Comenzaba Vladimir Nabokov sus memorias —o esa forma refinada de ficción que es Habla, Memoria— con una imagen tan sencilla como devastadora, la de que la existencia no es más que una breve rendija de luz entre dos eternidades de tinieblas, dos negruras idénticas que nos preceden y nos aguardan sin que podamos hacer nada por evitarlas. Y acaso en esa afirmación, en esa advertencia desoladora, se encuentre contenida una de las formas más profundas de misericordia que la humanidad ha sido capaz de concederse a sí misma, porque si aceptamos que nuestra existencia es apenas una minúscula brizna de polvo cósmico, nada de cuanto (nos) suceda puede tener entonces la trascendencia suficiente para perturbar nuestro espíritu: cualquiera de nuestras derrotas, de nuestros errores o incluso de nuestras desgracias carecen por completo de importancia alguna para alterar, ni por un instante, el orden indiferente de las cosas o el curso de los astros.
Y, sin embargo, basta observar con un poco más de detenimiento para advertir que no todas las existencias se extinguen con la misma rapidez, que existen algunas que parecen prolongar su resplandor mucho más allá de la estrecha rendija de tiempo que les fue concedida, como si hubieran encontrado una forma discreta pero eficaz de resistirse a la desaparición y al olvido. Para comprenderlo bastaría recordar que nos separan ya más de cuatro siglos de la muerte de Shakespeare, un lapso que constituye una distancia casi inconcebible para cualquier vida individual, una llanura de tiempo insalvable; y, sin embargo, sus palabras continúan resonando con una familiaridad sorprendente, infiltrándose en novelas, películas, obras de teatro y conversaciones cotidianas, como si jamás hubieran abandonado del todo nuestro presente. Sus temas siguen siendo los nuestros: la ambición, el amor, la traición, la culpa, el deseo o el miedo. Y antes de Shakespeare estuvo Ovidio, cuya voz continúa escuchándose en la del dramaturgo inglés; y antes y después de ambos llegaron otros nombres capaces de prolongar su existencia mediante el extraño mecanismo de la creación artística, ese empeño por dejar huella en el agua. El propio Nabokov pertenece, desde luego, a esa reducida estirpe, quizá porque el arte posee la facultad singular de independizarse de quien lo produjo, de soltarle la mano y dejarle atrás en su camino. Una vez creada, la obra comienza una vida propia que ya no pertenece enteramente a su autor: los libros siguen siendo leídos por personas que jamás conocieron a quienes los escribieron; las pinturas continúan emocionando a ojos separados por siglos de aquellos que las contemplaron por primera vez; hay músicas que siguen sonando cuando ya no queda nadie que recuerde la voz, el rostro o las preocupaciones de quien las compuso, como si ciertas notas poseyeran una obstinación mineral que el tiempo, con toda su capacidad de erosión, no logra doblegar del todo. Y algo semejante ocurre con la arquitectura, aunque de un modo todavía más físico y por ello más expuesto, porque las obras arquitectónicas no sólo sobreviven a sus creadores, sino que además continúan siendo habitadas, recorridas, modificadas, discutidas y reinterpretadas por generaciones sucesivas.
Pocas trayectorias ilustran mejor esta capacidad de permanencia, este negarse a ser enteramente borrado, que la de Miguel Fisac, cuya carrera constituye una de las aventuras intelectuales más singulares de la arquitectura española del siglo XX. Resulta difícil encontrar otro arquitecto que transitara con semejante naturalidad por territorios aparentemente incompatibles entre sí, desde las primeras obras vinculadas a la arquitectura neoclásica de posguerra hasta las exploraciones sobre el hormigón flexible, pasando por sus investigaciones estructurales de sus célebres vigas-hueso. Cada etapa parece negar u olvidar la anterior y, sin embargo, todas forman parte de una misma y obsesiva búsqueda, de un hilo invisible que las une. Fisac desconfiaba profundamente de la repetición, que se le antojaba una forma de traición intelectual, una cómoda renuncia al riesgo. Por eso su obra se nos presenta hoy no como un catálogo estático, sino como una sucesión de metamorfosis continuas, como una conversación ininterrumpida consigo mismo.
