Diálogos con Fredy Massad | Luis Alberto Monge Calvo

El momento complicado de la crítica arquitectónica actual.

Entrevista realizada el lunes 04 de noviembre de 2019 en el Colegio de Arquitectos de Costa Rica, durante la visita del arquitecto Fredy Massad al país para brindar el taller: Modos Críticos, promovido por la Comisión de investigación, con el patrocinio de ACOPRA, FundArq y el Colegio de Arquitectos.

Cortesía: Luis Alberto Monge Calvo

¿Qué pasa con la crítica al venirse abajo el modelo de los “Star Architects” y del edificio icónico? ¿Por qué las debilidades del sistema no se pusieron en evidencia en su momento? Y ¿Concretamente en esta arquitectura resultante de la banalidad y del hiperconsumo la crítica se desentendió o se volvió cómplice?

Creo que, tras la caída del muro de Berlín, el ingreso de China en el mercado, en sí, tras la globalización en que triunfa el modelo de los “Star Architects”, y del edificio como elemento de consumo, yendo al caso más utilizado que es el del efecto Guggenheim en Bilbao, el sistema no terminó de caer por su propio peso, sino que cae finalmente por la crisis económica que afecta tanto a los Estados Unidos como a Europa y que pone un punto y final, o más bien un punto y seguido, a una cuestión que se debió haber analizado y que debió ponerse en jaque desde la propia crítica.

Los críticos se transformaron en una especie de “road managers” de los propios arquitectos estrella, y creo también firmemente que la existencia del arquitecto estrella acaba con la crítica tal cual la conocíamos. No quiero decir que los arquitectos estrella fueran unos tipos que vienen a destruir la crítica, sino que la crítica ha sido destruida por la propia sociedad a la que le pertenece: la sociedad de consumo, de los medios de comunicación masiva, la explosión de la era digital hacen que la crítica se vaya desvaneciendo. Intentar leer críticamente lo que está sucediendo en este momento con las formas y con los métodos anteriores a este tiempo era imposible.

Los críticos se plegaron a la existencia del arquitecto estrella, a su personaje, y dejaron de ejercer el papel de críticos. Normalmente muchos de estos arquitectos estrellas globalizan su práctica de arquitectura y posteriormente al efecto Guggenheim transforman al edificio icónico en un elemento de consumo que podría parecerse a cualquier producto de diseño de lujo y que, en consecuencia, pierda esa responsabilidad de ser un elemento que contribuya a mejorar la ciudad, a generar servicios. Dentro de este contexto, la inexistencia de la crítica permite que suceda esta difuminación del sentido esencial de la arquitectura y de la función de los arquitectos y los edificios dentro de la sociedad.

La crítica deja de ejercer su propia función y, cuando estalla la crisis, parece volverse necesario hacer desaparecer este modelo, que había sido acabado por la propia crisis. Sin embargo, parcialmente, porque nadie cuestionó a Calatrava hasta 2008 cuando se ve que el modelo es inviable, aunque su arquitectura tiende a ser totalmente perjudicial para la propia arquitectura; sin embargo, convertir y usar a Calatrava como chivo expiatorio de todos los males en el periodo poscrisis 2008 me parece un gran error.

Creo que el gran fallo de los medios de comunicación y de la crítica es no haber hecho una crítica certera de este sistema. Paradójicamente, la crítica más certera y que sí se hizo en el momento álgido del poder de la arquitectura icónica, procedió de los dibujos animados: The Simpsons hizo con mucha inteligencia, desde el humor y contando con la presencia del propio Frank Gehry, una crítica al Efecto Guggenheim y a la obsesión por los edificios firmados por arquitectos estrella: la ciudad de Springfield se empeña en construir un edificio que supere al más importante de Shelbyville, la ciudad vecina. Ésa es la síntesis más acabada de lo que sucedió en muchos lugares: si el pueblo de al lado tiene un edificio de Hadid, entonces yo quiero uno de Herzog & de Meuron. De esa manera, la arquitectura pierde todo el sentido que había tenido en el siglo XX: generar ciudad, de tener un uso más allá de su propia objetualidad.

