La casa que no era un barco | Borja López Cotelo

A Roiba | El primo Ramón

Se ha hablado de esta casa como un barco a punto de hacerse a la mar1. Quizá por su situación, en ese fino hilo que separa tierra y mar, o tal vez por aquella foto descolorida de Ramón Vázquez Molezún aferrado al timón de un barco, protegiendo su cráneo con un gorro de lana.

Pero todos sabemos que esa casa no es un barco, del mismo modo que el mar no es el mar.

El mar es, en realidad, nuestros miedos y leyendas; las historias y los cuentos transmitidos durante generaciones; es también todos y cada uno de los hombres que se llevó, es cada promesa que en él vieron quienes prefirieron quedarse. Es un inmenso depósito de anhelos y sueños, algunos cumplidos, muchos hechos pedazos.

La casa en A Roiba no es un barco porque es un cofre; un cofre de vivencias y recuerdos, de historias que susurra a todo aquel que la visita dispuesto a escucharla.

Ramón Vázquez Molezún, Janine, y sus hijos, han vivido –viven- en esa casa. Y sus vidas han ido llenando, poco a poco, la magistral carcasa dibujada por el arquitecto. Las mañanas al sol en la terraza, las tardes en el salón que domina la ría desde su modesta escala, los niños haciéndose mayores en sus estancias, la marea reclamando el pañol en cada pleamar.

Todo eso está impreso en la piel de este minúsculo edificio.

Pero los cofres siempre han sido codiciados. En ocasiones por piratas, corsarios y bucaneros, por aquellos con quienes Stevenson esperaba compartir sepultura2; en otras, las más, por el océano y por el propio tiempo.

A Roiba es vieja y el mar la golpea sin misericordia. Invierno tras invierno las olas erosionan su hormigón, lo deterioran poco a poco como el esqueleto reumático de un viejo marinero que mitiga su soledad rescatando recuerdos en la taberna del puerto de Bueu.

Si no se toman medidas urgentes, A Roiba pronto enmudecerá. El cofre quedará vacío. Quizá sea el momento de recordar el triste final del Pequod y la paradoja de ese Ismael que, en un último esfuerzo, transformó en salvavidas un ataúd para sobrevivir al mar y a los hombres3.

Y así pudo contar su historia.

Borja López Cotelo, doctor arquitecto
Galicia, verano de 2014

Ilustración: El primo Ramón (EpR)

Notas:
1 Así, la mar, en femenino es comole dicen en español cuando la quieren’, asegura Hemingway en El viejo y el mar.
2 Afirma Robert Louis Stevenson en la dedicatoria de La isla del tesoro: ‘Si los cuentos y las tonadas marineras, tempestades y aventuras, calor y frío, si goletas, islas y el destierro en el océano, y bucaneros y oro enterrado y todos los romances de antaño contados nuevamente, exactamente como antes se contaban, pueden complacer como otrora a mí me complacían a los jóvenes más sabios de hogaño: así sea y ¡adelante! Y ojalá yo y todos mis piratas compartamos las sepulturas donde yacen éstos y sus creaciones’.
3 Melville recuerda al inicio de Moby Dick que Coffin (ataúd) era en el siglo XIX uno de los apellidos más comunes en Nantucket. Quizá por eso, un ataúd acabó por convertirse en un miembro más de la tripulación del Pequod.

Borja López Cotelo

Borja López Cotelo, arquitecto por la ETSAC desde 2007, y doctor por la UdC desde 2013.

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