[:es]
En 2011, Vicente Serrano publica el libro La herida de Spinoza, donde aborda, desde la filosofía, el tema de la felicidad. En el capítulo v –Biopoder sin ideologías– expone y analiza cómo, en realidad, toda forma de poder tiende a controlar, ordenar y articular toda cosa que caiga bajo su influjo. Es lo que Serrano, usando palabras de Nietzche, califica como voluntad de poder: la ambición de toda persona por lograr sus deseos, incluso por encima del otro o de lo natural y que niega la existencia de cualquier límite que no se supedite a esa voluntad.
El objeto del poder no sería otra cosa que la búsqueda por colmar ese deseo insaciable por apropiarse de todo. Por otra parte, la ideología no es tanto aquello que da forma a ese poder, sino que sólo es una mera fachada: un grupo de signos y símbolos bajos los cuales se puede, llegado el caso, organizar a un conjunto de personas.
En este marco, “el poder deja de ser una institución visible e inidentificable para convertirse en un tejido que genera ficciones y establece espacios” donde su “objeto último es la vida misma en su sentido biológico”. Eso justamente explicaría cómo ideologías tan distintas como el nazismo, el comunismo o el capitalismo acaban ejerciendo similares formas de represión –un aspecto que ha sido analizado ampliamente en el siglo XX en voces como Foucault, Agamben o Zizek.
Pensando ahora en arquitectura y tomando como referentes a autores tan distantes en el tiempo y la mirada como Victor Hugo, George Bataille o Reyner de Graaf –miembro de OMA que dijo en un texto reciente que la arquitectura sólo era una herramienta del capital–, podemos exponer con certeza que arquitectura –aquella realizada por el arquitecto, al menos– es indisociable de las formas de poder, participando directamente de ellas. También podríamos apuntar que su lenguaje –su modo de expresión– está siempre vinculado a ciertos significados y símbolos y, por tanto, entrelazado directamente con alguna determinada ideología, aunque eso no explicaría de forma clara cómo, por ejemplo, la arquitectura moderna participó tanto de dictaduras como de democracias o el famoso enfrentamiento de los pabellones -también parecidos entre sí- de la URSS y la Alemania Nazi en la Exposición Universal de París de 1937.

Aquí me gustaría entonces lanzar algunas preguntas: ¿puede pensarse la arquitectura más allá de la expresión ideológica y estar únicamente asociada a la idea misma de la voluntad de poder? Es decir, ¿existe la arquitectura sin ideología? Dado que resulta difícil eliminar la idea misma de una acción -un poder, una arquitectura- sin la existencia de una ideología -por definición
“el conjunto de ideas que caracterizan a una persona, escuela, colectividad, movimiento cultural, religioso, político, etc.”-,
me gustaría matizar las preguntas anteriores. Lo que me interesa es más bien si podemos o no analizar el hecho arquitectónico fuera de su cuestión ideológica. Si fuera posible ¿cómo sería?
Cuando me he atrevido a lanzar estas preguntas siempre he recibido una respuesta idéntica:
“No, resulta imposible pensarla sin ideas o sin ideologías”.
Para apoyar en su respuesta, algunos de mis interlocutores han usado un ejemplo clásico: la arquitectura nazi y, en concreto, el campo de concentración como demostraciones arquetípicas de la arquitectura del biopoder y manifestaciones de la ideología nacional socialista.
Sin embargo, hay que hacer algunas precisiones. El mismo Vicente Serrano apunta, citando a Roberto Esposito, que
“la biopolítica no es un producto del nazismo”,
sino que más bien
“el nazismo es un producto degenerado de una determinada forma de biopolítica”.
Es decir, la biopolítica vino primero. Así mismo, la ‘invención’ del campo de concentración no se da durante los años que preceden a la Segunda Guerra Mundial, sino que su historia se puede trazar ya desde el siglo XVIII.
Precisando más, lo que sí aparece durante esos años son los campos de exterminio, unos lugares donde la biopolítica deriva en necropolítica para dar muerte a todas aquellas personas que no entraran dentro de los cánones imaginados por Hitler. Así pues el campo de concentación no es un producto del nazismo, sino que éste se lo apropia hasta llevarlo al extremo mismo: el control absoluto de la vida y de la muerte. El campo de concentración, pues, es el resultado y la manifestación del bipoder en general, no del nazismo en particular, y tiene su razón de ser –una razón, por cierto, tan fundamentada a veces que asusta– en la gestión última de todos y cada uno de los aspectos de la vida de quienes lo ocupan –no es por ello trivial que Giorgio Agamben lo imagine como la forma de política de la contemporaneidad.

