Automoribundia | Borja López Cotelo

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Podemos mirar a la Muerte de cara; pero sabiendo, como algunos de nosotros saben hoy, lo que es la vida humana, ¿quién podría sin temblar mirar de frente la hora de su nacimiento?

Thomas de Quincey

Primer tiempo. La fiesta que olía a napalm.

Allí estaba mi padre, mirándome con aprobación. Su único hijo había decidido estudiar arquitectura y eso le tranquilizaba. Se habían acabado para mí esas tardes en las que dilataba las horas entre libros, revistas y tebeos. Por fin había decidido aplicar el sentido común y escuchar sus consejos. Era un buen estudiante y, como tal, debía escoger una carrera que me ofreciese un futuro: sería arquitecto.

Recuerdo mi primer día en la facultad. Vi ese edificio, esa masa ingente de hormigón gris como aquella mañana de octubre, y pensé que nadie podía ser feliz allí. Pero pronto descubrí que me equivocaba; había llegado justo a tiempo para unirme a la fiesta que estaban celebrando. Era 1998 y nadie se preguntaba cuánto podía durar la juerga. Tal vez fuese la actitud correcta porque, en realidad, las fiestas siempre acaban antes de que uno se dé cuenta, o antes al menos de que lo acepte. Por eso son fiestas.

Formarse como arquitecto en medio de ese paroxismo hedonista deja secuelas. En los primeros años del nuevo siglo, nada era comparable a estudiar arquitectura en España, el país del milagro económico. Los oligarcas se fotografiaban con sus arquitectos, que viajaban en aviones privados para desplazarse a la otra punta del mundo al día siguiente. Rem hacía sonar la flauta y los prohombres le seguían sin cuestionarse siquiera adónde estaban siendo conducidos. No era muy diferente la vida de Zaha, la de Jacques y Pierre, la de Rafa, la de Juan o la de aquellos chicos holandeses. Todos queríamos ser como ellos, aunque nos jodía reconocerlo. El arquitecto estrella era un chamán en los últimos estertores del neoliberalismo feroz; era el Heisenberg capaz de cocinar ese excelso cristal azul que todos, políticos y ciudadanos, codiciaban.

El laboratorio móvil de Heisenberg. Breaking Bad (V.Gilligan, 2008)
El laboratorio móvil de Heisenberg. Breaking Bad (V.Gilligan, 2008)

La figura del arquitecto se agrandaba. Al fin y al cabo, ¿quién podía prescindir de esas piezas de autor? Bilbao no podía, Valencia no podía. Madrid, por supuesto, no podía; ni Barcelona, Londres o Berlín. Ni siquiera Nueva York. Como bien de consumo, la arquitectura cayó en la trampa de exaltar la juventud como valor absoluto para explotar un mercado virgen. Echen un vistazo a las publicaciones de la época: Sangre fresca, Próxima generación, La arquitectura que viene. Pasajes, Arquitectura Viva, El Croquis. Pocos pensaron entonces que tal vez esto iba demasiado deprisa, que algunos licores exigen una tediosa destilación. El arquitecto, convertido en estrella del rock, soñaba con destronar a Jagger. Podía caminar por las calles como Alex y sus drugos, como esos Reservoir Dogs que, impecablemente trajeados, discuten banalidades a la hora del desayuno porque saben que todo está bajo control. Pero alguien debió haber avisado: siempre puede fallar algo.

El arquitecto estrella había pactado con Mefistófeles para conquistar a Gretchen. Era evidente, por tanto, que llegaría ese día en que su alma habría de rendir cuentas1. Pero es difícil pararse a pensar en medio de una tempestad o de una gran batalla. La razón se nubla, la mente embotada sólo piensa en ir un paso más allá. Los arquitectos parecían adorar el olor del napalm por la mañana, y las colinas arrasadas parecían desprender un inefable aroma a victoria. Pero, como Kilgore había predicho, un día esa guerra acabó. Las cosas cambiaron y los próceres de la arquitectura tuvieron que cambiar su discurso. Ante el manifiesto colapso de un sistema económico que había prometido un crecimiento exponencial e infinito, los políticos -hasta entonces principales inversores, socios y amigos de los arquitectos estrella– renegaron de ellos. Era necesario huir de la ostentación, el mundo debía ser austero y sostenible. Vestir de Armani resultaba obsceno.

