Crítica e ideología | Óscar Tenreiro Degwitz

Hago esfuerzos por seguir el propósito de alejarme un tanto de lo que acontece en mi país para terminar una serie de comentarios que había venido haciendo sobre la crítica. Y hablo de esfuerzo porque las últimas cosas que han salido a la luz, las cuales los venezolanos ya conocíamos y exponen de modo más directo un panorama altamente corrompido, hacen que apartarlo de la mirada se convierta en una empresa muy difícil. Lo hacemos sin embargo, no sin antes preguntarnos si es ceguera total o simplemente tontería, oportunismo o miedo de perder un cargo, lo que hace que algunos altos funcionarios del Régimen, entre ellos colegas que han disfrutado del Poder, sigan sosteniendo un proyecto político mediocre y pervertido haciendo un insensato esfuerzo para ocultar el inmenso amasijo de mediocridades, inconsecuencias, asalto a los fondos públicos y desvergüenza que lo caracteriza.

Lo vivido en estos últimos meses venezolanos había interrumpido los comentarios que le dediqué a la crítica y me quedaban por publicar unos apuntes dedicados al incómodo y con frecuencia funesto peso que la ideología como superestructura ejerce en la visión crítica de la arquitectura, peso que tuvo consecuencias en el debate de los años sesenta del siglo pasado, cuando en ciertos sectores marxistas se hizo el inútil esfuerzo de despojar al ejercicio de la arquitectura de los “prejuicios artísticos” a la vez que se convertía a los aspectos técnicos vinculados a la concepción y producción del edificio en la referencia fundamental para evaluar la pertinencia de una arquitectura, de su valor como resultado.

Angelus Novus, grabado de Paul Klee, 31 x 24 cm., pintado en 1920 | oscartenreiro.com

Esos apuntes no son sino eso, reflexiones cortas que no aspiran a otra cosa que situar nuestros puntos de vista acerca del ejercicio crítico. No pretenden ser exhaustivos y menos aún de rango académico, pero fijan con su parquedad el tono general de lo que escribo aquí, inspirado sobre todo por un deseo de comunicación que quiere ser de lenguaje accesible a todos, fuera de pretensiones especializadas.

Pero no es sólo la cuestión ideológica sino el muy extendido intento de hacer de la crítica algo así como una rama de la filosofía, una suerte de filosofía del ambiente edificado, lo que considero también un ejercicio equívoco que ha servido en los tiempos recientes para edificar prestigios arquitectónicos sobre bases muy endebles. Me temo que ha contribuido a ello la proliferación de cursos de post-grado y doctorados sobre “teoría de la arquitectura”, modo de discurrir que quiere ser un cuerpo de conceptos que fundamentan el ejercicio de la arquitectura, sin dar debida reflexión a la imposibilidad de elaborar teorías sobre actividades como la nuestra, que si bien con importantes contenidos técnicos, sigue procesos basados en la intuición, en el manejo de referencias provenientes de una enorme diversidad de orígenes (de la memoria, de la experiencia personal, de la capacidad de invención, de los saltos de genio muy localizados y específicos pero eventualmente presentes, de asociaciones de imágenes) que se resisten al razonamiento y no encuadran en el mundo de los conceptos.

A esa intención de pensar la arquitectura la he llamado crítica filosofante y estoy persuadido, repito, de que ha servido de fundamento para convertir en figuras de la arquitectura a personalidades, e incluso edificios, que poca atención hubiesen merecido en tiempos menos atentos a los despliegues “ilustrados”.

En virtud de algunas de las cosas que acabo de decir y de muchas otras que he expresado en textos que deseo publicar oportunamente, he promovido la idea de ir hacia un modo de ejercer la crítica de arquitectura análogo al que ocupó lugar en tiempos de la primera modernidad (hasta la Segunda Guerra y un poco después) cuando un puñado de pensadores de bastante calibre, no dependientes de la industria editorial sino de sus propias convicciones y de su prestigio intelectual, fueron acompañantes de los intentos de cambio de los arquitectos que buscaban erosionar el pensamiento académico y realizaban una obra significativa en medio de innumerables dificultades. Eran tiempos muy cargados con la controversia ideológico-política, pero buena parte de esos hombres de pensamiento, pudieron mantenerse en un espacio intelectual más autónomo hasta lograr promover una arquitectura cuya autenticidad en términos de valores estéticos asociados a la respuesta a problemas acuciantes de ese tiempo histórico, es indiscutible y los ejemplos construidos se sostienen a más de tres cuartos de siglo de distancia, asunto que contrasta con las promociones de tiempos más recientes, nombres que ya se han olvidado y edificios destinados a ser simples vestigios de una memoria más o menos superada.

