[:es]
Alvar Aalto ya había estado en los toros. En Barcelona le habían llevado a la Monumental, y se lo había pasado muy bien. Por eso los madrileños pensaron que ya no tenía mucho sentido llevarle a Las Ventas. Ese objetivo ya estaba cubierto. En realidad el finlandés no parecía estar dispuesto a que le llevaran a ningún sitio. Quería andorrear por Madrid a su aire y perderse él solo. Quería, como buen turista, hacer unas compras.

En realidad el finlandés no parecía estar dispuesto a que le llevaran a ningún sitio. Quería andorrear por Madrid a su aire y perderse él solo. Quería, como buen turista, hacer unas compras.
Fernando Chueca se ofreció amablemente a acompañarle y hacerle de intérprete, pero él mismo contó después que sentía que le había estorbado y que Alvar Aalto habría preferido estar solo y a sus anchas.
Al forastero no le interesaban ni los museos, ni los monumentos, ni los espacios urbanos de Madrid, sino solo los souvenirs y las chorradas que le gustarían a cualquier persona inculta y simplona; las españoladas más evidentes y descaradas. (¡Qué consternación! ¡Qué vergüenza!).
Entraron los dos arquitectos en la prestigiosa Casa de Linares. Alvar Aalto se volvió loco comprando peinetas y otros abalorios, y cuando descubrió las castañuelas se lanzó a por ellas: tocaba la madera, acariciaba su curvatura, por las caras cóncavas y las convexas, las chocaba para que sonaran y se las quedaba escuchando como si fueran diapasones. Finalmente se quedó con un par.
Fueron a la caja y el empelado se puso rojo. Avergonzado y tímido le dijo a Chueca que las castañuelas que había elegido el señor extranjero eran de profesional, las mejores que había, y costaban cuatrocientas cincuenta pesetas. Para llevarlas de recuerdo había muchas muy buenas, de entre quince y veinte pesetas.
Así se lo explicó Chueca a Aalto, para que este enmendara su involuntario y costosísimo error, pero el finlandés no solo no lo corrigió, sino que se puso muy contento. Eso demostraba que conocía la madera mejor que nadie. Amaba los materiales, y aunque no tenía ni idea de castañuelas había sabido elegir las mejores. Le entusiasmó ese halago a su ojo clínico, que había despreciado las castañuelas de veinte pesetas para turistas y había ido derecho a las de cuatrocientas cincuenta, a las de verdad.
La cuenta total ascendía a seiscientas pesetas, que el finlandés pagó encantado.
Tras este éxito de experto flamencólogo, fue a comprar unos pendientes para su hija y un corte de tela de gabardina para él.
Finalmente, Aalto y Chueca terminaron en el bar del Hotel Palace, tomando unas copas. Charlaron animadamente, y el madrileño sintió un vivo afecto por el finlandés (más vivo a cada nuevo whisky). No acabaron cantando el Asturiaspatriaquerida porque Alvar Aalto no se la sabía.
Se despidieron afectuosamente. Chueca echó a andar por la Carrera de San Jerónimo, y Aalto, ya solo, ya libre de anfitriones pesados, fue al mostrador de recepción.
-Per favó. Io Finlandia. Io tablao flamenco. -Sacó las castañuelas-. Io tacatacatatá ¡y olé!
-¡Cómo no, caballero! Aquí mismo, muy cerca…
El gran arquitecto finlandés fue por fin libre, en la noche de Madrid. Tacatacatatá ¡y olé!

En 1951 aún no existía eso de que pusieran tu nombre en un cartel,
pero de haber existido, seguramente Aalto se lo habría puesto.
Otro de los momentos memorables de la visita de Aalto a Madrid tuvo lugar en la casa de Luis Gutiérrez Soto.
Si Carlos de Miguel era el director de la revista Arquitectura, y el anfitrión de la visita de Alvar Aalto a Madrid, el gran hermano mayor era Luis Gutiérrez Soto. Por edad, por prestigio, por poder económico, por prestancia y por todo, era el líder del grupo, y por lo tanto la gran cena de despedida tenía que hacerse en su casa.
Tenía (como no podía ser menos) dos magníficos pisos en la esquina de las calles de Padilla y de Núñez de Balboa (buena esquina), uno encima del otro, comunicados interiormente por una escalera de caracol. El de arriba era su vivienda y el de abajo su estudio.
Preparó una estupenda cena, servida por camareros, en uno de sus grandes salones, y sentó a Alvar Aalto a su lado.
