[:es]
Lentitud
La arquitectura siempre ha sido una profesión de viejo, una labor que exige la implicación de una cantidad ingente de tiempo para que un arquitecto pueda considerarse en estado de madurez. Todos aquellos que nos reconocemos en la profesión, estamos de acuerdo que no hay atajos ni caminos de en medio. La arquitectura se hace al chup chup de la vida.
Esta idea de lentitud ha sido desesperante para algunos, que en un ejercicio por acelerar el tiempo se han plantado en una edad totalmente inconsistente en los atriles chillones de los media. Al final de tanto acelerón, esa maquina de comunicar en el vacío, ese ruido de fondo reverberante en que se han convertido algunos media, ha quebrado su lógica y se ha banalizado hasta el extremo.
Las voces de los jóvenes acelerados de los 90 y principios de los 2000 se han pausado y han vuelto a la senda de un tiempo acompasado por la experiencia.
Y es que no hay vuelta de hoja. Si un proyecto de arquitectura se lleva por delante 5 o 6 años de vida, cuando no más, y por muy capaz que uno sea, solamente se pueden llevar simultáneamente unos 4 o 5 proyectos de forma directa, es decir, proyectos de los que se aprende el oficio, resulta que para tener la experiencia de por ejemplo, haber trabajado en unos 30 proyectos de arquitectura se requieren por lo menos unos 25 o 30 años.
Del tiempo y del valor de lo lento es de lo que hablo.
José Antonio Marina1 escribía en la revista Ballesol el pasado 1 de abril acerca del resurgir de la lentitud como valor en positivo del que extraigo algunas ideas:
«Hay una campaña mundial a favor de la lentitud. Es cierto que estamos sufriendo todos una epidemia de velocidad. Una epidemia de la que somos a la vez causantes y víctimas. Vivimos en una aceleración continua, disfrutamos al parecer con la velocidad. Marchamos rápidamente, aunque no sepamos donde. Decían que los ejecutivos americanos ponían el despertador media hora más tarde de lo debido, para así comenzar el día acelerados, con mucha adrenalina en sangre.
El movimiento slow comenzó en Italia, como una respuesta a la comida rápida, fast food. Se trataba de comer sin prisas, en compañía, disfrutando de la mesa y de la sobremesa. Saboreando, en vez de tragando. De allí se amplió a las ciudades lentas, slow cities, también en Italia. Hay, por último, una tendencia a la educación lenta, slow parenting. Sus partidarios, dicen, pretenden liberar a los niños de la educación frenética.
Muchas veces, cuando queremos ganar tiempo, estamos perdiendo cosas muy valiosas. La prisa está reñida con muchos valores. Con la cortesía, por ejemplo. Con la ternura. Con el cuidado atento. Hay muchas cualidades que sólo se perciben en una situación de calma. La belleza de las cosas, el placer de la conversación, el esplendor del paisaje. La prisa es hermana de consumismo, que consiste en no disfrutar mucho tiempo de una cosa. Pretende liberarnos del aburrimiento, mediante una excitación continuamente mantenida.»
Me parece interesante la reflexión de Marina en tanto que entra totalmente en reverberación con las teorías filosóficas de estas últimas décadas que, tras el hundimiento del pensamiento político y de las esperanzas utópicas, abogan por la desaceleración del espíritu revolucionario de principios del siglo XX a favor de una percepción del tiempo en estado de presente continuo. Es decir, se asume una cierta fenomenología del tiempo presente en oposición al espíritu rompedor de la cadena de tiempo de la actitud del revolucionario.
Cabe clarificar aquí, que lejos de entender esa fenomenología de un presente hipertrofiado como una especie de sumisión lineal a un progreso ligado a un consumo constante, lo que se propone en esencia, o al menos eso desprende el pensamiento de Marina, es la necesidad de tomar una pausa reflexiva que implique la convergencia de un tiempo acelerado y otro tiempo ralentizado en el devenir vital de cada uno. Algo así como saber combinar las prisas y las pausas.
