[:es]
Podemos mirar a la Muerte de cara; pero sabiendo, como algunos de nosotros saben hoy, lo que es la vida humana, ¿quién podría sin temblar mirar de frente la hora de su nacimiento?
Thomas de Quincey
Primer tiempo. La fiesta que olía a napalm.
Allí estaba mi padre, mirándome con aprobación. Su único hijo había decidido estudiar arquitectura y eso le tranquilizaba. Se habían acabado para mí esas tardes en las que dilataba las horas entre libros, revistas y tebeos. Por fin había decidido aplicar el sentido común y escuchar sus consejos. Era un buen estudiante y, como tal, debía escoger una carrera que me ofreciese un futuro: sería arquitecto.
Recuerdo mi primer día en la facultad. Vi ese edificio, esa masa ingente de hormigón gris como aquella mañana de octubre, y pensé que nadie podía ser feliz allí. Pero pronto descubrí que me equivocaba; había llegado justo a tiempo para unirme a la fiesta que estaban celebrando. Era 1998 y nadie se preguntaba cuánto podía durar la juerga. Tal vez fuese la actitud correcta porque, en realidad, las fiestas siempre acaban antes de que uno se dé cuenta, o antes al menos de que lo acepte. Por eso son fiestas.
Formarse como arquitecto en medio de ese paroxismo hedonista deja secuelas. En los primeros años del nuevo siglo, nada era comparable a estudiar arquitectura en España, el país del milagro económico. Los oligarcas se fotografiaban con sus arquitectos, que viajaban en aviones privados para desplazarse a la otra punta del mundo al día siguiente. Rem hacía sonar la flauta y los prohombres le seguían sin cuestionarse siquiera adónde estaban siendo conducidos. No era muy diferente la vida de Zaha, la de Jacques y Pierre, la de Rafa, la de Juan o la de aquellos chicos holandeses. Todos queríamos ser como ellos, aunque nos jodía reconocerlo. El arquitecto estrella era un chamán en los últimos estertores del neoliberalismo feroz; era el Heisenberg capaz de cocinar ese excelso cristal azul que todos, políticos y ciudadanos, codiciaban.
El laboratorio móvil de Heisenberg. Breaking Bad (V.Gilligan, 2008)La figura del arquitecto se agrandaba. Al fin y al cabo, ¿quién podía prescindir de esas piezas de autor? Bilbao no podía, Valencia no podía. Madrid, por supuesto, no podía; ni Barcelona, Londres o Berlín. Ni siquiera Nueva York. Como bien de consumo, la arquitectura cayó en la trampa de exaltar la juventud como valor absoluto para explotar un mercado virgen. Echen un vistazo a las publicaciones de la época: Sangre fresca, Próxima generación, La arquitectura que viene. Pasajes, Arquitectura Viva, El Croquis. Pocos pensaron entonces que tal vez esto iba demasiado deprisa, que algunos licores exigen una tediosa destilación. El arquitecto, convertido en estrella del rock, soñaba con destronar a Jagger. Podía caminar por las calles como Alex y sus drugos, como esos Reservoir Dogs que, impecablemente trajeados, discuten banalidades a la hora del desayuno porque saben que todo está bajo control. Pero alguien debió haber avisado: siempre puede fallar algo.
El arquitecto estrella había pactado con Mefistófeles para conquistar a Gretchen. Era evidente, por tanto, que llegaría ese día en que su alma habría de rendir cuentas1. Pero es difícil pararse a pensar en medio de una tempestad o de una gran batalla. La razón se nubla, la mente embotada sólo piensa en ir un paso más allá. Los arquitectos parecían adorar el olor del napalm por la mañana, y las colinas arrasadas parecían desprender un inefable aroma a victoria. Pero, como Kilgore había predicho, un día esa guerra acabó. Las cosas cambiaron y los próceres de la arquitectura tuvieron que cambiar su discurso. Ante el manifiesto colapso de un sistema económico que había prometido un crecimiento exponencial e infinito, los políticos -hasta entonces principales inversores, socios y amigos de los arquitectos estrella– renegaron de ellos. Era necesario huir de la ostentación, el mundo debía ser austero y sostenible. Vestir de Armani resultaba obsceno.
