[:es]
Supero el cerco que la realidad política nos tiende diariamente a todos y decido hablar1 de Oscar Niemeyer (1907-2012) cuya longevidad cesó en diciembre de 2012.
Ya una vez escribí que había tenido el privilegio de conversar con él en su estudio de la Avenida Atlántica frente a Copacabana en 1994. Hablamos de su Memorial de América Latina, conjunto que se había terminado hacía poco (1989), de su casa en Río-Gávea que nunca he dejado de admirar y de otras cosas que ya olvidé, aderezadas con algunos recuerdos de su ya muy lejana visita a Caracas en 1956 para el proyecto del Museo de Arte Moderno encargado por Inocente Palacios (1908-1996).
Hombre de voz queda y hablar pausado, de baja estatura y cordialidad más bien escueta, fue muy comunicativo y hasta cariñoso durante la hora y tantos que me dedicó, siempre teniendo sobre la mesa un pliego de papel de croquis en el cual, con pequeños dibujos explicativos, documentaba su discurso. El día anterior yo había estado con Lucio Costa2 (1902-1998) quien me había hablado de João da Gama Filgueiras Lima, Lelé (1932) como un arquitecto interesante de las nuevas generaciones, así que se lo mencioné y se expresó en términos admirativos y de amistad sobre alguien de una generación más joven. Pero hasta allí llegaron sus comentarios hacia lo de afuera, porque Niemeyer parecía estar totalmente entregado a sí mismo, muy consciente de su valor personal y poco dispuesto a hablar de otros, incluyendo a quienes podían haberlo influido, como por ejemplo Le Corbusier, respecto a quien le pedí un comentario recordándole su colaboración con él para el Ministerio de Educación en Rio de Janeiro, 1936.
Dijo muy poco pese a ser indudable que la obra temprana de Niemeyer fue influida por el suizo-francés y que además lo unía a él una admiración natural que se deja ver en la carta fechada en Enero de 1963, publicada en las Obras Completas de Le Corbusier, en la que dice de la obra:
¡Qué hermosura! ¡Qué obra extraordinaria! ¡Qué lección de idealismo y convicción profesional!
Una admiración que no implicaba sujeción sino capacidad para entender no sólo al otro, al diverso, al distinto, sino también al Maestro. De quien fue diferenciándose a medida que re-elaboraba con sus puntos de vista personales el legado moderno.
Porque nada hay más superficial que pretender, como insisten en señalar los periodistas anglosajones (ver el obituario de The Ecomomist) que Niemeyer es una refutación del funcionalismo moderno de Le Corbusier, al cual le dio poesía. Comentario que muestra, además de ignorancia, la manía norteamericana (y muy de periodista) de clasificar para evitar pensar.
De todos modos, a ese equívoco contribuyeron las poses recientes de Niemeyer al ser entrevistado3. Desde su regreso al Brasil post-dictadura en 1985, Niemeyer había empezado a ser un imitador de sí mismo un tanto afiebrado; y si en él seguía palpitando su genio de artista, sus obras de ese período comienzan a resentirse de un amaneramiento que roza el Kitsch. Del cual siempre padeció un poco pero que en sus años finales se exacerbó. Y ya después le dio por hacer literatura trivial y al gusto general con las curvas, la mujer y la poesía, de un modo que tuvo mucha audiencia pero tan superficial como su insistencia en glorificar su comunismo de salón.
Esa flaqueza se nota ya en el Mausoleo a Juscelino Kubitschek, obra de 1981 que se resiente de un monumentalismo basado en el tamaño y los efectos hasta convertir a JK en un Emperador. O en el Panteón de la Patria Tancredo Neves, construido en 1985, inmenso espacio oscuro en el que discurren miniaturizados, eventos museográficos vinculados a la historia del Brasil, sin consideración al grano fino que toda arquitectura exige.
En todo caso, tanto en estos edificios como en las obras que construyó en esas décadas finales late siempre el genio artístico de un hombre excepcional, quien hizo de sus obras parte del patrimonio artístico brasileño.
He tenido oportunidad, aparte de las obras de Brasilia, de visitar el Memorial en Sao Paulo y el Museo de Niteroi en los suburbios de Río de Janeiro. Si en lo que se refiere a Brasilia, no puede negarse que la Plaza de los Tres Poderes pero en particular el conjunto del Congreso enriquecido con los murales internos de Athos Bulcao y otras extraordinarias obras de arte, es arquitectura trascendente, creo que Itamaraty (Ministerio de Relaciones Exteriores) inaugurado en 1970, es una obra central del siglo veinte. No puedo decir lo mismo del Memorial o Niteroi. Por una parte me sumo a la crítica que le oí en Sao Paulo a Joaquim Guedes (1932-2008) en cuanto a los excesos estructurales del Memorial, pero lo peor es el muy torpe manejo de la luz natural en la Biblioteca y el ambiente de sala de juego del Auditorio. En cuanto a Niteroi me parece un mal Museo sin que eso me impida reconocer el efectismo impecable del inédito volumen blanco plantado en el litoral rocoso.
Por contraste casi todo lo que hizo Niemeyer desde Pampulha (1940-41) hasta Brasilia (1960) se sostiene en la tradición arquitectónica moderna con fuerza propia y vocación patrimonial sólida. Como es el caso del edificio Copan (1951-57), que aquí mostramos, sorprendente edificio de viviendas, comercios, cines y teatros cuyas características formales marcadas por los aleros de protección solar que reflejan la luz natural al interior de las viviendas, su trayectoria sinuosa y su riesgo como sede de usos diversos, superan con creces los problemas de habitabilidad que lo han afectado.
Y resumo diciendo que la arquitectura de Niemeyer alcanzó momentos muy altos, pero que el haber vivido tanto no lo ayudó y más bien lo tentó con la banalidad que muestran muchas de sus obras recientes.4
Óscar Tenreiro Degwitz, Arquitecto.
