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Otra arquitectura es posible. ¿Pero quién la construye? | Marc Chalamanch

Otra arquitectura es posible. ¿Pero quién la construye  Marc Chalamanch
Congreso de la UIA 2026 en Barcelona (España)

El congreso de la UIA 2026 ha finalizado. Diez mil profesionales de ciento treinta países. Cinco días. Una ciudad entera convertida en escenario. Barcelona ha sido, en verdad y no solo sobre el papel, el centro mundial del debate arquitectónico-, con una repercusión internacional que ha llegado mucho más allá del gremio, de las salas de conferencias y de los titulares especializados. Gracias a la UIA, al CSCAE, al COAC, al Ministerio de Vivienda y Agenda Urbana, a la Generalitat de Catalunya, al Ayuntamiento de Barcelona y al Ayuntamiento de Sant Adrià de Besòs por haberlo hecho posible. Y gracias especialmente al equipo de comisariado -Pau Bajet, Mariona Benedito, Maria Giramé, Tomeu Ramis, Pau Sarquella y Carmen Torres- por haber construido un congreso sin estrella protagonista, coral y sin concesiones al star system. Esto, treinta años después de la mesa redonda con Herzog, Foster, Eisenman y Libeskind delante del MACBA, es también una declaración de principios. Algunos ya hablan de punto de inflexión para la arquitectura del siglo XXI. Puede que tengan razón. Y merece ser reconocido con la misma energía con la que ahora toca hacerse las preguntas difíciles.

Pero el congreso no es todo. La Capitalitat Mundial de l’Arquitectura 2026 se despliega hasta el 13 de diciembre con más de 1.500 actividades abiertas a toda la ciudadanía -exposiciones, rutas, talleres, debates, visitas a edificios, actividades educativas para escuelas- repartidas por los diez distritos de Barcelona. Es una oportunidad única para que la arquitectura deje de ser patrimonio del gremio y se convierta en conversación de ciudad. Si no habéis participado todavía, estáis a tiempo.

He seguido el UIA 2026 de cerca -no en todas las sesiones, pero sí en el territorio de debate que ha generado- y lo que me llevo no es solo un resumen de ponencias, sino la reflexión que surge de combinar lo vivido con lo leído, lo escuchado y lo discutido estos días.

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Congreso de la UIA 2026 en Barcelona (España)
La energía incómoda de un sector que sabe leer los problemas

Me llevo la energía incómoda de un sector que tiene la capacidad de debatir con brillantez los problemas más urgentes de nuestro tiempo, y que lleva treinta años haciéndolo. En 1996, el congreso de arquitectos españoles, paralelo y previo al mundial de la UIA en Barcelona, acabó con un manifiesto que alertaba del peligro de la liberalización de la profesión y del suelo. Aquel diagnóstico no se tradujo entonces en decisiones políticas a la altura. Ese mismo año arrancó un proceso de liberalización del mercado inmobiliario -primero con el Real Decreto-ley 5/1996, luego con la Ley 6/1998- que, junto con otros factores como el crédito fácil y la desregulación financiera, alimentó la burbuja que estalló en 2007. Lo que falló no fue la capacidad de leer el problema, sino la de trasladarlo a quienes tomaban las decisiones. Esto, precisamente, es lo que un congreso como este debería ayudar a cambiar.

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¿Deberíamos seguir construyendo tanto? La moratoria en el centro del debate

Lo más revelador de lo que se debatió no fue lo que se propuso, sino lo que se cuestionó. Las intervenciones más potentes no hablaban de cómo construir mejor, sino de si deberíamos seguir construyendo tanto. La demolición y sustitución siguen teniendo un peso enorme en Europa, mientras buena parte del parque construido permanece intacto. Charlotte Malterre-Barthes -que lanzó en 2021 la iniciativa A Global Moratorium on New Construction y publicó en 2025 A Moratorium on New Construction con Sternberg Press- llevó esa propuesta al centro del debate. Lacaton & Vassal pusieron encima de la mesa, una vez más, la pregunta de cómo prolongar la vida útil de lo que ya existe. Para un sector cuya identidad se ha construido históricamente sobre el acto de edificar, eso es una ruptura conceptual importante y necesaria.

