Lentitud | Miquel Lacasta Codorniu

Cenotafio de Newton de Étienne-Louis Boullée de 1784

Lentitud

La arquitectura siempre ha sido una profesión de viejo, una labor que exige la implicación de una cantidad ingente de tiempo para que un arquitecto pueda considerarse en estado de madurez. Todos aquellos que nos reconocemos en la profesión, estamos de acuerdo que no hay atajos ni caminos de en medio. La arquitectura se hace al chup chup de la vida.

Esta idea de lentitud ha sido desesperante para algunos, que en un ejercicio por acelerar el tiempo se han plantado en una edad totalmente inconsistente en los atriles chillones de los media. Al final de tanto acelerón, esa maquina de comunicar en el vacío, ese ruido de fondo reverberante en que se han convertido algunos media, ha quebrado su lógica y se ha banalizado hasta el extremo.

Las voces de los jóvenes acelerados de los 90 y principios de los 2000 se han pausado y han vuelto a la senda de un tiempo acompasado por la experiencia.

Y es que no hay vuelta de hoja. Si un proyecto de arquitectura se lleva por delante 5 o 6 años de vida, cuando no más, y por muy capaz que uno sea, solamente se pueden llevar simultáneamente unos 4 o 5 proyectos de forma directa, es decir, proyectos de los que se aprende el oficio, resulta que para tener la experiencia de por ejemplo, haber trabajado en unos 30 proyectos de arquitectura se requieren por lo menos unos 25 o 30 años.

Del tiempo y del valor de lo lento es de lo que hablo.

José Antonio Marina1 escribía en la revista Ballesol el pasado 1 de abril acerca del resurgir de la lentitud como valor en positivo del que extraigo algunas ideas:

“Hay una campaña mundial a favor de la lentitud. Es cierto que estamos sufriendo todos una epidemia de velocidad. Una epidemia de la que somos a la vez causantes y víctimas. Vivimos en una aceleración continua, disfrutamos al parecer con la velocidad. Marchamos rápidamente, aunque no sepamos donde. Decían que los ejecutivos americanos ponían el despertador media hora más tarde de lo debido, para así comenzar el día acelerados, con mucha adrenalina en sangre.

El movimiento slow comenzó en Italia, como una respuesta a la comida rápida, fast food. Se trataba de comer sin prisas, en compañía, disfrutando de la mesa y de la sobremesa. Saboreando, en vez de tragando. De allí se amplió a las ciudades lentas, slow cities, también en Italia. Hay, por último, una tendencia a la educación lenta, slow parenting. Sus partidarios, dicen, pretenden liberar a los niños de la educación frenética.

Muchas veces, cuando queremos ganar tiempo, estamos perdiendo cosas muy valiosas. La prisa está reñida con muchos valores. Con la cortesía, por ejemplo. Con la ternura. Con el cuidado atento. Hay muchas cualidades que sólo se perciben en una situación de calma. La belleza de las cosas, el placer de la conversación, el esplendor del paisaje. La prisa es hermana de consumismo, que consiste en no disfrutar mucho tiempo de una cosa. Pretende liberarnos del aburrimiento, mediante una excitación continuamente mantenida.”

Me parece interesante la reflexión de Marina en tanto que entra totalmente en reverberación con las teorías filosóficas de estas últimas décadas que, tras el hundimiento del pensamiento político y de las esperanzas utópicas, abogan por la desaceleración del espíritu revolucionario de principios del siglo XX a favor de una percepción del tiempo en estado de presente continuo.  Es decir, se asume una cierta fenomenología del tiempo presente en oposición al espíritu rompedor de la cadena de tiempo de la actitud del revolucionario.

Cabe clarificar aquí, que lejos de entender esa fenomenología de un presente hipertrofiado como una especie de sumisión lineal a un progreso ligado a un consumo constante, lo que se propone en esencia, o al menos eso desprende el pensamiento de Marina, es la necesidad de tomar una pausa reflexiva que implique la convergencia de un tiempo acelerado y otro tiempo ralentizado en el devenir vital de cada uno. Algo así como saber combinar las prisas y las pausas.