Ahora bien, la arquitectura nazi sí puede servir muy bien para adentrarnos un poco más en la cuestión de si existe arquitectura más allá de la ideología. La ‘otra’ arquitectura nazi, la usada como herramienta para la difusión del régimen, fue imaginada por Albert Speer y aplaudida y defendida por el propio Hitler. Speer concibió una arquitectura convertida en ruina, heredera de los imperios griego y romano. El alemán se atrevió a imaginar —causando el pánico entre altos mandatarios— el fin del Tercer Reich, pero, a cambio, le dio al ‘imperio’ la posibilidad de hacerse eterno1. Para esto Speer se valió de otra característica: sus diseños era tan sólo una escenografía, pura fachada detrás de la cual no había nada, exponiendo, así, y a la perfección, los conceptos expresados por Serrano. Toda ideología, toda arquitectura netamente ideológica, es pura fachada, mero teatro hecho para impresionar a las masas, detrás de lo cual sólo se oculta la miseria misma que produce. De ahí la expresión masiva de esta arquitectura, de ahí su visión en ruina, de ahí su exceso de escala, el uso cargado de estatuas y símbolos, que buscan paliar cualquier falta de contenido. El poder siempre oculta sus vergüenzas tras las luces de la propaganda.
Por el contrario, el campo de concentración se piensa impensable y se imagina inimaginable. Un debate que se extiende durante toda la segunda mitad del siglo pasado y que se ha apoyado muchas veces en el escaso número de fotos que existen de lugares como Auschwitz-Birkenau en funcionamiento, en especial de sus crematorios, de los que sólo existen cuatro fotografías que Jean-Luc Godard dijo habían sido “extraídas del mismo infierno” para “salvar el honor de lo real”.
En tales circunstancias, de poder ser reducido a algo —cosa, de hecho, difícil— el campo de concentración podría ser un terrible diagrama, uno propio de una fábrica o un matadero: un acceso; un lugar donde dividir a hombres y mujeres aptos y no aptos; unos básicos barracones que tratan de actuar desvergonzadamente como espacios donde “descansar”, apiñando cuerpos unos contra otros; unos lugares donde dar muerte. Un esquema tan frío que produce terror. Los campos de concentración son una manifestación –extrema si se quiere– de aquella sociedad disciplinaria expresada por Michel Foucault.
Cabe la pena recordar que el pensador francés nunca imaginó ‘una’ arquitectura –esto es, una concreta o real– sino que se mantuvo siempre en la línea del diagrama, en concreto del panóptico imaginado por Jeremy Betham.
Un diagrama expone las relaciones entre las diferentes partes o elementos de un conjunto o sistema. Siguiendo esta definición, el arquitecto Léopold Lambert en su texto “Foucault and Architecture: The encounter that never was“, publicado en castellano por la revista chilena SPAM_arq, también expone, desde los escritos de Michel Foucault, el uso del diagrama como forma de expresión del poder:
“Foucault lee esta arquitectura (la del panóptico) a partir de una forma de representación en dos dimensiones que expresa varias fuerzas expresadas por sus líneas (…) Foucault no está interesado en el panóptico como un edificio sino como la combinación de líneas de visibilidad que conforma relaciones de poder entre los individuos afectados por éstas”.
Si el diagrama es la expresión de fuerzas y tensiones que cumplen o son sometidos los cuerpos que lo habitan, pasa a desarrollarse casi en términos maquínicos. El diagrama, apuntaba Gilles Deleuze, es
“el mapa, la cartografía, coextensiva a todo el campo social. Es una máquina abstracta. Se define por funciones y materias informales, ignora cualquier distinción de forma entre un contenido y una expresión, entre una formación discursiva y una formación no discursiva. Una máquina casi muda y ciega, aunque haga ver y haga hablar”.
