Proyecto Fin de Carrera: Una opinión | José Ramón Hernández Correa


Hay distintas formas de terminar una carrera universitaria. Algunas se terminan cuando se aprueba la última asignatura pendiente. ¿Algunas? Deberían ser todas, ¿no? Pues no: En algún momento a alguien debió de ocurrírsele que echar a la buchaca el último aprobado no era suficiente. ¿Por qué? No lo sé, pero el único motivo que se me ocurre es el del lucimiento personal, la celebración, la fiesta, la alegría, salir por la puerta grande vitoreado por los profesores, abrazarse a los catedráticos, saludar con la manita, encender la traca de fin de fiesta y pirarse. Si no es por eso, no le veo ningún sentido.

Uno aprueba su última asignatura (que ni siquiera tiene por qué ser del último curso; hay alguna asignatura-garrapata que se lleva colgando -no digo de dónde- durante años) y ya. Ya está. Ya debería estar. Pues no. Es necesario hacer una fiesta para celebrarlo. De acuerdo: Como fiesta lo admito. Si es para hacer una fiesta me parece bien; pero para otra cosa no.

Fiesta fin carrera

En muchas carreras se hace una tesis (que se suele llamar “tesina” para distinguirla de la tesis doctoral) y en otras (las técnicas) se hace un proyecto.

Es un proyecto con el que uno demuestra que ya sabe. Es el “mira, mamá, sin manos” del niño en bici ante su madre aterrorizada. Es (debería ser) un paseo militar, un desfile, un pasacalle. (Con banda de música y todo).

Eso debería ser nuestro PFC: Un miramamásinmanos, una exhibición, una fiesta, con nuestras madres (o en su caso nuestros tutores del proyecto) aplaudiendo y vitoreando.

El alumno, en ese momento trascendente, sonreiría con legítimo orgullo, saludaría a los asistentes y saldría al mundo exterior armado de valor y de confianza.

Hace una pila de años el PFC venía a ser eso: un trámite, una gestión que se daba por aprobada de antemano, y cuyo único incentivo era obtener alguna distinción: un sobresaliente, una matrícula de honor… tal vez el premio extraordinario… ¿Que no se conseguía? Bueno, pues se conformaba uno con su aprobado o su notable y se iba a casa tan tranquilo con su título de arquitecto (u orden supletoria) bajo el brazo.

Pero últimamente, por lo que me dicen, el PFC es un verdadero trago, una cuesta arriba muy dura, una prueba que ríete tú de las de Indiana Jones.

Yo sostengo que todo alumno que presente el PFC completo, con todo lo que le han pedido, debe ser aprobado por definición y por imperativo legal.

El tutor supervisa el proyecto, y si éste está incompleto, o alguna de sus partes ha sido hecha con desidia o con prisa, entonces debe exigirle al alumno que lo complete. Pero una vez que lo ha hecho y el tutor lo da por terminado y lo presenta, ¿qué más se requiere? Nada en absoluto. Ya está, y sólo falta saber si el alumno sale de la plaza (de una bendita vez) con ovación, vuelta al ruedo, orejas o rabo.

Vamos a ver: Imaginaos la increíble historia del alumno que ha aprobado Proyectos I, Proyectos II, Proyectos III… (¿cuántos hay ahora?) y que recibe del Tribunal del PFC la dura crítica de que no ha resuelto claramente, con la jerarquía adecuada, el espacio de entrada (por ejemplo). ¿Entonces cómo es que aprobó Proyectos I, Proyectos II, Proyectos III… (y los que sean)?

En ese caso, yo creo que si el tribunal del PFC necesita suspender a alguien para sentirse gonadalmente fuerte, al único que debe suspender es al tutor, y expulsarle.

El alumno ha estado durante meses mostrándole a su tutor los croquis del proyecto, recibiendo sus correcciones y modificándolos. Si no estaba bien resuelto el espacio de entrada el tutor ha tenido meses para decírselo.

Corrección a corrección los croquis se van perfeccionando, el proyecto va determinándose. La conclusión es (debe ser) un trabajo brillante. Y, si no es brillante, al menos será aseado y digno.

Me refiero, naturalmente, al alumno que se toma el PFC en serio y se lo curra. Porque si no es así, el tutor no le autorizará a presentarlo.