Venezuela, febrero 2013,
Entre lo Cierto y lo Verdadero
Notas:
1. Al poco tiempo de entrar a estudiar arquitectura a fines de 1955, tuve en mis manos un libro sobre la obra de Oscar Niemeyer, firmado por Stamo Papadaki, alguien de quien poco he podido averiguar aparte de que era historiador y crítico cuyo legado reposa en la Biblioteca de la Universidad de Princeton en USA. Lo puso en mis manos mi hermano Jesús que ya por ese entonces se acercaba al final de la carrera, y pude ver entonces las imágenes de la obra de este arquitecto que empezaba a sonar en el mundo con mucha fuerza.
Estaba allí por supuesto la ya famosísima iglesia de Pampulha con los murales de azulejos de Cándido Portinari. Y su influencia entre nosotros se hacía notar a pocos metros del lugar donde nos sentábamos en las mañanas entre clases en el viejo edificio de la Facultad, hoy Ingenieria: en el comedor universitario que Villanueva había construido en 1951. Ese comedor, de techos abovedados a los cuales se llegaba por un pasillo techado sinuoso que arrancaba en un pequeño pabellón que era la librería universitaria y estaba revestido de azulejos, era un claro reflejo del impacto que había causado en nuestro arquitecto el conjunto de Pampulha construído en 1941 en Belo Horizonte por Niemeyer, bajo la iniciativa de Juscelino Kubitschek, para entonces Gobernador del Estado de Minas Gerais, Brasil. Nuestro comedor habría de ser demolido en los años setenta pese a la campaña en contra liderada por Paulina, la hija de Villanueva, quien se enfrentó sin éxito a esos arranques arrogantes de la democracia de entonces, perfectos antecedentes de la dictadura que hoy tenemos. Y al comedor que mucho nos gustaba lo sucedió un lamentable edificio encargado a un amigo del partido en el Poder entonces. Tal como hoy se hace. ¿Hay muchos motivos para extrañarse?
Pero sigamos, hablaba del libro de Papadaki. En él se mostraban una y otra vez los edificios del muy joven Niemeyer (48 años), los de volúmenes prismáticos, acompañados siempre de unos croquis que pretendían demostrar que seguir las columnas hasta el suelo era un error, que debían recogerse en columnas de dos puntas, de bordes redondeados, que liberaban la Planta baja y le conferían la deseada transparencia integradora con el paisaje circundante. Este gesto era una indudable influencia de Marsella-Corbusier, pero Niemeyer había elaborado el diseño mediante la elegancia que le era propia, hasta hacer de las columnas objetos autónomos (las de Marsella muestran más claramente su deuda con lo estrictamente constructivo) que anunciaban lo que habría de ocurrir apenas cinco años después en los primeros palacios de Brasilia.
Me impresionó personalmente eso que llamo elegancia, cuando en 1958 recorrí la Planta Baja del Hospital Sudamérica en Río de Janeiro, junto a la Lagõa, laguna natural que sirve de punto focal en una zona de la ciudad, uno de esos edificios de pórticos regulares y volumen prismático que Niemeyer construyó por ese tiempo. Me gustó mucho y me interesó especialmente la idea de separar el trayecto de médicos y pacientes del de los visitantes, en pasillos paralelos adyacentes a las fachadas, recurso que al parecer era demasiado costoso para tomarlo como ejemplo. Y la planta Baja, en efecto, permitía la integración visual hacia los bellos jardines que me parece eran de Roberto Burle Marx (y aquí acudo a la ayuda de Carola Barrios quien me ilustrará al respecto apenas lea esto).
2. Mi reencuentro con la obra de Niemeyer sería ya en mayo de 1961 con una visita a Brasilia inaugurada el año anterior que motivó mi primer artículo sobre arquitectura, publicado en la revista de nuestra Facultad Punto, en el número de Noviembre de 1961. Ya allí, eso que llamo elegancia en el diseño y que podría merecer otro nombre, se manifestaba en las columnas de los palacios de la Plaza de los Tres Poderes. Su primera realización había sido en el Palacio de la Alvorada (maravilloso nombre por cierto), lejos de la Plaza, terminado tal vez dos años antes de la inauguración, cuyas imágenes habían circulado por el mundo. Ese modo de unir los pórticos entre sí en el sentido largo del edificio con gráciles vigas curvas de gran curvatura y el desarrollo de mayor a menor ancho desde su base hacia la punta superior, era un evento estético, escultural en el mejor sentido de la palabra y sobre todo, he de detenerme en esto, radicalmente originales. Siempre he querido visitar ese Palacio tan resguardado de los curiosos que sólo se ve a la distancia desde las verjas, porque creo que se trata de un edificio único, irrepetible, que resume lo mejor del lenguaje estético maduro de un gran artista, un icono del arte de quien he llamado una y otra vez hombre excepcional.
En el Palacio del Planalto, sede del Ejecutivo, hay otra versión de ellas que también está muy lograda por la escala especial de este gran edificio, cuyas plantas superiores, con oficinas que dan hacia unos hermosísimos jardines internos, pude visitar en ese entonces.
Mi visita siguió rumbos interesantes pero me detengo aquí porque considero que en este corto espacio debo hablar de otras cosas más bien anecdóticas.
3. Mencionar por ejemplo que fui testigo (muy jovencito, apenas quince años y me preparaba a entrar en la Facultad), de una conversación entre Niemeyer y nuestro Fruto Vivas (1928) en la que este le preguntaba por la “presencia del pueblo en la arquitectura”. No recuerdo la respuesta de Niemeyer pero sí la ocasión y el lugar. Fue en la terraza del edificio Sur de la Ave. Bolívar (Arq. Cipriano Domínguez 1904-1995) edificio directamente influido por el Ministerio de Educación de Niemeyer-Corbusier. Allí, en unas oficinas que me parecían fabulosas en cuya mezzanina funcionaba la Sociedad Venezolana de Arquitectos, entre volúmenes y muros sinuosos recubiertos de mosaico cerámico de una terraza con vista a la Ave. Bolívar en plena construcción, se realizaba la fiesta inaugural del IX Congreso Panamericano de Arquitectos, al cual permitían inscribirse a los estudiantes. Yo no lo era todavía, lo sería en un mes más porque el Congreso tuvo lugar en Sseptiembre de 1995 (¿o agosto?). Recuerdo esa conversación tal como recuerdo a Maurice Rotival (1892-1980) diciendo en inglés ante un grupo y señalando con un amplio gesto a todo el centro Simón Bolívar donde ya estaba concluida la estructura de las torres:
…“When I planned this…”
Ante la mirada un poco abobada de los presentes, yo incluído. Otras veces he escrito sobre esto, tan marcado lo tengo en el recuerdo, porque para mí, en cierto modo, refleja lo que era la Venezuela de entonces para los arquitectos jóvenes: tierra de muchas promesas.