Evidentemente añadiría que la arquitectura, el urbanismo y el paisaje se funden en un tiempo largo y pausado, no exento de altísima intensidad cuando se llevan a cabo. La imagen que siempre me viene a la cabeza es la del corredor de largas distancias de montaña. Largas y empinadas cuestas, bajadas escalofriantes, velocidad siempre, pero reservando el cuerpo para una larga travesía. Me gusta pensar que la arquitectura es algo así como una actividad de intensidad constante y velocidad variable.
Para nuestra profesión, la intensidad seguramente es más importante que la velocidad, aunque está claro que a veces se debe ir muy rápido, y otras aprender a bajar las revoluciones. El acto de proyectar en arquitectura debe saber combinar la respuesta inmediata con la contemplación gozosa… si somos capaces de estirar y contraer el tiempo en esta dirección, tenemos ya ganada una de las partidas clave.
O como mejor dice Marina, no se trata de pasividad, sino de ser selectivos en la inversión de nuestro tiempo. Hay un tiempo oportuno para cada cosa. Como dice el Eclesiastés, un libro muy sabio
“Hay un tiempo para plantar y otro para cosechar, un tiempo para abrazar”.
Añadiría: y un tiempo para andar deprisa, y otro para andar lentamente.
En definitiva, en arquitectura, ganar tiempo a costa de un proyecto es sembrar la banalidad en el lecho fértil de las ideas. Sin embargo, dar a cada proyecto su espacio de tiempo es dotarlo de la capacidad de resistir los decenios que al proyecto se le vienen encima cuando se conviertan los dibujos en una realidad.
La idea de una cierta lentitud vuelve a ser atractiva. Gozar del paso del tiempo como herramienta de reflexión, como espacio de aprendizaje, no deja de ser una imagen que en arquitectura todos compartimos. Aprender a acelerar y a frenar un proyecto se transforma en un ejercicio de lucidez, en la demostración palpable de la actitud del francotirador. Esa es en suma la posición del arquitecto, al menos idealmente, apostado en los límites de la cultura y la técnica, consciente de la escasez de munición, solamente se puede permitir un disparo limpio y certero con el que hacer diana.
Admiro mucho a los arquitectos que en su obra demuestran esa capacidad de dominar los tempos de un proyecto. Más allá de la formalización de la arquitectura, de sus envoltura final, la capacidad de ciertos monstruos de saber en que tiempo se mueven y en que tiempo actúan, siempre me ha parecido fascinante.
Quizás la arquitectura se reduce a eso, a dominar el tiempo.
Miquel Lacasta Codorniu. Doctor arquitecto
Barcelona, octubre 2013
En la imagen el conocido proyecto del Cenotafio de Newton de Étienne-Louis Boullée de 1784. La idea de Cenotafio, de tumba vacía, recrea hasta el extremo el concepto de lentitud, de monumento a un tiempo definitivamente parado. Más imágenes fascinantes sobre el proyecto en encontrandolalentitud.
Notas
1 Es de lo más recomendable visitar la web del filósofo toledano, José Antonio Marina. En un ejercicio de extraordinaria generosidad, Marina tiene decenas de textos, artículos e ideas publicados en su web, que funcionan como fuente de referencia para aquellos que admiramos su trabajo.
[:en]
Slowness
The architecture always has been an old man’s profession, a labor that demands the implication of an enormous quantity of time in order that an architect could be considered in condition of maturity. We all those that we recognize ourselves in the profession, agree that there are neither short-cuts nor ways of in way. The architecture is done to the chup chup of the life.
This idea of slowness has been exasperating for some, which in an exercise for accelerating the time have reached a totally weak age the shrill easels of the media. At the end of so much burst of speed, this machine of reporting in the emptiness, this background noise reverberante into that they have turned some average, has broken his logic and has been trivialized up to the end.
The voices of the intensive young persons of the 90 and beginning of 2000 they have interrupted and turned to the path of a time measured with a compass by the experience.