La ‘arquitectura sin ideologías’ quizás sea justamente ésta, aquella cuya expresión se reduce al diagrama. Sin embargo, al diagrama le falta algo, pues expresa la situación ideal de unas ideas o un acontecimiento. En el diagrama todo es “abstraído de cualquier obstáculo, la resistencia o fricción”. Le falta el peso de las cosas, su resistencia, su fuerza, sus condicionantes, sus circunstancias, esos momentos de fricción de aquello que no funciona de acuerdo con lo planificado, aquello que Clausewitz denominaba “el efecto de la realidad en las ideas”. El diagrama por tanto nunca es suficiente. Lambert apunta que
“el diagrama tiene ningún medio de constituir un mecanismo de poder sin su forma de realización arquitectónica.”
Ahora bien, liberada por fin de su del lenguaje o del estilo, pensar la arquitectura sin ideologías nos lleva a verla como expresión de fuerzas y tensiones entre los cuerpos que la ocupan y/o la constituyen. Consiste en ver sus fricciones. Allí donde resiste, allí donde falla, su diagrama ideal. Esos puntos donde se decide la represión o libertad de los cuerpos: puertas, muros, ventanas… más allá de su expresión material o de su lenguaje, extrayendo lo que significa así como también sus capacidades materiales. Pensar la arquitectura sin ideologías es verla como una forma de batalla en la que los cuerpos chocan unos contra otros: arquitectura como fricción.
Pedro Hernández · arquitecto
Ciudad de México. marzo 2016
Notas:
1. “Expuse a Hitler bajo el título algo pretencioso de “teoría del valor como ruina” de una construcción. Su punto de partida era que las construcciones modernas no eran muy apropiadas para constituir el “puente de tradición” hacia futuras generaciones: resultaba inimaginable que unos escombros oxidados transmitieran el espíritu heroico de los monumentos del pasado. Mi ‘teoría’ tenía por objeto resolver este dilema: el empleo de materiales especiales, así como la consideración de ciertas leyes estructurales específicas, debía permitir la construcción de edificios que, cuando llegaran a la decadencia, al cabo de cientos o miles de años (así calculábamos nosotros), pudieran asemejarse un poco a sus modelos romanos.” | Albert Speer, Memorias
[:gl]
En 2011, Vicente Serrano publica o libro A ferida de Spinoza, onde aborda, desde a filosofía, o tema da felicidade. No capítulo v –Biopoder sen ideoloxías– expón e analiza como, en realidade, toda forma de poder tende a controlar, ordenar e articular toda cousa que caia baixo o seu influxo. É o que Serrano, usando palabras de Nietzche, cualifica como vontade de poder: a ambición de toda persoa por lograr os seus desexos, mesmo por encima do outro ou do natural e que nega a existencia de calquera límite que non se supedite a esa vontade.
O obxecto do poder non sería outra cousa que a procura por colmar ese desexo insaciable por apropiarse de todo. Por outra banda, a ideoloxía non é tanto aquilo que dá forma a ese poder, senón que só é unha mera fachada: un grupo de signos e símbolos baixos os cales se pode, chegado o caso, organizar a un conxunto de persoas.
Neste marco, “o poder deixa de ser unha institución visible e inidentificable para converterse nun tecido que xera ficcións e establece espazos” onde o seu “obxecto último é a vida mesma no seu sentido biolóxico”. Iso xustamente explicaría como ideoloxías tan distintas como o nazismo, o comunismo ou o capitalismo acaban exercendo similares formas de represión –un aspecto que foi analizado amplamente no século XX en voces como Foucault, Agamben ou Zizek.
Pensando agora en arquitectura e tomando como referentes a autores tan distantes no tempo e a mirada como Victor Hugo, George Bataille ou Reyner de Graaf –membro de OMA que dixo nun texto recente que a arquitectura só era unha ferramenta do capital–, podemos expoñer con certeza que arquitectura –aquela realizada polo arquitecto, polo menos– é indisociable das formas de poder, participando directamente delas. Tamén poderiamos apuntar que a súa linguaxe –o seu modo de expresión– está sempre vinculado a certos significados e símbolos e, por tanto, entrelazado directamente con algunha determinada ideoloxía, aínda que iso non explicaría de forma clara como, por exemplo, a arquitectura moderna participou tanto de ditaduras como de democracias ou o famoso enfrontamento dos pavillóns -tamén parecidos entre si- da URSS e a Alemaña Nazi na Exposición Universal de París de 1937.