Fue entonces cuando acabé la carrera. Me había convertido en arquitecto, pero la vida no había cambiado mucho. Cierto es que miraba de manera distinta los edificios que me rodeaban, antaño simplemente un mudo decorado que acompañaba mis pasos, y que había abandonado mis dibujos de personas para realizar apuntes a mano alzada de casas, villas o ciudades. Sin embargo, nada parecía señalarme como un elegido, como el hombre destinado a alterar el devenir de la metrópolis contemporánea. Nada en mí recordaba a la vida de esos demiurgos de Entreguerras que me habían ensañado a idolatrar. Fui, por así decirlo, eyectado a un mundo extraño que nada tenía que ver con el escenario que me habían pintado en la facultad. Estaba, además, confuso ante la mutación de piel que había experimentado el discurso de aquellas figuras que cinco años antes señalaban el camino con gesto firme. Ya no había partido de rookies en el all star, los arquitectos jóvenes ya no éramos más populares que los vocalistas de grupos alternativos. Hubo tiempo para la ira; recordé el memorable delirio de Aguirre en boca de Kinski y prometí ser, como él, la cólera de Dios. Pensé en marcharme, en dar la razón al gran Castelao cuando aseguraba que el gallego no protesta, emigra. Luego me tranquilicé y pensé que faltaba mucho por hacer, que debía existir alguna alternativa. Siempre me ha gustado caminar hacia casa solo y a paso lento después de la fiesta, porque de noche el recuerdo disfraza de gesta la anécdota.
Segundo tiempo. Dies irae
Muchos lloraron. Al pie de un árbol, recordaron tiempos pasados de victorias aplastantes, de capitales conquistadas y vastos imperios. No fue mi caso. Es absurdo llorar por paraísos que nunca fueron míos2. No espero ser señalado como uno de los justos en el Dies Irae, en ese postrero Día de la Ira. Pero tampoco acepto las peroratas de quienes lamentan que alguien haya apagado la música cuando ellos estaban a punto de conseguirlo, de llevarse a la más guapa; porque yo ni siquiera llegué a tiempo de entrar en la fiesta.

Pero, una vez más, el viento ha cambiado y los arquitectos hablan ahora con una sola voz. Como en la historia de tantas naciones, ha sido necesario encontrar un enemigo que sirviese de argamasa y resultase, al mismo tiempo, sustrato fértil para un credo común. Ese enemigo ha sido una nueva ley que altera los límites de nuestras competencias. Ahora estamos unidos: todos a una, aquellos que defendieron durante años los valores inherentes a esta disciplina y los serviles que medraron gracias a la connivencia de políticos prevaricadores. Resulta paradójico, y tal vez artificial, buscar un discurso homogéneo y defender la buena praxis a la vista de las cicatrices que los años de fiesta han dejado en nuestro paisaje. Por otro lado, me pregunto si la lucha (necesaria, sin duda) contra este nuevo marco legal no esconde bajo su alfombra una realidad más compleja y dolorosa; me pregunto si no es un problema mayor la reforma del sistema universitario, o el hecho de que el número de arquitectos titulados anualmente sea sensiblemente mayor que el demandado por la sociedad en este momento; me pregunto si no será este el tiro de gracia a una universidad pública moribunda, infectada de nepotismo, abandonada a los intereses de sus caciques e incapaz de competir en productividad, lastrada por la cuestionable efectividad de su sistema de becas. Me reconforta, no obstante, ver cómo los colegios se enrolan en esta la cruzada, ya que en los años de opulencia renunciaron a fijar unas condiciones óptimas para los contratos profesionales de recién titulados (¿nunca se han preguntado por qué esa abismal diferencia entre el número de arquitectos licenciados y el de colegiados?) y -en algunos casos- ampararon concursos que vulneraban la más elemental integridad de esta profesión.