Y quizá sea precisamente esa condición mudable la que explica la extraordinaria y casi paradójica actualidad de su legado. Vivimos en una época dominada por la velocidad y la tiranía de las imágenes efímeras, por la fugacidad de los impactos visuales y por una atención cada vez más fragmentaria. Y, a pesar de ello, muchas obras de Fisac parecen dialogar con sorprendente facilidad con este tiempo nuestro. Sus edificios poseen una fuerza visual inmediata, una capacidad evocadora que se impone al turista accidental incluso antes de que este conozca, si es que llega a hacerlo, los fundamentos teóricos que los sustentan. Pero esa potencia icónica, que tan bien se adapta a nuestras pantallas, convive con una profunda densidad intelectual, son arquitecturas que pueden contemplarse durante unos segundos en un teléfono y resultar memorables, sí, pero que también recompensan, a quien todavía conserve esa rara paciencia, la observación prolongada, el análisis minucioso y la reflexión crítica que no se conforma con la superficie de las cosas.
No son muchos, desde luego, los artistas que consiguen semejante supervivencia, y menos aún si hablamos de arquitectos, cuya obra está sometida no sólo al desgaste físico y natural del tiempo, sino a las transformaciones urbanas, a la especulación y a las cambiantes y a menudo caprichosas sensibilidades culturales de cada época. Y sin embargo, la arquitectura de Miguel Fisac parece atravesar actualmente un momento de renovado e intenso interés; sus edificios aparecen con frecuencia en producciones cinematográficas, son objeto de nuevas investigaciones académicas y continúan despertando la curiosidad, a veces el asombro, de arquitectos, estudiantes y especialistas de distintos países.
Una prueba especialmente significativa de esta vigencia, de este no haberse apagado del todo, es la próxima celebración del Congreso Internacional “Miguel Fisac. Forma, materia y luz: la construcción del espacio sagrado”, que tendrá lugar en Bolonia los próximos 25 y 26 de junio de 2026. Durante dos jornadas, la ciudad que alberga la universidad más antigua de Europa —y que de algún modo es el archivo cultural de los europeos que hoy somos— acogerá un encuentro dedicado exclusivamente al estudio de la arquitectura religiosa del arquitecto, que sigue siendo una de las aportaciones más originales e innovadoras de la arquitectura de todo el siglo XX. El congreso reunirá a investigadores, arquitectos y especialistas procedentes de distintos países con el único propósito de analizar la vigencia de su pensamiento y la actualidad de una obra que, lejos de estar muerta, continúa generando preguntas. La sesión inaugural contará con la intervención del presidente de la Fundación Miguel Fisac, quien abordará precisamente esa extraordinaria capacidad de transformación que caracterizó al arquitecto durante toda su trayectoria; porque si existe un rasgo, un hilo de Ariadna que atraviesa la obra entera de Fisac es su negativa a permanecer inmóvil. Su arquitectura evoluciona constantemente, se corrige, se contradice y se reinventa, como si hubiera comprendido que la fidelidad más profunda consiste, a veces, en no dejar nunca de cambiar y en no parecerse demasiado al que uno fue ayer.
Y tal vez sea ahí, precisamente en esa resistencia al estatismo, donde la reflexión de Nabokov adquiere un significado imprevisto, y acaso reconfortante. Porque si la existencia humana es apenas una rendija de luz entre dos eternidades de tinieblas, entonces la verdadera singularidad, el único triunfo posible sobre esa negrura que nos acecha, no consiste en el empeño imposible de prolongar indefinidamente nuestra propia luz, algo vedado a todos los mortales, sino en conseguir que su resplandor, su lejano destello, continúe reflejándose en otros mucho después de haber desaparecido. Algunos lo logran mediante palabras; otros, mediante imágenes; unos pocos, mediante espacios capaces de seguir emocionando a quienes los recorren mucho tiempo después de haber sido construidos.
Miguel Fisac pertenece, sin duda, a esa minoría excepcional y un tanto envidiable. Sus edificios continúan hablando con elocuencia cuando ya no está quien los imaginó; sus ideas siguen generando nuevas conversaciones y, tal vez, nuevos desacuerdos. Y mientras eso ocurra, mientras alguien se detenga ante una de sus obras y encuentre en ella una pregunta todavía vigente, la oscuridad no habrá terminado de cerrarse del todo sobre su nombre. Porque, como escribe con acierto el crítico Alfonso de la Torre,
“todos somos un relato que va más allá de la vida”.
Y quizá el verdadero y más alto privilegio de ciertos creadores consista precisamente en eso, en que se mantenga un pequeño fulgor centelleante cuando nuestra propia y diminuta rendija de luz ya se ha extinguido para siempre.




