
Inmolarse al acto de vivir es entregarse a los deseos de nuestros propios actos. Es sentir que lo que habita fuera de lo creado por nosotros también es lo deseable, de lo que está construido ese mundo.
Habitar la esperanza es habitar ese dispositivo que nos revela lo que aún nos falta por llegar a ser, y que este artefacto nos va mostrando poco a poco aquello con lo que hemos soñado. Aquella mirada perdida – no distraída- que enmarcamos desde la ventana de un tren en movimiento, recolectando y observándolo todo, aquella mirada que furtivamente atraviesa las fauces de la calle para alcanzar ese umbral descolorido, aquella mirada que redibuja algún contorno marítimo, que vigila hasta desaparecer el celaje , que toma con las manos la colorida pluma hallada sobre la fría baldosa, aquella mirada que se sensibiliza ante una superficie que absorbe el tono de la piedra vecina que le da sentido a su material.
Habitar la esperanza es habitar aquello que, aunque construido, no alcanza a materializar nuestra vida, pero se aproxima con pausa y cautela para justificar nuestra existencia. Habitar es saber que ese espacio que nos envuelve es solo un lado de esa parte creada de lo que aún nos falta por construir, construir-nos.