Evidentemente añadiría que la arquitectura, el urbanismo y el paisaje se funden en un tiempo largo y pausado, no exento de altísima intensidad cuando se llevan a cabo. La imagen que siempre me viene a la cabeza es la del corredor de largas distancias de montaña. Largas y empinadas cuestas, bajadas escalofriantes, velocidad siempre, pero reservando el cuerpo para una larga travesía. Me gusta pensar que la arquitectura es algo así como una actividad de intensidad constante y velocidad variable.

Para nuestra profesión, la intensidad seguramente es más importante que la velocidad, aunque está claro que a veces se debe ir muy rápido, y otras aprender a bajar las revoluciones. El acto de proyectar en arquitectura debe saber combinar la respuesta inmediata con la contemplación gozosa… si somos capaces de estirar y contraer el tiempo en esta dirección, tenemos ya ganada una de las partidas clave.

O como mejor dice Marina, no se trata de pasividad, sino de ser selectivos en la inversión de nuestro tiempo. Hay un tiempo oportuno para cada cosa. Como dice el Eclesiastés, un libro muy sabio “Hay un tiempo para plantar y otro para cosechar, un tiempo para abrazar”. Añadiría: y un tiempo para andar deprisa, y otro para andar lentamente.

En definitiva, en arquitectura, ganar tiempo a costa de un proyecto es sembrar la banalidad en el lecho fértil de las ideas. Sin embargo, dar a cada proyecto su espacio de tiempo es dotarlo de la capacidad de resistir los decenios que al proyecto se le vienen encima cuando se conviertan los dibujos en una realidad.

La idea de una cierta lentitud vuelve a ser atractiva. Gozar del paso del tiempo como herramienta de reflexión, como espacio de aprendizaje, no deja de ser una imagen que en arquitectura todos compartimos. Aprender a acelerar y a frenar un proyecto se transforma en un ejercicio de lucidez, en la demostración palpable de la actitud del francotirador. Esa es en suma la posición del arquitecto, al menos idealmente, apostado en los límites de la cultura y la técnica, consciente de la escasez de munición, solamente se puede permitir un disparo limpio y certero con el que hacer diana.

Admiro mucho a los arquitectos que en su obra demuestran esa capacidad de dominar los tempos de un proyecto. Más allá de la formalización de la arquitectura, de sus envoltura final, la capacidad de ciertos monstruos de saber en que tiempo se mueven y en que tiempo actúan, siempre me ha parecido fascinante.

Quizás la arquitectura se reduce a eso, a dominar el tiempo.

Miquel Lacasta Codorniu. Doctor arquitecto
Barcelona, octubre 2013

En la imagen el conocido proyecto del Cenotafio de Newton de Étienne-Louis Boullée de 1784. La idea de Cenotafio, de tumba vacía, recrea hasta el extremo el concepto de lentitud, de monumento a un tiempo definitivamente parado. Más imágenes fascinantes sobre el proyecto en encontrandolalentitud.

Notas
1 Es de lo más recomendable visitar la web del filósofo toledano, José Antonio Marina. En un ejercicio de extraordinaria generosidad, Marina tiene decenas de textos, artículos e ideas publicados en su web, que funcionan como fuente de referencia para aquellos que admiramos su trabajo.

Es cofundador en ARCHIKUBIK y también en @kubik – espacio multidisciplinario. Obtuvo un Ph.D. con honores (cum laude) en ESARQ Universitat Internacional de Catalunya UIC y también fue galardonado con el premio especial Ph.D (UIC 2012), M.arch en ESARQ Universitat Internacional de Catalunya, y se graduó como arquitecto en ETSAB Universitat Politècnica de Catalunya . Miquel es profesor asociado en ESARQ desde 1996. Anteriormente, fue profesor en Elisava y Escola LAI, y también en programas de postgrado en ETSAB y La Salle. Fue arquitecto en la oficina de Manuel Brullet desde 1989 desde 1995.

 

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