El domingo pasado, un día de sol, fui a comer con mi padre. Hacía tiempo que no nos veíamos. Hablamos de cómo había sido el acto de lectura de mi tesis, al que él prefirió no asistir. Me preguntó por mi trabajo, por mis expectativas para el futuro inmediato; me preguntó qué pensaba hacer ahora que, por primera vez en tres décadas, no tenía posibilidad de continuar mi formación académica. Lo miré y, tras un silencio extraño, di un trago largo a mi cerveza. Me observó serio durante un momento, me dio la enhorabuena por el doctorado y, antes de cambiar de tema, me dijo que tenía un regalo para mí. Era un tebeo3.
Borja López Cotelo. Doctor arquitecto
La Coruña. Julio 2013
Notas:
1 A veces pienso que, en lo sucesivo, la lectura de la primera parte del Fausto de Goethe debería ser lectura obligada en las escuelas de arquitectura.
2 La idea del paraíso perdido siempre me ha atraído. No sólo el más célebre entre todos, el de Milton, sino también otros más ordinarios como el que canta Ferreiro. Por eso me fascina la figura de un Cortés humano y derrotado, llorando por su terrenal paraíso perdido a las puertas de Tenochtitlan en la Noche Triste.
3 Era, en concreto, Los años Sputnik, de Baru. Una lectura recomendable para quienes piensan que cualquier tiempo pasado fue mejor.
[:gl]
Podemos mirar á Morte de face; pero sabendo, como algúns de nós saben hoxe, o que é a vida humana, ¿quen podería sen tremer mirar de fronte a hora do seu nacemento?
Thomas de Quincey
Primeiro tempo. A festa que cheiraba a napalm.
Alí estaba o meu pai, mirándome con aprobación. O seu único fillo decidira estudar arquitectura e iso tranquilizáballe. Acabáronse para min esas tardes nas que dilataba as horas entre libros, revistas e tebeos. Por fin decidira aplicar o sentido común e escoitar os seus consellos. Era un bo estudante e, como tal, debía escoller unha carreira que me ofrecese un futuro: sería arquitecto.
Recordo o meu primeiro día na facultade. Vin ese edificio, esa masa ingente de hormigón gris como aquela mañá de outubro, e pensei que ninguén podía ser feliz alí. Pero pronto descubrín que me equivocaba; chegara xusto a tempo para unirme á festa que estaban celebrando. Era 1998 e ninguén se preguntaba canto podía durar a juerga. Talvez fose a actitude correcta porque, en realidade, as festas sempre acaban antes de que un déase conta, ou antes polo menos de que o acepte. Por iso son festas.
Formarse como arquitecto no medio dese paroxismo hedonista deixa secuelas. Nos primeiros anos do novo século, nada era comparable a estudar arquitectura en España, o país do milagre económico. Os oligarcas fotografábanse cos seus arquitectos, que viaxaban en avións privados para desprazarse á outra punta do mundo ao día seguinte. Rem facía soar a flauta e os prohombres seguíanlle sen cuestionarse sequera onde estaban sendo conducidos. Non era moi diferente a vida de Zaha, a de Jacques e Pierre, a de Rafa, a de Juan ou a daqueles mozos holandeses. Todos queriamos ser como eles, aínda que nos fodía recoñecelo. O arquitecto estrela era un chamán nos últimos estertores do neoliberalismo feroz; era o Heisenberg capaz de cociñar ese excelso cristal azul que todos, políticos e cidadáns, cobizaban.

