Arquitectura y paisajes nocturnos de Juan Rivas | Luis Gil Pita

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Camino, 2015, óleo/lienzo, 35 x 60 cm.
Camino, 2015, óleo/lienzo, 35 x 60 cm.

Escribo estas líneas con una especie de sentimiento de culpa por hablar de un artista y de su obra, la que conocí hace tiempo, y la presente a la que corresponde esta exposición, porque se acostumbra a hablar del objeto artístico y de su creador para explicarlo, algo que creo en el fondo es totalmente innecesario cuando se experimenta una intensa y honesta obra de arte.

A pesar de ese sentimiento encontrado, sin embargo, creo necesarias estas palabras para explicar, con sosiego, antes que nadie a mí mismo, ciertas características que hay en la obra plástica de Juan Rivas, y en particular en la exposición “Luz que nunca se apaga” que generan un movimiento, que funciona como una lente que altera la respiración de la mirada. Una mirada controlada, como el llenado y vaciado de una botella, atemperada por la acción del artista que nos hace ver el mundo que nos rodea de manera más compleja, y que genera una enriquecedora extrañeza en su aprehensión. Esta extrañeza, entendida como tensión añadida al conocimiento, es además doble y se produce porque Juan Rivas nos muestra por un lado, una geografía que no refleja la obviedad de la escena exterior que retrata, subvirtiendo el sentido del paisaje encontrado para convertirlo en un lugar interior, y por otro, resitúa nuestra mirada, poniéndonos mentalmente en el interior del cuadro, en un exterior que se ha vuelto del revés.

Así expresada, su acción creadora es una forma de transcribir la naturaleza como un “doméstico exterior” que hace narración desde una dialéctica contrapuesta, entre quien cree controlar la escena desde fuera, el observador, y al mismo tiempo es incomodado por sentirse resituado al interior de lo observado. Se trata, como en las obras pictóricas que aspiran de manera consciente a la imperfección, de un movimiento que llega del interior del cuadro, el ser de la pintura. Un ser que viniendo de dentro, convierte el mirar exterior en una aventura abstracta sobre lo real, en la que importa, y no, lo que hay delante, un dato fundamental que hace de Juan Rivas un verdadero artista contemporáneo.

Vao, 2015, óleo/lienzo, 35 x 60 cm.
Vao, 2015, óleo/lienzo, 35 x 60 cm.

Cuando Rivas trabaja desde fuera, para que ese ser atrape más tarde nuestra mirada, demuestra un gran conocimiento de la arquitectura, no de su representación o forma (algo que quiso dejar de dominar hace años), sino de los parámetros fundacionales de ésta y de las situaciones espaciales que tienen que ver con el “dominio arquitectónico”, entendido como lo que las cosas ocupan en el mundo. Es decir el artista sabe transcribirnos pictóricamente qué es el ser y el estar, lo que significan en la raíz de la arquitectura; control del espacio a nuestro alrededor, de las cosas del entorno en la distancia creada por una función a realizar, y no solamente, marcas y referencias dadas por los usos o circunstancias practicadas en este caso desde un no lugar, la noche, a través de la luz artificial. Luz localizadora que hace de referencia y desde donde se proyecta suficiente energía hacia el exterior, para que al final nazca la forma, dándonos la dimensión del paisaje. Dominio en la arquitectura de la escena nocturna, que es también para el artificio de la luz, buscar sitio, localizarse, ubicarse y asentarse, y de igual forma distribuir, reorganizar y equilibrar la naturaleza artificializada mediante la acción de la pintura, tarea nada fácil.

El conflicto de la luz artificial en la noche es esta vez, para Juan Rivas, la propia arquitectura, la marca que señala donde terminan o empiezan otros espacios colindantes, resultando de la armonización de ese conflicto, entre lo “iluminado y lo apagado”, entre “lo que se ve y lo que queda escondido”, la naturaleza del cuadro. Un reequilibrio de fuerzas que organiza la colonización de los espacios y los intersticios que permiten los pasos y movimientos de los habitantes nocturnos que seremos nosotros.

Finalizo como empecé, gracias a la tensión del planteamiento de Juan Rivas, con ese sentimiento de cierta culpabilidad enriquecido por no saber explicarme si soy espectador o habitante, si ando por fuera o por dentro de estas geografías nocturnas que resultan de la sutil búsqueda del equilibrio al problema de lo encontrado y antitético, del llenar y vaciar el paisaje del día artificial en la noche. Algo que solo se puede producir gracias al repensar el artista los principios elementales de la naturaleza: botella vacía que comienza a llenarse por abajo y botella llena que comienza de vaciarse por arriba, para que al final, vaciando o llenando, la fuerza de la auténtica pintura permanezca inalterable.

Luis Gil Pita, arquitecto
Santiago de Compostela, noviembre 2015

Luis Gil Pita

Arquitecto por la ETSA de A Coruña en 1997, desde ese año colabora en el estudio de Manuel Gallego Jorreto hasta 1999. Becado de investigación en Holanda en 2000-1, con un estudio sobre lo fronterizo y liminar en arquitectura, por la Diputación de A Coruña, fue posteriormente Profesor invitado en el área de proyectos de la Facultad de Arquitectura de Guimaráes, Universidade do Minho, del 2001 hasta el 2007. Desde el inicio de su carrera ha publicado asíduamente artículos y ha participado como editor en diferentes publicaciones alrededor de la arquitectura.

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