fragmento sobre otro. (Joan Fontcuberta, La cámara de Pandora)

En toda pasión teórica hay algo de extrañamiento y extrañeza: ver algo como antes no se había visto. Es un asunto de tomar distancia, de apreciar lo distante aun a costa de lo cercano (…) quienes pretenden hacer teorías sobre lo que tienen a mano, no hacen más que “sustraer a su objeto de la familiaridad cotidiana, empujándolo a una distancia donde aparece tan extraño como las estrellas”. (Alejandro Hernández Gálvez, Sombrillas, sombreros, sombras)”

Los tres textos, cada uno a su manera, hablan de tomar distancia justa desde la que ver las cosas. Ni muy cerca, “para que lo inimaginable pueda ser comprendido”, ni muy lejos, donde las cosas se pierdan entre el ruido. Abrazan la idea que para pensar, uno debe alejarse sabiendo que puede perderse en la teoría, en la pura visión o en la mera documentación.

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Tomar distancia, en aquel entonces, fue entonces mi ejercicio necesario. Ver las cosas desde un afuera (del espacio y el tiempo) desde el que como arquitecto estaba “obligado” a ubicarme. Renegué, alejándome, de la arquitectura; en el proceso encontré más cómodo -¿demasiado quizás?- ¿Es esa comodidad -ese alejamiento- algo que permita actuar o es sólo una manera de mantenerse en el margen, en la periferia del conflicto? ¿Está mi distancia demasiado cerca de la teoría?, ¿puede ser la teoría una práctica en sí misma? Xxxxxxx Xxxxxx me recriminaría, como he dicho, que no me posicionara junto a ningún vecino, casi como si hubiera visto que ellos eran los más desamparados de esa situación, y su práctica en aquella zona fuera un ejercicio de resistencia frente a un poderoso Estado que sólo quería expulsarlos bajo la Ley de Costas. Pero lo que ella no se percató o yo no le supe hacer saber bien es que nadie era “inocente” en aquella situación; que todos tenían sus propias -y egoístas- razones para mantenerse allí y que lo que yo estaba mirando no eran únicamente unos ejercicios de resistencia (vecinales o estatales) por controlar el espacio sino la incongruencia entre lo que dice el plano, eso que haría el arquitecto, y la realidad material que existía allí, denunciando, no sólo que el arquitecto no estaba, sino que no tenía nada que decir en aquel lugar, porque su trabajo era la base misma del conflicto.

Era preciso mantenerse fuera para poder denunciarlo todo -y a todos- sin estar “obligado a destacar nada” ni a nadie. Se trataba de establecer una mirada crítica que estableciera cuales eran las causas y consecuencias que había construido allí “mi profesión”. Pero no me limité a mirar, también experimenté el lugar de forma cotidiana: iba allí cada semana, lo recorría, habitaba, sufría y disfrutaba, siempre desde una distancia que me permitía observar, escribir y pensar lo suficiente -o así creía yo. Fue, básicamente, un ejercicio de acercamiento y distanciamiento: me aproximaba al lugar y me alejaba, al mismo tiempo, del arquitecto que debía ser. En definitiva, me alejaba del diseño (que no iba a salvar nada), pero quizás, en el proceso, como apuntaba Xxxxxxx Xxxxxx, me convertí en “documentalista o académico”, limitándome únicamente a describir.

Una posición que, bajo mi propia experiencia, parece ser marginal para muchos miembros del arte: la ven demasiado alejada de cualquier posibilidad real, como si el arte (que sería entendido como acción) no se llevara nada bien con lo académico: dejando entrever que pensamiento y acción, si bien no están enfrentados, son dos fenómenos demasiado alejados entre ellos: la teoría, parecen manifestar, está carente de práctica. Sentimiento que apunta en su texto Alejandro Hernández: “La teoría [la descripción] parece constituirse como tal al separarse de la práctica, al tomar distancia”; pero, en ese proceso de alejamiento, la teoría “establece sus propias prácticas”.

¿La teoría, el alejamiento, la descripción, la visión pura, la documentación, serían entonces formas de acción?

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Pedro Hernández · arquitecto
ciudad de méxico. febrero 2014

Soy arquitecto por la Universidad de Alicante, pero mi interés sobre esta disciplina se encuentra alejado de su papel tradicional de diseño de espacios. Más bien, me interesa entender cómo las representaciones de la arquitectura, el paisaje, el diseño o el territorio construyen y materializan determinados discursos ideológicos, imponiendo posturas, subjetividades y formas de acción sobre los cuerpos que la habitan.

En mi trabajo edito estos discursos –sus imágenes, sus historias o sus restos materiales– y reelaboro comentarios críticos que ponen en evidencia sus controversias y contradicciones, formalizándolos en diversos formatos como textos, fotografías, vídeos, objetos o instalaciones, muchas veces entrecruzados entre sí.

He publicado artículos y ensayos en diversos medios de Estados Unidos, Italia, Croacia, España, Chile y México. Desde enero de 2013-2018 residí en la Ciudad de México donde trabajaba como coordinador de contenidos en Arquine. Actualmente resido en Madrid.

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