Yo recuerdo mi Proyecto Fin de Carrera, y fue una fiesta sólo superada por mi tesis doctoral. Una carrera en la que siempre había ido agobiado, acogotado, se convertía de pronto en un paseo, en una exhibición. De mi tutor sólo recibí ánimos. Me hizo trabajar duramente, pero todos sabíamos que era el último cohete de la fiesta, la guinda de la tarta, y que todo iba a acabar bien. Esa seguridad proporciona una gran capacidad de trabajo y una elevada moral.

Después de tanto trabajo, al final el proyecto está maduro. Si entonces el tribunal dice que es malo, a quien están llamando inútil es al tutor que lo ha acunado e incubado. El tutor debería ser despedido inmediatamente, y sus alumnos indemnizados por haber perdido un tiempo precioso con él.

Por otra parte, en el PFC además del diseño global del edificio se resuelve una parte de la estructura, de las instalaciones y de los detalles constructivos. (Casi siempre son sólo partes. El PFC propone temas tan ambiciosos que darían trabajo a un estudio con muchísimos empleados y colaboradores). Pues bien: Nunca hay ningún problema con la resolución de la estructura, la fontanería, la calefacción, el aire acondicionado, los detalles constructivos, etc. Sólo los hay con el diseño. Ay, maldito diseño.

¿Me he tirado aquí la hueva de años y ahora me vienen ustedes con que “la ambivalencia racional del entorno exhibe una disposición veladamente relativa”? ¿De verdad? ¿Es a mí? ¿Están hablando conmigo?

¿Qué pasa, que después de tantos años se dan ahora cuenta de que somos demasiados arquitectos y quieren poner el tapón? ¿Ahora? Mejor que lo hubieran hecho en primero. Ahora es ya demasiado tarde y tengo que salir de aquí, ¿me entienden?

El tribunal no debe ir al PFC a lucirse. O se luce el alumno o aquí no se luce nadie. Déjense de sus estúpidas e indecentes opiniones masturbatorias. (Las llamo masturbatorias porque son sólo pajas mentales, autoalabanzas de los miembros del tribunal: “Mirad qué listo soy; mirad cómo en cinco segundos desmonto todo este proyecto. Qué más da que este alumno lleve meses con él. Es un torpe”).

Señores miembros del tribunal de PFC: Olviden por un momento sus egos, sus importancias, sus obsesiones, sus peleas internas y sus afanes de protagonismo y de poder. Tienen ante ustedes unos trabajos de unos alumnos que han superado todas las trampas que se les han ido poniendo durante años, que han realizado todo lo que se esperaba de ellos. Déjenles en paz de una vez. Denles sus bendiciones y deséenles suerte en su vida profesional. Mucha suerte.

Tutores de PFC: Ánimo. Sois los únicos que conocéis ese proyecto que se está cuestionando. Defendedlo ante el tribunal que lo ha mirado con displicencia, con prisa, con desgana. Pelead por vuestros alumnos. Ganaos la fe que han puesto en vosotros y sacadlos adelante. Es su vida. No son mercancía, ni carnaza, ni esclavos, ni gilipollas. Son personas valientes y muy trabajadoras, como demuestra el hecho de que hayan llegado hasta aquí. Los hay muy brillantes y los hay muy tímidos y oscuros. Atended a estos últimos, por favor. No pidáis a todo el mundo que sea genial y explosivo. Sólo quieren ser arquitectos, nada más. Ayudadles a serlo. Ya lo merecen. Ya está bien.

Alumnos que estáis haciendo el PFC o lo vais a empezar en breve: Mucho ánimo. Ánimo y fuerza. Es vuestro último esfuerzo en la escuela. Ya casi lo tenéis. Concentraos en ello y disfrutad. Es una fiesta. Vuestra gran fiesta final de carrera. Y acabadlo: Hay que salir de la escuela cuanto antes. No os desaniméis porque os digan que fuera no hay trabajo. Dentro tampoco lo hay, y al menos fuera corre el aire.

José Ramón Hernández Correa · Doctor Arquitecto
Toledo · septiembre 2013

José Ramón Hernández Correa

Nací en 1960. Arquitecto por la ETSAM, 1985. Doctor Arquitecto por la Universidad Politécnica, 1992. Soy, en el buen sentido de la palabra, bueno. Ahora estoy algo cansado, pero sigo atento y curioso.

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