[:es]https://veredes.es/blog/pensar-la-arquitectura-i-oscar-tenreiro-degwitz/

Es necesario aclarar lo que podemos entender por ideología, una palabra que se suele aplicar sólo a la política y produce dudas aplicada a otras actividades humanas.
Tomo esta definición:
“Una ideología es el conjunto de ideas que inciden en mayor o menor grado en las características de la práctica de cualquier actividad humana, ya sea en el ámbito económico, social, político, cultural, moral o religioso, o en cualquier otro derivado de éstos”.
No hay pues en la noción de ideología ningún contenido peyorativo ni tiene siempre que aludir como se ha hecho a partir de Marx, a superestructuras económicas o sociales. Me remito al “conjunto de ideas que inciden en la práctica” lo cual deja espacio para que pueda hablarse de una ideología de grupo (Van Dijk), casi-personal, en lugar de, como es habitual, ideología en términos socio-políticos. Lo cual no impide aceptar que aquella sea informada por ésta.
Como se sigue de la definición, toda ideología tiene un origen filosófico, surge de un modo de ver el mundo, de pensarlo. Pero no por ello quien actúa según una ideología conoce el pensamiento filosófico que la originó.
Ese desconocimiento no importa demasiado, porque la ideología inevitablemente orienta un modo de proceder en la realidad. Se establece algo parecido a un código de conducta, una norma para la actuación.
¿Cómo se termina expresando ese “modo” (moral) en la práctica de una actividad, si ella pretende convertirse en arte o se define como arte: en lo que hace el pintor, el músico, el escritor, el poeta…el arquitecto?
Hay muchas respuestas posibles a esta pregunta, todas incompletas. Porque como lo he recordado con insistencia, en toda actividad humana lo que se hace se piensa mientras se hace, es decir, el pensar una actividad se expresa dentro de los límites de esa actividad.
Se piensa haciendo.
Aparte de cualquier argumento académico, que los hay muy sólidos, eso se entiende por sentido común: no hay pensamiento previo a la acción que la defina o garantice resultados. Y los mecanismos que hacen que el pensar “anterior” lleve a decisiones sobre la acción misma de pintar, escribir con letras o notas, diseñar, son siempre imprecisos. Los motiva la intuición, la reflexión, las preferencias e inclinaciones personales, las destrezas “técnicas” de cada quien, las afinidades estéticas o éticas (“una y la misma cosa” según Wittgenstein), una constelación personal de motivos, virtudes y limitaciones, respecto a lo que corresponde hacer en cada caso.
Y en ese punto, en el que decide lo que se va a hacer, desde la ideología se da el “salto” hacia normas que quieren simbolizar los valores ideológicos. Para Le Corbusier fueron los Cinco Puntos (el edificio sobre pilotes, la planta libre, el techo jardín, la ventana longitudinal y la fachada libre), para Adolf Loos considerar el ornamento arquitectónico como delito, en música, para Schönberg, el uso de las doce notas equivalentes, para Mondrian separarse de toda representación pictórica de la naturaleza, para los surrealistas la escritura automática del poema. Y tantas otras cosas, todas ellas prescripciones “técnicas” que se identifican, que funcionan como figuras, de una ideología.
Es en estos casos la Ideología Moderna: romper con la tradición inmediata, hacer militancia (también política) desde el arte, incorporar la visión tecnológica al quehacer artístico, alejarse de una preceptiva moral, escandalizar al estamento social en clave revolucionaria, convertir el tema social (la vivienda de las masas por ejemplo o la investigación sobre la vivienda mínima), en objetivo de la arquitectura. Quienes abrazaban la ideología “del Moderno” aceptaban el código técnico que la acompañaba.

Ideología contra ideología.
