De vocaciones | Borja López Cotelo

Nadie en mi barrio conocía a Mies Van der Rohe. Los niños no soñábamos con ser Alvar Aalto porque nuestro altar lo ocupaban Bruce Lee, Rocky Balboa, Peio Uralde o Zoran Stojadinovic. Yo, que era un poco raro, a veces cambiaba de objetivo y aspiraba a suceder al gran Sempé. Los días transcurrían entre libros de matemáticas, papeles garabateados y horas pateando el balón; esperando que llegase pronto el domingo para ir a ver al Deportivo en ese estadio que tenía un solo fondo sobre el que emergía hierática la torre de Maratón. Vivíamos tranquilos sin  haber leído Hacia una arquitectura, sin haber visitado Ronchamp, sin haber oído hablar jamás de Louis Kahn.

Años después se fraguaron los mitos de mi postadolescencia. Mies, Aalto y Le Corbusier, esa Santísima Trinidad que todo estudiante de arquitectura venera, esos perfectos desconocidos durante mis primeros diecisiete años de vida. Y más tarde, la colisión con el mundo real me dejó la desconcertante sensación de haber sido estafado: la vida laboral en el inescrutable laberinto de la burocracia española, el aburrimiento, la falta de Rock and roll. No construí ni un solo rascacielos a la orilla del lago, y el terco ladrillo no me respondía por más que le preguntaba qué quería ser. Fue entonces cuando comencé a plantearme abandonar el barco: al fin y al cabo no soy un arquitecto vocacional, ¿por qué no empezar de cero? Pronto encontré la respuesta: no lo haré porque he visto un pilar y un incendio.

Un pilar 

Existe un pilar que hace de Klippan el centro del universo. En ese pueblo sueco, Lewerentz se dio cuenta de que las bóvedas cerámicas podían apoyarse en dos enormes vigas metálicas y de que éstas, a su vez, podían transmitir las cargas a un pilar. A un solo pilar. A una ‘T’ en la que podemos ver una alegoría de la cruz o podemos, por el contrario, ver toda la historia de la humanidad, incluso aquella que precedió a la conmemorada crucifixión. Porque ante todo, esa vertical dota de significado un lugar; en su oposición con la horizontal, con el suelo, dibuja el axis mundi, el eje del mundo. Y en torno a este eje han girado desde el inicio de los tiempos, aquí y allá, cientos de creencias: las que estudio Mircea Eliade, las que Frampton citó en sus Estudios sobre cultura tectónica1, y muchas otras de las que probablemente nunca oigamos hablar. Es, no por casualidad, el mismo eje al que Le Corbusier dedicó su Poema del ángulo recto, la misma vertical definida por el mástil al que Ulises se ató para no sucumbir a los cantos de sirena.

No debemos olvidar que los nórdicos -Lewerentz lo era, no solo por haber nacido en Suecia- siempre han sido, por encima de todo, constructores de barcos. Naves ligeras que remontaron el Volga, que surcaron el Báltico y el Mar del Norte para acabar avistando Terranova. Herencia que esparcieron por el sur de Europa2. Por eso muchos arquitectos del Norte entendieron la importancia de la vertical, del mástil o el pilar: Fehn escribió, acerca de su proyecto para una iglesia en el puerto de Honningsvag: ‘Desde su asiento [el marinero] percibe que el pilar tiene la misma dimensión que un mástil. En este reconocimiento se siente seguro. Se sienta al lado de ese pilar, lo reconoce también con el suave tacto de sus dedos. En mar abierto… fue un símbolo en el que creyó, el que lo trajo de vuelta a casa’3 . A su vez, estos mástiles normandos no son muy diferentes del pilar que ocupa el centro del más arcaico templo sintoísta de Japón4, el Gran Templo de Izumo, que evoca un pasaje del mito de la Creación: en una sala de ocho brazas construida en torno al Pilar del Cielo se cortejaron Izanami e Izanagi, las deidades primigenias, antes de su primera unión5.