Las circunstancias de la visita de Niemeyer me intrigan hoy. Fruto Vivas, a quien llamé para confrontar memorias, me dice que Niemeyer había venido para lo del proyecto del Museo de Arte Moderno y coincidió con el Congreso. Yo tengo otra versión porque recuerdo con toda claridad que cuando Oscar estaba en lo del Museo de Arte Moderno dio una charla en la Facultad de Arquitectura vieja a la cual yo asistí ya como estudiante. En ella Niemeyer habló por supuesto de las columnas de dos o tres puntas y su pertinencia; y de otros proyectos o edificios construidos, dibujando esquemas con carboncillo sobre papeles desplegados en un atril, a la mejor manera Le Corbusier. Lo hacía con extraordinaria destreza y al concluir la charla los estudiantes más cercanos al atril se abalanzaron sobre los dibujos para quedárselos.
Esa charla tuvo que haber sido a fines del 55 o en el 56, para que yo pudiera haber sido ya estudiante, aparte de que el 56 es la fecha que se reconoce para el proyecto del Museo. Ya esperaré el veredicto, aquí también, de Carola Barrios, pero entretanto contradigo a Fruto diciendo que Niemeyer vino dos veces con pocos meses de diferencia. Ya los protagonistas, en todo caso, se han ido yendo de nuestro mundo; incluyendo uno que podía haber zanjado la diferencia de fechas: Henrique Hernández (1930-2009) quien junto a Fruto y otros colaboró en el Proyecto del Museo.
También recuerdo otras cosas menores de esa fiesta que me resulta divertido mencionar aquí. Una que yo, a pesar de mi extrema juventud, me sentía como en casa; otra, que se servía un buffet en el cual había hasta lechones de esos que llevan una manzana en la boca; la tercera, que apenas se llegó al nivel alcohólico necesario los más jóvenes empezaron a bailar entusiasmados, destacándose casi como líder del grupo a Luis Jiménez (1933-1993) que la emprendió con un Charleston (era la moda-retro de entonces) teniendo como pareja, si mal no recuerdo, a Mariluz Bazcones; y la cuarta muy importante para mí: ese lugar, esa terraza del edificio Sur era un manifiesto exultante de la arquitectura moderna de ese tiempo. Y ello ocurría en un pequeño país de América Latina que se asomaba a la modernidad. Venezuela tenía entonces sólo 4 millones de habitantes y Caracas casi un millón.
4. Alargo hoy demasiado estas notas, pero no me puede quedar sin decir aquí algo que para nosotros los venezolanos debería ser enseñanza central.
Oscar Niemeyer ocupó un enorme espacio en la arquitectura brasileña durante toda su larguísima vida. En los años sesenta del siglo pasado, cuando apenas terminaba la experiencia de la primera Brasilia, acaparaba la escena. Porque Brasilia en sus edificios monumentales más importantes es su obra exclusiva.
No creo que eso haya sido cómodo para todos los arquitectos brasileños. Pero si fue así, muy poco trascendió hacia afuera. Había arquitectos de mucho peso (pensemos nada más en Vilanova Artigas, Rino Levi, Sergio Bernardes, Paulo Mendes Da Rocha, Joaquim Guedes, incluso el gran Alfonso Eduardo Reidy quien murió en el 64, o Lelé, a quien menciono en la nota, y muchos más que se me escapan) que tenían todas las credenciales para estar presentes en la capital del país de modo más destacado. Lelé tuvo una presencia decisiva, es verdad, en la Universidad de Brasilia (edificio conocido como el Minhocão- la serpiente o elro gusano) pero los demás muy poca, al menos la que se conoce.
Y lo que me interesa destacar es que, pese a toda esa presencia excesiva y permanente, los edificios de Oscar se han conservado impecables e incluso han sido ejecutados por todos los gobiernos, incluida la dictadura que lo llevó al exilio. Se han respetado y mantenido por encima de cualquier consideración personal y sobre todo de cualquier idea de exclusión política. Que eso sea un mérito atribuible al modo de ser brasileño, algo así como un respeto al talento especial, me parecería de un valor excepcional. No me atrevo a asegurarlo pero lo lanzo como una de las hipótesis. Otra podría ser que en Brasil, un país tan grande con un sector privado muy poderoso, en el cual, además, el Poder Público está muy descentralizado y las gobernaciones de los diferentes Estados tienen mucha autonomía, con Alcaldías económicamente fuertes, se mantuvieron espacios de participación para los arquitectos, independientemente de lo que hacía el gobierno federal. Esta última parece una hipótesis bastante plausible, pero lo que más interesa es que la presencia de Niemeyer estuvo en cierto modo asociada a una tranquila y muy madura aceptación de su valía, pese a que ya en los últimos años resultaba hasta irritante el peso de un hombre que acusaba senilidad.
“Todo esto, en definitiva, contrasta con la insólita actitud de exclusión política que ha sido típica del mundo venezolano. Que ha alcanzado niveles escandalosos en tiempos recientes para desgracia de nuestra arquitectura y nuestra cultura”.
[:gl]
Supero o cerco que a realidade política téndenos diariamente a todos e decido falar1 de Óscar Niemeyer (1907-2012) cuxa lonxevidade cesou en decembro de 2012.
Ya una vez escribí que había tenido el privilegio de conversar con él en su estudio de la Avenida Atlántica frente a Copacabana en 1994. Hablamos de su Memorial de América Latina, conjunto que se había terminado hacía poco (1989), de su casa en Río-Gávea que nunca he dejado de admirar y de otras cosas que ya olvidé, aderezadas con algunos recuerdos de su ya muy lejana visita a Caracas en 1956 para el proyecto del Museo de Arte Moderno encargado por Inocente Palacios (1908-1996).