Aquí gustaríame entón lanzar algunhas preguntas: pode pensarse a arquitectura máis aló da expresión ideolóxica e estar unicamente asociada á idea mesma da vontade de poder? É dicir, existe a arquitectura sen ideoloxía? Dado que resulta difícil eliminar a idea mesma dunha acción -un poder, unha arquitectura- sen a existencia dunha ideoloxía -por definición
“o conxunto de ideas que caracterizan a unha persoa, escola, colectividade, movemento cultural, relixioso, político, etc.”-,
gustaríame matizar as preguntas anteriores. O que me interesa é máis ben se podemos ou non analizar o feito arquitectónico fóra da súa cuestión ideolóxica. Se fose posible como sería?
Cando me atrevín a lanzar estas preguntas sempre recibín unha resposta idéntica:
“Non, resulta imposible pensala sen ideas ou sen ideoloxías”.
Para apoiar na súa resposta, algúns dos meus interlocutores usaron un exemplo clásico: a arquitectura nazi e, en concreto, o campo de concentración como demostracións arquetípicas da arquitectura do biopoder e manifestacións da ideoloxía nacional socialista.
Con todo, hai que facer algunhas precisións. O mesmo Vicente Serrano apunta, citando a Roberto Esposito, que
“a biopolítica non é un produto do nazismo”,
senón que máis ben
“o nazismo é un produto degenerado dunha determinada forma de biopolítica”.
É dicir, a biopolítica veu primeiro. Así mesmo, a ‘invención’ do campo de concentración non se dá durante os anos que preceden á Segunda Guerra Mundial, senón que a súa historia pódese trazar xa desde o século XVIII.
Precisando máis, o que si aparece durante eses anos son os campos de exterminio, uns lugares onde a biopolítica deriva en necropolítica para dar morte a todas aquelas persoas que non entrasen dentro dos canons imaxinados por Hitler. Así pois o campo de concentación non é un produto do nazismo, senón que este aprópiallo ata levalo ao extremo mesmo: o control absoluto da vida e da morte. O campo de concentración, pois, é o resultado e a manifestación do bipoder en xeral, non do nazismo en particular, e ten a súa razón de ser –unha razón, por certo, tan fundamentada ás veces que asusta– na xestión última de todos e cada un dos aspectos da vida de quen o ocupa –non é por iso trivial que Giorgio Agamben imaxíneo como a forma de política da contemporaneidad.

Agora ben, a arquitectura nazi si pode servir moi ben para penetrarnos un pouco máis na cuestión de se existe arquitectura máis aló da ideoloxía. A ‘outra’ arquitectura nazi, a usada como ferramenta para a difusión do réxime, foi imaxinada por Albert Speer e aplaudida e defendida polo propio Hitler. Speer concibiu unha arquitectura convertida en ruína, herdeira dos imperios grego e romano. O alemán atreveuse a imaxinar —causando o pánico entre altos mandatarios— o fin do Terceiro Reich, pero, a cambio, deulle ao ‘imperio’ a posibilidade de facerse eterno1. Para isto Speer valeuse doutra característica: os seus deseños era tan só unha escenografía, pura fachada detrás da cal non había nada, expoñendo, así, e á perfección, os conceptos expresados por Serrano. Toda ideoloxía, toda arquitectura netamente ideolóxica, é pura fachada, mero teatro feito para impresionar ás masas, detrás do cal só se oculta a miseria mesma que produce. De aí a expresión masiva desta arquitectura, de aí a súa visión en ruína, de aí o seu exceso de escala, o uso cargado de estatuas e símbolos, que buscan paliar calquera falta de contido. O poder sempre oculta as súas vergoñas tras as luces da propaganda.
Pola contra, o campo de concentración pénsase impensable e imaxínase inimaxinable. Un debate que se estende durante toda a segunda metade do século pasado e que se apoiou moitas veces no escaso número de fotos que existen de lugares como Auschwitz-Birkenau en funcionamento, en especial dos seus crematorios, dos que só existen catro fotografas que Jean-Luc Godard dixo foran “extraídas do mesmo inferno” para “salvar a honra do real”.