Una de las tesis que destaca tu libro Crítica de Choque es que el “Star System” y sus promotores de las revistas encontraron por decirlo así, una forma de lavar sus pecados, cambiando de discurso, pero sin pedir perdón, como si se tratase de un perverso juego para que todo siga igual, sin cambiar nada. ¿En qué consistió este nuevo discurso?

Ahora está más asumido, pero cambiaron de camiseta por así decirlo, abjuraron literalmente de la noche a la mañana de la arquitectura que se había hecho hasta ese momento y que habían celebrado. Dicho esto, creo que es posible que sea posible rescatar algunos valores y edificios de la arquitectura del espectáculo, no creo que sea tampoco razonable apestarla. Pero, regresando a ese súbito giro ‘ideológico’, personalmente me resultaba bochornoso escuchar a Luis Fernández-Galiano, director de Arquitectura Viva, hablar en contra del edificio icónico cuando su revista fue un medio de difusión de primer orden para ésta, y él mismo – desde su participación en jurados de concursos- había fomentado la construcción de esos edificios. Pero, repentinamente, y para adecuarse oportunistamente a la corriente de lo que la nueva ideología exigía, comenzó a poner en valor a arquitectos y obras a los que, en ese periodo de estrellas, jamás hubiera prestado la menor atención. Arquitectos latinoamericanos o africanos. Ese cambio tan obvio de la lógica de actuación, destinado a seguir vendiendo revistas y a mantener su posición intacta dentro del sistema, me parecía totalmente reprobable.

Creo que la crítica fue muy cobarde al no poner en duda, − no digo censurar, porque la crítica no censura− muchas de las cosas que estaban sucediendo. Por ejemplo, aquella necesidad de ubicuidad, de ampliar las oficinas lo más posible, como si se tratase de exhibir quien tenía el mayor poderío. Las revistas fueron cómplices de todo esto y después sin ningún tipo de vergüenza se sacaron aquella camiseta y se pusieron la de los arquitectos tercermundistas, de la “arquitectura pobre”, y en ningún momento reflexionaron acerca de si lo precedente había sido correcto. Se avanza sin mirar atrás, y se crean nuevos modelos alternativos de arquitecto estrella, como Francis Kéré, un buen arquitecto al que nadie había prestado atención antes de la crisis de 2008 y al que convirtieron en el arquitecto ‘africano’, un producto con el que esos críticos y ese sistema primermundista se redimían sin esfuerzos.

En este sentido es muy oportunista la exposición “Small Scale, Big Change” que se inaugura en el MoMA a finales de 2010, curada por Andrés Lepik. Aquella exposición generó un nuevo elemento de fascinación que facilitó ese viraje ideológico extremo sin que pareciera necesaria una reflexión. Desde ahí se dio un salto que puso en valor a mucha arquitectura que, en realidad, no tenía el valor que se le atribuía desde el primer mundo; y muchos arquitectos, principalmente latinoamericanos, se beneficiaron de este nuevo gusto por ‘lo pobre’, ‘lo austero’, lo supuestamente ‘esencial’ y ‘humilde’.

La arquitectura de la precrisis y del “star system” debe ser releída y revisada para que muestre que no era el demonio, pero tampoco era el modelo. Y, de igual manera, tampoco lo es esta arquitectura de ‘lo pobre’ y ‘lo social’ que hoy se ensalza.

¿Es a partir de esta exposición del MOMA cuando empezaste a notar que la arquitectura social, que se nos quiso vender como la otra cara del “Star System” era en realidad parte de lo mismo?

Fue más bien la primera vez que escuche a Alejandro Aravena en el año 2006 y note que la gente, principalmente en Europa, se emocionaba y decían cosas como:

«esto es lo que hay que hacer».

