[:es]
He conocido la disparatada historia de un viaje de Alvar Aalto a Madrid, gracias a Eduardo Delgado Orusco y (una vez más) a Juan Daniel Fullaondo. La interpretaré muy libremente, a mi manera. No esperéis una gran fidelidad histórica. O sí. Tal vez esta delirante narración sea absolutamente cierta. Tal vez haya restituido lo que la exquisita educación de los narradores había corregido y omitido.
En el invierno de 1951 el Colegio de Arquitectos de Cataluña invitó a Alvar Aalto a dar dos conferencias en Barcelona y, como la rivalidad entre Barça y Madrid no es de ahora, Carlos de Miguel -director de la Revista Nacional de Arquitectura, del Colegio de Arquitectos de Madrid, (y coautor de la magnífica tribuna del Estadio de San Mamés)- corrió a invitarle también.
Alvar Aalto llegó a Madrid y se encontró a unos cuantos arquitectos calvos y con bigotito. (Carlos de Miguel, Alejandro de la Sota, Luis Gutiérrez Soto, Miguel Fisac, etc), que le estrecharon la mano, le metieron en un coche y le llevaron a El Escorial.
En Madrid era costumbre: A cada arquitecto extranjero que venía (Le Corbusier, Van Doesburg…) se le llevaba a El Escorial, para que aprendiera lo que valía un peine. El Escorial era la esencia de España y la cumbre de la arquitectura.
Fueron en varios automóviles, en una loca carrera por las carreteras adoquinadas de la España de los cincuenta. A veces llegaban a los ochenta kilómetros por hora, un disparate, y los ocupantes saltaban en los asientos y perdían sus sombreros.
Alvar Aalto estaba fascinado, disfrutando de cada curva de la carretera, que trepaba trabajosamente por la sierra. Celebraba las formaciones graníticas como un niño. Daba suspiros o jadeos de admiración. Al pasar cerca de Galapagar pidió por favor que pararan. El conductor, naturalmente, obedeció, y los demás coches hicieron lo mismo. El finlandés se apeó, sacó un cuaderno y se puso a dibujar una casucha con gran pasión.

Los allí presentes eran todos arquitectos, y todos dibujaban muy bien (algunos extraordinariamente bien). Se sintieron un poco violentos ante el entusiasmo gráfico de ese arquitecto de fama mundial. El boceto era corrientucho, de una casa corrientucha. Vaya decepción.
El forastero, completamente ajeno al sentir de sus anfitriones, terminó el croquis esbozando una higuera que asomaba al fondo, a la izquierda. Pero no se contentó con esto para guardar el cuaderno y ordenar que siguiera la excursión, sino que, por el contrario, invadió la propiedad para llegar hasta aquella higuera. Y toda la comitiva le siguió.
-Vaya compromiso en el que nos está metiendo este señor.
-Verás como salgan los dueños.
-No te preocupes. Les explicamos el caso y les damos un duro por las molestias.
Alvar Aalto, a lo suyo, se puso a emborronar la higuera.

Y, ya puestos, se enfrascó en el detalle de unos higos que brotaban de una rama.