Home de voz queda e falar pausado, de baixa estatura e cordialidade máis ben concisa, foi moi comunicativo e ata cariñoso durante a hora e tantos que me dedicou, sempre tendo sobre a mesa un prego de papel de esbozo no cal, con pequenos debuxos explicativos, documentaba o seu discurso. O día anterior eu estivera con Lucio Costa2 (1902-1998) quen me falaba de João da Gama Filgueiras Lima, Lelé (1932) como un arquitecto interesante das novas xeracións, así que llo mencionei e expresouse en termos admirativos e de amizade sobre alguén dunha xeración máis nova. Pero ata alí chegaron os seus comentarios cara ao de fóra, porque Niemeyer parecía estar totalmente entregado a si mesmo, moi consciente do seu valor persoal e pouco disposto a falar doutros, incluíndo a quen podía habelo influído, por exemplo Le Corbusier, respecto de quen lle pedín un comentario lembrándolle a súa colaboración con el para o Ministerio de Educación en Rio de Xaneiro, 1936.
Dixo moi pouco a pesar de ser indubidable que a obra temperá de Niemeyer foi influída polo suízo-francés e que ademais o unía a el unha admiración natural que se deixa ver na carta datada en xaneiro de 1963, publicada nas Obras Completas de Le Corbusier, na que di da obra:
Que fermosura! Que obra extraordinaria! Que lección de idealismo e convicción profesional!
Unha admiración que non implicaba suxeición senón capacidade para entender non só ao outro, ao diverso, ao distinto, senón tamén ao Mestre. De quen foi diferenciándose a medida que re-elaboraba cos seus puntos de vista persoais o legado moderno.
Porque nada hai máis superficial que pretender, como insisten en sinalar os xornalistas anglosaxóns (ver o obituario de The Ecomomist) que Niemeyer é unha refutación do funcionalismo moderno de Lle Corbusier, ao cal lle deu poesía. Comentario que mostra, ademais de ignorancia, a teima norteamericana (e moi de xornalista) de clasificar para evitar pensar.
De todos os xeitos, a ese equívoco contribuíron as poses recentes de Niemeyer ao ser entrevistado3. Desde o seu regreso ao Brasil post-ditadura en 1985, Niemeyer empezara a ser un imitador de si mesmo un tanto afiebrado; e se nel seguía palpitando o seu xenio de artista, as súas obras dese período comezan a resentirse dun amaneramiento que roza o Kitsch. Do cal sempre padeceu un pouco pero que nos seus anos finais se exacerbó. E xa despois deulle por facer literatura trivial e ao gusto xeral coas curvas, a muller e a poesía, dun modo que tivo moita audiencia pero tan superficial como a súa insistencia en glorificar o seu comunismo de salón.
Esa fraqueza nótase xa no Mausoleo a Juscelino Kubitschek, obra de 1981 que se resente dun monumentalismo baseado no tamaño e os efectos ata converter a JK nun Emperador. Ou no Panteón da Patria Tancredo Neves, construído en 1985, inmenso espazo escuro no que discorren miniaturizados, eventos museográficos vinculados á historia do Brasil, sen consideración ao gran fino que toda arquitectura esixe.
En todo caso, tanto nestes edificios como nas obras que construíu nesas décadas finais latexa sempre o xenio artístico dun home excepcional, quen fixo das súas obras parte do patrimonio artístico brasileiro.
Tiven oportunidade, á parte das obras de Brasília, de visitar o Memorial en Sao Paulo e o Museo de Niteroi nos suburbios de Río de Janeiro. Se no que se refire a Brasília, non pode negarse que a Praza dos Tres Poderes pero en particular o conxunto do Congreso enriquecido cos murais internos de Athos Bulcao e outras extraordinarias obras de arte, é arquitectura transcendente, creo que Itamaraty (Ministerio de Relacións Exteriores) inaugurado en 1970, é unha obra central do século vinte. Non podo dicir o mesmo do Memorial ou Niteroi. Por unha banda súmome á crítica que lle oín en Sao Paulo a Joaquim Guedes (1932-2008) en canto aos excesos estruturais do Memorial, pero o peor é o moi torpe manexo da luz natural na Biblioteca e o ambiente de sala de xogo do Auditorio. En canto a Niteroi paréceme un mal Museo sen que iso impídame recoñecer o efectismo impecable do inédito volume branco plantado no litoral rochoso.
Por contraste case todo o que fixo Niemeyer desde Pampulha (1940-41) ata Brasília (1960) sostense na tradición arquitectónica moderna con forza propia e vocación patrimonial sólida. Como é o caso do edificio Copan (1951-57), que aquí mostramos, sorprendente edificio de vivendas, comercios, cinemas e teatros cuxas características formais marcadas polos beirados de protección solar que reflicten a luz natural ao interior das vivendas, a súa traxectoria sinuosa e o seu risco como sede de usos diversos, superan con fartura os problemas de habitabilidade que o afectaron.
E resumo dicindo que a arquitectura de Niemeyer alcanzou momentos moi altos, pero que o vivir tanto non o axudou e máis ben tentouno coa banalidade que mostran moitas das súas obras recentes.4
Óscar Tenreiro Degwitz, Arquitecto.
Venezuela, febreiro 2013,
Entre lo Cierto y lo Verdadero
Notas:
1. Ao pouco tempo de entrar a estudar arquitectura a fins de 1955, tiven nas miñas mans un libro sobre a obra de Oscar Niemeyer, asinado por Stamo Papadaki, alguén de quen pouco puiden pescudar separadamente de que era historiador e critico cuxo legado repousa na Biblioteca da Universidade de Princeton en USA. Púxoo nas miñas mans o meu irmán Jesús que xa por ese entón achegábase ao final da carreira, e puiden ver entón as imaxes da obra deste arquitecto que empezaba a soar no mundo con moita forza.