En ese momento escribí un texto que titulé «El nuevo Panteón», refiriéndome a la aparición de esos nuevos dioses de la arquitectura. Los dioses del “Star System” no murieron, siguen trabajando, pero ahora aquella reverencia se empleaba en elevar a Francis Kéré, a Solano Benítez, a Alejandro Aravena o a Anna Heringer. Lo triste es que no se estaba apostando por una arquitectura social, sino que se estaba transformando la arquitectura social en puro espectáculo.

Posteriormente, ahondé en la cuestión en el texto «Arquitectura social en la era del espectáculo», que se incluyó en un libro publicado en Portugal. En él, diseccionaba cómo aquella misma metodología empleada para endiosar a los “Star-Architects” ahora se utilizaba para estos arquitectos, y cuál era la finalidad política de todo ello. El premio Pritzker a Aravena y la posterior emergencia de los populismos me ha confirmado aquel análisis.

El reconocimiento a Aravena con el León de Plata en la Bienal de Venecia de 2008 significó que era indispensable un giro, premiar a un perfil aparentemente diferente y que pareciera externo al neoliberalismo. No obstante, Aravena formaba parte del mismo sistema, de la misma ideología, pero disfrazaba su trabajo de ‘arquitectura pobre’, de arquitectura con vocación ‘social’. La superficialidad desde que se observaba su obra impedía percibir que se trata de una arquitectura totalmente clasista, que mantiene a una persona de clase social desfavorecida en una condición que no le va a permitir salir de su pobreza.

Toda la situación se resume en esa frase de Lampedusa en El gatopardo:

«Que todo cambie para que nada cambie».

Cortesía: Luis Alberto Monge Calvo

¿Te parece que todo este buenismo, chabolismo, voluntariado y demás conceptos de moda en el discurso arquitectónico, son en realidad otro modelo de iconicidad, o modelo de negocio para romantizar la pobreza y la precariedad, pero más bien como un parche y no como una solución real?

Como un parche, definitivamente. Al igual que esa gente que una vez al año hacen una colecta para los pobres, esto es también una forma de poner parches a la situación. La realidad es que no estoy descubriendo nada nuevo, el mundo está muy mal balanceado, la brecha entre ricos y pobres se va a agigantando más. Este espíritu supuestamente caritativo y concienciado ya estaba presente en muchas escuelas de arquitectura, que se decían:

«Vamos a la India o a Paraguay a enseñar a los pobres a que se construyan viviendas».

Y la realidad es que los pobres saben perfectamente cómo construirse sus viviendas.

Lo que necesitan es poder disponer de más recursos económicos, de más riqueza. Entonces, esos arquitectos de mentalidad primermundista, desde su buenismo, daban a los pobres un producto que no era más que una especie de limosna farisea.

Sin embargo, el caso de Aravena me parece más lamentable porque él hace un negocio usando la pobreza causada por la desigualdad social. Se vincula a lo peor de la derecha política de su país para construir guetos de pobres. No obstante, creo que el fenómeno Aravena fue sobre todo una farsa inventada por esa Europa en crisis, ideológica y éticamente desnortada, necesitada de ese tipo de supuestos ‘super-héroes’ sociales.

¿Murió la crítica con los arquitectos del “Star System” o sólo murió su credibilidad?

Creo que la crítica está en un momento muy delicado, pero no muerta. Decir que está muerta es una buena excusa para dejar de hacerla, Sí es cierto lo que señalas, que lo que murió o quedó profundamente dañada fue su credibilidad, y los únicos culpables de ello han sido los propios críticos que, salvo honrosas excepciones, eludieron su responsabilidad de ejercerla: de reflexionar, de ir a la contra si era preciso. La crítica hoy siente que debe responder a ese contexto de redes sociales, globalización y cultura digital.

De esa reflexión crítica que no se hizo también forma parte la reflexión sobre la propia función de la crítica, su puesta al día para que fuera un elemento activo, constructivo. Es vital conocer la crítica que se hizo en los años 60 y 70, pero ese modelo de crítica no serviría para la actualidad. Ese momento sensible en que se encuentra la crítica también se debe a que se vive entre la nostalgia de lo la crítica fue y la farsa de lo que ésta es hoy.