La cena transcurrió con gran cordialidad. Alvar Aalto hablaba con sencillez de su obra y de su concepción de la arquitectura y de la vida, y también escuchaba con interés las ideas y opiniones de los demás.
Fue una velada inolvidable (como se suele decir). Hablaron, bebieron, cantaron, rieron, y todos terminaron encantados y felices.
Se despidieron cordialmente, y ya en la calle se abrazaron a Alvar Aalto. Este tomó un taxi para irse a su hotel y los demás se separaron, para irse cada uno a su casa.
Pero Rafael Aburto se acercó a Carlos de Miguel, en un aparte final. Parecía haber estado esperando todo el tiempo a quedarse a solas con él. Así lo entendió De Miguel, que le recibió expectante.
¿Qué le querría decir Rafael? ¿Qué habría estado guardándose? Estaba seguro de que sería algo muy importante: Alvar Aalto, la arquitectura moderna, nuevas perspectivas para la arquitectura española, alguna idea de trabajo, alguna propuesta, alguna conclusión, alguna observación definitiva…
-Oye, Carlos… Quería comentarte una cosa.
-Sí. Dime, Rafael.
-¿Te has fijado… ahí, en casa de Luis…?
-¿Sí?
-Estaba Alvar Aalto sentado tal que aquí, y Luis ahí, ¿no?
-Sí. Sí.
-A la izquierda de Luis, detrás, había un piano de cola.
-¿?
-Y sobre el piano había un mantón de Manila.
-¿?
-Oye, Carlos: ¿De qué color era el mantón?
-¿Eh?
-Sí. El mantón de Manila. ¿De qué color era?
Carlos de Miguel se quedó unos segundos perplejo, boquiabierto, y al cabo, viendo la expresión de franco interés de Rafael Aburto, que esperaba su opinión, le dio un ataque de risa. Tuvo que apoyarse en la fachada de Núñez de Balboa.
José Ramón Hernández Correa
Doctor Arquitecto y autor de Arquitectamos locos?
Toledo · marzo 2012[:gl]
Alvar Aalto xa estivera nos touros. En Barcelona leváronlle á Monumental, e pasoullo moi ben. Por iso os madrileños pensaron que xa non tiña moito sentido levarlle ás Vendas. Ese obxectivo xa estaba cuberto.

En realidade o finlandés non parecía estar disposto a que lle levasen a ningún sitio. Quería andorrear por Madrid ao seu aire e perderse el só. Quería, como bo turista, facer unhas compras.
Fernando Chueca ofreceuse amablemente a acompañarlle e facerlle de intérprete, pero el mesmo contou despois que sentía que lle estorbou e que Alvar Aalto preferiría estar só e ás súas anchas.
Ao forastero non lle interesaban nin os museos, nin os monumentos, nin os espazos urbanos de Madrid, senón só os souvenirs e as chorradas que lle gustarían a calquera persoa inculta e simplona; as españoladas máis evidentes e descaradas. (¡Que consternación! ¡Que vergoña!).
Entraron os dous arquitectos na prestixiosa Casa de Linares. Alvar Aalto volveuse tolo comprando peitas e outros abelorios, e cando descubriu as castañolas lanzouse a por elas: tocaba a madeira, acariciaba a súa curvatura, polas caras cóncavas e as convictas, chocábaas para que soasen e quedábaas escoitando coma se fosen diapasóns. Finalmente quedou cun par.
Foron á caixa e o empelado púxose vermello. Avergonzado e tímido díxolle a Chueca que as castañolas que elixira o señor estranxeiro eran de profesional, as mellores que había, e custaban catrocentas cincuenta pesetas. Para levalas de recordo había moitas moi boas, de entre quince e vinte pesetas.
Así llo explicou Chueca a Aalto, para que este emendase o seu involuntario e custoso erro, pero o finlandés non só non o corrixiu, senón que se puxo moi contento. Iso demostraba que coñecía a madeira mellor que ninguén. Amaba os materiais, e aínda que non tiña nin idea de castañolas soubera elixir as mellores. Entusiasmoulle ese afago ao seu ollo clínico, que desprezara as castañolas de vinte pesetas para turistas e fora dereito ás de catrocentas cincuenta, ás de verdade.
A conta total ascendía a seiscentas pesetas, que o finlandés pagou encantado.
Tras este éxito de experto flamencólogo, foi comprar uns pendentes para a súa filla e un corte de tea de gabardina para el.