En tales circunstancias, de poder ser reducido a algo —cousa, de feito, difícil— o campo de concentración podería ser un terrible diagrama, un propio dunha fábrica ou un matadoiro: un acceso; un lugar onde dividir a homes e mulleres aptos e non aptos; uns básicos barracóns que tratan de actuar desvergonzadamente como espazos onde “descansar”, apiñando corpos uns contra outros; uns lugares onde dar morte. Un esquema tan frío que produce terror. Os campos de concentración son unha manifestación –extrema se se quere– daquela sociedade disciplinaria expresada por Michel Foucault.
Cabe a pena lembrar que o pensador francés nunca imaxinou ‘unha’ arquitectura –isto é, unha concreta ou real– senón que se mantivo sempre na liña do diagrama, en concreto do panóptico imaxinado por Jeremy Betham.
Un diagrama expón as relacións entre as diferentes partes ou elementos dun conxunto ou sistema. Seguindo esta definición, o arquitecto Léopold Lambert no seu texto “Foucault and Architecture: The encounter that never was“, publicado en castelán pola revista chilena SPAM_arq, tamén expón, desde os escritos de Michel Foucault, o uso do diagrama como forma de expresión do poder:
“Foucault le esta arquitectura (a do panóptico) a partir dunha forma de representación en dúas dimensións que expresa varias forzas expresadas polas súas liñas (…) Foucault non está interesado no panóptico como un edificio senón como a combinación de liñas de visibilidade que conforma relacións de poder entre os individuos afectados por estas”.
Se o diagrama é a expresión de forzas e tensións que cumpren ou son sometidos os corpos que o habitan, pasa a desenvolverse case en termos maquínicos. O diagrama, apuntaba Gilles Deleuze, é
“o mapa, a cartografía, coextensiva a todo o campo social. É unha máquina abstracta. Defínese por funcións e materias informais, ignora calquera distinción de forma entre un contido e unha expresión, entre unha formación discursiva e unha formación non discursiva. Unha máquina case muda e cega, aínda que faga ver e faga falar”.
A ‘arquitectura sen ideoloxías’ quizais sexa xustamente esta, aquela cuxa expresión se reduce ao diagrama. Con todo, ao diagrama fáltalle algo, pois expresa a situación ideal dunhas ideas ou un acontecemento. No diagrama todo é “abstraído de calquera obstáculo, a resistencia ou fricción”. Fáltalle o peso das cousas, a súa resistencia, a súa forza, os seus condicionantes, as súas circunstancias, eses momentos de fricción daquilo que non funciona de acordo co planificado, aquilo que Clausewitz denominaba “o efecto da realidade nas ideas”. O diagrama por tanto nunca é suficiente. Lambert apunta que
“o diagrama ten ningún medio de constituír un mecanismo de poder sen a súa forma de realización arquitectónica.”
Agora ben, liberada por fin do seu da linguaxe ou do estilo, pensar a arquitectura sen ideoloxías lévanos a vela como expresión de forzas e tensións entre os corpos que a ocupan e/ou a constitúen. Consiste en ver as súas friccións. Alí onde resiste, alí onde falla, o seu diagrama ideal. Eses puntos onde se decide a represión ou liberdade dos corpos: portas, muros, xanelas? máis aló da súa expresión material ou da súa linguaxe, extraendo o que significa así como tamén as súas capacidades materiais. Pensar a arquitectura sen ideoloxías é vela como unha forma de batalla na que os corpos chocan uns contra outros: arquitectura como fricción.

Pedro Hernández · arquitecto
Ciudad de México. marzo 2016
Notas:
1. “Expuxen a Hitler baixo o título algo pretencioso de “teoría do valor como ruína” dunha construción. O seu punto de partida era que as construcións modernas non eran moi apropiadas para constituír o “ponte de tradición” cara a futuras xeracións: resultaba inimaxinable que uns cascallos oxidados transmitisen o espírito heroico dos monumentos do pasado. O meu ‘teoría’ tiña por obxecto resolver este dilema: o emprego de materiais especiais, así como a consideración de certas leis estruturais específicas, debía permitir a construción de edificios que, cando chegasen á decadencia, ao cabo de centos ou miles de anos (así calculabamos nós), puidesen asemellarse un pouco aos seus modelos romanos.” | Albert Speer, Memorias
[:en]
In 2011, Vicente Serrano publishes the book Spinoza’s wound, where it approaches, from the philosophy, the topic of the happiness. In the chapter v –Biopoder without ideologies– it exposes and analyzes how, actually, any way of being able tends to control, to order and articulate any thing that falls down under his influence. It is Highland what, using Nietzche’s words, it qualifies as will to be able: the ambition of every person for achieving his desires, even over other one or of the natural thing and that he denies the existence of any limit that should not be subordinated to this will.
