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La arquitectura como la sociedad tiene sus bajos fondos. Esos lugares oscuros y ocultos, en los que la vida discurre de manera diferente. El refinamiento el lujo y el boato se han perdido en esos espacios, para dar importancia exclusivamente a aquello que es imprescindible.
En 1957, Le Corbusier construyó Santa María de La Tourette, un convento flotante sobre las laderas verdes de Éveaux, en las afueras de Lyon. Las celdas, los espacios de servicio y las zonas de estudio de los frailes dominicos, conforman junto con el cuerpo de la capilla un claustro, cuyo jardín verde pasa por debajo de los edificios como un tapiz continuo. Le Corbusier dio a los monjes un espacio de silencio, paz y luz en los volúmenes superiores y reservó la oscuridad para el contacto del edificio con el suelo. Los pilares y pantallas de hormigón van absorbiendo las irregularidades del terreno respecto de los prismas elevados que resuelven los espacios del monasterio. Allí en ese espacio en sombra y oculto, los muros se aligeran horadándose con arcos de trazo manual mostrando el carácter terrenal de su posición y la deformación causada por las cargas soportadas.

El museo de arte contemporáneo Nadir Afonso también se separa del suelo, tanto que es necesario cruzar un pequeño puente de ligera pendiente para acceder al edificio. Álvaro Siza eleva el edificio sobre pantallas de hormigón sensiblemente paralelas hasta dejar las salas de exposiciones fuera del hipotético nivel de inundación del río cercano. De nuevo, en ese mundo inferior las pantallas son perforadas y agujereadas, pero en este caso más que para conducir de forma ordenada las cargas estructurales como lo haría Le Corbusier, Siza abre los muros para dejar fluir la corriente del cauce en caso de subida. Mediante recortes geométricos que se superponen rememorando las ilustraciones expuestas en el museo, evita convertir en una presa ese nivel inferior de pantallas estructurales.
Tanto la paz de La Tourette, como el arte de Nadir Afonso necesitan y dependen de ese mundo oscuro y terrenal para sobrevivir. Por sobrios, austeros, mínimos y rudos que estos lugares sean, son de confianza porque respetan las reglas de los bajos fondos y nunca traicionarán su labor de separar del suelo el resto del edificio, elevándolo hacia la luz y alejándolo de los peligros que caminan por la tierra.

Íñigo García Odiaga. Arquitecto
San Sebastián. Febrero 2017[:gl]
A arquitectura como a sociedade ten os seus baixos fondos. Eses lugares escuros e ocultos, nos que a vida discorre de maneira diferente. O refinamiento o luxo e o boato perdéronse neses espazos, para dar importancia exclusivamente a aquilo que é imprescindible.
En 1957, Le Corbusier construíu Santa María da Tourette, un convento flotante sobre as ladeiras verdes de *Éveaux, nos arredores de Lyon. As celas, os espazos de servizo e as zonas de estudo dos frades dominicos, conforman xunto co corpo da capela un claustro, cuxo xardín verde pasa por baixo dos edificios como un tapiz continuo. Le Corbusier deu aos monxes un espazo de silencio, paz e luz nos volumes superiores e reservou a escuridade para o contacto do edificio co chan. Os alicerces e pantallas de formigón van absorbendo as irregularidades do terreo respecto dos prismas elevados que resolven os espazos do mosteiro. Alí nese espazo en sombra e oculto, os muros alixéiranse horadándose con arcos de trazo manual mostrando o carácter terreal da súa posición e a deformación causada polas cargas soportadas.

O museo de arte contemporánea Nadir Afonso tamén se separa do chan, tanto que é necesario cruzar unha pequena ponte de lixeira pendente para acceder ao edificio. Álvaro Siza eleva o edificio sobre pantallas de formigón sensiblemente paralelas ata deixar as salas de exposicións fose do hipotético nivel de inundación do río próximo. De novo, nese mundo inferior as pantallas son perforadas e furadas, pero neste caso máis que para conducir de forma ordenada as cargas estruturais como o faría Lle Corbusier, Siza abre os muros para deixar fluír a corrente do leito en caso de subida. Mediante recortes xeométricos que se superpoñen rememorando as ilustracións expostas no museo, evita converter nunha presa ese nivel inferior de pantallas estruturais.
Tanto a paz da Tourette, como a arte de Nadir Afonso necesitan e dependen dese mundo escuro e terreal para sobrevivir. Por sobrios, austeros, mínimos e rudos que estes lugares sexan, son de confianza porque respectan as regras dos baixos fondos e nunca traizoarán o seu labor de separar do chan o resto do edificio, elevándoo cara á luz e afastándoo dos perigos que camiñan pola terra.

Íñigo García Odiaga. Arquitecto
San Sebastián. Febreiro 2017[:en]
Architecture as a society has its low funds. These dark and hidden places, in which life goes differently. The refinement of luxury and pageantry have been lost in those spaces, to give importance exclusively to that which is essential.
In 1957, Le Corbusier built Santa Maria de La Tourette, a floating convent on the green slopes of Éveaux, on the outskirts of Lyon. The cells, the service spaces and the study areas of the Dominican friars, together with the chapel’s body, form a cloister, whose green garden passes under the buildings like a continuous tapestry. Le Corbusier gave the monks a space of silence, peace and light in the upper volumes and reserved the darkness for the contact of the building with the ground. The pillars and concrete screens absorb the irregularities of the terrain with respect to the elevated prisms that resolve the spaces of the monastery. There in that space in shadow and hidden, the walls are lightened hourly with hand-drawn arches showing the earthly character of their position and the deformation caused by the loads borne.

The museum of contemporary art Nadir Afonso also separates from the ground, so much so that it is necessary to cross a small bridge with a slight slope to access the building. Álvaro Siza elevates the building on substantially parallel concrete screens to leave the exhibition halls outside the hypothetical flood level of the nearby river. Again, in this lower world the screens are perforated and pierced, but in this case, rather than to conduct the structural loads in an orderly manner as Le Corbusier would do, Siza opens the walls to let the current flow in case of rise. Through geometric cuts that overlap remembering the illustrations exhibited in the museum, avoid turning that lower level of structural screens into a dam.
Both the peace of La Tourette and the art of Nadir Afonso need and depend on that dark and earthly world to survive. Sober, austere, minimal and rude that these places are, they are trustworthy because they respect the rules of the underworld and will never betray their work of separating the rest of the building from the ground, elevating it towards the light and away from the dangers that walk through it. the earth.

Íñigo García Odiaga. Architect
San Sebastián. February 2017[:]




