domingo, mayo 19, 2024
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Paisajes productivos | Marc Chalamanch

Paisajes productivos Marc Chalamanch Ilustración de Thomas Charles
Ilustración de Thomas Charles

“Aún no se había escuchado el segundo pitido cuando el despertador salió volando, rompiendo a su paso con todo paisaje onírico. Los tiempos biológicos, burocráticos, industriales, glaciales, atemporales y seguramente algún otro, se superponen ya en la primera ducha responsable y en un desayuno con productos de dudosa proximidad. El espacio tiempo se reconfigura al salir de casa para intentar llegar al destino en menos de quince minutos. Un trayecto convertido en un miraje de imágenes de asfalto, humos y semáforos bajo un manto de árboles resilientes. El resto del día se llena de pantallas y reuniones con el objetivo de cumplir con la dictadura de los resultados, y la jornada termina volviendo a un costoso y efímero refugio, en una ciudad también agotada que grita: ¡Todo irá bien!”

Esto se ha convenido llamar virtud de producir, ser útil o provechoso, con disciplina y por el imperativo del deber… pero

¿para quién?

Estamos obligados a ser productivos cuando en realidad queremos ser paisaje, pero el paisaje también es un producto. Un producto social originado de nuestra capacidad para transformar el entorno, y de proyectar y construir nuestros deseos y las necesidades aprendidas en el espacio. Los paisajes se convierten en escenografías de los equilibrios del poder y la visualización de las estrategias y objetivos de una minoría privilegiada.

Vivimos anclados en paisajes que marcan fronteras de género, edad, clase y cultura, al mismo tiempo que cada uno va construyendo el suyo. Se nos incita a ser protagonistas únicos de paisajes replicados, cuando lo que realmente deseamos es ser parte de un entorno compartido de convivencia y aprendizaje. Estamos inyectados de la cultura del rendimiento y la hiperproductividad como requisito para conseguir llegar a ser libres, eficaces y respetados, gracias a convertir nuestro tiempo en una mercancía. El 7/24/365 es la esclavitud de la atención permanente sin escapatoria, sin distinción de cómo ni de cuánto, para convertirse en siempre. La velocidad a la que sobrevivimos nos obliga a sustituir las experiencias por anécdotas, a conformarnos con emociones en vez de disfrutar de sentimientos, a satisfacernos de forma inmediata con una vida consumista en vez de encontrar el tiempo para contemplar la realidad: la intensa idea del paisaje.

En definitiva, una vida de acción y reacción inmediata que nos conduce al agotamiento, donde nada puede esperar, nada tiene su tiempo para crecer, aprender y madurar, que nos lleva a la “enfermedad”.

Somos parte de una sociedad enferma que produce y consume sin límites con una consciente ignorancia de sus consecuencias, ejerciendo de dueños despóticos o de cínicos salvadores del planeta Tierra. La tierra y los mares cambian sin cesar, los animales y las plantas evolucionan naturalmente, pero el hombre remodela estos paisajes a mucha más velocidad. Olvidamos que el planeta Tierra nos acoge, pero no nos necesita, que la vida, la muerte y la transformación constante son parte intrínseca de un paisaje de vida que ya existía y que permanecerá mucho después de que nosotros -como humanos- nos hayamos autodestruido.

La Humanidad padece el síndrome del impostor, está llena de miedos y ansiedades que la hacen cada día más cruel y peligrosa. Organizada alrededor de la idea de progreso, con su infinita capacidad creadora, la humanidad aumentó su poder devorador sobre la naturaleza, deshaciendo así su historia común.

Con la Revolución Industrial el hombre encontró en la explotación de las energías fósiles, abundantes y baratas, nuevas fuerzas productivas de desarrollo a través de la generación de nuevas tecnologías a costa de la depredación ambiental y de transformaciones de carácter social que alimentan las injusticias sociales. Energías estas que se han convertido en condición indispensable para la propia existencia humana.

Pero es en la ciudad donde se explica la historia, la evolución y la complejidad de la humanidad. Las ciudades albergan hoy el 55% de la población mundial, debido a la migración de las zonas rurales y el consecuente abandono de sus paisajes agrarios, junto al aumento demográfico mundial que obliga a una mayor producción de recursos. Las ciudades producen el 80% del PIB mundial y se han erigido como vertedero de los problemas globales, el origen del calentamiento global, la contaminación ambiental y sus problemas de movilidad, las deficiencias energéticas y la producción de residuos. El destino de las ciudades es hoy el destino del planeta.

