[:es]
“Una noche, la gente del espejo invadió la Tierra. Su fuerza era grande, pero al cabo de sangrientas batallas las artes mágicas del Emperador Amarillo prevalecieron. Éste rechazó a los invasores, los encarceló en los espejos y les impuso la tarea de repetir, como en una especie de sueño, todos los actos de los hombres. Los privó de su fuerza y de su figura y los redujo a simples reflejos serviles. Un día, sin embargo, sacudirán ese letargo mágico.”
Antecedentes
Resulta difícil precisar qué fueron los habitantes del cristal. En la distancia, todavía son un enigma, resultado tal vez inevitable de las transformaciones sufrida por el vidrio desde el siglo XIX al XXI, en especial de su uso en la arquitectura: sus primeras aplicaciones, en el albor de la Revolución Industrial, en la construcción de espacios más livianos y transparentes —que expandían los límites de la razón al último hueco de un mundo hasta entonces poblado sólo por sombras y mitos— dieron paso a su masiva multiplicación, proliferación y expansión en las pantallas-retina de los aparatos móviles, que pasaron a funcionar como prótesis sensibles de los cuerpos de los llamados habitantes del cristal —pegadas a ellos, a sus ojos y a sus dedos—.

Fue entonces cuando el mundo se llenó de ventanas en apariencia opacas pero hiperconectadas entre sí, que inundaron todo de una sobreabundante información. Pese al tiempo que ha pasado, aún hoy cuesta develar todas este proceso, pero resulta necesario atender a las cualidades que distinguían a esos habitantes de esta ‘otra’ arquitectura más enfocada en la capacidad de interconexión que en el espacio, donde la forma era menos importante que la velocidad de respuesta y en la que, por fin, se cumplió una de las más destacadas expectativas modernas: el destierro total de lo privado de la vida humana.
Sin sentidos: ni tacto, ni vista
Envueltos por una finísima capa de vidrio, los habitantes del cristal sólo podían enfrentarse a un entorno aséptico, carente de sabor y de olor. Una prisión para los sentidos que, aunque les impedía entrar en contacto con cualquier cosa más allá del vidrio, también les defendía de cualquier daño. La envolvente impenetrable actuaba como una pantalla que no sólo les hacía llegar luz e información, sino que les aliviaba de la necesidad de enfrentarse de forma directa a un exterior extremadamente caótico e incomprensible.
Sin embargo, y pese al equívoco que puede dar lugar esta forma de separación, los habitantes del cristal palpaban con frecuencia; usaban sus dedos de forma reiterativa, pero como las cosas que ‘tocaban’ estaban siempre ubicadas al otro lado de la mencionada pantalla —una membrana dura pero afable al tanto que envolvía todo bajo una superficie lisa, sin asperezas y agradable al tacto— sólo podían sentir el mundo como un lugar sin fricción, ni roce, ni transgresión, sobre el cual sus dedos podían deslizar sin tener que enfrentarse a ningún problema ni rugosidad. El tacto se limitaba a la interacción con un velo sensible, capaz de reaccionar a la yema de los dedos, pero que condenaba a los cuerpos a vivir en un interior impermeable.
¿Por qué seguir manteniendo la nostalgia del contacto? Dado que el vidrio que encerraba a los habitantes del cristal, les permitía mantenerlos a resguardo en un entorno inocuo, separado de forma permanente de cualquier amenaza, la insistencia por seguir tocando se debía, quizá, a un residuo genético en la evolución o a un anhelo imperecedero surgido de la negación del placer físico. De cualquier manera, era un mal menor y dicho velo tenía sus ventajas: los dedos y la piel de los habitantes del cristal eran ya demasiado finos y delicados para enfrentarse a la verdadera naturaleza material de las cosas que poblaban el mundo y, de haber tocado dichas cosas sin la intermediación de la pantalla, habrían sufrido frente la áspera textura de lo real.
Pero los habitantes del cristal no sólo vieron mermado su sentido del tacto, también carecían de ojos propios. Los suyos habían sido capturados mucho tiempo atrás por una visión ocularcentrista, una emancipada de sus cuerpos, que operaba siempre desde fuera y en la distancia; una visión exteriorizada, que miraba y les miraba con unos ojos fríos y duros, carentes de párpados y que, más que contemplar, vigilaba y sospechaba —registrando siempre en alta definición—. No es que carecieran de forma literal de órganos oculares, sino que estos habían sido sometidos por nuevo imperio visual marcado por los nuevos aparatos ópticos —las pantallas-retina— que actuaban como prótesis que expandían y enriquecían la realidad más allá de lo visible, superponiendo y develando información —existente o no en ese lugar— que transformaba lo real —fuera cosa, animal o humano— en una imagen predefinida, lista para ser procesada y consumida sin cuestionamiento por los ojos abatidos de los habitantes del cristal.