Lewerentz, huelga decirlo, no inventó el pilar ni su simbolismo. Simplemente hizo descansar sobre uno de ellos, condensada, su experiencia de anciano y la herencia de muchos siglos de construcción de templos y barcos. Lewerentz colocó ahí ese pilar para recordarnos que sin gravedad no hay arquitectura.

Un incendio

Fue el reverendo Simonsen quien dio a Jørn Utzon una memorable lección de arquitectura: ‘Un espacio sagrado no se hace’ -dijo- ‘Es algo que se consagra. Podría estar debajo de un árbol’6. Los que vinieron después, los arquitectos que sucedieron al maestro danés (al menos los más despiertos) asumieron que así era. Cuando Peter Zumthor construyó una capilla consagrada al Hermano Klaus, santo patrón de Suiza, decidió que la solución era prenderle fuego. Como el bíblico fuego purificador, como las siete llamas que coronan en su quietud la Menorá, como aquel otro incendio de Sidonie.

Zumthor hizo construir una estructura cónica de madera para luego verter sobre ella veinticuatro tongadas de hormigón en otros tantos días. Más tarde prendió fuego a la cimbra; la madera quedó impresa en el hormigón y, al consumirse, definió el vacío que desde entonces sólo es llenado por una luz cenital. Esa iluminación es el único acontecimiento que tiene lugar en el interior de un templo que carece incluso de altar: en su lugar encontramos un charco formado por el agua de lluvia y la nieve derretida. La capilla, con su óculo abierto al cielo, trae a la mente esa estancia de la villa Rotonda por cuyo interior se derrama la luz del sol y el agua de lluvia; también, inevitablemente, ese otro óculo tan célebre, el que convierte la luz en materia densa, casi tangible, en las entrañas de Roma. Pero Zumthor parece haber tenido otras cosas en la cabeza: la rudeza del material, la desnudez absoluta, el proceso de evisceración que le dio forma, sugieren que esa capilla es deudora de las nuraga sardas y de las arquitecturas hipogeas de Capadocia, Mattera o el Sacromonte.

Zumthor quemó aquella cimbra para recordarnos que la arquitectura es materia, y que la materia trasciende lo visible: se toca, se huele, se percibe en ella la cicatriz dejada por el tiempo y el fuego.

Intuyo que Klaus, el ermitaño, estaría satisfecho. La capilla se yergue hoy sobre el trigo amarillo, solitaria como un anacoreta; sin luz ni agua corriente, rendida a los elementos, pero firme ante el empuje del tiempo y la gravedad. Tal vez el fuego en la cimbra no haya sido más que un ritual, una epifanía previa a la catarsis. Como ese otro incendio en Preferencia antes del gol de Stoja.

Borja López Cotelo. Doctor arquitecto
A Coruña. septiembre 2013

Ilustraciones: El primo Ramón (EpR)

Notas:
1 Ver Frampton, Kenneth: Estudios sobre cultura tectónica (Ed. Akal Arquitectura, 1999), p.249
2 Staffan Mörling, antropólogo sueco, es quien más ha profundizado en el estudio de la herencia nórdica en la construcción de las dornas, embarcaciones tradicionales gallegas.
3 Ver Fjeld, Per Olaf: The thought of Construction (Ed. Rizzoli, 1983), p. 46
4 Es recomendable, a este respecto, leer el ensayo ‘Tra terra e mare, L’Architettura di Sverre Fehn’, escrito por Francesco Dal Co e incluido en Sverre Fehn. Opera Completa (Ed. Electa, 1997). En él, Dal Co incide en el ancestral parentesco entre las construcciones japonesas y las construcciones navales nórdicas.
5 Ver el ensayo ‘Kazuo Shinohara: más allá de estilos más allá de la domesticidad’, de Enric Massip-Bosch, en Kazuo Shinohara. Casas, 2G número 58/59 (Ed. Gustavo Gili, Barcelona, 2011), p. 14
6 Ver Puente, Moisés: Jørn Utzon. Conversaciones y otros escritos (Ed. Gustavo Gili, Barcelona, 2010), p.55.

Borja López Cotelo

Borja López Cotelo, arquitecto por la ETSAC desde 2007, y doctor por la UdC desde 2013.

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