A figura do arquitecto agrandábase. Á fin e ao cabo, ¿quen podía prescindir desas pezas de autor? Bilbao non podía, Valencia non podía. Madrid, por suposto, non podía; nin Barcelona, Londres ou Berlín. Nin sequera Nova York. Como ben de consumo, a arquitectura caeu na trampa de exaltar a mocidade como valor absoluto para explotar un mercado virxe. Boten unha ollada ás publicacións da época: Sangre fresca, Próxima generación, La arquitectura que viene. Pasajes, Arquitectura Viva, El Croquis. Poucos pensaron entón que talvez isto ía demasiado rápido, que algúns licores esixen unha tediosa destilación. O arquitecto, convertido en estrela do rock, soñaba con destronar a Jagger. Podía camiñar polas rúas como Alex e os seus drugos, como esos Reservoir Dogs que, impecablemente trajeados, discuten banalidades á hora do almorzo porque saben que todo está baixo control. Pero alguén debeu haber avisado: sempre pode fallar algo.
O arquitecto estrela pactara con Mefistófeles para conquistar a Gretchen. Era evidente, xa que logo, que chegaría ese día en que a súa alma habería de render contas1. Pero é difícil pararse a pensar no medio dunha tempestade ou dunha gran batalla. A razón se nubla, a mente embotada só pensa en ir un paso máis aló. Os arquitectos parecían adorar o cheiro do napalm polla mañana, e os outeiros arrasados parecían desprender un inefable aroma a vitoria. Pero, como Kilgore había predicho, un día esa guerra acabou. As cousas cambiaron e os próceres da arquitectura tiveron que cambiar o seu discurso. Ante o manifesto colapso dun sistema económico que prometera un crecemento exponencial e infinito, os políticos -ata entón principais inversores, socios e amigos dos arquitectos estrela- renegaron deles. Era necesario fuxir da ostentación, o mundo debía ser austero e sostenible. Vestir de Armani resultaba obsceno.
Foi entón cando acabei a carreira. Converteume en arquitecto, pero a vida non cambiara moito. Certo é que miraba de xeito distinto os edificios que me rodeaban, outrora simplemente un mudo decorado que acompañaba os meus pasos, e que abandonara os meus debuxos de persoas para realizar apuntes a man alzada de casas, vilas ou cidades. Con todo, nada parecía sinalarme como un elixido, como o home destinado a alterar o devir da metrópolis contemporánea. Nada en min recordaba á vida deses demiurgos de Entreguerras que me ensinaran a idolatrar. Fun, por así dicilo, eyectado a un mundo estraño que nada tiña que ver co escenario que me pintaron na facultade. Estaba, ademais, confuso ante a mutación de pel que experimentara o discurso daquelas figuras que cinco anos antes sinalaban o camiño con xesto firme. Xa non partira de rookies no all star, os arquitectos novos xa non eramos máis populares que os vocais de grupos alternativos. Houbo tempo para a ira; recordei o memorable delirio de Aguirre na boca de Kinski e prometín ser, como el, a cólera de Deus. Pensei en marcharme, en dar a razón ao gran Castelao cando aseguraba que o galego non protesta, emigra. Logo tranquiliceime e pensei que faltaba moito por facer, que debía existir algunha alternativa. Sempre me gustou camiñar cara a casa só e a paso lento logo da festa, porque de noite o recordo disfraza de gesta a anécdota.
Segundo tempo. Dies irae
Moitos choraron. Ao pé dunha árbore, recordaron tempos pasados de vitorias aplastantes, de capitais conquistadas e vastos imperios. Non foi o meu caso. É absurdo chorar por paraísos que nunca foron meus2. Non espero ser sinalado como un dos xustos no Dies Irae, nese postrero Día da Ira. Pero tampouco acepto as peroratas de quen lamentan que alguén apague a música cando eles estaban a piques de conseguilo, de levarse á máis guapa; porque eu nin sequera cheguei a tempo de entrar na festa.