Sin cuerpo: ni memoria, ni lenguaje, ni imaginación
Fue un paso natural que, una vez sus sentidos ya habían sido reducidos al mínimo, era igualmente fácil desapropiarse de otros aspectos por entonces nada esenciales: su memoria, su lenguaje y la materia misma de sus cuerpos. En cierta manera, los habitantes del cristal se percataron poco a poco que el peso de su carne les lastraba de la posibilidad de habitar realmente el cristal. Su mayor reto fue el de avanzar entonces hacia la superficialidad, donde las cosas no son cosas, sino sus propias imágenes ideales. Además, tan pronto se descubrió que estas imágenes circulaban mejor y más eficientemente que los cuerpos, hasta entonces demasiado pesados, frágiles e ineficaces, y dado que la aceleración era un requisito cada vez mayor para estar en el mundo, no pasó mucho tiempo para que cualquiera quisiera convertirse en imagen. El resultado subsecuente fue la proliferación y superabundancia de millones imágenes que, en pocos años, permitió a los habitantes del cristal dejar de imaginar, esto es, dejaron de producir nuevas imágenes; no porque no tuvieran capacidad, sino porque el esfuerzo ya no valía la pena, pues siempre existía una imagen previa y disponible para conocer, consumir o comunicarse con los demás.
Sin imaginación y con acceso a una infinita información, los habitantes del cristal descubrieron que, rara vez, tenían la necesidad de recordar —al menos de la forma en la que nosotros lo hacemos—. Ellos, aunque tenían la disponibilidad de registrar y archivar toda su vida gracias a las pantallas-retina —un registro que alguna empresa en algún lugar deslocalizado y desconocido resguarda a salvo del paso del tiempo, del polvo o de la humedad—, donaron su memoria propia, la externalizaron y permitieron que sus recuerdos estuvieran siempre accesibles por un módico costo simbólico. Este desapego hizo que sólo fueran capaces retener en su mente unas pocas imágenes: aquellas que pudieran leerse de forma más clara y con menor gasto energético. Ello provocó que los códigos comunicativos tuvieran la necesidad de abstraerse y simplificarse —en resumen, superficializarse—, para adaptarse mejor a las demandas de su nuevo entorno. Pero las cosas no eran tan sencillas, Las imágenes —así como los habitantes del cristal, que, por entonces, no eran otra cosa que una imagen— descubrieron que su supervivencia dependía no sólo de su aplanamiento, sino de la capacidad de reproducirse y replicarse de forma viral una y otra vez en un proceso de desgaste que iba de la mano de su propia inmolación en miles de fragmentos de sí mismos que, sin embargo, les evitaba ser desterrados al olvido. La fortuna quiso que los habitantes del cristal se aliaran con sus pantallas, donde encontraron el refugio necesario, primero en su replicación para acabar haciendo de su vida un performance que ser seguida en directo —o sin apenas desfase— por cualquier persona. Su capacidad de autorreproducción se hallaba en la materialización de una marca propia con fuerza e identidad suficiente, en la que los habitantes del cristal actuaban como empresarios de sí mismos y de sus opiniones.
No había pasado mucho, cuando se dieron cuenta que ya no tenían mucho más que decir. Poco importó, ellos siguieron hablando hasta que, por fin, vaciaron por completo el lenguaje de sentido. Una vez el lenguaje fue vencido, los habitantes del cristal lograron, al fin, desprenderse de su cuerpo, —su peso, su carne, su abyección—, que pasó a ser una vieja reminiscencia demasiado vulnerable que sólo les advertía del paso del tiempo. Negándolo —y por tanto negando su potencia— pudieron devenir en una imagen perfecta y aventurarse en la tan recurrida pasividad: supuesto descanso y goce de una vida voyerista. Y es que, atrapados e insensibles, sin voz ni memoria para reconocerse, los habitantes del cristal se convirtieron, en su gran mayoría, espectadores de una vida que no les pertenecía —una vida fuera de la suya—. Como tales, su acción se reducía a mirar —siempre desde la distancia, la distancia necesaria para nunca implicarse lo suficiente con las cosas o los problemas— lo que pasaba y se deshacía por delante suya.