Y hasta firmó el dibujo. Seguramente esperaba que alguno de los arquitectos españoles se lo pidiera. Él ya estaba dispuesto a regalarlo. Pero nadie dijo nada.
Así que, finalmente, Don Alvar guardó el cuaderno.
-¡Hala, a los coches!
-¡Venga, que ya estamos al lado!
Finalmente, ya en El Escorial, se dirigieron al monasterio.
El invitado dijo que no quería verlo.
-¿Cómo que no quiere verlo?
-Que no. Que no. Que no quiere.
-Pero si le hemos traído aquí aposta para verlo. ¿Por qué no lo ha dicho antes?
-No sé. No se había enterado bien.
-Vamos, que no quiere.
-Solo dice: «Yo, El Escorial, no. Yo, El Escorial, no».
-¡Pues tócate los cojones, con el franchute este!
El más disgustado era Gutiérrez Soto, que había hecho en la década de los cuarenta el Ministerio del Aire de Madrid, con un claro estilo escurialense, que había sido aplaudido por todos como una obra actual y contemporánea que había sabido beber las esencias, etc, etc.
Este Aalto, por el contrario, no quería beber nada de nada.
Y eso que el propio Gutiérrez Soto había dicho muy pocos años antes que ya estaba bien de referencias históricas, que la arquitectura española estaba anquilosada y que había que renovarse, y él mismo estaba en esos momentos liado con las oficinas del Alto Estado Mayor, magnífico edificio (como todos los suyos) en una línea moderna.
Pero eso de que un guiri no quisiera ni siquiera mirar el monasterio… Eso era un insulto.
-Vamos a llevarlo al Hotel Felipe II. Desde allí hay una vista magnífica. Seguro que le gusta.
Y así lo hicieron. Aalto se dejó llevar. Fueron a la terraza. El invitado salió con gusto, porque desde el interior se veían los repechos de la sierra, los estratos graníticos, los robles trepando por las laderas, y el cielo azul, casi blanco del invierno. Pero cuando salió a la terraza y avanzó unos metros surgió ante él, inesperadamente, el rotundo volumen del monasterio. Dio una ágil y rapidísima media vuelta y se quedó de espaldas al monumento nacional, al orgullo patrio.
Cerró los ojos. Respiraba fuerte, jadeando. Era el Antisíndrome de Stendhal. En vez de sucumbir a la belleza parecía sucumbir ante el horror.
Los anfitriones le rodearon, para que ni un solo fotón rebotado del monasterio pudiera herir sus ojos.
-¿Qué le pasa a este hombre?
Entre los jadeos solo atinaba a decir:
«Perdón, perdón, perdón. No quiero ofender. Perdón, perdón».
Dijo que no toleraba que ninguna obra clásica, ordenada, le perturbara. Dijo que le afectaba muchísimo y que si la veía no sería capaz de quitársela de la cabeza. Explicó, a modo de disculpa, que en Italia le había pasado lo mismo. Había traído sus cuadernos llenos de casas de pueblo, de paisajes, de flores, de burros… pero no había podido mirar ni un solo monumento renacentista o barroco. Explicó que la seriada regularidad de columnas, ventanas, arcos, le causaba un efecto demoledor, y le dejaba impotente para trabajar.
Los anfitriones, consternados, le pidieron perdón por haberle llevado hasta el borde del abismo. Pero, claro, ellos no sabían nada y solo habían querido hacerle la visita agradable. Alvar Aalto, a su vez, les pidió perdón a ellos. Etcétera.
-Qué delicadito.
-Quién lo diría, con la pinta de gañán que tiene.
-Debe de ser medio mariquita.
-¡Joder con el franchute!
José Ramón Hernández Correa
Doctor Arquitecto y autor de Arquitectamos locos?
Toledo · marzo 2012
Un finlandés en El Escorial (y II) | José Ramón Hernández Correa
[:gl]
Coñecín a disparatada historia dunha viaxe de Alvar Aalto a Madrid, grazas a Eduardo Delgado Orusco e (unha vez máis) a Juan Daniel Fullaondo. Interpretareina moi libremente, ao meu xeito. Non esperedes unha gran fidelidade histórica. Ou si. Talvez esta delirante narración sexa absolutamente certa. Talvez restitúa o que a exquisita educación dos narradores corrixira e omitido.
No inverno de 1951 o Colexio de Arquitectos de Cataluña invitou a Alvar Aalto a dar dúas conferencias en Barcelona e, como a rivalidad entre Barça e Madrid non é de agora, Carlos de Miguel -director da Revista Nacional de Arquitectura, do Colexio de Arquitectos de Madrid, (e coautor da magnífica tribuna do Estadio de San Mamés)- correu a invitarlle tamén.
Alvar Aalto chegou a Madrid e atopouse a uns cantos arquitectos calvos e con bigotito. (Carlos de Miguel, Alejandro de la Sota, Luis Gutiérrez Soto, Miguel Fisac, etc), que lle estreitaron a man, metéronlle nun coche e leváronlle ao Escorial.
En Madrid era costume: A cada arquitecto estranxeiro que viña (Le Corbusier, Van Doesburg…) levábaselle ao Escorial, para que aprendese o que valía un peitee. O Escorial era a esencia de España e o cume da arquitectura.
Foron en varios automóbiles, nunha tola carreira polas estradas adoquinadas da España dos cincuenta. Ás veces chegaban aos oitenta quilómetros por hora, un disparate, e os ocupantes saltaban nos asentos e perdían os seus sombreiros.
Alvar Aalto estaba fascinado, gozando de cada curva da estrada, que trepaba trabajosamente pola serra. Celebraba as formacións graníticas como un neno. Daba suspiros ou arquexos de admiración. Ao pasar preto de Galapagar pediu por favor que parasen. O condutor, naturalmente, obedeceu, e os demais coches fixeron o mesmo. O finlandés apeouse, sacou un caderno e púxose a debuxar unha casopa con gran paixón.