Estaba alí por suposto a xa famosísima igrexa de Pampulha cos murales de azulexos de Cándido Portinari. E a súa influencia entre nós facíase notar a poucos metros do lugar onde nos sentabamos nas mañás entre clases no vello edificio da Facultade, hoxe Ingenieria: no comedor universitario que Villanueva construíra en 1951. Ese comedor, de teitos abovedados aos cales chegábase por un corredor techado sinuoso que arrincaba nun pequeno pabellón que era a librería universitaria e estaba revestido de azulexos, era un claro reflexo do impacto que causara no noso arquitecto o conxunto de Pampulha construído en 1941 en Belo Horizonte por Niemeyer, baixo a iniciativa de Juscelino Kubitschek, para entón Gobernador do Estado de Minas Gerais, Brasil. O noso comedor habería de ser demolido nos anos setenta pese á campaña en contra liderada por Paulina, a filla de Villanueva, quen se enfrontou sen éxito a eses arranques arrogantes da democracia de entón, perfectos antecedentes da ditadura que hoxe temos. E ao comedor que moito nos gustaba sucedeuno un lamentable edificio encargado a un amigo do partido no Poder entón. Tal como hoxe faise. Hai moitos motivos para estrañarse?
Pero sigamos, falaba do libro de Papadaki. Nel mostrábanse unha e outra vez os edificios do moi novo Niemeyer (48 anos), os de volumes prismáticos, acompañados sempre duns esbozos que pretendían demostrar que seguir as columnas ata o chan era un erro, que debían recollerse en columnas de dúas puntas, de bordos redondeados, que liberaban a Planta baixa e conferíanlle a desexada transparencia integradora coa paisaxe circundante. Este xesto era unha indubidable influencia de Marsella-Corbusier, pero Niemeyer elaborara o deseño mediante a elegancia que lle era propia, ata facer das columnas obxectos autónomos (as de Marsella mostran máis claramente a súa débeda co estritamente construtivo) que anunciaban o que habería de ocorrer apenas cinco anos despois nos primeiros palacios de Brasília.
Impresionoume persoalmente iso que chamo elegancia, cando en 1958 percorrín a Planta Baixa do Hospital Sudamérica en Río de Janeiro, xunto á Lagõa, lagoa natural que serve de punto focal nunha zona da cidade, un deses edificios de pórticos regulares e volume prismático que Niemeyer construíu por ese tempo. Gustoume moito e interesoume especialmente a idea de separar o traxecto de médicos e pacientes do dos visitantes, en corredores paralelos adxacentes ás fachadas, recurso que ao parecer era demasiado custoso para tomalo como exemplo. E a planta Baixa, en efecto, permitía a integración visual cara aos belos xardíns que me parece eran de Roberto Burle Marx (e aquí acudo á axuda de Carola Barrios quen me ilustrará respecto diso apenas lea isto).
2. O meu reencontro coa obra de Niemeyer sería xa en maio de 1961 cunha visita a Brasília inaugurada o ano anterior que motivou o meu primeiro artigo sobre arquitectura, publicado na revista de nosa Facultade Punto, no número de Novembro de 1961. Xa alí, iso que chamo elegancia no deseño e que podería merecer outro nome, manifestábase nas columnas dos palacios da Praza dos Tres Poderes. A súa primeira realización fora no Palacio da Alvorada (marabilloso nome por certo), lonxe da Praza, terminado talvez dous anos antes da inauguración, cuxas imaxes circularan polo mundo. Ese modo de unir os pórticos entre si no sentido longo do edificio con gráciles vigas curvas de gran curvatura e o desenvolvemento de maior a menor ancho desde a súa base cara á punta superior, era un evento estético, escultural no mellor sentido da palabra e sobre todo, hei de determe nisto, radicalmente orixinais. Sempre quixen visitar ese Palacio tan resgardado dos curiosos que só se ve á distancia desde os enreixados, porque creo que se trata dun edificio único, irrepetible, que resume o mellor da linguaxe estética madura dun gran artista, un icona da arte de quen chamei unha e outra vez home excepcional.
No Palacio do Planalto, sede do Executivo, hai outra versión delas que tamén está moi lograda pola escala especial deste gran edificio, cuxas plantas superiores, con oficinas que dan cara a uns hermosísimos xardíns internos, puiden visitar nese entón.
A miña visita seguiu rumbos interesantes pero detéñome aquí porque considero que neste curto espazo debo falar doutras cousas máis ben anecdóticas.
3. Mencionar por exemplo que fun testemuña (moi jovencito, apenas quince anos e preparábame a entrar na Facultade), dunha conversación entre Niemeyer e o noso Fruto Vivas (1928) na que este lle preguntaba pola “presenza do pobo na arquitectura”. Non lembro a resposta de Niemeyer pero si a ocasión e o lugar. Foi na terraza do edificio Sur da Ave. Bolívar (Arq. Cipriano Domínguez 1904-1995) edificio directamente influído polo Ministerio de Educación de Niemeyer-Corbusier. Alí, nunhas oficinas que me parecían fabulosas en cuxa mezzanina funcionaba a Sociedade Venezolana de Arquitectos, entre volumes e muros sinuosos recubertos de mosaico cerámico dunha terraza con vista á Ave. Bolívar en plena construción, realizábase a festa inaugural do IX Congreso Panamericano de Arquitectos, ao cal permitían inscribirse aos estudantes. Eu non o era aínda, o sería nun mes máis porque o Congreso tivo lugar en Sseptiembre de 1995 (ou agosto?). Lembro esa conversación tal como recordo a Maurice Rotival(1892-1980) dicindo en inglés ante un grupo e sinalando cun amplo xesto a todo o centro Simón Bolívar onde xa estaba concluída a estrutura das torres:
…“When I planned this…”
Ante a mirada un pouco abobada dos presentes, eu incluído. Outras veces escribín sobre isto, tan marcado téñoo no recordo, porque para min, en certo xeito, reflicte o que era a Venezuela de entón para os arquitectos novos: terra de moitas promesas.
As circunstancias da visita de Niemeyer me intrigan hoxe. Froito Vivas, a quen chamei para confrontar memorias, dime que Niemeyer había vindo para o do proxecto do Museo de Arte Moderna e coincidiu co Congreso. Eu teño outra versión porque recordo con toda claridade que cando Óscar estaba no do Museo de Arte Moderna deu unha charla na Facultade de Arquitectura vella á cal eu asistín xa como estudante. Nela Niemeyer falou por suposto das columnas de dúas ou tres puntas e a súa pertinencia; e doutros proxectos ou edificios construídos, debuxando esquemas con carboncillo sobre papeis despregados nun atril, á mellor maneira Lle Corbusier. Facíao con extraordinaria destreza e ao concluír a charla os estudantes máis próximos ao atril abalanzáronse sobre os debuxos para quedarllos.