Para evitar caer en alguna acción que les volviera a hacer conscientes de su corporeidad, los habitantes del cristal se refugiaron en sus pantallas, las cuales les otorgaron la facultad de acceder a cualquier punto, conocer cualquier cosa o descubrir cómo hacer aquello que les pueda interesar en ese preciso momento. Con todo disponible a cualquier hora del día, los habitantes del cristal, siempre ávidos de saber más, ordenaban, consumían, descargaban y acumulaban miles de datos sobre los que rara vez volvían. Así, los habitantes del cristal finalmente construyeron una relación particular y diferente con el tiempo, al que no percibían como una sucesión más o menos lineal de eventos o acontecimientos —donde el pasado ya pasó y el futuro está por venir—, sino que el tiempo comenzaba justo cuando las pantallas se encendían y terminaba cuando se apagaban —si es que alguna vez lo hacían—. Ello les permitía pensar un tiempo múltiple: anacrónico, sincrónico, diacrónico y en tiempo real.

Sin fantasmas: ni sombra, ni noche, ni emoción
Si bien habían encontrado la manera de mermar sus sentidos, su imaginación y hasta su cuerpo, a los habitantes del cristal les quedaba desapegarse de la emoción. El modo fue bastante sencillo: el control preciso de la iluminación.
Pese a la creencia popular, que les asocia a la transparencia tradicional, los habitantes del cristal escasamente recibían la luz solar —o de cualquier otra fuente de energía natural—. Al contrario, la luz que percibían era, en realidad, mera iluminación emitida por las múltiples pantallas-membrana que les rodeaban. Una luz que intentaba extinguir por completo cualquier secreto, cualquier aspecto siniestro que pudiera aparecerse en sus vidas. Después de todo, como las pantallas que contenían a los habitantes del cristal no sólo proyectaban miles de imágenes, sino que también registraban —ya fuera mediante el uso de cámaras incorporadas sobre el cristal, capaces de entender los sentimientos de aquellos a quienes veían, como de determinar y predecir actitudes (no) deseadas, como analizando sus gustos (likes) y preferencias: los lugares que más ‘visitaban’, aquello que más miraban, ciertas búsquedas ocasionales, etc…— los habitantes del cristal modelaron su conducta para evitar cualquier señalamiento o conducta que pudiera traer algún tipo de marca sobre ellos.
Portadora también de información, esta luz actuaba era como una bruma lechosa pero inocua y siempre fría que hizo posible, además, extinguir la noche y superar las viejas divisiones de trabajo-ocio-descanso, transformando cada lugar del mundo en un espacio productivo que pudiera rendir en pleno funcionamiento durante 24 horas al día y 7 días a la semana.
Esa disponibilidad completa, les permitió tanto consumir y devorar insaciablemente cualquier aspecto del mundo, así como mantenerse ocupados permanentemente y abortar, de paso, cualquier forma de implicación que transformara sus sentimientos hacia lugares no deseados. El objetivo, finalmente, era propiciar un entorno lo suficientemente seguro y alejado de cualquier aspecto indeseable —fuera externo o propio de cada uno de los habitantes del cristal—, algo extremadamente importante en un mundo inundado de imágenes indeseadas, de imágenes que, en definitiva, causaran o propiciaran alguna afección no necesaria.
Cabe aclarar que, si bien la privacidad parecía desterrada bajo la luz, no todo podía estar igualmente iluminado. La construcción de sus prótesis-pantalla era consecuencia de formas de explotación planetarias que pocos estaban dispuestos a sacrificar. Conscientemente, se construyeron zonas de escasa resolución y menor potencia lumínica que, por esa menor visibilidad, daban cuenta de la violencia que suponía su censura. Esta realidad, configurada como una imagen pobre frente a un entorno emitido en alta definición, podían introducirse por alguna grieta y llegar, aunque fuera de forma imprevista, a los habitantes del cristal.
El peligro radicaba entonces en la capacidad de estas imágenes de generar una respuesta no deseada para los habitantes del cristal, un shock, que pudiera sacarlos de su soñado mundo compartido. Sin embargo, tal peligro era casi siempre improbable: como ninguna imagen pasaba el tiempo suficiente ante ellos, descubrieron pronto que ya no existía la necesidad de implicarse en cualquier asunto que estuviera más allá de ellos mismos.