Pero, unha vez máis, o vento cambiou e os arquitectos falan agora cunha soa voz. Como na historia de tantas nacións, foi necesario atopar un inimigo que servise de argamasa e resultase, ao mesmo tempo, sustrato fértil para un credo común. Ese inimigo foi unha nova lei que altera os límites das nosas competencias. Agora estamos unidos: todos a un tempo, aqueles que defenderon durante anos os valores inherentes a esta disciplina e os serviles que medraron grazas á connivencia de políticos prevaricadores. Resulta paradoxal, e talvez artificial, buscar un discurso homoxéneo e defender a boa praxe á vista das cicatrices que os anos de festa deixaron na nosa paisaxe. Doutra banda, pregúntome si a loita (necesaria, sen dúbida) contra este novo marco legal non esconde baixo a súa alfombra unha realidade máis complexa e dolorosa; pregúntome si non é un problema maior a reforma do sistema universitario, ou o feito de que o número de arquitectos titulados anualmente sexa sensiblemente maior que o demandado pola sociedade neste momento; pregúntome si non será leste o tiro de graza a unha universidade pública moribunda, infectada de nepotismo, abandonada aos intereses dos seus caciques e incapaz de competir en productividade, lastrada pola cuestionable efectividade do seu sistema de becas. Reconfórtame, non obstante, ver como os colexios se enrolan nesta a cruzada, xa que nos anos de opulencia renunciaron a fixar unhas condicións óptimas para os contratos profesionais de recéns titulados (¿nunca se preguntaron por que esa abismal diferenza entre o número de arquitectos licenciados e o de colexiados?) e -nalgúns casos- ampararon concursos que vulneraban a máis elemental integridade desta profesión.
O domingo pasado, un día de sol, fun comer co meu pai. Facía tempo que non nos viamos. Falamos de como fora o acto de lectura da miña tese, ao que el preferiu non asistir. Preguntoume polo meu traballo, polas miñas expectativas para o futuro inmediato; preguntoume que pensaba facer agora que, por primeira vez en tres décadas, non tiña posibilidade de continuar a miña formación académica. Mireino e, tras un silencio estraño, dei un grolo longo á miña cervexa. Observoume serio durante un momento, deume a enhoraboa polo doctorado e, antes de cambiar de tema, díxome que tiña un agasallo para min. Era un tebeo3.
Borja López Cotelo. Doutor arquitecto
A Coruña. Xullo 2013
Notas:
1 As veces penso que, no sucesivo, a lectura da primeira parte do Fausto de Goethe debería ser lectura obrigada nas escolas de arquitectura.
2 A idea do paraíso perdido sempre me atraeu. Non só o máis soado entre todos, o de Milton, senón tamén outros máis ordinarios como o que canta Ferreiro. Por iso fascíname a figura dun Cortés humano e derrotado, chorando polo seu terrenal paraíso perdido ás portas de Tenochtitlan na Noite Triste.
3 Era, en concreto, Os anos Sputnik, de Baru. Unha lectura recomendable para quen pensan que calquera tempo pasado foi mellor.[:en]
We can look at the Death of face; but knowing, since some of us know today, which is the human life, the one who did may without trembling to look abreast the hour of his birth?
Thomas de Quincey
The first time. The holiday that it was smelling napalm.
There my father was, looking with approval. His only son had decided to study architecture and it was calming him. They had been ended for me these evenings in which it was expanding the hours between books, magazines and tebeos. Finally it had decided to apply the common sense and to listen to his advices. He was a good student and, as such, it had to choose a career that was offering myself a future: he would be an architect.
I remember my first day in the faculty. I saw this building, this enormous mass of gray concrete as that morning of October, and thought that nobody could be happy there. But soon I discovered that I was wrong; it had come rightly in time to join the holiday that they were celebrating. It was a 1998 and nobody was asking how much himself the partyng could last. Maybe it was the correct attitude because, actually, the holidays always finish before one realizes, or before at least of that accepts it. Because of it they are holidays.