Esa charla tivo que ser a fins do 55 ou no 56, para que eu puidese ser xa estudante, á parte de que o 56 é a data que se recoñece para o proxecto do Museo. Xa esperarei o veredicto, aquí tamén, de Carola Barrios, pero namentres contradigo a Froito dicindo que Niemeyer veu dúas veces con poucos meses de diferenza. Xa os protagonistas, en todo caso, fóronse indo do noso mundo; incluíndo un que podía resolver a diferenza de datas: Henrique Hernández (1930-2009) quen xunto a Froito e outros colaborou no Proxecto do Museo.
Tamén lembro outras cousas menores desa festa que me resulta divertido mencionar aquí. Unha que eu, a pesar da miña extrema mocidade, sentíame como na casa; outra, que se servía un buffet no cal había ata lechones deses que levan unha mazá na boca; a terceira, que apenas se chegou ao nivel alcohólico necesario os máis novos empezaron a bailar entusiasmados, destacándose case como líder do grupo a Luís Jiménez (1933-1993) que a emprendeu cun Charleston (era a moda-retro de entón) tendo como parella, se mal non recordo, a Mariluz Bazcones; e a cuarta moi importante para min: ese lugar, esa terraza do edificio Sur era un manifesto exultante da arquitectura moderna dese tempo. E iso ocorría nun pequeno país de América Latina que se asomaba á modernidade. Venezuela tiña entón só 4 millóns de habitantes e Caracas case un millón.
4. Alongo hoxe demasiado estas notas, pero non me pode quedar sen dicir aquí algo que para nós os venezolanos debería ser ensino central.
Óscar Niemeyer ocupou un enorme espazo na arquitectura brasileira durante toda a súa larguísima vida. Nos anos sesenta do século pasado, cando apenas terminaba a experiencia da primeira Brasília, acaparaba a escena. Porque Brasília nos seus edificios monumentais máis importantes é a súa obra exclusiva.
Non creo que iso fose cómodo para todos os arquitectos brasileiros. Pero se foi así, moi pouco transcendeu cara a fóra. Había arquitectos de moito peso (pensemos nada máis en Vilanova Artigas, Rino Levi, Sergio Bernardes, Paulo Mendes Da Rocha, Joaquim Guedes, incluso o gran Alfonso Eduardo Reidy quen morreu no 64, ou Lelé, a quen menciono na nota, e moitos máis que escápanlleme) que tiñan todas as credenciais para estar presentes na capital do país de modo máis destacado. Lelé tivo unha presenza decisiva, é verdade, na Universidade de Brasília (edificio coñecido como o Minhocão- a serpe ou elro verme) pero os demais moi pouca, polo menos a que se coñece.
E o que me interesa destacar é que, a pesar de toda esa presenza excesiva e permanente, os edificios de Óscar conserváronse impecables e mesmo foron executados por todos os gobernos, incluída a ditadura que o levou ao exilio. Respectáronse e mantido por encima de calquera consideración persoal e sobre todo de calquera idea de exclusión política. Que iso sexa un mérito atribuíble ao modo de ser brasileiro, algo así como un respecto ao talento especial, pareceríame dun valor excepcional. Non me atrevo a aseguralo pero lánzoo como unha das hipóteses. Outra podería ser que en Brasil, un país tan grande cun sector privado moi poderoso, no cal, ademais, o Poder Público está moi descentralizado e as gobernacións dos diferentes Estados teñen moita autonomía, con Alcaldías economicamente fortes, mantivéronse espazos de participación para os arquitectos, independentemente do que facía o goberno federal. Esta última parece unha hipótese bastante plausible, pero o que máis interesa é que a presenza de Niemeyer estivo en certo xeito asociada a unha tranquila e moi madura aceptación da súa valía, a pesar de que xa nos últimos anos resultaba ata irritante o peso dun home que acusaba senilidad.
“Todo isto, en definitiva, contrasta coa insólita actitude de exclusión política que foi típica do mundo venezolano. Que alcanzou niveis escandalosos en tempos recentes para desgraza da nosa arquitectura e a nosa cultura”.
[:en]
I overcome the fence that the political reality us stretches every day to all and decide to speak1 of Oscar Niemeyer (1907-2012) whose longevity stopped in December, 2012.
Already once I wrote that it had had the privilege of conversing with him in his study of the Atlantic Avenue opposite to Copacabana in 1994. We speak about his Brief of Latin America, joint that had finished it was doing (slightly (1989), of his house in Rio-Gávea that I have never stopped admiring and of other things that already I forgot, adorned with any recollections of his already very distant visit to Caracas in 1956 for the project of the Museum of Modern Art entrusted for nocente Palacios (1908-1996).
Man of voice stays and to speak interrupted, of low stature and rather succinct warmth, it was very communicative and up to affectionatly during the hour and so many people that he me dedicated, always having on the table a sheet of paper of sketch in which, with small explanatory drawings, it was documenting his speech. The previous day I had been with Lucio Costa2 (1902-1998) who had spoken to me about João da Gama Filgueiras Lima, Lelé (1932) gives Range as an interesting architect of the new generations, so I mentioned it and it expressed in admiring terms and of friendship on someone of a younger generation. But up to there his comments came towards it of out, because Niemeyer seemed to be totally delivered to yes same, very conscious of his value personal and slightly ready to speak about others, including to whom they it could have influenced, as for example Corbusier, with regard to whom I asked for a comment him remembering his collaboration with he for the Department of Education in Rio of Janeiro, 1936.
He said very little in spite of being undoubted that Niemeyer’s early work was influenced by the Swiss – Frenchman and that in addition it was joined to him by a natural admiration that is left to see in the letter dated in January, 1963, published in the Le Corbusier, complete works, in which he says of the work:
What a beauty! What an extraordinary work! What a lesson of idealism and professional conviction!
An admiration that was not implying subordination but aptitude to understand not only other one, to the diverse one, to the different one, but also to the Teacher. From whom it was differing as it was re-elaborating with his personal points of view the modern legacy.