La crítica es un elemento fundamental para la construcción de la arquitectura: es tan importante como los ladrillos o el hormigón. El pensamiento crítico ayuda a construir la propia arquitectura y ayuda a hacer una arquitectura de mayor valor, o por lo menos a poner en duda constantemente lo que se está haciendo, y creo que esto es ya de por sí algo fundamental.

Hace unos siete u ocho años tuve una discusión con Josep María Montaner, que publicó un artículo proclamando que la crítica ha muerto. Mi réplica fue:

«Quizá usted habrá abdicado de ser crítico, pero la crítica sigue, y se puede seguir ejerciendo».

También tuve un intercambio de artículos con Santiago de Molina, que afirmaba que la crítica ha muerto porque ya no se hace como la hacía Tafuri. Mi respuesta planteaba que la crítica está muerta sólo si nadie quiere ejercerla; sea porque le da miedo, porque suponga desafiar o enfrentarse al sistema establecido, porque se ganan más enemigos que amigos.

Finalmente le preguntaba que, si realmente cree que la crítica está muerta,

¿qué hacemos? o ¿qué inventamos ahora para poder medir y analizar lo que estamos haciendo?

A ese respecto en tu opinión ¿qué necesita la crítica para replantearse como disciplina relevante en este mundo de la posverdad?

Es muy difícil. Sinceramente creo que estamos en un momento muy complicado, en que la gente prefiere las narraciones a los hechos objetivos; prefiere emocionarse con lo que supuestamente está sucediendo que, con la realidad que está sucediendo. Creo que la crítica tiene que reconstruirse casi desde cero, desde la conciencia de que el tiempo que estamos viviendo es muy complejo y que, además, impera una ignorancia generalizada que afecta profundamente nuestro conocimiento y capacidad crítica. No se lee, se prefiere el fanatismo a la reflexión. La gente da más importancia a las emociones que a la propia reflexión mental. En este campo la crítica la tiene muy muy difícil. Vivimos en una época en que el “like” es más importante que una opinión formada y con conocimiento de lo que se está hablando.

Es un tiempo muy difícil, pero no sólo para la crítica. La educación está en riesgo, y desmantelar el sistema educativo es un mecanismo de control: si la universidad deja de ser un lugar para el pensamiento, para ser un lugar donde se cursa una carrera únicamente con el propósito de obtener un título, estamos ante un problema gravísimo.

Mi generación es responsable de esto. Estamos formando a personas que cada vez saben menos y tienen menos recursos intelectuales. Por supuesto hay excepciones, pero me preocupa mucho ver que hay jóvenes que son casi analfabetos funcionales, que no leen, que viven en un presente inmediato y adanista, porque eso es un caldo de cultivo para hacer fanáticos, personas sin la inquietud ni la capacidad suficiente para cuestionar y razonar ideas.

Esto ya es patente en la política: la existencia de tipos como Trump, o fenómenos como el Brexit o el independentismo catalán donde hasta la historia se tergiversa, volviendo a los individuos, principalmente a los jóvenes, en seres irracionalmente enfervorizados. En clase me encuentro cada vez más con alumnos con los que no es posible debatir, exponer e intercambiar puntos de vista opuestos. Se rechaza agresivamente al que disiente.

Otro tanto sucede en el campo de la arquitectura: el debate es imposible, pues los defensores acérrimos de Aravena, por ejemplo, no admiten la posibilidad de que exista una falacia o puntos débiles o cuestionables. Nos hemos vuelto hooligans: hemos perdido la posibilidad de ver las cosas desde diferentes perspectivas, ponernos en el lado de los otros, de elaborar y materializar el pensamiento. Estas son capacidades que las proporcionan la educación y la cultura, ésta es la única forma de obtener libertad. Por eso insisto en la importancia de la crítica como elemento de cultura: si la formación, el nivel cultural, se deterioran, desaparece el espacio para el pensamiento, el diálogo, el crecimiento… Incluso para el humor como herramienta de la inteligencia.