Así, esta luz cargada siempre de información acelerada funcionaba como una anestesia a la empatía: calmaba y apaciguaba el estrés producido por un modelo de vida sin descanso —24/7—, insensible —sin aquello que percibían con los sentidos—, sin contacto con el otro —fuera persona, animal o cosa—, y que necesitaba de un alto costo humano y ambiental para existir.
Una alternativa
Finalmente, los habitantes del cristal desaparecieron. La posibilidad de compartirlo todo de sí mismo no implica la construcción de un mundo común y la gran verdad era, después de todo, que a los habitantes del cristal habían sufrido el secuestro de su vida: su cuerpo, su noche, su descanso, sus sentidos, sus afectos, que habían sido atrapados por la nostalgia y capitalizados y vendidos sin demora al mejor postor.
La destrucción de la privacidad trajo consigo una preocupación del yo individual frente al nosotros colectivo y, en especial, de la imagen frente al cuerpo. Pero este cuerpo, pese a los intentos de eliminación, persistía como un remanente de un mundo anterior. Quizás estaba atrofiado, minimizado y cansado, pero fue justo en ese dolor y en esa vulnerabilidad donde aún existía la capacidad del mismo de revelarse: su potencia.

Hizo falta que los habitantes del crireflexiónstal se sacudieran de su letargo contra todas las formas de dominio que enclaustraban su vida: fue en ese momento cuando hacia los márgenes de la representación, valorando lo periférico de su mirada y el fuera del foco de atención de las miradas impuestas. Fue allí donde comenzaron a construir otras relaciones, lejos de las pantallas, de la luz; fue allí donde recuperaron el mundo sensible: el tacto, la caricia, el golpe y del valor de la palabra, sus sentidos.
El cuidado, el propio y el del otro. Al calor de un nuevo mundo común se les permitió reconocer y reconocerse en el otro y los habitantes del cristal, hasta entonces cegados, decidieron que, de nuevo, debían dejarse afectar.
Pedro Hernández · arquitecto
Ciudad de México. Mayo 2017
Este texto fue publicado en las actas del Congreso COCA 2017. ETSAM, Madrid[:gl]
“Unha noite, a xente do espello invadiu a Terra. A súa forza era grande, pero ao cabo de sanguentas batallas as artes máxicas do Emperador Amarelo prevaleceron. Este rexeitou aos invasores, encarcerounos nos espellos e impúxolles a tarefa de repetir, como nunha especie de soño, todos os actos dos homes. Privounos da súa forza e da súa figura e reduciunos a simples reflexos serviles. Un día, con todo, sacudirán ese letargo máxico.”
Antecedentes.
Resulta difícil precisar que foron os habitantes do cristal. Na distancia, aínda son un enigma, resultado talvez inevitable das transformacións sufrida polo vidro desde o século XIX ao XXI, en especial do seu uso na arquitectura: as súas primeiras aplicacións, no albor da Revolución Industrial, na construción de espazos máis liviáns e transparentes —que expandían os límites da razón ao último oco dun mundo ata entón poboado só por sombras e mitos— deron paso á súa masiva multiplicación, proliferación e expansión nas pantallas-retina dos aparellos móbiles, que pasaron a funcionar como próteses sensibles dos corpos dos chamados habitantes do cristal —pegadas a eles, aos seus ollos e aos seus dedos—.

Foi entón cando o mundo encheuse de xanelas en aparencia opacas pero hiperconectadas entre si, que alagaron todo dunha sobreabundante información. Pese á vez que pasou, aínda hoxe custa develar todas este proceso, pero resulta necesario atender ás calidades que distinguían a eses habitantes desta ‘outra’ arquitectura máis enfocada na capacidade de interconexión que no espazo, onde a forma era menos importante que a velocidade de resposta e na que, por fin, cumpriuse unha das máis destacadas expectativas modernas: o desterro total do privado da vida humana.
Sen sentidos: nin tacto, nin vista.
