
La dimensión de lo ignoto. Estamos enfrente de esa pausa que interrumpe el paso por nuestro mundo —nuestro mundo—, la latente pausa del espacio que aún nos habita y aguarda, expectante, ante nuestra acostumbrada resistencia. Esa pausa que como arlequines nos hace señas y recrea visualmente lo estático, lo sólido, la masa, el vacío: reconfigura nuevamente la medida invisible de nuestros actos, que inmoviliza momentáneamente el pensamiento, nos distancia velozmente de esa lejana escena doméstica y cotidiana.
Habitar la dimensión es, paradójicamente, la invitación a no hacerlo. Nos presenta ante ese nuevo espacio como seres ajenos, como peregrinos de un territorio ya conocido que nos modifica, que nos transforma en el acto mismo al ser contenidos. Es un acto de permanencia y la vez de no permanencia, un acto inminente que nos inmoviliza y a la vez nos induce a seguir, aun cuando la rutina nos guía, dócilmente por los mismos pasos dados, ese momento nos toma del brazo, nos repasa, nos ausculta, nos revela ante ese mundo que jamás ha dejado de esperarnos.
Esa dimensión no es nueva; solo es ajena, su condición de otredad nos coloca frente a un espejo. No para devolvernos una imagen nueva de nosotros mismos, sino para presentarnos ante el acto de mirar.
Ese dispositivo nos enseña el lugar exacto a donde mirar, nos revela una nueva dimensión del habitar: pero no en la búsqueda de lo desconocido, sino en el asombro de reconocernos ajenos en lo propio.