Cortesía: Luis Alberto Monge Calvo

En estos mismos términos, en tu libro Crítica de choque mencionas que la crítica no es un hecho aislado que es parte de la cultura, por eso cabe destacar la relación que propones entre populismo, y demagogia con personajes de la cultura pop, y en especial con arquitectos como Eva Franch, Cameron Sinclair o Bjarke Ingels.

Creo que el pensamiento de la arquitectura no se puede aislar de la cultura. Cualquier arquitecto, por muy bueno que sea, adolecerá de algo muy importante si es alguien que no tiene contacto con la cultura de su tiempo. Porque carecerá de una comprensión crítica de ésta que le permita comprender los fenómenos que suceden en ella.

Como he dicho, esa carencia de una comprensión crítica del tiempo en que vivimos ha llevado a que la arquitectura misma se frivolice. Que en un lugar de comprender y reaccionar contra los riesgos que albergan muchos fenómenos contemporáneos, se integre frívolamente en ellos. El caso de Eva Franch evidencia cómo la educación se ha plegado al fenómeno de los influencers. Franch es un personaje artificiosamente excéntrico, que juega a ofrecer una audacia intelectual que en realidad es pura insustancialidad. No obstante, su pose ha seducido a una institución como la Architectural Association.

El personaje de Sinclair define también muy claramente en qué consistió esa ‘reconversión’ ideológica hacia lo supuestamente ‘social’ del periodo poscrisis. Sinclair aparece entonces proclamándose como un arquitecto ‘para el pueblo’. No obstante, fue otro filibustero efímero, un personaje que no aportó más valor que el de seducir auditorios, que veían en él a un nuevo modelo a aclamar. Y, en su momento, la academia otorgó carta de respeto para Sinclair, que era un reflejo de la posverdad, una persona que estaba haciendo marketing de la pobreza.

El personaje de Sinclair define muy bien una situación, llega la crisis y aparece un tipo que se aprovecha de esa crisis para decir que él es un arquitecto del pueblo, pero es un buscavidas, un tipo que no aporta ningún valor. El problema de nuevo no es que Sinclair intente ganar dinero estafando a la gente, pero en su momento las universidades invitaban a Sinclair, era el reflejo de la posverdad, el tipo estaba además haciendo marketing de la pobreza.

Y en última instancia Ingels, que tal vez sea mejor o peor arquitecto, pero es un personaje que se inventó a sí mismo mediáticamente. A mi parecer, no tiene más valor que el de ser un enterpreneur y un influencer que se erigió en un engañoso referente para muchos. El triunfalismo de Ingels, planteando que era posible ser un tipo poderoso antes de los 40, un genio brillante capaz de hacer fácilmente un edificio a partir de varias ideas aleatorias y efectistas, me parece tremendamente dañino, porque ha banalizado impunemente la importancia del valor y el respeto al conocimiento.

Mencionaste antes que la gente niega los hechos y niega incluso la realidad, prefiere la manita de Facebook con el pulgar hacia arriba, ¿cómo entonces se puede impulsar la crítica en este ambiente donde la lectura y en general la cultura están tan mal?

Es muy difícil, pero creo que se puede hacer. El otro día precisamente estaba introduciendo esta cuestión a mis alumnos, motivándolos a que lean. Quiero que se introduzcan en el meollo de esto y, si se les alienta, al final da resultado. Hace poco me resultó muy interesante una experiencia docente en la Universidad de Virginia porque encontré alumnos de posgrado que tenían una cultura apreciable a nivel general y era posible un debate fluido y gratificante con ellos. Por eso, creo que se debe reintegrar a la gente joven a un universo cultural del que ahora están completamente expulsados o ausentes. Tal vez sea el peso de la cultura de YouTube, que de por sí no me parece perniciosa, pero que tal vez no les incita a descubrir o a acercarse a otra cultura, fuera de esa. Hay muchísimo cine interesante, clásico y actual, que se pierden, o libros que no leen. Es vital que encontremos formas de aproximar a la gente más joven a toda la riqueza cultural de la que disponemos. Al ampliar su espacio de conocimiento, se incentiva su inquietud, se les dan recursos para que desarrollen sus criterios. Como docente creo que siempre hay que alentar las dudas, en la enseñanza no hay que dar jamás certezas: hay que abrir preguntas más que dar respuestas. Insisto en hacer comprender el valor de la duda. Siempre les digo que mi opinión es ésta, pero que todo es cuestionable y debatible.