Esa normativa técnica de origen ideológico, rígida y limitada en su afán de oponerse al mundo académico Beaux-Arts, fue el objeto de los ataques postmodernistas. Es así como se plantea un regreso al discurso filosófico como posible germen de un modo de aproximarse a la arquitectura menos dogmático. Pero la visión postmoderna, a manos del oportunismo, se contaminó de revancha hasta operar como ideología reaccionaria. Se ignoró el importante origen filosófico de la visión moderna para reconectarse, en términos ideológicos, con los códigos Beaux-Arts. Se revive así la noción de estilo. Aparecen (son los setenta del siglo pasado) los ingleses neoclásicos “fake” como Quinlan Terry, el pasticho imitativo a lo Robert Venturi en la National Gallery de Londres, los escapismos de Leon Krier, las horripilantes “Arenas de Picasso” del catalán Manuel Nuñez en París, el Bofill de aquí y allá (menos los aeropuertos). Al debilitarse el fundamento ético-ideológico se deja paso franco al manierismo del lenguaje “personal”, a la visión del arquitecto como recurso instrumental del Poder, a la nostalgia, a la arquitectura espectáculo, barato o caro. Se comercializa sin mala conciencia la imagen arquitectónica. Y se deja a un lado el concepto de responsabilidad social y sus implicaciones democráticas, objetivo central para la modernidad. Así, dos décadas después, China bien vale una misa.
Es de ese confuso caldo ideológico de donde surgen en los ochenta los diálogos con el deconstructivismo filosófico francés (Jacques Derrida) capitaneados por Peter Eisenman. Pretexto para crear códigos técnicos: ruptura con el ángulo recto, fragmentación (una simplista analogía con la deconstrucción del lenguaje), torceduras, diagonales. Se “traducen” a la arquitectura métodos analíticos del lenguaje.
¿Han enloquecido los arquitectos? No, están inventando una moda. Y hacia allá van los Museos, el MOMA aloja al “deconstructivismo” en 1988. Éxito y pronto olvido.
Óscar Tenreiro Degwitz, Arquitecto.
Venezuela, marzo 2011,
Entre lo Cierto y lo Verdadero
[:gl]Artigo continuación de «Pensar a arquitectura (I)».

É necesario aclarar o que podemos entender por ideoloxía, unha palabra que se adoita aplicar só á política e produce dúbidas aplicada a outras actividades humanas.
Tomo esta definición:
“Unha ideoloxía é o conxunto de ideas que inciden en maior ou menor grao nas características da práctica de calquera actividade humana, xa sexa no ámbito económico, social, político, cultural, moral ou relixioso, ou en calquera outro derivado de estes”.
Non hai pois na noción de ideoloxía ningún contido peyorativo nin ten sempre que aludir como se fixo a partir de Marx, a superestructuras económicas ou sociais. Remítome ao “conxunto de ideas que inciden na práctica” o cal deixa espazo para que poida falarse dunha ideoloxía de grupo (Van Dijk), case-persoal, en lugar de, como é habitual, ideoloxía en termos socio-políticos. O cal non impide aceptar que aquela sexa informada por esta.
Como se segue da definición, toda ideoloxía ten unha orixe filosófica, xorde dun modo de ver o mundo, de pensalo. Pero non por iso quen actúa segundo unha ideoloxía coñece o pensamento filosófico que a orixinou.
Ese descoñecemento non importa demasiado, porque a ideoloxía inevitablemente orienta un modo de proceder na realidade. Establécese algo parecido a un código de conduta, unha norma para a actuación.
Como se termina expresando ese “modo” (moral) na práctica dunha actividade, se ela pretende converterse en arte ou se define como arte: no que fai o pintor, o músico, o escritor, o poeta… o arquitecto?
Hai moitas respostas posibles a esta pregunta, todas incompletas. Porque como o lembrei con insistencia, en toda actividade humana o que se fai pénsase mentres se fai, é dicir, o pensar unha actividade exprésase dentro dos límites desa actividade.
Pénsase facendo.
Á parte de calquera argumento académico, que os hai moi sólidos, iso enténdese por sentido común: non hai pensamento previo á acción que a defina ou garanta resultados. E os mecanismos que fan que o pensar “anterior” leve a decisións sobre a acción mesma de pintar, escribir con letras ou notas, deseñar, son sempre imprecisos. Motívaos a intuición, a reflexión, as preferencias e inclinacións persoais, as destrezas “técnicas” de cada quen, as afinidades estéticas ou éticas (“unha e a mesma cousa” segundo Wittgenstein), unha constelación persoal de motivos, virtudes e limitacións, respecto do que corresponde facer en cada caso.