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Construir diferente: circularidad, industrialización y huella de carbono

Detrás de todos estos debates hay una realidad que el congreso no podía ignorar: el sector de la construcción es responsable de casi el 40% de las emisiones globales de CO₂. Construir diferente no es una opción estética ni una aspiración progresista, es una necesidad estructural. Y el congreso lo demostró con propuestas concretas: los residuos urbanos, los escombros de demolición, las algas -materiales que hasta hace poco eran problema- se presentaron como respuesta desde la circularidad. Al mismo tiempo, los nuevos sistemas constructivos industrializados y prefabricados abren la posibilidad de construir con más precisión, menos residuo y mayor control de la huella de carbono. Dos caminos distintos que apuntan en la misma dirección: una arquitectura que produce diferente, que consume diferente y que, inevitablemente, tiene un aspecto diferente. La materia honesta, lo local, lo reversible, lo ensamblado, es la estética más radicalmente contemporánea que existe. La pregunta que queda abierta es si el sector, los clientes y las administraciones están dispuestos a asumir las consecuencias económicas y regulatorias de tomárselo en serio.

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El verde como infraestructura: arquitectura, planeta y justicia social

Hay una conversación que el congreso planteó con más profundidad de lo habitual: la de nuestra relación con el planeta. No como metáfora, como hecho. La arquitectura ha sido durante siglos una práctica depredadora: consumimos suelo, extraemos materiales, impermeabilizamos superficies, expulsamos biodiversidad y generamos residuos que el planeta no puede absorber. El congreso propuso algo diferente: entender que formamos parte de un ecosistema complejo, no que lo dominamos. Que el verde no es decoración ni compensación, es infraestructura. Que los edificios pueden ser refugio para otras especies, que los suelos pueden respirar, que la arquitectura puede regenerar en lugar de extraer. Esto no es solo un compromiso medioambiental, es también un compromiso social… Porque los barrios sin verde son los barrios de quienes tienen menos. Porque el calor urbano mata primero a los más vulnerables. Porque la calidad del aire, del agua y del suelo no es una cuestión estética, sino de justicia. Establecer nuevas reglas para relacionarnos con el planeta no es una opción ideológica: es la única manera de que la arquitectura siga siendo una práctica relevante y responsable en el siglo XXI. Y esto es algo que tiene que empezar aquí, en cada proyecto, en cada decisión material, en cada metro cuadrado que decidimos impermeabilizar o no.

El congreso comunicó con solvencia los grandes marcos -transición ecológica, circularidad, arquitectura more-than-human– pero la pregunta que queda abierta, y que me parece la más fértil, es cómo pasar de esos principios a las condiciones concretas que los hacen posibles: porque rehabilitar no siempre compite en igualdad de condiciones con la obra nueva, porque la fiscalidad no acompaña, porque el sector no tiene los instrumentos industriales para hacerlo a escala. Nombrar los obstáculos reales no es pesimismo, es la base necesaria para poder superarlos.

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¿De quién estamos hablando cuando decimos «arquitectura»? Honorarios, precariedad y poder

Una de las conversaciones que más han atraído mi atención, me ha interpelado, leyendo y escuchando lo que salió del congreso, fue precisamente la que se atrevió a plantear sobre sí mismo: ¿de quién estamos hablando cuando decimos «arquitectura»? El congreso fue también, inevitablemente, un escaparate de excepciones -proyectos brillantes, estudios con recursos, casos demostradores- que confirman que es posible hacer las cosas bien. Pero la excepción no es el sector. La pregunta que me planteo es si como profesión hemos asumido demasiado cómodamente que nuestra función es demostrar que es posible hacerlo bien, en lugar de transformar las condiciones en las que se hace. Si la arquitectura quiere seguir siendo relevante para la mayoría -no solo para quien puede permitírsela-, necesita también hablar de su propio modelo: de los márgenes imposibles, de la precariedad estructural, de la pérdida sostenida de capacidad de decisión frente a promotores, administraciones y fondos de inversión. Hubo gestos que reconocían el problema y que, esta vez, tuvieron consecuencias concretas. EL CSCAE organizó la sesión «El desafío de los honorarios de arquitectos en Europa» — con la participación de la UIA, la Ordem dos Arquitetos de Portugal y el propio CSCAE — que culminó horas después con la firma de un protocolo entre el Ministerio de Vivienda y Agenda Urbana y el CSCAE para publicar honorarios de referencia para la contratación pública. Un paso pequeño, pero real. El COAC impulsó en paralelo «Arquitectes en crisi: arquitectura ferida», una performance en formato conversación que ponía nombre a lo que muchos viven pero pocos dicen en voz alta. Que esos debates existieran y generaran acuerdos es una señal positiva. Que fueran paralelos y no centrales invita a seguir empujando. La arquitectura no ha renunciado a transformar el mundo, lo que ocurre es que aspira a un mundo diferente al que el mercado, la política y el capital están construyendo. Esa brecha entre lo que imaginamos y lo que se construye realmente es el problema más profundo que el congreso dejó sobre la mesa. Y también el más honesto.