De otra forma entramos en la discusión de la posverdad y en discusiones de que es peor, o De otra forma entramos en la discusión de la posverdad y en discusiones de que es peor o que es mejor, de que es más bello o más feo. Creo que mi tarea como docente es saber encontrar los cauces desde los que introducir a los jóvenes al mundo de la cultura, sin forzarlos, de una forma en la que hallen coherencia. Considero que es urgente que aprendan más allá de lo veloz y lo banal. Vivimos en un tiempo que es como un incesante ahora mismo, en el que viven muy bien Aravenas, Ingels y muchos otros Adanes, que borran el pasado y la historia para erigirse en los primeros inventores de todo. Quien posee una formación sabe que estos personajes no están inventando nada y desconfía de ellos, o los recibe con mayor cautela, sin fervores. Una juventud más culta desconfiaría de la mayor parte de los políticos actuales, igual que de esos arquitectos que se erigen a sí mismos como nuevos genios.

Exactamente sobre este tema, en la actualidad hay personajes que se popularizan y de una forma su relato se vuelve más importante que los hechos, ¿te parece qué en ese sentido el referente más evidente sería Greta Thunberg?

Greta Thunberg me parece el paradigma más evidente del tiempo en que vivimos. Es un personaje de origen difuso, cuya legitimidad se sustenta en la dictadura de la corrección política y en la inmadurez narcisista de la sociedad contemporánea. Que reivindique el peligro del cambio climático, que sea joven y una persona con trastornos, la autorizan y la convierten en una figura intocable, que polariza hasta el extremo las reacciones que suscita. Preferimos atender a las apariciones sobreactuadas de una adolescente a saber lo que los científicos han de explicar respecto al cambio climático.

A mi modo de ver, Greta es otra figura que no abre debate ni pensamiento, sino simplemente emociones encendidas, de duración efímera y breve, que permiten la autocomplacencia. Dudar de Greta o criticarla se ha convertido en una señal inequívoca de inmoralidad, de falta de sensibilidad, de cinismo…

¿Por qué? ¿Por qué debe atacarse virulentamente a quien dude del fenómeno Greta Thunberg?

Vuelvo al tema del adanismo: no se trata de que se ataque o cuestione a Greta Thunberg por serlo, sino porque echando un vistazo atrás veremos que ha habido muchos otros gurús, ídolos de masas redentores, que no eran más que astutos productos de marketing o cabezas visibles de intereses dudosos, y parecemos habernos olvidado de esos descarados engaños, de esos otros blufs que la han antecedido. Tener un poco de memoria quizá haría lógica y razonable la duda, preguntarse si no sería preferible que la sociedad recibiera una concienciación sobre el cambio climático mediante información accesible, clara y rigurosa, en lugar de mediante el personaje sentimentalizado de una niña. Sin embargo, prefiere vivirse en la ignorancia, el cortoplacismo y la amnesia.

Greta es populismo: es la encarnación de las emociones en contra del pensamiento.

Supongo que será una moda que será remplazada por otra moda y el resultado será que no habremos hecho nada por el cambio climático. Igual que Aravena será una moda y pasará, pero no habremos hecho nada por mejorar la vivienda social. Ahora que la crisis más o menos va cediendo, lo social se olvidará y volveremos al espectáculo.

Cortesía: Luis Alberto Monge Calvo

Finalmente ¿Cuál fue tu motivación para escribir Crítica de choque y cómo describirías su enfoque?