Os alí presentes eran todos arquitectos, e todos debuxaban moi ben (algúns extraordinariamente ben). Sentíronse un pouco violentos ante o entusiasmo gráfico dese arquitecto de fama mundial. O bosquexo era corrientucho, dunha casa corrientucha. Vaia decepción.
O forasteiro, completamente alleo ao sentir dos seus anfitrions, rematou o esbozo esbozando unha figueira que asomaba o fondo, á esquerda. Pero non se contentou con isto para gardar o caderno e ordenar que seguise a excursión, senón que, pola contra, invadiu a propiedade para chegar ata aquela figueira. E toda a comitiva o seguiu.
-Vaia compromiso no que nos está a meter este señor.
-Verás como saian os donos.
-Non te preocupes. Explicámoslles o caso e dámoslles un duro polas molestias.
Alvar Aalto, ao seu, púxose a esborranchar a figueira.

E, xa postos, enfrascouse no detalle duns figos que xermolaban dunha rama.

E ata asinou o debuxo. Seguramente esperaba que algún dos arquitectos españois llo pedise. El xa estaba disposto a regalalo. Pero ninguén dixo nada.
Así que, finalmente, Don Alvar gardou o caderno.
-¡Hala, aos coches!
-¡Veña que xa estamos ao lado!
Finalmente, xa Nel escorial, se dirixiron ao mosteiro.
O convidado dixo que non quería velo.
-¿Como que non quere velo?
-Que non. Que non. Que non quere.
-Pero se o trouxemos aquí adrede para velo. ¿Por que non o dixo antes?
-Non sei. Non se decatara ben.
-Imos, que non quere.
-Só di: «Eu, El Escorial, non. Eu, El Escorial, non».
-¡Pues tócache os collóns, co franchute este!
O máis desgustado era Gutiérrez Soto, que fixera na década dos corenta o Ministerio do Aire de Madrid, cun claro estilo escurialense, que fora aplaudido por todos como unha obra actual e contemporánea que soubera beber as esencias, etc, etc.
Este Aalto, pola contra, non quería beber nada de nada.
E iso que o propio Gutiérrez Soto dixera moi poucos anos antes que xa estaba ben de referencias históricas, que a arquitectura española estaba anquilosada e que había que renovar, e el mesmo estaba neses momentos liado coas oficinas do Alto Estado Maior, magnífico edificio (como todos os seus) nunha liña moderna.
Pero iso de que un guiri non quixese nin sequera mirar o mosteiro… Iso era un insulto.
-Imos levalo ao Hotel Felipe II. Dende alí hai unha vista magnífica. Seguro que lle gusta.
E así o fixeron. Aalto deixouse levar. Foron á terraza. O convidado saíu con gusto, porque dende o interior se vían os pendentes da serra, os estratos graníticos, os carballos trepando polas abas, e o ceo azul, case branco do inverno. Pero cando saíu á terraza e avanzou uns metros xurdiu ante el, inesperadamente, o rotundo volume do mosteiro. Deu unha áxil e rapidísima media volta e quedou de costas ao monumento nacional, ao orgullo patrio.
Pechou os ollos. Respiraba forte, arquexando. Era a Antisíndrome de Stendhal. En vez de sucumbir á beleza parecía sucumbir ante o horror.
Os anfitrions rodeáronlle, para que nin un só fotón rebotado do mosteiro puidera ferir os seus ollos.
-¿Que lle pasa a este home?
Entre os arquexos só atinaba a dicir:
«Perdón, perdón, perdón. Non quero ofender. Perdón, perdón,».
Dixo que non toleraba que ningunha obra clásica, ordenada, o perturbase. Dixo que lle afectaba moito e que se a vía non sería capaz de quitársea da cabeza. Explicou, a xeito de desculpa, que en Italia lle pasara o mesmo. Trouxera os seus cadernos cheos de casas de pobo, de paisaxes, de flores, de burros… pero non puidera mirar nin un só monumento renacentista ou barroco. Explicou que a seriada regularidade de columnas, ventás, arcos, lle causaba un efecto demoledor, e o deixaba impotente para traballar.
Os anfitrions, consternados, pedíronlle perdón por telo levado ata o bordo do abismo. Pero claro, eles non sabían nada e só quixeran facerlle a visita agradable. Alvar Aalto, á súa vez, pediulles perdón a eles. Etcétera.
-Que delicadiño.
-Quen o diría, coa pinta de gañán que ten.
-Debe de ser medio xoaniña.
-¡Joder co franchute!
José Ramón Hernández Correa
Doutor Arquitecto e autor de Arquitectamos locos?
Toledo · marzo 2012
https://veredes.es/blog/gl/un-finlandes-en-el-escorial-y-ii-jose-ramon-hernandez-correa/[:en]
I have known the ludicrous history of Alvar Aalto‘s trip to Madrid, thanks to Eduardo Delgado Orusco and (once again) to Juan Daniel Fullaondo. I will interpret it very freely, to my way. Do not wait for a great historical loyalty. Or yes. Maybe this delirious story is absolutely true. Maybe it has returned what the exquisite education of the narrators had corrected and omitted.
In the winter of 1951 the Architects’ College of Catalonia invited Alvar Aalto to give two conferences in Barcelona and, as the rivalry between Barça and Madrid it is not of now, Carlos de Miguel – the director of the Revista Nacional de Arquitectura, of the Colegio de Arquitectos de Madrid, (and co-author of the magnificent platform of San Mamés’s Stadium) – it ran to inviting him also.
| arquitectamoslocos.blogspot.com
Alvar Aalto came to Madrid and one found a few bald architects and with bigotito. (Carlos de Miguel, Alejandro de la Sota, Luis Gutiérrez Soto, Miguel Fisac, etc), that shook hands him, him put in a car and took El Escorial to him.
In Madrid it was a custom: To every foreign architect who was coming (Le Corbusier, Van Doesburg…) it was removing El Escorial, in order that he was learning what was costing a comb. El Escorial was the essence of Spain and the summit of the architecture.
They were in several cars, in a mad career for the roads paved of the Spain of the fifties. Sometimes they were coming to eighty kilometres per hour, a silly thing, and the occupants were jumping in the seats and were losing his hats.
Alvar Aalto was fascinated, enjoying every curve of the road, which was climbing laboriously over the saw. It was celebrating the granitic formations as a child. It was giving sighs or pants of admiration. On having happened near Galapagar he asked please to stop. The driver, naturally, obeyed, and other cars did the same thing. The Finn stayed, extracted a notebook and put to draw a miserable house with great passion.