And it is that it has not returned of leaf. If a project of architecture removes ahead 5 or 6 years of life, when not more, and for very capable that one is, only there can take to him simultaneously approximately 4 or 5 projects of direct form, that is to say, projects of which the trade is learned, it turns out that to have the experience of for example, credit been employed at approximately 30 projects of architecture are needed at least approximately 25 or 30 years.
Of the time and of the value of the slow thing it is about what I speak.
José Antonio Marina1 was writing in the Ballesol magazine last April 1 it brings over of to re-arise from the slowness as value in positive from which I extract some ideas:
«There is a world campaign in favour of the slowness. It is true that we all are suffering a speed epidemic. An epidemic of which we are simultaneously causers and victims. We live in a constant acceleration, enjoy apparently the speed. We go rapidly, though we do not know where. They were saying that the American executives were putting the alarm clock half an hour later of the due thing, this way to begin the day accelerated, with many adrenaline in blood.
The movement slow began in Italy, as a response to the snack food, fast food. It was a question of eating without hurries, in company, enjoying the table and the tablecloth. Savouring, instead of swallowing. Of there it was extended to the slow cities, slow cities, also in Italy. There is, finally, a trend to the slow education, slow parenting. His supporters, say, try to liberate the children of the frantic education.
Often, when we want to win time, we are losing very valuable things. The hurry is scolded by many values. With the comity, for example. With the tenderness. With the attentive care. There are many qualities that only are perceived in a situation of calmness. The beauty of the things, the pleasure of the conversation, the brilliance of the landscape. The hurry is a sister of consumerism, who consists of not enjoying a lot of time of a thing. It tries to liberate us of the boredom, by means of a constant supported excitation.»
Marina’s reflection seems to me to be interesting while it enters totally reverberation with the philosophical theories of the latter decades that, after the collapse of the political thought and of the Utopian hopes, they plead for the deceleration of the revolutionary spirit of beginning of the 20th century in favour of a perception of the time in condition of constant present. That is to say, there assumes a certain fenomenología of the present time in opposition to the spirit breaker of the chain of time of the attitude of the revolutionary.
It is necessary to clarify here, that far from understands this fenomenología of a present hypertrophied as a species of linear submission to a progress tied to a constant consumption, which one proposes in essence, or at least it detaches Marina’s thought, is the need to take a reflexive pause that implies the convergence of an intensive time and another time slowed down in to develop vitally of each one. Something like to be able to combine the hurries and the pauses.
Evidently it would add that the architecture, the urbanism and the landscape should be founded on a long and slow time, I do not exempt of the highest intensity when they are carried out. The image that always me comes to the head is that of the corridor of long distances of mountain. Long and steep slopes, chilling descents, speed always, but reserving the body for a long voyage. I like to think that the architecture is something like activity of constant intensity and variable speed.
For our profession, the intensity surely is more important than the speed, though it is clear that sometimes it is necessary to to go very rapid, and to learn others to lower the revolutions. The act of projecting in architecture must be able to combine the immediate response with the joyful contemplation … if we are capable of stretching and contracting the time in this direction, we have already gained one of the key items.
Or as better Marina says, it is not a question of passiveness, but to be selective in the investment of our time. It is an opportune time for every thing. As says the Ecclesiastes, a very wise book “It Is a time to plant and other one to harvest, a time to embrace”. It would add: and a time to walk fast, and other one to walk slowly.
Definitively, in architecture, to win time at the cost of a project is to sow the banality in the fertile bed of the ideas. Nevertheless, to give to every project his lapse of time is to provide it with the aptitude to resist the decades that to the project him they come above when the drawings turn into a reality.
The idea of a certain slowness returns to be attractive. To enjoy the passage of time as tool of reflection, as space of learning, it does not stop being an image that in architecture we we all share. To learn to accelerate and to stop a project transforms in an exercise of brilliancy, in the palpable demonstration of the attitude of the sniper. This it is in sum the position of the architect, at least ideally, bet in the limits of the culture and the technology, consciously of the shortage of ammunition, only it is possible to allow a clean and accurate shot with which to do reveille.
