domingo, diciembre 4, 2022
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Hay que leer a Borges | Jorge Rodríguez

Luis Buñuel. Hay momentos para recitar poesía y hay momentos para boxear5.

Hay que leer a Borges1

Escribía Roberto Bolaño en su novela 2666 sobre la cobardía del lector al enfrentarse a los grandes clásicos. Decía: “quieren ver a los grandes maestros en sesiones de esgrima de entrenamiento, pero no quieren saber nada de los combates de verdad, en donde los grandes maestros luchan contra aquello, ese aquello que nos atemoriza a todos, ese aquello que acoquina y encacha, y hay sangre y heridas mortales y fetidez.” 2

Quizás guiados por la prisa patológica que invade la contemporaneidad, cada vez más breve, el panorama artístico en general, y por ende el arquitectónico, se han visto contagiados de esa cobardía que aventuraba el chileno. Porque la manera en que un adulto se enfrenta a Moby Dick, no difiere de la forma en que diseccionamos cada rincón de Leça de Palmeira o redibujamos cada despiece de Castellvecchio. Ambas dos necesitan de un componente fundamental, tiempo. Y por lo tanto, abstraerse de la velocidad contagiosa que marca el tempo de las tendencias. Hacer un ejercicio de reflexión y aprehensión que nos permita apreciar el valor de esas heridas y cicatrices que definen el rostro de quien forma parte de la historia. De quien tomó parte en los grandes combates.

Y así, como los escritores, los arquitectos hemos de formarnos no sólo a través de la enseñanza frontal, sino a través de la lectura. Lectura que en nuestro caso se produce a través del dibujo, de la fotografía, de la aprehensión, del viaje, de la copia e imitación, de perder el miedo a incorporar aquello que se nos ha dejado en herencia. Ha de potenciarse, desde las escuelas, el conocimiento de la historia como una herramienta activa y no como una disciplina ajena al proceso de gestación de un proyecto, hacer comprender que no solo lo actual es contemporáneo. Perder el miedo subirse a hombros de aquellos gigantes que nos permiten ver más lejos de los que hablaba Bernardo de Chartres.

Como bien dijo Jorge Meijide en un artículo anterior3, “los arquitectos, como los escritores, jugamos a componer nuestras respectivas obras con elementos heredados”, y que mejor herencia que el legado de los grandes maestros en sus obras más potentes, el camino recorrido desde las primeras lecturas y bocetos que derivan en los últimos detalles que hacen de cada una de las partes del proyecto, una tesis doctoral. Los elementos heredados de las grandes obras necesitan aún de más trabajo de desgrane y compresión para poder ser útiles a la hora de elaborar un proyecto que los mimbres prestados por obras de menor empaque intelectual. Es por ello que su adhesión a nuestra retahíla de recursos ante las oportunidades que nos ofrece cada uno de los problemas que surgen en cualquier producción artística, aporta una satisfacción digna del esfuerzo acometido.

Porque como decía Bolaño, hay un aquello que nos atemoriza a todos. Hay problemas, preguntas y temores comunes, que a lo largo de la historia han ido encontrando diferentes soluciones, nunca definitivas ni excluyentes, que nos permiten ir formando nuestras propias respuestas en las primeras etapas de formación, para después desarrollar y poner en práctica. Es una labor que hay que acometer con frescura y pausa, con hambre de conocimiento y tiempo para asimilarlo. Porque no es casualidad que los artistas del siglo XX realizasen sus grandes viajes antes de la treintena.

Enfrentándonos al descubrimiento de las grandes obras que la historia nos ha ido dejando en préstamo, será como formemos una amalgama de conocimiento idónea para que al realizar un corte intelectual, encontremos las herramientas suficientes para traducirse en arquitectura, literatura, cine o cual sea el lenguaje que prefiramos. Así es como los autores de Bolaño consiguieron ganar las grandes batallas.

Porque tampoco es casualidad que los grandes viajes recorriesen Italia en busca de la tierra en la que el Gatopardo encontró el agua y la soledad4 necesaria para que todo cambiase, y a su vez, siguiese como siempre.

jorge rodríguez seoane
palermo. octubre de 2012

Notas:
[1] Entiéndase, además de como recomendación, como guiño al genial “Consejos sobre el  arte de escribir cuentos” geniales mandamientos escritos por Roberto Bolaño para su columna Entre paréntesis del Diari de Girona. Todas ellas recogidas en el libro homónimo.
Bolaño, R: Entre Paréntesis. Barcelona, Ed. Anagrama. 2004
[2] Bolaño, R: 2666.Barcelona, Ed. Anagrama.2004
[3] Fragmento de “El Gatopardo lee a Stevenson” artículo escrito por el arquitecto Jorge Meijide para esta misma página web en Junio de 2012.
[4] “Dos cosas son necesarias en cualquier paraje donde nos propongamos pasar la vida: soledad y agua.” Extracto de: Stevenson, R.L: La casa ideal y otros textos. Madrid,  Ed. Hiperión. 1998
[5] Bolaño, R: Los detectives salvajes. Barcelona, Ed. Anagrama. 1998

 

Jorge Rodríguez Seoane
Jorge Rodríguez Seoane
Arquitecto y socio fundador y gerente de Seoane Arquitectura. Experiencia activa en evaluación de riesgos y plan de negocio, gestión de personal y dirección de proyectos de ejecución. Gestión de carteras de inversión inmobiliaria, búsqueda de activos singulares y representación de intereses.
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Alberto Alonso Oro
Alberto Alonso Oro
8 years ago

Los pantalones de Borges | jotdown

Osvaldo Ferrari estaba sentado frente a Borges,
como otras veces, en un café tranquilo de Buenos Aires. Conversaban. De
pronto, el periodista hace referencia a Nueva Inglaterra y los buenos
poetas que ha dado esa región. Cita a Robert Lowell, dos veces premio Pulitzer, que en Life Studies
había proclamado “Yo mismo soy el infierno”, y no se equivocaba. “Sí,
por supuesto, yo lo conocí”, afirma Borges, sin demasiadas ganas de
afirmar. “¿A Robert Lowell?”, pregunta Osvaldo, intrigado. “Sí, cuando
estuvo aquí, en Buenos Aires. Caramba, no sé si… quizá sea indiscreto
decir que estaba pontificando en una reunión, y vinieron a buscarlo de
parte de la embajada de los Estados Unidos, y lo llevaron al manicomio.
Cosa muy triste estar así, pontificando, sintiéndose muy seguro, y luego
aparecen dos personas, silenciosas pero irresistibles… y se lo llevan.
Sí, bueno, pero olvidemos eso. [Años después] Yo estuve con él en
Inglaterra, y él había sin duda olvidado ese episodio, y yo también lo
olvidé. Por lo menos mientras estuvimos juntos”.
[…]
Juan Tallón

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