El libro surgió por un encargo de una editorial argentina, Bisman Ediciones, que tenía interés en que formara parte de una colección. Yo había publicado previamente a través da la editorial española Ediciones Asimétricas una recopilación de artículos bajo el título La viga en el ojo, que reunía textos aparecidos en revistas y en medios digitales, que fueron escritos a tiempo real, digamos, examinando lo sucedido en la arquitectura a lo largo de los últimos quince años. Cuando Bisman me invitó a elaborar este libro para ellos, pensé que era la oportunidad de hacer un libro desde cero, poniendo en valor la crítica, pero sin retórica.

Por supuesto, las opiniones que dejo en Crítica de choque son totalmente personales y, por lo tanto, debatibles; pero creo que la relevancia del libro radica en el hecho de que insiste en decir: vamos a empezar a construir, a resucitar, aunque no esté muerta, a poner en valor a la crítica opinando libremente, pero siempre desde una voluntad de rigor.

Me esforcé en dar mi opinión con mucho fundamento, me parecía fundamental que detrás de mi opinión estuvieran siempre los hechos. En mi libro ataco la posverdad, por eso quise sostener mi crítica en documentación, fuentes… Si en él planteo una idea en contra de determinada figura no se debe a nada personal, sino que aporto datos, citas textuales, referencias diversas…para sostener con argumentos y rigor mi opinión, evidenciar que no se trata de una reacción caprichosa o subjetiva, sino una reflexión sobre unos hechos patentes, que están ahí. Fanatismo sería hacer un libro para destruir a Calatrava, un pretexto fácil para vender libros. Yo quise hacer crítica pero sin redactar un manual de crítica, sino que el propio ejercicio de elaborar el libro fuese un planteamiento posible de cómo hacer crítica hoy.

En el momento en que lo comencé tenía muy presente toda esa opinión general proclamando que la crítica estaba muerta. Yo quise demostrar que no es así. Me dije:

«Voy a hacer un libro sobre crítica, pero no va a ser un libro sobre crítica retórica, que diga cómo se debe hacer la crítica, ni debería ser la crítica. Voy a hacer crítica en tiempo real.»

Lo que más me gustaba era eso último: romper con la idea de que debe transcurrir un cierto tiempo para poder examinar algo críticamente. De hecho hasta el último día de edición incorporé referencias actuales, y en la segunda edición española, publicada en Qut Ediciones, agregué aún más contenidos que actualizaban el texto.

Algo importante, que me hace darme cuenta que tal vez no anduviera tan errado en mi interpretación, es ver cómo, por ejemplo, puse en cuestión la figura de Aravena y qué sucesos hoy dominan la actualidad de Chile. Aravena representaba a esa elite dirigente clasista que marcó las diferencias y contra la que la sociedad se ha rebelado. Mi análisis crítico me permitió ver bajo esa arquitectura mediáticamente aplaudida una obra demagógica y populista, que ocultaba problemáticas sociales graves, y lamentablemente, la realidad en Chile, asiente a lo que escribí.

Arquitecto por la Universidad Autónoma de Centro América, Magíster en Arquitectura de la Universidad Católica de Chile. Posee estudios de posgrado en Urbanismo de la Universidade Federal do Rio de Janeiro. Posee Certificación Profesional, y es miembro de la Asociación Costarricense de Profesionales en Arquitectura.

Trabaja en la Dirección de Arquitectura e Ingeniería de la Caja Costarricense del Seguro Social y es Coordinador de la Comisión de Investigación del CACR. También es profesor universitario e investigador en Arquitectura para la Universidad Internacional de las Américas, y es representante nacional en Smart Urbanization del H2020 de la Comisión Europea.

Ha sido Becario de la Red de entrenamiento universitario para el desarrollo urbano sostenible de la Unión Europea, e Investigador asociado en el Concurso Nacional de Proyectos FONDECYT Chile, profesor invitado Instituto Tecnológico de Monterrey, México. Árbitro evaluador externo de la Universidad de los Andes; Colombia. Ha escrito cuatro libros, ha sido editor de cuatro más y ha publicado decenas de artículos de investigación y profesionales en revistas de Latinoamérica.

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