I admire very much the architects who in his work demonstrate this aptitude to dominate the tempos of a project. Beyond the formalization of the architecture, of his final wrapper, the capacity of monsters certain in knowing in that time they move and in which time they act, always has seemed to me to be fascinating.
Probably the architecture comes down to it, to dominating the time.
Miquel Lacasta Codorniu. Doctor architect
Barcelona, october 2013
In the image the acquaintance I project of Newton de Étienne-Louis Boullée’s Cenotaph of 1784. The idea of Cenotaph, of empty tomb, it recreates up to the end the concept of slowness, of monument to a definitively stopped time. More fascinating images on the project in encontrandolalentitud.
Notas
1 It performs the most advisable thing to visit the web of the philosopher, José Antonio Marina. In an exercise of extraordinary generosity, Sea-coast it has dozens of texts, articles and ideas published in his web, which they work as source of reference for those that we admire his work.
[:gl]
Lentitude
A arquitectura sempre foi unha profesión de vello, un labor que esixe a implicación dunha cantidade inxente de tempo para que un arquitecto poida considerarse en estado de madureza. Todos aqueles que nos recoñecemos na profesión, estamos de acordo que non hai atallos nin camiños de diante. A arquitectura faise ao chup chup da vida.
Esta idea de lentitude foi desesperante para algúns, que nun exercicio por acelerar o tempo se plantaron nunha idade totalmente inconsistente nos atrís rechamantes dos media. Ao final de tanto acelerón, esa maquina de comunicar no baleiro, ese ruído de fondo reverberante en que se converteron algúns media, quebrou a súa lóxica e se banalizou ata o extremo.
As voces dos mozos acelerados dos 90 e principios dos 2000 pausáronse e volveron á senda dun tempo compasado pola experiencia.
E é que non hai volta de folla. Se un proxecto de arquitectura se leva por diante 5 ou 6 anos de vida, cando non máis, e por moi capaz que un sexa, soamente se poden levar simultáneamente uns 4 ou 5 proxectos de forma directa, é dicir, proxectos dos que se aprende o oficio, resulta que para ter a experiencia de por exemplo, ter traballado nuns 30 proxectos de arquitectura requírense polo menos uns 25 ou 30 anos.
Do tempo e do valor do lento é do que falo.
José Antonio Marina1 escribía na revista Ballesol o pasado 1 de abril acerca de rexurdir da lentitude como valor en positivo do que extrao algunhas ideas:
«Hai unha campaña mundial a favor da lentitude. É certo que estamos a sufrir todos unha epidemia de velocidade. Unha epidemia da que somos á vez causantes e vítimas. Vivimos nunha aceleración continua, gozamos ao parecer coa velocidade. Marchamos rapidamente, aínda que non saibamos onde. Dicían que os executivos americanos poñían o espertador media hora máis tarde do debido, para así comezar o día acelerados, con moita adrenalina en sangue.
O movemento slow comezou en Italia, como unha resposta á comida rápida, fast food. Tratábase de comer sen présas, en compañía, gozando da mesa e da sobremesa. Saboreando, en vez de tragando. De alí ampliouse ás cidades lentas, slow cities, tamén en Italia. Hai, por último, unha tendencia á educación lenta, slow parenting. Os seus partidarios, din, pretenden liberar os nenos da educación frenética.
Moitas veces, cando queremos gañar tempo, estamos a perder cousas moi valiosas. A présa está disputada con moitos valores. Coa cortesía, por exemplo. Coa tenrura. Co coidado atento. Hai moitas calidades que só se perciben nunha situación de calma. A beleza das cousas, o pracer da conversación, o esplendor da paisaxe. A présa é irmá de consumismo, que consiste en non gozar moito tempo dunha cousa. Pretende liberarnos do aburrimento, mediante unha excitación continuamente mantida.»
Paréceme interesante a reflexión de Marina en tanto que entra totalmente en reverberación coas teorías filosóficas destas últimas décadas que, tras o afundimento do pensamento político e das esperanzas utópicas, avogan pola desaceleración do espírito revolucionario de principios do século XX a favor dunha percepción do tempo en estado de presente continuo. É dicir, asúmese certa fenomenoloxía do tempo presente en oposición ao espírito rompedor da cadea de tempo da actitude do revolucionario.