The object of the power would not be another thing that the search for fulfilling this insatiable desire for appropriating of everything. On the other hand, the ideology is not so much that one that gives form to this power, but only it is a mere front: a group of signs and low symbols which it can, come the case, organize a set of persons.
In this frame, “the power stops being a visible and unidentifiable institution to turn into a fabric that generates fictions and establishes spaces” where his “last object is the life itself in his biological sense”. It exactly would explain how ideologies as different as the Nazism, the communism or the capitalism end up by exercising similar forms of repression – an aspect that has been analyzed widely in the 20th century in voices like Foucault, Agamben or Zizek.
Thinking now about architecture and taking so distant authors as modals in the time and the look as Victor Hugo, George Bataille or Reyner de Graaf –member of OMA who said in a recent text that the architecture only was a tool of the capital–, we can expose with certainty that architecture –that one realized by the architect, to less– is undissociable of the ways of being able, taking part directly of them. Also we might aim that his language –his way of expression– is linked always to certain meanings and symbols and, therefore, interlaced directly with some certain ideology, though it would not explain of clear form how, for example, the modern architecture Nazi took part both of dictatorships and of democracies or the famous clash of the pavilions –also seemed between yes– of the USSR and the Germany in the Universal Exhibition of Paris of 1937.

Here I would like then to throw some questions: can architecture be thought beyond the ideological expression and be associated only with the idea itself of the will of being able? That is to say, does architecture exist without ideology? Provided that it turns out difficult to eliminate the idea itself of an action -a power, an architecture – without the existence of an ideology- for definition
Aquí me gustaría entonces lanzar algunas preguntas: ¿puede pensarse la arquitectura más allá de la expresión ideológica y estar únicamente asociada a la idea misma de la voluntad de poder? Es decir, ¿existe la arquitectura sin ideología? Dado que resulta difícil eliminar la idea misma de una acción -un poder, una arquitectura- sin la existencia de una ideología -por definición
“the set of ideas that characterize a person, school, collectivity, cultural, religious, political movement, etc.”-,
I would like to tint the previous questions. What I am interested is rather if we can or not to analyze the architectural fact out of his ideological question. If it was possible how would it be?
When I have dared to throw these questions always I have received an identical response:
“Not, it turns out impossible to think it without ideas or without ideologies”.
To rest on his response, some of my speakers have used a classic example: the architecture Nazi and, in I make concrete, the concentration camp as archetypal demonstrations of the architecture of the biopoder and manifestations of the national socialist ideology.
Nevertheless, it is necessary to do some precisions. The same Vicente Serrano appears, mentioning to Roberto Esposito, that
“the biopolitic is not a product of the Nazism”,
but rather
“the Nazism is a degenerate product of a certain form of biopolitic”.
That is to say, the biopolítica came first. Likewise, the ‘invention’ of the concentration camp is not given during the years that precede the Second World war, but his history can be planned already from the 18th century.
Being necessary more, what yes it appears during these years they are the fields of extermination, a few places where the biopolítica derives in necropolítica to give death to all those persons who were not entering inside the cánones imagined by Hitler. This way so the field of concentación is not a product of the Nazism, but this one appropriates it up to taking it to the end itself: the absolute control of the life and of the death. The concentration camp, so, is the result and the manifestation of the bipoder in general, not of the Nazism especially, and has his raison d’être –a reason, certainly, so based sometimes that scares– in the last management of each and every of the aspects of the life of those who occupy it –is not for it trivially that Giorgio Agamben imagines as the form of politics of the contemporaneousness.