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Arquitectura frente a ingeniería: la disputa por el liderazgo del entorno construido

Otra batalla que merece más espacio en el debate es la reconfiguración de roles entre arquitectura e ingeniería en la capacidad de liderar los procesos de transformación del entorno construido. Las grandes decisiones sobre infraestructura, energía, movilidad y territorio se toman cada vez más en despachos de ingeniería, consultoras y fondos de inversión. La arquitectura aparece después, cuando el marco ya está fijado. Recuperar ese liderazgo no es una cuestión de ego profesional, sino una oportunidad para volver a situar el proyecto arquitectónico en el centro de las decisiones.

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Otra arquitectura es posible. ¿Pero quién la construye | Marc Chalamanch 
Inteligencia artificial: ni solución ni amenaza, sino pregunta

Sobre la inteligencia artificial, Mario Carpo ofreció una de las intervenciones más honestas: ubicarla en una genealogía histórica, no celebrarla como solución ni demonizarla como amenaza. La pregunta que queda abierta -y que me parece la más urgente para nuestra práctica- es si estas tecnologías pueden servir a una arquitectura del cuidado y lo local, o si son intrínsecamente herramientas de velocidad, escala y extracción. Europa reflexiona con prudencia mientras otros continentes las incorporan sin filtros y a gran velocidad. Entender estas tecnologías en profundidad, dominarlas, asumirlas críticamente, es la única manera de participar en su definición. La cautela es necesaria, pero la cautela sin acción también tiene un coste.

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La Declaración de Barcelona y el fin del eurocentrismo

Una de las aportaciones más valiosas del congreso fue precisamente nombrar algo que los grandes eventos tienden a evitar: la imposibilidad de soluciones globales únicas. Los propios comisarios lo habían planteado antes del congreso con una honestidad poco habitual: querían voces «silenciadas o alejadas de la aproximación eurocentrista» que ellos mismos reconocían como punto de partida involuntario. La Declaración de Barcelona insistió, además, en que «lo que ya existe es el primer material», en que la vivienda es un derecho y no el retorno de una inversión, y en que la profesión debe abandonar el antropocentrismo. Esto no resuelve el problema, pero sí marca una dirección clara.

Arquitectura en tiempos de guerra: lo que el congreso no dijo con suficiente claridad

Un tema que el congreso dejó pendiente y que no podemos ignorar, es que vivimos un momento de violencia global sin precedentes en décadas -Gaza, Sudán, Ucrania, Myanmar- la destrucción de tejido urbano, de infraestructura, de arquitectura y de memoria colectiva, que ocurre en tiempo real, a escala masiva, en varios continentes a la vez. La arquitectura no es solo víctima de esa violencia, es uno de sus objetivos deliberados. Borrar un barrio, una ciudad, un paisaje construido, es borrar una identidad, una historia, un pueblo. Algunos ponentes lo nombraron, Forensic Architecture entre ellos. Que la institución no lo haya hecho con la misma claridad es una invitación a seguir presionando para que los próximos congresos lo hagan.

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Las cuatro sedes: una lectura urbana del congreso

El congreso eligió cuatro sedes que lo decían todo. El CCIB -construido entre 2002 y 2004 para el Fòrum Universal de les Cultures junto con el Edifici Fòrum de Herzog & De Meuron- acogió las sesiones principales. La zona donde se levantó era una de las periferias más degradadas de Barcelona: el Camp de la Bota, barrio de barracas y lugar de más de 1.700 fusilamientos franquistas, cuyos habitantes fueron expulsados hacia La Mina y Sant Roc; el río Besòs, que entre 1970 y 1980 fue el río más contaminado de Europa; instalaciones industriales obsoletas, pantalanes semidestruidos y una depuradora de aguas residuales. El Fòrum fue una estrategia de regeneración urbana de esa periferia degradada, la misma lógica que las Olimpiadas del 92 habían aplicado al Poblenou y la Vila Olímpica. El litoral norte se recuperó, el río se saneó, el parque fluvial del Besòs se completó. Y uno de los mayores centros de congresos de Europa quedó como legado permanente de aquel evento -no como equipamiento ciudadano-, sino como infraestructura para el turismo de negocios internacional, uno de los pilares del modelo económico de la Barcelona post-olímpica. Un congreso que debatía los límites de ese modelo celebró sus sesiones principales en el edificio que mejor lo representa.