Cabe clarificar aquí, que lonxe de entender esa fenomenoloxía dun presente hipertrofiado como unha especie de submisión lineal a un progreso ligado a un consumo constante, o que se propón en esencia, ou polo menos iso desprende o pensamento de Marina, é a necesidade de tomar unha pausa reflexiva que implique a converxencia dun tempo acelerado e outro tempo retardado en devir vital de cada un. Algo así como saber combinar as présas e as pausas.
Evidentemente engadiría que a arquitectura, o urbanismo e a paisaxe se funden nun tempo longo e pausado, non exentar de alta intensidade cando se levan a cabo. A imaxe que sempre me vén á cabeza é a do corredor de longas distancias de montaña. Longas e empinadas costas, baixadas arrepiantes, velocidade sempre, pero reservando o corpo para unha longa travesía. Gústame pensar que a arquitectura é algo así como unha actividade de intensidade constante e velocidade variable.
Para a nosa profesión, a intensidade seguramente é máis importante que a velocidade, aínda que está claro que ás veces se debe ir moi rápido, e outras aprender a baixar as revolucións. O acto de proxectar en arquitectura debe saber combinar a resposta inmediata coa contemplación gozosa… se somos capaces de estirar e contraer o tempo nesta dirección, temos xa gañada unha das partidas clave.
Ou como mellor di Marina, non se trata de pasividade, senón de ser selectivos no investimento do noso tempo. Hai un tempo oportuno para cada cousa. Como di o Eclesiastés, un libro moi sabio “Hai un tempo para plantar e outro para obter, un tempo para abrazar”. Engadiría: e un tempo para andar á présa, e outro para andar lentamente.
En definitiva, en arquitectura, gañar tempo a custa dun proxecto é sementar a banalidade no leito fértil das ideas. Non obstante, dar a cada proxecto o seu espazo de tempo é dotalo da capacidade de resistir os decenios que ao proxecto se lle veñen enriba cando se convertan os debuxos nunha realidade.
A idea de certa lentitude volve ser atractiva. Gozar do paso do tempo como ferramenta de reflexión, como espazo de aprendizaxe, non deixa de ser unha imaxe que en arquitectura todos compartimos. Aprender a acelerar e a frear un proxecto transfórmase nun exercicio de lucidez, na demostración palpable da actitude do francotirador. Esa é en suma a posición do arquitecto, polo menos idealmente, apostado nos límites da cultura e a técnica, consciente da escaseza de munición, soamente se pode permitir un disparo limpo e atinado co que facer diana.
Admiro moito os arquitectos que na súa obra demostran esa capacidade de dominar os tempos dun proxecto. Máis alá da formalización da arquitectura, das súas envoltura final, a capacidade de certos monstros de saber en que tempo se moven e en que tempo actúan, sempre me pareceu fascinante.
Quizais a arquitectura se reduce a iso, a dominar o tempo.
Miquel Lacasta Codorniu. Doutor arquitecto
Barcelona, octubro 2013
Na imaxe o coñecido proxecto do Cenotafio de Newton de Étienne-Louis Boullée de 1784. A idea de Cenotafio, de tumba baleira, recrea ata o extremo o concepto de lentitude, de monumento a un tempo definitivamente parado. Máis imaxes fascinantes sobre o proxecto en encontrandolalentitud.
Notas
1 Es do máis recomendable visitar a web do filósofo toledano, José Antonio Marina. Nun exercicio de extraordinaria xenerosidade, Marina ten decenas de textos, artigos e ideas publicados na súa web que funcionan, como fonte de referencia para aqueles que admiramos o seu traballo.
[:]





Muchas gracias por la recomendación Evelio. ¡Tomo nota!
Al respecto, recomiendo el artículo de Tod Williams y Billie Tsien «Slowness» http://www.twbta.com/#/2204 que ha sido para mi una referencia ineludible desde hace años.