Finalmente, Aalto e Chueca remataron no bar do Hotel Palace, ttomando unhas copas. Charlaron animadamente, e o madrileño sentiu un vivo afecto polo finlandés (máis vivo a cada novo whisky). Non acabaron cantando o Asturiaspatriaquerida porque Alvar Aalto non a sabía.
Despedíronse afectuosamente. Chueca botou a andar pola Carreira de San Xerónimo, e Aalto, xa só, xa libre de anfitrions pesados, foi ao mostrador de recepción.
-Per favó. Io Finlandia. Io tablao flamenco. -Sacou as castañolas-. ¡Io tacatacatatá e olé!
-¡Cómo, non cabaleiro! Aquí mesmo, moi preto…
O grande arquitecto finlandés foi por fin libre, na noite de Madrid. Tacatacatatá ¡e olé!

En 1951 aínda non existía iso de que puxesen o teu nome nun cartel,
pero de ter existido, seguramente Aalto teríaseo posto.
Outro dos momentos memorables da visita de Aalto a Madrid tivo lugar na casa de Luis Gutiérrez Soto.
Se Carlos de Miguell era o director da revista Arquitectura, e o anfitrión da visita de Alvar Aalto a Madrid, o grande irmán maior era Luis Gutiérrez Soto. Por idade, por prestixio, por poder económico, por prestancia e por todo, era o líder do grupo, e polo tanto a gran cea de despedida tiña que facerse na súa casa.
Tiña (como non podía ser menos) dous magníficos pisos na esquina das rúas de Padilla e de Núñez de Balboa (boa esquina), un enriba do outro, comunicados interiormente por unha escaleira de caracol. O de arriba era a súa vivenda e o de abaixo o seu estudo.
Preparou unha estupenda cea, servida por camareiros, nun dos seus grandes salóns, e sentou a Alvar Aalto ao seu lado.
A cea transcorreu con gran cordialidade. Alvar Aalto falaba con sinxeleza da súa obra e da súa concepción da arquitectura e da vida, e tamén escoitaba con interese as ideas e opinións dos demais.
Foi unha reunión inesquecible (como se adoita dicir). Falaron, beberon, cantaron, riron, e todos remataron encantados e felices.
Despedíronse cordialmente, e xa na rúa se abrazaron a Alvar Aalto. Este tomou un taxi para irse ao seu hotel e os demais separáronse, para irse cada un á súa casa.
Pero Rafael Aburto achegouse a Carlos de Miguel, nun aparte final. Parecía estar a esperar todo o tempo a quedar a soas con el. Así o entendeu De Miguel, que o recibiu expectante.
¿Que lle querería dicir Rafael? ¿Que tería estado a gardarse? Estaba seguro de que sería algo moi importante: Alvar Aalto, a arquitectura moderna, novas perspectivas para a arquitectura española, algunha idea de traballo, algunha proposta, algunha conclusión, algunha observación definitiva…
-Oe, Carlos… Quería comentarche unha cousa.
-Si. Dime, Rafael.
-¿Fixácheste… aí, na casa de Luis…?
-Si?
-Estaba Alvar Aalto sentado tal que aquí, e Luis aí, ¿non?
-Si. Si.
-Á esquerda de Luis, detrás, había un piano de cola.
-¿?
-E sobre o piano había un mantón de Manila.
-¿?
-Oe, Carlos: D¿e que cor era o mantón?
-¿Eh?
-Si. O mantón de Manila. ¿De que cor era?
Carlos de Miguel quedouse uns segundos perplexo, pampo, e ao cabo, vendo a expresión de franco interese de Rafael Aburto, que esperaba a súa opinión, deulle un ataque de risa. Tivo que apoiarse na fachada de Núñez de Balboa.
José Ramón Hernández Correa
Doutor Arquitecto e autor de Arquitectamos locos?
Toledo · marzo 2012
[:en]
Alvar Aalto already had been in the bulls. In Barcelona they had taken the Monumental one to him, and one had spent it very well. Because of it the persons from Madrid thought that already it did not have very much felt to take him to The Sales. This aim already was covered.

Actually the Finn did not seem to be arranged that they were taking to any site. It wanted to gad about for Madrid to his air and alone he got lost. It wanted, as good tourist, to do a few purchases.
Fernando Chueca offered to accompany him nicely and to do him of interpreter, but he itself told later that he was feeling that it had hindered him and that Alvar Aalto would have preferred being alone and to his broad ones.
To the stranger they were interesting neither the museums, nor the monuments, nor the urban spaces of Madrid, but only the souvenirs and the foolishness that he would like to any uncultivated person and simple soul; typically Spanish act most evident and shameless. (What a consternation! What a shame!).