Envolvidos por unha finísima capa de vidro, os habitantes do cristal só podían enfrontarse a unha contorna aséptico, carente de sabor e de cheiro. Unha prisión para os sentidos que, aínda que lles impedía entrar en contacto con calquera cousa máis aló do vidro, tamén lles defendía de calquera dano. A envolvente impenetrable actuaba como unha pantalla que non só lles facía chegar luz e información, senón que lles aliviaba da necesidade de enfrontarse de forma directa a un exterior extremadamente caótico e incomprensible. Con todo, e pese ao equívoco que pode dar lugar esta forma de separación, os habitantes do cristal palpaban con frecuencia; usaban os seus dedos de forma reiterativa, pero como as cousas que ‘tocaban’ estaban sempre situadas alén da mencionada pantalla —unha membrana dura pero afable ao tanto que envolvía todo baixo unha superficie lisa, sen asperezas e agradable ao tacto— só podían sentir o mundo como un lugar sen fricción, nin rozamento, nin transgresión, sobre o cal os seus dedos podían deslizar sen ter que enfrontarse a ningún problema nin rugosidade. O tacto limitábase á interacción cun veo sensible, capaz de reaccionar á xema dos dedos, pero que condenaba aos corpos para vivir nun interior impermeable.
Por que seguir mantendo a nostalxia do contacto? Dado que o vidro que encerraba aos habitantes do cristal, permitíalles mantelos a resgardo nunha contorna inocuo, separado de forma permanente de calquera ameaza, a insistencia por seguir tocando debíase, quizá, a un residuo xenético na evolución ou a un anhelo imperecedero xurdido da negación do pracer físico. De calquera xeito, era un mal menor e devandito veo tiña as súas vantaxes: os dedos e a pel dos habitantes do cristal eran xa demasiado finos e delicados para enfrontarse á verdadeira natureza material das cousas que poboaban o mundo e, de tocar ditas cousas sen a intermediación da pantalla, sufrirían fronte a áspera textura do real.
Pero os habitantes do cristal non só viron minguado o seu sentido do tacto, tamén carecían de ollos propios. Os seus foran capturados moito tempo atrás por unha visión ocularcentrista, unha emancipada dos seus corpos, que operaba sempre desde fóra e na distancia; unha visión exteriorizada, que miraba e miráballes cuns ollos fríos e duros, carentes de pálpebras e que, máis que contemplar, vixiaba e sospeitaba —rexistrando sempre en alta definición—. Non é que carecesen de forma literal de órganos oculares, senón que estes foran sometidos por novo imperio visual marcado polos novos aparellos ópticos —as pantallas-retina— que actuaban como prótese que expandían e enriquecían a realidade máis aló do visible, superpoñendo e develando información —existente ou non nese lugar— que transformaba o real —fose cousa, animal ou humano— nunha imaxe predefinida, lista para ser procesada e consumida sen cuestionamento polos ollos abatidos dos habitantes do cristal.

Sen corpo: nin memoria, nin linguaxe, nin imaxinación.
Foi un paso natural que, unha vez os seus sentidos xa foran reducidos ao mínimo, era igualmente fácil desapropiarse doutros aspectos por entón nada esenciais: a súa memoria, a súa linguaxe e a materia mesma dos seus corpos. En certa maneira, os habitantes do cristal decatáronse aos poucos que o peso da súa carne lastráballes da posibilidade de habitar realmente o cristal. O seu maior reto foi o de avanzar entón cara á superficialidade, onde as cousas non son cousas, senón as súas propias imaxes ideais. Ademais, tan pronto se descubriu que estas imaxes circulaban mellor e máis eficientemente que os corpos, ata entón demasiado pesados, fráxiles e ineficaces, e dado que a aceleración era un requisito cada vez maior para estar no mundo, non pasou moito tempo para que calquera quixese converterse en imaxe. O resultado subsecuente foi a proliferación e superabundancia de millóns imaxes que, en poucos anos, permitiu aos habitantes do cristal deixar de imaxinar, isto é, deixaron de producir novas imaxes; non porque non tivesen capacidade, senón porque o esforzo xa non valía a pena, pois sempre existía unha imaxe previa e dispoñible para coñecer, consumir ou comunicarse cos demais.