E nese punto, no que decide o que se vai a facer, desde a ideoloxía dáse o “salto” cara a normas que queren simbolizar os valores ideolóxicos. Para Lle Corbusier foron os Cinco Puntos (o edificio sobre pilotes, a planta libre, o teito xardín, a xanela lonxitudinal e a fachada libre), para Adolf Loos considerar o ornamento arquitectónico como delito, en música, para Schönberg, o uso das doce notas equivalentes, para Mondrian separarse de toda representación pictórica da natureza, para os surrealistas a escritura automática do poema. E tantas outras cousas, todas elas prescricións “técnicas” que se identifican, que funcionan como figuras, dunha ideoloxía.
É nestes casos a Ideoloxía Moderna: romper coa tradición inmediata, facer militancia (tamén política) desde a arte, incorporar a visión tecnolóxica ao quefacer artístico, afastarse dunha preceptiva moral, escandalizar ao estamento social en clave revolucionaria, converter o tema social (a vivenda das masas por exemplo ou a investigación sobre a vivenda mínima), en obxectivo da arquitectura. Quen abrazaba a ideoloxía “do Moderno” aceptaban o código técnico que a acompañaba.

Ideoloxía contra ideoloxía.
Esa normativa técnica de orixe ideolóxica, ríxida e limitada no seu afán de opoñerse ao mundo académico Beaux-Arts, foi o obxecto dos ataques postmodernistas. É así como exponse un regreso ao discurso filosófico como posible xerme dun modo de aproximarse á arquitectura menos dogmático. Pero a visión postmoderna, a mans do oportunismo, contaminouse de desquite ata operar como ideoloxía reaccionaria. Ignorouse a importante orixe filosófica da visión moderna para reconectarse, en termos ideolóxicos, cos códigos Beaux-Arts. Revívese así a noción de estilo. Aparecen (son os setenta do século pasado) os ingleses neoclásicos “fake” como Quinlan Terry, o pasticho imitativo ao Robert Venturi na National Gallery de Londres, os escapismos de Leon Krier, as horripilantes “Areas de Picasso” do catalán Manuel Nuñez en París, o Bofill de aquí e alá (menos os aeroportos). Ao debilitarse o fundamento ético-ideolóxico déixase paso franco ao manierismo da linguaxe “persoal”, á visión do arquitecto como recurso instrumental do Poder, á nostalxia, á arquitectura espectáculo, barato ou caro. Comercialízase sen mala conciencia a imaxe arquitectónica. E déixase ao carón o concepto de responsabilidade social e as súas implicacións democráticas, obxectivo central para a modernidade. Así, dúas décadas despois, China ben vale unha misa.
É dese confuso caldo ideolóxico de onde xorden nos oitenta os diálogos co deconstructivismo filosófico francés (Jacques Derrida) capitaneados por Peter Eisenman. Pretexto para crear códigos técnicos: ruptura co ángulo recto, fragmentación (unha simplista analogía coa deconstrucción da linguaxe), torceduras, diagonais. Se “traducen” á arquitectura métodos analíticos da linguaxe.
Tolearon os arquitectos? Non, están a inventar unha moda. E cara a alá van os Museos, o MOMA aloxa ao deconstructivismo” en 1988. Éxito e pronto esquecemento.
O artigo continúa en «Pensar a arquitectura (III)».
Óscar Tenreiro Degwitz, Arquitecto.
Venezuela, marzo 2011,
Entre o Certo e o Verdadeiro
[:en]Article continuation of «Thinking the architecture (I)».

It is necessary to clear what can understand by ideology, a word that is used to apply only to the politics and produces doubts applied to other human activities.
I take this definition:
“An ideology is the group of ideas that inciden in elder or lower degree in the characteristics of the practice of any human activity, already was in the economic field, social, politician, cultural, morals or religious, or in any another derived of these”.
There is not as in the notion of ideology any pejorative content neither has whenever allude as it has done from Marx, to economic or social superstructures. I remit me to the “group of ideas that inciden in the practical” which leaves space so that it can speak of an ideology of group (Van Dijk), almost-personal, in place of, as it is usual, ideology in terms partner-political. Which does not prevent to accept that that was informed by this.