Fue entonces cuando acabé la carrera. Me había convertido en arquitecto, pero la vida no había cambiado mucho. Cierto es que miraba de manera distinta los edificios que me rodeaban, antaño simplemente un mudo decorado que acompañaba mis pasos, y que había abandonado mis dibujos de personas para realizar apuntes a mano alzada de casas, villas o ciudades. Sin embargo, nada parecía señalarme como un elegido, como el hombre destinado a alterar el devenir de la metrópolis contemporánea. Nada en mí recordaba a la vida de esos demiurgos de Entreguerras que me habían ensañado a idolatrar. Fui, por así decirlo, eyectado a un mundo extraño que nada tenía que ver con el escenario que me habían pintado en la facultad. Estaba, además, confuso ante la mutación de piel que había experimentado el discurso de aquellas figuras que cinco años antes señalaban el camino con gesto firme. Ya no había partido de rookies en el all star, los arquitectos jóvenes ya no éramos más populares que los vocalistas de grupos alternativos. Hubo tiempo para la ira; recordé el memorable delirio de Aguirre en boca de Kinski y prometí ser, como él, la cólera de Dios. Pensé en marcharme, en dar la razón al gran Castelao cuando aseguraba que el gallego no protesta, emigra. Luego me tranquilicé y pensé que faltaba mucho por hacer, que debía existir alguna alternativa. Siempre me ha gustado caminar hacia casa solo y a paso lento después de la fiesta, porque de noche el recuerdo disfraza de gesta la anécdota.

Segundo tiempo. Dies irae

Muchos lloraron. Al pie de un árbol, recordaron tiempos pasados de victorias aplastantes, de capitales conquistadas y vastos imperios. No fue mi caso. Es absurdo llorar por paraísos que nunca fueron míos2. No espero ser señalado como uno de los justos en el Dies Irae, en ese postrero Día de la Ira. Pero tampoco acepto las peroratas de quienes lamentan que alguien haya apagado la música cuando ellos estaban a punto de conseguirlo, de llevarse a la más guapa; porque yo ni siquiera llegué a tiempo de entrar en la fiesta.

El paraíso perdido. La expulsión del paraíso, W. Blake, 1807
El paraíso perdido. La expulsión del paraíso, W. Blake, 1807

Pero, una vez más, el viento ha cambiado y los arquitectos hablan ahora con una sola voz. Como en la historia de tantas naciones, ha sido necesario encontrar un enemigo que sirviese de argamasa y resultase, al mismo tiempo, sustrato fértil para un credo común. Ese enemigo ha sido una nueva ley que altera los límites de nuestras competencias. Ahora estamos unidos: todos a una, aquellos que defendieron durante años los valores inherentes a esta disciplina y los serviles que medraron gracias a la connivencia de políticos prevaricadores. Resulta paradójico, y tal vez artificial, buscar un discurso homogéneo y defender la buena praxis a la vista de las cicatrices que los años de fiesta han dejado en nuestro paisaje. Por otro lado, me pregunto si la lucha (necesaria, sin duda) contra este nuevo marco legal no esconde bajo su alfombra una realidad más compleja y dolorosa; me pregunto si no es un problema mayor la reforma del sistema universitario, o el hecho de que el número de arquitectos titulados anualmente sea sensiblemente mayor que el demandado por la sociedad en este momento; me pregunto si no será este el tiro de gracia a una universidad pública moribunda, infectada de nepotismo, abandonada a los intereses de sus caciques e incapaz de competir en productividad, lastrada por la cuestionable efectividad de su sistema de becas. Me reconforta, no obstante, ver cómo los colegios se enrolan en esta la cruzada, ya que en los años de opulencia renunciaron a fijar unas condiciones óptimas para los contratos profesionales de recién titulados (¿nunca se han preguntado por qué esa abismal diferencia entre el número de arquitectos licenciados y el de colegiados?) y -en algunos casos- ampararon concursos que vulneraban la más elemental integridad de esta profesión.

El domingo pasado, un día de sol, fui a comer con mi padre. Hacía tiempo que no nos veíamos. Hablamos de cómo había sido el acto de lectura de mi tesis, al que él prefirió no asistir. Me preguntó por mi trabajo, por mis expectativas para el futuro inmediato; me preguntó qué pensaba hacer ahora que, por primera vez en tres décadas, no tenía posibilidad de continuar mi formación académica. Lo miré y, tras un silencio extraño, di un trago largo a mi cerveza. Me observó serio durante un momento, me dio la enhorabuena por el doctorado y, antes de cambiar de tema, me dijo que tenía un regalo para mí. Era un tebeo3.

Borja López Cotelo. Doctor arquitecto
La Coruña. Julio 2013

Notas:
1 A veces pienso que, en lo sucesivo, la lectura de la primera parte del Fausto de Goethe debería ser lectura obligada en las escuelas de arquitectura.
2 La idea del paraíso perdido siempre me ha atraído. No sólo el más célebre entre todos, el de Milton, sino también otros más ordinarios como el que canta Ferreiro. Por eso me fascina la figura de un Cortés humano y derrotado, llorando por su terrenal paraíso perdido a las puertas de Tenochtitlan en la Noche Triste.
3 Era, en concreto, Los años Sputnik, de Baru. Una lectura recomendable para quienes piensan que cualquier tiempo pasado fue mejor.

Borja López Cotelo

Borja López Cotelo, arquitecto por la ETSAC desde 2007, y doctor por la UdC desde 2013.

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