Al mismo tiempo las ciudades, y los movimientos sociales, lideran las más firmes respuestas al reto climático, y alertan sobre la envergadura de la acción humana sobre el planeta en un debate infinito entre libertad, poder y responsabilidad, es decir, de duelo, ira y frustración. Ya no es necesario, sino obligado, un cambio de paradigma para que dejemos de ser espectadores de los paisajes que nos rodean y convertirnos en actores comprometidos con su regeneración, repensando cómo, qué y para qué hemos de producir. Todo esto en un momento en que nos invaden nuevos tipos de paisajes, los digitales, que lejos de ser virtuales cada día son más reales. Paisajes artificiales que, según se utilicen, incitan detrás de una supuesta inteligencia a una productividad originada en un acto de pereza mental, ambición tecnológica y despilfarro energético.

Si decidimos dejar la revolución del tuit o regocijarnos escribiendo textos distópicos como este, quizás podríamos invertir mayor tiempo en arriesgarnos a generar acciones reales de transformación para convertir la ciudad en un paisaje prospectivo, en un laboratorio capaz de cambiar los paradigmas desde la co-creación con nuevos valores compartidos, escuchando, expresando y respetando. Necesitamos ciudades en la que se acepte el reto del error como parte del aprendizaje, que defiendan los tiempos de reflexión y sitúen a la “vida” en el centro de la innovación.

Para poder confiar en el futuro solo nos queda la ingenua creencia de poderlo construir, y apasionarnos en hacer realidad paisajes que nos alimenten vitalmente de forma respetuosa. Es necesario prender a crecer y madurar respetando la memoria, la diversidad y la identidad; defender los paisajes culturales que fomenten la intensidad social para mejorar nuestra calidad de vida y crear otros de carácter curativo que nos permitan reincorporarnos en los ciclos naturales que mueven el mundo. El contacto con la tierra, el agua y el aire, para descubrir los paisajes organolépticos que hemos perdido tiene que ser la punta de lanza para romper el proceso de aislamiento y desconexión de la naturaleza.

Es posible construir una utópica realidad de paisajes agrícolas en nuestras ciudades, algo que ya estamos haciendo en la agrociudad Gagarine Truillot, Francia. Pero es un esfuerzo ingente hacer entender que las ciudades tienen que aprender a producir desde la cercanía y propiciar el reencuentro con la naturaleza para convertirla en su verdadera infraestructura de vida. Dejemos de urbanizar el mundo para empezar a ruralizar los paisajes de nuestras ciudades, y con ello provocar todas las interdependencias posibles, favoreciendo complicidades y asumiendo también los conflictos que puedan surgir. Estamos obligados a construir la ciudad encima de la propia ciudad, a minimizar cada uno de los recursos que saqueamos utilizando nuevos sistemas constructivos y materiales más responsables para disminuir su impacto en el territorio. Construyamos desde una ética donde el reciclar sea una obligación, el repensar una premisa y el reutilizar una estrategia para una nueva estética.

Las personas y la vida tienen que ser nuestro paisaje, la única prioridad. Para ello tenemos que posibilitar todo lo que nos hemos impuesto como imposible, y que nos permita emprender caminos inexplorados y acelerar una transición ecológica, cultural, social, económica, energética, tecnológica y emocional que ubique al paisaje vital y de dignidad en el centro de cada una de nuestras acciones.

Lo sabemos, somos conscientes de ello. El despertador seguirá sonando cada mañana, y su zumbido nos alertará sobre qué podemos hacer. La ducha y el desayuno será el reflejo de lo que queremos. Transformar cómo nos movemos por la ciudad, marcará la forma de vivirla. El diálogo y el aprendizaje son las herramientas para co-crear, superar el imperio de los datos y acercarnos a un cambio de paradigma donde la prioridad sea recuperar los paisajes de vida. Hemos de sacar los paisajes oníricos de nuestros sueños para comenzar a producirlos sobre la base angular de todo desarrollo, la educación, que es a fin de cuentas la vía para materializar aquello que hemos tenido como imposibles y convertirlo en una realidad tangible, emprendiendo quizás un recorrido utópico, pero…

¿qué es si no la utopía? Caminar.

Caminar hacia el horizonte, el paisaje.

Marc Chalamanch
Marc Chalamanchhttp://www.chalamanch.com/
Es co-fundador del estudio de arquitectura y urbanismo ARCHIKUBIK Arquitecto y Urbanista licenciado por la ETSA de Barcelona, Universitat Politècnica de Catalunya. Máster universitario «Sociedad de la Información y el Conocimiento» en la UOC (Universidad Abierta de Catalunya). Su investigación académica, apoyada en su experiencia profesional, va dirigida al análisis de la transformación de la ciudad con sus actores, problemáticas y retos en la Sociedad Red.
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