Because nothing is more superficial that to claim, as insist on indicating the Anglo-Saxon journalists (to see The Ecomomist‘s obituary) that Niemeyer is a refutation of the modern funcionalism of Le Corbusier, to which it gave to him poetry. Comment that shows, besides ignorance, the North American obsession (and very of journalist) of classifying to avoid to think.
Anyhow, to this pun they contributed put them recent of Niemeyer on 3 having been interviewed3. From his return to the Brazil post-dictatorship in 1985, Niemeyer had started being an imitator of yes same rather feverishly; and if in him his genius of artist continued fluttering, his works of this period begin to suffer from a mannerism that the Kitsch rubs. From which always he suffered a bit but that in his final years was irritated. And already later it gave him for doing trivial literature and to the general taste with the curves, the woman and the poetry, of a way that had hearing great but so superficial as his insistence in praising his communism of lounge.
This sluggishness is obvious already in the Mausoleum to Juscelino Kubitschek, work of 1981 that suffers from a monumentalismo based on the size and the effects up to turning JK into an Emperor. Or in the Pantheon of the Patria Tancredo Neves, constructed in 1985, immense dark space in which they pass miniaturized, events museográficos linked to the history of the Brazil, without consideration to the thin grain that any architecture demands.
Both in these buildings and in the works that late constructed in these final decades always the artistic genius of an exceptional man, who did of his works departs from the Brazilian art heritage.
I have had opportunity, apart from the works of Brasilia, of visiting the Brief in Sao Paulo and Niteroi’s Museum in the suburbs of Rio de Janeiro. If regarding Brasilia, it cannot refuse that the Plaza of Three Power but especially the set of the Congress enriched with Athos Bulcao’s internal murals and other extraordinary works of art, it is a transcendent architecture, I believe that Itamaraty (State Department) inaugurated in 1970, is a central work of the century twenty. I cannot say the same of the Memorial or Niteroi. On one hand I add to the critique that I heard in Sao Paulo Joaquim Guedes (1932-2008) as for the structural excesses of the Brief, but the worse thing is the very awkward managing of the natural light in the Library and the environment of room of game of the Audience. As for Niteroi an evil looks like to me A Museum without it prevents me from recognizing the impeccable straining to achieve effect of the unpublished white volume reached on the rocky littoral.
For confirm almost everything what Niemeyer did from Pampulha (1940-41) up to Brasilia (1960) it is supported in the architectural modern tradition strongly own and patrimonial solid vocation. Since it is the case of the building There corner (1951-57), which here we show, surprising building of housings, trades, cinemas and theatres which formal characteristics marked by the eaves of solar protection that reflect the natural light to the interior of the housings, his sinuous path and his risk as headquarters of diverse uses, overcome fully the problems of habitability that they it have affected.
And I summarize saying that Niemeyer’s architecture reached very high moments, but that the credit lived so much it did not help and rather it touched it with the banality that there show many of his recent works.4
Óscar Tenreiro Degwitz, Architect.
Venezuela, february 2013,
Entre lo Cierto y lo Verdadero
Notes:
1. To a little time to begin to study architecture at the end of 1955, I had in my hands a book on Oscar Niemeyer’s work, signed by Stamo Papadaki, someone of small whom I could have quarrelled apart from the fact that he was a historian and to criticize whose legacy rests in the Library of Princeton’s University in USA. It was put in my hands by my brother Jesus who already for this then was approaching at the end of the career, and I could see at the time the images of the work of this architect who was starting sounding in the world with a lot of force.
The Pampulha’s already most famous church was there certainly with the murals of Cándido Portinari‘s blue rollers. And his influence strictly between ourselves was making be obvious to few local meters where we were sitting down in the mornings between classes in the old building of the Faculty, today Engineering: in the university dining room that Villanueva had constructed in 1951. This dining room, of ceilings arched to which it was coming near for a roofed sinuous corridor that was starting in a small pavilion that was the university bookshop and was redressed in blue rollers, was a clear reflection of the impact that there had caused in our architect the set of Pampulha construído in 1941 in Belo Horizonte for Niemeyer, under Juscelino Kubitschek’s initiative, by then Governor of the State of Mines Gerais, Brazil. Our dining room should be demolished in the seventies in spite of the campaign in against led by Paulina, the daughter of Villanueva, who faced without success these arrogant take-offs of the democracy of, perfect precedents at the time of the dictatorship that today we have. And to the dining room that great we liked there happened a lamentable building entrusted a friend of the party in the Power at the time. As today it is done. There are many motives for being surprised?
But let’s continue, he was speaking about Papadaki’s book. In him there were appearing again and again the buildings of the very young Niemeyer (48 years), those of prismatic volumes, accompanied always of a few sketches that they were trying to demonstrate that to follow the columns up to the soil was a mistake, which had to be gathered in columns of two tops, of rounded edges, which were liberating the Ground floor and were awarding the wished of integration transparency with the surrounding landscape. This gesture was an undoubted influence of Marseilles-Corbusier, but Niemeyer had elaborated the design by means of the elegance that him was own, until did of the columns autonomous objects (those of Marseilles show clearer his debt with the strictly constructive thing) that were announcing what should happen only five years later in the first palaces of Brasilia.
I was impressed personally by it that I am called an elegance, when in 1958 I crossed the Ground floor of the Hospital South America in Rio de Janeiro, close to the Lagõa, natural lagoon that uses as focal point in a zone of the city, one of these buildings as regular porticoes and prismatic volume that Niemeyer constructed in this time. I liked much and I was interested specially in the idea of separating the distance of doctors and patients from that of the visitors, in parallel adjacent corridors to the fronts, resource that apparently was too costly to take it as an example. And the ground floor, in effect, was allowing the visual integration towards the beautiful gardens that it seems to me they belonged to Roberto Burle Marx (and here I come to Carola Barrios’s help who will illustrate me in the matter scarcely read this).