As it follows of the definition, any ideology has a philosophical origin, arises from a way of seeing the world, of thinking it. But not for it the one who acts according to an ideology knows the philosophical thought that originated it.
This ignorance does not matter too much, because the ideology inevitably orientates a way of proceeding in the reality. It is established slightly similarly to a code of conduct, a norm for the action.
How this (moral) “way” ends up by expressing in the practice of an activity, if she tries to turn into art or is defined as an art: in what there makes, the writer, the poet the painter, the musician … the architect?
There are many possible answers to this question, all the incomplete ones. Because since I it have remembered with insistence, about any human activity what is done is thought while one makes think, that is to say, an activity expresses inside the limits of this activity.
It is thought doing.
Apart from any academic argument, which there are the very solid ones, it is understood by common sense: there is no thought before the action that her defines or guarantees results. And the mechanisms that do that to think “previous” leads to decisions on the action itself to do, writing with letters or notes, designing, are always vague. It them motivates the intuition, the reflection, the preferences and personal inclinations, the “technical” skills of every whom, the aesthetic or ethical affinities (“one and the same thing” according to Wittgenstein), a personal constellation of motives, virtues and limitations, with regard to what it corresponds to do in every case.
And in this point, in which it decides what is going to be done, from the ideology one gives the “jump” towards procedure that want to symbolize the ideological values. For Le Corbusier was Five Points (the building on piles, the free plant, the ceiling garden, the longitudinal window and the free front), for Adolf Loos to consider the architectural ornament to be a crime, in music, for Schönberg, the use of twelve equivalent notes, for Mondrian to separate of any pictorial representation of the nature, for the surrealistic ones the automatic writing of the poem. And so many other things, all of them “technical” prescriptions that are identified, that work as figures, of an ideology.
It is in these cases the Modern Ideology: to break with the immediate tradition, to do militancy (also politics) from the art, to incorporate the technological vision into the artistic occupation, to move away from an obligatory morality, to make a fuss to the social estate in revolutionary key, to turn the social topic (the housing of the masses for example or the investigation on the minimal housing), in aim of the architecture. Those who were embracing the ideology “of the Modern one” were accepting the technical code that was accompanying her.

Ideology vs ideology.
This technical regulation of origin ideological, rigid and limited in his zeal to be opposed to the academic world Beaux-Arts, was the object of the postmodernist assaults. It is as well as a return appears to the philosophical speech as possible germ of a way of coming closer the architecture less dogmatic. But the postmodern vision, to hands of the opportunism, contaminated with revenge up to operating as reactionary ideology. There was ignored the important philosophical origin of the modern vision to reconnect, in ideological terms, with the codes Beaux-Arts. The notion of style is re-lived like that. They appear (they are the seventies of last century) the neoclassic english men “fake” like Quinlan Terry, the imitative pasticho to Robert Venturi in the National Gallery of London, Leon Krier’s escapisms, horrifying “Picasso’s Sands” of the Catalan Manuel Nuñez in Paris, the Bofill of here and there (fewer airports). On the ethical – ideological foundation having weakened free passage is left the manierismo of the “personal” language, the vision of the architect as instrumental resource of the Power, to the nostalgia, to the architecture spectacle, cheaply or expensivly. The architectural image is commercialized without bad conscience. And there is left aside the concept of social responsibility and his democratic implications, central aim for the modernity. This way, two decades later, China well costs a mass.
It is of this confused ideological broth wherefrom eighty arise in the dialogs with the philosophical French deconstructivismo (Jacques Derrida) led by Peter Eisenman. I pretext to create technical codes: break with the right angle, fragmentation (a simplistic analogy with the deconstrucción of the language), twistings, diagonals. Analytical methods of the language “are translated” into the architecture.
Have architects gone mad? Not, they are inventing a mode. And thither the Museums go, the MOMA lodges the “deconstructivism” in 1988. Success and prompt oblivion.
The article continues in «Thinking the architecture (III)».
Óscar Tenreiro Degwitz, Architect.
Venezuela, march 2011,
Entre lo Cierto y lo Verdadero
[:]