To be formed as architect in the middle of this hedonistic paroxysm leaves sequels. In the first years of the new century, nothing was comparable to studying architecture in Spain, the country of the economic miracle. The oligarches were photographing each other with his architects, who were travelling in planes deprived to move to another top of the world the following day. Rem was making sound the flute and the masters were following him without questioning at least adónde were being led. There was not very different Zaha’s life, that of Jacques and Pierre, that of Rafa, that of Juan or that of those Dutch boys. We all wanted to be like they, though it was pestering us to recognize it. The major architect was a shaman in the last stertors of the fierce neoliberalism; it was the Heisenberg capable of cooking this lofty blue crystal that they they all, political and civil, were coveting.

The figure of the architect was enlarged. In the end, the one who could do without these author’s pieces? Bilbao could not, Valencia could not. Madrid, certainly, could not; Barcelona, London or Not even Berlin. Not even New York. As good of consumption, the architecture fell down in the trap of exalting the youth as absolute value to exploit a virgin market. Throw a glimpse to the publications of the epoch: Fresh blood, Near generation, The architecture that comes. Pasajes, Arquitectura Viva, El Croquis. Few ones thought then that maybe this was going too fast, that some liquors demand a tedious distillation. The architect turned into star of the rock star, was dreaming of overthrowing Jagger. It could walk along the streets as Alex and his droogos, as this Reservoir Dogs that, impeccably dressed, discuss banalities at the moment of the breakfast because they know that everything is under control. But someone have should to have warned: always it can trump something.
The major architect had compromised with Mephistopheles to conquer Gretchen. It was evident, therefore, that there would come this day in which his soul should produce accounts1. But it is difficult to stop to think in the middle of a tempest or a great battle. The reason clouds over, the mind dulled only thinks of going a step beyond. The architects seemed to adore the smell of the napalm in the morning, and the satiny hills seemed to detach an indescribable aroma to victory. But, since Kilgore had predicted, one day this war finished. The things changed and the illustrious ones of the architecture had to change his speech. Before the manifest collapse of an economic system that had promised an exponential and infinite growth, the politicians – till then principal investors at the time, partners and friends of the major architects – renounced them. It was necessary to flee of the ostentation, the world had to be austere and sustainable. To dress of Armani was turning out to be obscene.
It was at the time when I ended the career. I had turned into architect, but the life had not changed very much. Certain it is that it was looking in a different way at the buildings that were surrounding me, long ago simply a mute set that was accompanying my steps, and that had left my persons’ drawings to realize notes to hand lifted of houses, villas or cities. Nevertheless, nothing seemed to distinguish myself as the chosen one, as the man destined to alter to develop of the contemporary metropolis. Nothing in me was remembering the life of these demiurgos of Period between the wars that I was ensañado to adoring. I was, for this way saying it, ejected to a strange world that nothing had to see with the scene that they had painted to me in the faculty. It was, in addition, confused before the leather mutation that had experienced the speech of those figures that five years before were indicating the way with firm gesture. Already there had not divided of rookies in the all star, the young architects already we were not more popular than the vocalists of alternative groups. It had time for the ire; I remembered Aguirre´s unforgettable delirum in the Kinsi´s muth and promised to be, as him, the God’s rage. I thought of leaving, in giving the reason to the great Castelao when he was assuring that the Galician does not protest, it emigrates. Then I calmed down and thought that much was absent for doing, that some alternative had to exist. Always I have liked to walk towards he marries only and slowly after the holiday, because by night the recollection disguises of exploit the anecdote.
The second time. Dies irae
Many cried. At the foot of a tree, they remembered last times of crushing victories, of the conquered capitals and vast empires. It was not my case. It is absurd to cry for paradise that were never mine2. I do not wait to be indicated as one of the just persons in the Dies Irae, on this last Day of the Ire. But I do not accept the tirades of those who are sorry either that someone has extinguished the music when they were on the verge of obtaining it, of taking the most handsome to him; because I did not even come in time of entering the holiday.