El DHub -el Disseny Hub Barcelona, en la Plaça de les Glòries, obra de MBM Arquitectes inaugurada en 2014- acogió los pabellones internacionales de las secciones miembro de la UIA y una exposición de 207 obras de la mejor arquitectura española de los últimos treinta años, con acceso gratuito para toda la ciudadanía. El DHub es también una declaración de intenciones urbanas: la Plaça de les Glòries, que durante décadas fue el nudo viario más caótico y abandonado de Barcelona, se ha convertido en los últimos años en una nueva centralidad con el parque de Glòries, el Museu Disseny Hub, la Torre Agbar y el Mercat dels Encants como piezas de un ecosistema urbano que empieza a funcionar. Una apuesta por desplazar el centro de gravedad de la ciudad hacia el este, hacia los barrios históricamente menos favorecidos.
La Sagrada Família -obra de Antoni Gaudí, financiada desde sus inicios con donaciones privadas y, hoy, en buena medida gracias a la constante afluencia de visitantes- acogió la ceremonia de entrega de la Medalla de Oro de la UIA. Esa dependencia del turismo conecta de forma incómoda con una Barcelona donde la presión turística agrava el acceso a la vivienda y tensiona el mercado residencial.

Las Tres Xemeneies de Sant Adrià -edificio de ingeniería pura, sin arquitecto que lo firme, levantado entre 1971 y 1976 con mano de obra obrera y represión policial- acogieron la exposición central y los debates nocturnos. Las Tres Xemeneies no han construido ciudad, la han detenido. Durante décadas han funcionado como frontera, como límite donde la ciudad se interrumpía y empezaba el suburbio. Sant Adrià no ha sido periferia a pesar de ellas. Ha sido periferia en buena parte por ellas. La explanada que las rodea evocaba más un paisaje de Mad Max que la ciudad revegetalizada que el congreso reclamaba desde los micrófonos. Cemento, polvo, calor y vallas cerrando el recinto al mar, al barrio, a la ciudad. Una contradicción física, pero también una metáfora honesta del momento en que estamos: entre lo que todavía somos y lo que queremos llegar a ser.

El futuro es otra cosa. Sant Adrià tiene por primera vez la oportunidad real de dejar de ser periferia y convertirse en una nueva centralidad metropolitana, con un proyecto de transformación urbana aprobado que incluye vivienda, espacios verdes, nuevas conexiones de transporte y un hub cultural y audiovisual en la propia Nau de Turbines. Esa transformación es exactamente el tipo de proceso para el que la arquitectura y el urbanismo deberían ser protagonistas.

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La Declaración de Barcelona: principios sólidos, mecanismos pendientes

La Declaración de Barcelona articula seis posicionamientos. Comparto especialmente tres de ellos: lo que ya existe es el primer material de proyecto, ya no podemos seguir siendo antropocéntricos -no somos los únicos habitantes del planeta -y la vivienda es un derecho, no el retorno de una inversión. Son principios sólidos. Rehabilitar antes que construir no es solo una posición ideológica, es la respuesta más directa que tiene la arquitectura a la crisis climática. Cada edificio que no se derriba es carbono que no se emite. Cada estructura que se reutiliza es energía que no se consume. La pregunta no es si los principios son correctos -lo son-, sino cómo construimos los mecanismos colectivos para exigirlos, financiarlos y defenderlos cuando el mercado pide lo contrario. En 1996 también había una declaración. Pekín 2029 tendrá la suya con el lema

«Volver al equilibrio: arquitectura para una vida mejor para todos».

Una ciudad que explotó su territorio a escala sin precedentes y que hoy lidera tanto la urbanización masiva como las tecnologías de sostenibilidad. La contradicción no es solo nuestra. Y eso, paradójicamente, es una razón para seguir.

 

De Barcelona a Pekín: la aspiración que une todos los debates

Lo que une todos estos debates -la moratoria, los honorarios, la IA, la geopolítica, las Tres Xemeneies, los nuevos materiales, el verde como infraestructura- es una misma tensión: la de una profesión que lleva décadas imaginando un mundo mejor y buscando la manera de construirlo de verdad, no solo de demostrarlo. Esa aspiración es lo más valioso que salió de Barcelona. Y es lo único que puede hacer que Pekín 2029 sea diferente a todas las declaraciones anteriores.

La arquitectura forma parte del problema, y precisamente por eso está llamada a formar parte de las soluciones.

Marc Chalamanch
Marc Chalamanchhttp://www.chalamanch.com/
Es co-fundador del estudio de arquitectura y urbanismo ARCHIKUBIK Arquitecto y Urbanista licenciado por la ETSA de Barcelona, Universitat Politècnica de Catalunya. Máster universitario «Sociedad de la Información y el Conocimiento» en la UOC (Universidad Abierta de Catalunya). Su investigación académica, apoyada en su experiencia profesional, va dirigida al análisis de la transformación de la ciudad con sus actores, problemáticas y retos en la Sociedad Red.
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