Mi casa es mi castillo | Jorge Meijide

The Art of Living, Saul Steinberg, 1949
The Art of Living, Saul Steinberg, 1949

Mi casa es mi castillo.

Edward Coke formula esta conocida frase, “For a man’s house is his castle”, a finales del siglo XVI. En ella el jurista inglés se refería a la cuestión legal sobre la potestad del señor de la casa de no dejar entrar a los hombres del rey sin una causa legalmente justificada. Desde entonces dicha doctrina ha evolucionado de diversas maneras, pero la que nos interesa es aquella que establece la condición de privacidad que la casa conlleva. Un castillo, una casa, un espacio o colección de espacios, alojan la vida privada de sus habitantes y permiten su intimidad en diversos grados. Esta arquitectura de la domus, esta arquitectura doméstica, que algunos califican de menor pero que es en cambio la más intensa de todas, es la que ahora nos interesa.

La arquitectura, entre otras cosas, surge en relación directa con la vida. Es su cobijo y su escenario. El espacio en arquitectura siempre es espacio vivido, siempre es espacio habitado. Vivido y habitado tanto por el que lo imagina, crea y construye como por el que lo disfruta, percibe y habita. Por ello los espacios tienen la capacidad de evocar tanto la presencia de las cosas presentes como las pasadas, al igual que evocan también las presencias, vivencias y recuerdos de las personas que los han habitado y recorrido. Habitar es vivir un espacio, es usarlo y es aprehenderlo. Habitar significa dejar huellas, decía Walter Benjamin. Habitar un espacio es apropiarse de él y las huellas que en ellos dejamos solo son visibles para el que las deja y no son transferibles. La experiencia es personal, la emoción es íntima.

La arquitectura es un arte de emoción y es un arte de pasión, de la emoción y de la pasión del hombre. De la emoción cuando se siente y se percibe. Cuando se habita. Y de la pasión necesaria para crearla, para darle forma y construirla. La arquitectura, la estancia que ésta conforma, es forma construida y habitada. Es, como dice Juan Navarro, una caja de resonancia, una habitación vacante a la espera de esas impresiones. Acciones y comportamientos que transcienden la funcionalidad del mero uso distributivo de los espacios.

Habitar un espacio es hacerlo a la medida del hombre, esto es, sirviendo de marco y escena de su cotidianidad, de su privacidad frente a los otros y de la necesaria intimidad inmanente a nuestro ser. El espacio, la estancia del hombre, se torna denso en significados en tanto queda marcado por la vida que acoge en su interior. Ésta se graba en sus límites y resuena al ser habitada como la tecla del piano que guarda su nota hasta ser pulsada. El espacio así entendido se transforma en contenedor sensible:

“Cada unión (entre cuartos) habla de un sistema de relaciones entre las partes que trasciende los problemas de mera composición, porque bajo ellos, hay otro más profundo de relación de las personas que habitan esas formas. Así pues, no se trata de un asunto de simple forma, sino de sociología”. 1

Los espacios habitados actúan como cámaras de resonancia de la vida, de sus habitantes, captadores y emisores sensoriales cuya compleja fenomenología constituye su verdadera esencia. Esa es la cualidad poética del espacio habitable. Esa es la cualidad de la arquitectura, la que conmueve. Es la misma cualidad que con la que se piensa la arquitectura, sus espacios, composiciones y construcciones, a través de la imaginación creadora. Esa misma imaginación a la que alude Quetglas cuando rotundamente habla de la arquitectura de Enric Miralles:

“Yo afirmo lo siguiente: hay que llamar arquitectura, no a unos objetos construidos de acuerdo a unas ciertas técnicas y materiales, sino a un modo de imaginar” 2.

Eso es la arquitectura.

La vida privada y los espacios domésticos inherentes a ella han ido perdiendo la connotación de intimidad de la que gozaban hasta bien entrado el siglo XIX, tanto a través de la evolución de los propios espacios que la cobijaban como de la conducta social y personal que la amparaban, para irse poco a poco encaminando, inexorablemente, hacia el reflejo de la sociedad abierta y expuesta en la que vivimos actualmente; que si bien es más abierta, permisiva y expositiva, ha conducido, por contra, hacia una mayor y más profunda introspección en el carácter individual del sujeto. Hacia el ensimismamiento del habitante y la valoración privada de la estancia habitable.

Este camino hacia la introspección, hacia el ensimismamiento, se refleja bien en estas palabras de Ortega:

“El hombre puede, de cuando en cuando, suspender su ocupación directa de las cosas, desasirse de su derredor, desentenderse de él, y sometiendo su facultad de atender a una torsión radical, volverse, por decirlo así, de espaldas al mundo y meterse dentro de sí, atender a su propia intimidad o, lo que es igual, ocuparse de si mismo y no de lo otro, de las cosas…, o dicho con un espléndido vocablo que sólo existe en nuestro idioma: que el hombre puede ensimismarse”.

Jorge Meijide . Arquitecto
Coruña. Febrero 2016

Notas:

1 Cuartos sueltos, Santiago de Molina. www.santiagodemolina.com. Enero 2016.

2 No te hagas ilusiones, Josep Quetglas. El Croquis 49/59, pag. 22-27. Madrid. Septiembre 1991.

Arquitecto por la ETSA de A Coruña desde 1991. Colabora en el estudio de Juan Navarro Baldeweg entre 1991 y 1992. Máster de proyectos integrados por la fundación camuñas, madrid 1992. A la vuelta A Coruña se incorpora al estudio de su padre, Carlos E. Meijide Calvo con el que trabaja hasta 2001. Desde 2004 hasta 2009 colabora con los arquitectos Patricia de Marichalar y Fernando Martínez. En el año 2009 forma, junto con Patricia de Marichalar meijidedemarichalar arquitectos.

Desde 2014 trabaja en solitario colaborando con estudios y arquitectos amigos. Es profesor de proyectos arquitectónicos en la Escuela Técnica superior de Arquitectura de A Coruña desde 1997; es tutor de proyecto fin de carrera y ha sido presidente del tribunal de PFC. Colabora con blogs y publicaciones de arquitectura.

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