Both architects entered the prestigious Casa de Linares. Alvar Aalto became mad buying combs and other abalorios, and when it discovered the castanets it was thrown for them: it was touching the wood, was caressing his curvature, for the concave faces and the convex ones, was shocking them in order that they were sounding and they continued being listened as if they were diapasons. Finally it remained with a couple.
They went to the box and the empelado became red. Ashamed and shy he said to him to Joke that the castanets that the mister foreigner had chosen belong to professional, better that it was, and they were costing four hundred fifty pesetas. To take them of recollection there were very good many, of between fifteen and twenty pesetas.
This way it Joke was explained to Aalto, in order that this one should amend his involuntary one and costosísimo mistake, but the not alone Finn did not correct it, but it became very satisfied. It was demonstrating that it knew the wood better than anybody. It loved the materials, and though it had not even idea of castanets had could choose the best. He filled with enthusiasm this praise to his clinical eye, which had despised the castanets of twenty pesetas for tourists and right had gone to them of four hundred fifty, to indeed.
The total account was ascending to six hundred pesetas, which the Finn paid been charmed with.
After this expert’s success flamencólogo, it went to buy a few earrings for his daughter and a cut of fabric of gabardine for him.
Finally, Aalto and Joke ended in the bar of the Palace Hotel, taking a few glasses. They chatted inspired, and the person from Madrid felt an alive affection for the Finn (more alive to every new whiskey). They did not end up by singing the Asturiaspatriaquerida because Alvar Aalto did not know it.
They said goodbye affectionately. Joke began to walk for San Jerónimo’s Career, and Aalto, already only, already freely of heavy hosts, went to the counter of receipt.
-Per favó. Io Finland. Flemish Io tablao.
– It extracted the castanets-. Io tacatacatatá and olé! – how not, gentleman! Right here, closely together…
The great Finnish architect was finally free, in the night of Madrid. Tacatacatatá and olé!

In 1951 still there did not exist it of which they were putting your name in a cartel, but of having existed, surely Aalto would have put on it.
Other one of the memorable moments of the visit of Aalto to Madrid took place in Luis Gutiérrez Soto‘s house.
If Carlos de Miguelwas the director of the Arquitectura magazine, and the host of Alvar Aalto’s visit to Madrid, the great major brother was Luis Gutiérrez Soto. For age, for prestige, for economic power, for excellence and for everything, he was the leader of the group, and therefore the great dinner of farewell had to be done in his house.
It had (since it could not be less) two magnificent floors on the corner of the streets of Frying pan and of Núñez de Balboa (good corner), one on other one, communicated internally by a stairs of snail. Of above it was his housing and of below his study.
It prepared a marvellous dinner served by waiters, in one of his big lounges, and sat Alvar Aalto to his side.
The dinner passed with great warmth. Alvar Aalto was speaking with simplicity of his work and of his conception of the architecture and of the life, and also he was listening with interest to the ideas and opinions of the others.
It was an unforgettable party (since it is in the habit of saying). They spoke, drank, sang, laughed, and they all ended delighted and happy.
They said goodbye cordial, and already in the street abrazaron to Alvar Aalto. This one took a taxi to go away to his hotel and the others separated, each one went away to his house.
But Rafael Aburto approached Carlos de Michael, in a final new paragraph. It seemed to have be expecting all the time to remain to alone with him. This way he it dealt On Michael, who him received expectantly.
What would Rafael like to say to him? What would have been guarding? He was sure that it would be something very important: Alvar Aalto, the modern architecture, new perspectives for the Spanish architecture, it designs someone of work, some offer, some conclusion, some definitive observation…
– It hears, Carlos… It wanted to comment on a thing to you.
– Yes. Say me, Rafael.
– You have noticed … there, in Luis’ house …?
– Yes?
– There was such seated Alvar Aalto that here, and Luis there, not?
– Yes. Yes.
– To the left of Luis’ left side, behind, there was a grand piano.
– ¿?
– And on the piano there was a shawl of Manila.
– ¿?
– It hears, Carlos: of what color was it the shawl?
– Eh?
– Yes. The shawl of Manila. Of what color was it?
Carlos de Miguel remained a few seconds perplex, open-mouthed, and to the end, seeing the Franc’s expression Rafael Aburto’s interest, which was waiting for his opinion, gave to him an assault of laugh. It had to rest on Núñez de Balboa’s front.
José Ramón Hernández Correa
Doctor Architect and author of Arquitectamos locos?
Toledo · march 2012