There presents were all architects, and were drawing all very well (some extraordinarily well). They felt a bit violent before the graphical enthusiasm of this architect of world reputation. The sketch was corrientucho, of a house corrientucha. Disappointment goes.
The stranger, completely foreign on having felt of his hosts, finished the sketch outlining a fig tree that was beginning to show to the bottom, to the left side. But it did not content with this to guard the notebook and to order that it should follow the excursion, but, on the contrary, it invaded the property to come up to that fig tree. And the whole procession followed him.
– There goes commitment in which this gentleman is putting us.
– You will see since the owners go out.
– Don´t worry. We explain the case to them and give them a hard for the inconveniences.
Alvar Aalto, to his, put to make blots on the fig tree.

And, already put, it became absorbed in the detail of a few figs that were appearing of a branch.

And even he signed the drawing. Surely it was hoping that someone of the Spanish architects was asking for it him. He already was ready to give it. But nobody said anything.
So, finally, Mister Alvar guarded the notebook.
– Pull, to the cars!
– Avenge, that already we are to the side!
Finally, already in El Escorial, they went to the monastery.
The guest said that it did not want to see it.
– How that does not want to see it?
– That not. That not. That does not want.
– But if we have brought him here on purpose to see it. Why has not he said it before?
– Don´t be. He had not found out well.
– We go, that does not want. – only he says: «I, El Escorial, not. I, El Escorial, not».
– Since you touch the testicles, with the this French!
The most discontented was Gutiérrez Soto, which had done in the decade of the forties the Department of the Air of Madrid, with a clear style escurialense, that had been applauded by all as a current and contemporary work that had could drink the essences, etc, etc.
East Aalto, on the contrary, did not want to drink anything you are welcome.
And it that the own Gutiérrez Soto had said very a few years before that already was nice of historical references, that the Spanish architecture was paralyzed and that it was necessary to renew, and he itself was in these moments tied with the offices of the High Staff Officer, magnificent building (as all theirs) in a modern line.
But it of which a tourist wanted to look even at the monastery… It was an insult.
– we are going to take it to the Felipe II Hotel. From there there is a magnificent sight. It is sure that he likes.
And this way they did it. Aalto was left to go. They went to the terrace. The guest went out with taste, because from the interior there were seen the inclines of the saw, the granitic strata, the oaks climbing over the hillsides, and the blue, almost white winter sky. But when it went out to the terrace and advanced a few meters the round volume of the monastery arose before him, unexpectedly. It gave the agile and most rapid about-face and remained of backs to the national monument, to the native pride.
It closed the eyes. He was breathing loudly, panting. It was Stendhal‘s Antisyndrome. Instead of succumbing to the beauty it seemed to succumb before the horror.
The hosts surrounded him, in order that not even an alone photon bounced of the monastery could hurt his eyes.
– What does happen to this man?
Between the pants only it was succeeding in saying:
«Pardon, pardon, pardon. I do not want to offend. Pardon, pardon».
He said that he was not tolerating that any classic, tidy work, it was disturbing him. He said that it was affecting him very much and that if it saw her it would not be capable of taking it from him of the head. It made clear, like excuse, that in Italy the same thing had happened to him. It had brought his notebooks full of houses of people, of landscapes, of flowers, of donkeys … but it could have looked at not even an alone Renaissance or baroque monument. It explained that the seriada regularity of columns, windows, arches, was causing a devastating effect, and it was making him impotent to work.
The hosts, dismayed, asked for pardon him for having taken him up to the edge of the abyss. But, clear, they did not know anything and only they had wanted to do the agreeable visit to him. Alvar Aalto, in turn, asked them for pardon. Etc.
– What delicate.
– The one who would say it, with the looks of clod who has.
– Debit of being a half a fag.
– Fucking with the French!
José Ramón Hernández Correa
Doctor Architect and author of Arquitectamos locos?
Toledo · march 2012
https://veredes.es/blog/en/un-finlandes-en-el-escorial-y-ii-jose-ramon-hernandez-correa/[:]





¿Y cuál eres?
Una vez, no recuerdo quién, pero creo que fue uno de los presentes, me comentó una anécdota de Aalto en El Escorial relacionada con la bebida.