Now then, the architecture Nazi yes can serve very well to enter a bit more the question of if architecture exists beyond the ideology. ‘Another’ architecture Nazi, used as tool for the diffusion of the regime, was imagined by Albert Speer and applauded and defended by the own Hitler. Speer conceived an architecture turned into ruin, inheritor of the empires Greek and Roman. The German dared to imagine – causing the panic between high agents chief executive – the end of the Third Reich, but, in exchange, it gave to him to the ‘empire’ the possibility of become eternal1. For this Speer used of another characteristic: his designs it was only a scenery, pure front behind which there was nothing, exhibiting, this way, and to the perfection, the concepts expressed for Highland. Any ideology, any net ideological architecture, is pure front, mere theatre done to impress to the masses, behind which only there hides itself the misery itself that produces. Of there the massive expression of this architecture, of there his vision in ruin, of there his excess on a large scale, the use loaded with statues and symbols, which seek to relieve any lack of content. The power always conceals his shames after the lights of the advertising.
On the contrary, the concentration camp is thought unthinkable and imagines unimaginable. A debate that spreads during the whole second half of last century and that has rested often on the scanty number of photos that exist of places as Auschwitz-Birkenau in functioning, especially of his crematories, of which only they exist four photographies that Jean-Luc Godard said had been “extracted from the same hell” for “to save the honor of the royal thing”.
In such circumstances, of being able to be reduced to something -sew, in fact, difficultly- the concentration camp might be a terrible graph, the own one of a factory or a slaughter house: an access; a place where to divide suitable and not suitable men and women; a few basic big huts that try to act shamelessly as spaces where “to rest”, crowding bodies some against others; a few places where to give death. A scheme so cold that produces terror. The concentration camps are a manifestation -it carries to extremes if it is wanted- of that disciplinary company expressed by Michel Foucault.
It is necessary a sorrow to remember that the French thinker never imagined ‘an’ architecture -this is, one makes concrete or royal- but it was kept always in the line of the graph, in I make concrete of the panóptico imagined by Jeremy Betham.
A graph exposes the relations between the different parts or elements of a set or system. Following this definition, the architect Léopold Lambert in his text “Foucault and Architecture: The encounter that never was“, published in Castilian for the Chilean magazine SPAM_arq, also it exposes, from Michel Foucault’s writings, the use of the graph as form of expression of the power:
“Foucault reads this architecture (that of the panóptico) from a form of representation in two dimensions that it expresses several forces expressed by his lines (…) Foucault is not interested in the panóptico as a building but as the combination of lines of visibility that shapes relations of power between the individuals affected by these”.
If the graph is the expression of forces and tensions that expire or there are submitted the bodies that they it live, it happens to develop almost in terms maquínicos. The graph, Gilles Deleuze was appearing, there is
“the map, the cartography, coextensiva to the whole social field. It is an abstract machine. It is defined by functions and informal matters, ignores any distinction of form between a content and an expression, between a discursive formation and a not discursive formation. An almost mute and blind machine, though it makes see and makes speak”.
The ‘architecture without ideologies’ probably be exactly this one, that one which expression diminishes to the graph. Nevertheless, to the graph he lacks something, so it expresses the ideal situation of a few ideas or an event. In the graph everything is “abstracted of any obstacle, the resistance or friction”. He lacks the weight of the things, his resistance, his force, his determining ones, his circumstances, these moments of friction of that one that it does not work in agreement with the planned thing, that one that Clausewitz was naming
“the effect of the reality in the ideas «. The graph therefore is never sufficient. Lambert aims that » the graph has no way of constituting a mechanism of power without his form of architectural accomplishment.”
Now then, liberated finally of his of the language or of the style, to think the architecture without ideologies leads us to seeing her as expression of forces and tensions between the bodies that occupy her and / or constitute it. It consists of seeing his frictions. There where it resists, there where it fails, his ideal graph. These points where is decided the repression or freedom of the bodies: doors, walls, windows … beyond his material expression or his language, extracting what it means as well as also his material capacities. To think the architecture without ideologies is to see her as a form of battle in which the bodies hit some against others: architecture like friction.

Pedro Hernández · architect
Ciudad de México. march 2016
Notas:
1. “I exposed Hitler under the slightly pretentious title of “theory of the value as ruin” of a construction. His point of item was that the modern constructions were not very adapted to constitute the “bridge of tradition” towards future generations: it was turning out unimaginable that a few rusty rubbles were transmitting the heroic spirit of the monuments of the past. My ‘theory’ had for object solve this dilemma: the employment of special materials, as well as the consideration of certain structural specific laws, had to allow the building construction that, when they were coming to the decadence, after hundreds or thousands of years (this way we were calculating), they could make alike a bit his Roman models.” | Albert Speer, Memorias
[:]