But, once again, the wind has changed and the architects speak now with an alone voice. Since in the history of so many nations, it has been necessary to find an enemy who was using as mortar and was turning out to be, at the same time, a fertile substratum for a common creed. This enemy has been a new law that alters the limits of our competitions. Now we are close: all to one, those that defended for years the values inherent in this discipline and the servile ones that grew thanks to the politicians’ connivance corrupt person. It turns out to be paradoxical, and maybe artificial, to look for a homogeneous speech and to defend the good practice in view of the scars that the years of holiday have left in our landscape. On the other hand, I wonder if the fight (necessary, undoubtedly) against this new legal frame does not hide under his carpet a more complex and painful reality; I wonder if it is not a major problem the reform of the university system, or the fact that the number of qualified architects anually is sensitively major that the defendant for the company at this moment; I wonder if there will not be this the shot of grace to a public moribund university become infected with nepotism, left the interests of his chiefs and unable to compete in productivity ballasted by the questionable efficiency of his system of scholarships. It encourages me, nevertheless, to see how the colleges join this one the crusade, since in the years of opulence they gave up fixing a few ideal conditions for the professional contracts of newly titled (have never they wondered for what this abysmal difference between the number of pedantic architects and of become a member of association?) and – in some cases – they protected contests that were damaging the most elementary integrity of this profession.
Last Sunday, a day of the Sun, I went to eat with my father. It was doing time that we were not meeting. We speak how it had been the act of reading of my thesis, to that he prefirió not to represent. He asked me about my work, about my expectations for the immediate future; he asked me what was thinking to do now that, for the first time in three decades, did not have possibility of continuing my career education. I looked at it and, after a strange silence, gave a long drink to my beer. It observed me seriously during a moment, gave to me the congratulation for the doctorate and, before changing topic, said to me that it had a gift for me. It was a tebeo3.
Borja López Cotelo. Doctor architect
La Coruña. July 2013
Notes:
1 Sometimes I think that, from now on, the reading of the first part of the Faust of Goethe should be a reading forced in the schools of architecture.
2 The idea of the lost paradise always has attracted me. Not only the most famous between all, that of Milton, but also more ordinary others as the one that sings Ferreiro. Because of it it fascinates the figure of Cortés being and defeated, crying for his earthly paradise lost on the verge of Tenochtitlan in the Noche Triste.
3 It was, in I make concrete, The years Satellite, of Baru. An advisable reading for whom they think that any last time was better.[:]





En estado crítico
Fredy Massad el abr 15, 2013
No constituye ninguna novedad afirmar que estamos viviendo un momento
de intensos cambios, un flujo de transición, un cambio de paradigma. El
mundo (aquella idea del mundo que habíamos conocido) con toda seguridad
ya ha dejado de existir. No obstante, a pesar de la aceleración, de la
velocidad que caracteriza nuestro tiempo, los cambios no se han
producido ni se producen súbitamente, sino que vamos asistiendo al
paulatino fin de esta época.
El fin de un modelo. La era de la información está induciendo e
inducirá aún más cambios en las formas de hacer; y, entre ellos, quizá
sea ya evidente que hay que considerar los modelos de arquitectura de
los últimos años y la figura del arquitecto-estrella todopoderoso como
unas de las celebraciones finales del capitalismo.
Lo crucial es que estos cambios están dejando descolgados a unos
cuantos. Comenzando por aquellos que predicaron la arquitectura ligada
al proyecto del neoliberalismo. Esos que hoy se apresuran a maquillar
sus anteriores posturas, cuando no a cambiar rápidamente de chaqueta
para no descabalgarse de su papel de prima donna al frente de
este espectáculo que concluye – por obsoleto primero y por falta de
fondos después- y que, en la desesperación, de seguir en escena intentan
enmendar con nuevas piruetas, tan hipócritas e interesadas como las de
antes.
http://goo.gl/QY8ZBS