No estoy en modo alguno buscando resucitar viejas cosas sino expresando una inconformidad activa respecto a la forma como ha ido orientándose el discurrir sobre arquitectura y la publicidad de los modos de actuar.

Llamo la atención sin embargo sobre dos cosas principales: por un lado la tendencia a enfocar la mirada exclusivamente al mundo de la opulencia (con crisis y sin crisis) y sus preferencias. Las arquitecturas que pudiéramos llamar “sustitutivas” de las del mundo del espectáculo, las que a tono con la crisis económica ahora se quieren promover, terminan siendo siempre las que se “escogen” desde el mismo mundo opulento. Se extraen como con pinzas valores “jóvenes” que se encuadran sin dificultades con las preocupaciones revisionistas en boga y se sigue estando lejos, muy lejos, de las realidades del ejercicio en las tres cuartas partes del mundo y sobre todo de los esfuerzos interesantes, llenos de sentido y sin duda valiosos para la escena arquitectónica, de muchos arquitectos sólo conocidos en sus propios medios. “Sólo conocidos” digo porque inevitablemente la opulencia conoce sólo lo que se expresa dentro de la opulencia, lo que exige por supuesto el idioma inglés en primer lugar y estar en un país “emergente” también en primer lugar, siendo “emergente” uno que no tenga problemas políticos calientes y decadentes sino que esté integrado, ya, al intercambio fluido de una economía globalizada.

Y la segunda cosa que me interesa señalar atañe a quienes localmente ejercen la crítica. Pocos, pero -es a eso a lo que quiero referirme- demasiado tímidos en cuanto a su capacidad para entender mejor el ambiente en el que se desenvuelve la práctica de la arquitectura de las sociedades en las que viven. Parecen a veces en exceso interesados en plegarse a los modos de la opulencia, con lo cual terminan despreciando o desdeñando lo que “los arquitectos” (esos sujetos díscolos y siempre problemáticos) de su propio medio hacen, considerándolos equivocados o desorientados porque no calzan en sus esquemas. Y cuando no es así, entonces se desentienden, se sumergen por ejemplo en el mundo académico y tratan de fijar su mirada en un pasado que generalmente ofrece menos problemas. Se dedican entonces a valorar lo ya valorado, los prestigios de los fallecidos que siempre ganan en consenso a los vivos, elogian a los fundadores, a los que en general son vistos con benevolencia y se abstienen cuidadosamente de señalar nada preciso en dirección a quienes están como ellos luchando con un presente problemático, tratando de construir, languideciendo a veces sin contar con un apoyo que podría abrir algunas puertas.

Volveré sobre este tema.

Óscar Tenreiro Degwitz, Arquitecto.
Venezuela, Mayo 2013,
Entre lo Cierto y lo Verdadero

Óscar Tenreiro Degwitz

Es un arquitecto venezolano, nacido en 1939, Premio Nacional de Arquitectura de su país en 2002-2003, profesor de Diseño Arquitectónico por más de treinta años en la Universidad Central de Venezuela, quien paralelamente con su ejercicio ha mantenido ya por años presencia en la prensa de su país en un esfuerzo de comunicación hacia la gente en general de los puntos de vista del arquitecto acerca de los más diversos temas, entre los cuales figuran los agudos problemas políticos de una sociedad como la venezolana. Tenreiro practica así lo que el llama el “pensamiento desde y hacia la arquitectura”, insistiendo en que lo hace como arquitecto en ejercicio, para escapar de los estereotipos y cautelas propios de la “crítica arquitectónica”. Respecto a la cual no oculta su desconfianza, que explica recurriendo al aforismo de Nietzsche sobre el crítico de arte “que ve el arte desde cerca sin llegar a tocarlo nunca”.

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