2. My reunion with Niemeyer’s work would be already in May, 1961 with a visit to Brasilia inaugurated the previous year that motivated my first article about architecture, published in the magazine of our Faculty Point, in the number of November, 1961. Already there, it that I am called an elegance in the design and that might deserve another name, was demonstrating in the columns of the palaces of the Plaza of Three Power. His first accomplishment had been in the Palace of the Alvorada (wonderful name certainly), far from the Plaza, finished maybe two years before the inauguration, which images had circulated along the world. This way of joining the porticoes between yes in the long sense of the building with graceful curved girders of great curvature and the development of bigger than broad minor from his base towards the top top, was an aesthetic, sculptural event in the best sense of the word and especially, I have to detain in this, radically original. Always I have wanted to visit this Palace so protected from the onlookers that only one sees to the distance from the railings, because I think that it is a question of the only, unrepeatable building, that it summarizes the better of the aesthetic mature language of a great artist, an icon of the art of whom I have been called again and again an exceptional man.
Palacio en el-del Planalto, sede del Ejecutivo, el heno otra versión de ellas que también está muy lograda por la escala especial de este gran edificio, cuyas plantas superiores, estafa oficinas que dan hacia unos hermosísimos jardines internos, pude visitar en ese entonces.
My visit followed interesting courses but I detain here because I think that in this short space I must speak about other rather anecdotal things.
3. To mention for example that I was a witness (very youngster, you upset fifteen years and was preparing myself to enter in the Faculty), of a conversation between Niemeyer and our Fruto Vivas (1928) in that this one him was asking for the “presence of the people in the architecture”. I do not remember Niemeyer’s response but yes the occasion and the place. It was in the terrace of the building South of the Bird. Bolivar (Arq. Cipriano Domínguez 1904-1995) building directly influenced by the Department of Niemeyer-Corbusier’s Education. There, in a few offices that seemed to me to be fabulous in whose mezzanina was working the Architects’ Venezuelan Company, between volumes and sinuous walls covered with ceramic mosaic of a terrace with sight to the Bird. Bolivar in full construction, realized the inaugural holiday of the Congress IX Pan-American Architects’, they were allowing which to inscribe the students. I it was not still, it it would be in one more month because the Congress took place in september of 1995 ( or august?). I remember this conversation as I remember Maurice Rotival (1892-1980) saying in English before a group and indicating with a wide gesture to the whole center Simón Bolívar where already the structure of the towers was concluded:
…“When I planned this…”
Before the look a bit stupefied of the presents, me incluído. Other times I have written on this, so marked I have it in the recollection, because for me, in certain way, it reflects what was the Venezuela of then for the young architects: land of many promises.
The circumstances of Niemeyer’s visit puzzle me today. Fruto Vivas, whom I called to confront memories, says to me that Niemeyer had come for it from the project of the Museum of Modern Art and it coincided with the Congress.I have another version because I remember with all clarity that when Oscar was in it of the Museum of Modern Art it gave a chat in the Faculty of old Architecture at which I was present already as student. In her Niemeyer spoke certainly about the columns of two or three tops and his relevancy; and of other projects or constructed buildings, drawing schemes with charcoal on papers opened in an easel, to the best way Le Corbusier. It was doing it with extraordinary skill and on having concluded the chat the nearest students to the easel rushed on the drawings them to remain.
This chat had to be at the end of 55 or in 56, in order that I could have been already a student, apart from the fact that 56 it is the date that is recognized for the project of the Museum. Already I will expect for the verdict, here also, from Carola Barrios, but meanwhile I contradict to Fruit saying that Niemeyer came two times with a few months of difference. Already the protagonists, in any case, have been going away of our world; including one that could have tackled the difference of dates: Henrique Hernández (1930-2009) who close to Fruit and others collaborated in the Project of the Museum.
Also I remember other minor things of this holiday that me turns out to be enterteining to mention here. One that I, in spite of my extreme youth, was feeling like in house; other one, which was serving itself a buffet in which there existed up to pigs of this that take an apple in the mouth; the third one, which scarcely came near to the alcoholic necessary level the youngest started dancing filled with enthusiasm, being outlined almost as leader of the group to Luis Jiménez (1933-1993) who undertook it with a Charleston (it was the mode – retro of then) having as pair, if badly I do not remember, to Mariluz Bazcones; and the fourth one very importantly for me: this place, this terrace of the building South was an exultant manifest of the modern architecture of this time. And it happened in a small country of Latin America that it was appearing to the modernity. Venezuela had then only 4 millions of inhabitants and Caracas almost a million.
4. I lengthen today too much these notes, but it cannot to me be able only without saying here anything that for us the Venezuelans it should be a central education.
Oscar Niemeyer occupied an enormous space in the Brazilian architecture during all his longest life. In the sixties of last century, when scarcely it was finishing the experience of the first Brasilia, he was monopolizing the scene. Because Brasilia in his more important monumental buildings is his exclusive work.
I do not believe that it has been comfortable for all the Brazilian architects. But if it was like that, very small it came out towards out. There were architects of very much weight (let’s think nothing more about Vilanova Artigas, Rino Levi, Sergio Bernardes, Paulo Mendes Da Rocha, Joaquim Guedes, enclosed the great Alfonso Eduardo Reidy who died in 64, or Lelé, whom I mention in the note, and many more than escape from me) that had all the credentials to be present in the capital of the most out-standing country of way. Lelé had a decisive presence, it is true, in the University of Brasilia (building known as the Minhocão – the serpent or elro worm) but the others very small, at least the one that knows itself.
And what I am interested in emphasizing is that, in spite of all this excessive and permanent presence, Oscar’s buildings have remained impeccably and even they have been executed by all the governments, included the dictatorship that took it to the exile. They have respected and supported over any personal consideration and especially of any idea of political exclusion. That it is an attributable merit like being a Brazilian, something like respect to the special talent, me it would seem of an exceptional value. I do not dare to assure it but I throw it as one of the hypotheses. Other one might be that in Brazil, such a big country with a private very powerful sector, in which, in addition, the Public Power is very decentralized and the governments of the different States they have autonomy great, with economically strong Mayoralties, spaces of participation were kept for the architects, independently of what it was doing the federal government. The latter looks like a commendable enough hypothesis, but what more is interested is that Niemeyer’s presence was in certain way associated with the calm one and very mature acceptance of his value, in spite of that already in the last years there was proving up to irritant the weight of a man who was accusing senility.
“All that, definitively, contrasts with the unusual attitude of political exclusion that has been typical of the Venezuelan world. That has reached scandalous levels in recent times for misfortune of our architecture and our culture”.
[:]