Sen imaxinación e con acceso a unha infinita información, os habitantes do cristal descubriron que, de cando en cando, tiñan a necesidade de lembrar —polo menos da forma na que nós o facemos—. Eles, aínda que tiñan a dispoñibilidade de rexistrar e arquivar toda a súa vida grazas ás pantallas-retina —un rexistro que algunha empresa nalgún lugar deslocalizado e descoñecido resgarda a salvo do paso do tempo, do po ou da humidade—, doaron a súa memoria propia, a externalizaron e permitiron que os seus recordos estivesen sempre accesibles por un módico custo simbólico. Este desapego fixo que só fosen capaces reter na súa mente unhas poucas imaxes: aquelas que puidesen lerse de forma máis clara e con menor gasto enerxético. Iso provocou que os códigos comunicativos tivesen a necesidade de abstraerse e simplificarse —en resumo, superficializarse—, para adaptarse mellor ás demandas da súa nova contorna. Pero as cousas non eran tan sinxelas, As imaxes —así como os habitantes do cristal, que, por entón, non eran outra cousa que unha imaxe— descubriron que a súa supervivencia dependía non só da súa aplanamiento, senón da capacidade de reproducirse e replicarse de forma viral unha e outra vez nun proceso de desgaste que ía da man da súa propia inmolación en miles de fragmentos de si mesmos que, con todo, evitáballes ser desterrados ao esquecemento. A fortuna quixo que os habitantes do cristal aliásense coas súas pantallas, onde atoparon o refuxio necesario, primeiro na súa replicación para acabar facendo da súa vida un performance que ser seguida en directo —ou sen apenas desfasamento— por calquera persoa. A súa capacidade de autorreproducción achábase na materialización dunha marca propia con forza e identidade suficiente, na que os habitantes do cristal actuaban como empresarios de si mesmos e das súas opinións.
Non pasara moito, cando se deron conta que xa non tiñan moito máis que dicir. Pouco importou, eles seguiron falando ata que, por fin, baleiraron por completo a linguaxe de sentido. Unha vez a linguaxe foi vencido, os habitantes do cristal lograron, ao fin, desprenderse do seu corpo, —o seu peso, a súa carne, a súa abxección—, que pasou a ser unha vella reminiscencia demasiado vulnerable que só lles advertía do paso do tempo. Negándoo —e por tanto negando a súa potencia— puideron devir nunha imaxe perfecta e aventurarse na tan recorrida pasividade: suposto descanso e goce dunha vida voyerista. E é que, atrapados e insensibles, sen voz nin memoria para recoñecerse, os habitantes do cristal convertéronse, na súa gran maioría, espectadores dunha vida que non lles pertencía —unha vida fóra da súa—. Como tales, a súa acción reducíase a mirar —sempre desde a distancia, a distancia necesaria para nunca implicarse o suficiente coas cousas ou os problemas— o que pasaba e desfacíase por diante súa.
Para evitar caer nalgunha acción que lles volvese a facer conscientes da súa corporeidade, os habitantes do cristal refuxiáronse nas súas pantallas, as cales lles outorgaron a facultade de acceder a calquera punto, coñecer calquera cousa ou descubrir como facer aquilo que lles poida interesar nese preciso momento. Con todo dispoñible a calquera hora do día, os habitantes do cristal, sempre ávidos de saber máis, ordenaban, consumían, descargaban e acumulaban miles de datos sobre os que de cando en cando volvían. Así, os habitantes do cristal finalmente construíron unha relación particular e diferente co tempo, ao que non percibían como unha sucesión máis ou menos lineal de eventos ou acontecementos —onde o pasado xa pasou e o futuro está por vir—, senón que o tempo comezaba xusto cando as pantallas acendíanse e terminaba cando se apagaban —se é que algunha vez facíano—. Iso permitíalles pensar un tempo múltiple: anacrónico, sincrónico, diacrónico e en tempo real.

Sen pantasmas: nin sombra, nin noite, nin emoción.
Aínda que atoparan a maneira de minguar os seus sentidos, a súa imaxinación e ata o seu corpo, aos habitantes do cristal quedaba desapegarse da emoción. O modo foi bastante sinxelo: o control preciso da iluminación.
A pesar da crenza popular, que lles asocia á transparencia tradicional, os habitantes do cristal escasamente recibían a luz solar —ou de calquera outra fonte de enerxía natural—. Ao contrario, a luz que percibían era, en realidade, mera iluminación emitida polas múltiples pantallas-membrana que lles rodeaban. Unha luz que tentaba extinguir por completo calquera segredo, calquera aspecto sinistro que puidese aparecerse nas súas vidas. Despois de todo, como as pantallas que contiñan aos habitantes do cristal non só proxectaban miles de imaxes, senón que tamén rexistraban —xa fóra mediante o uso de cámaras incorporadas sobre o cristal, capaces de entender os sentimentos daqueles a quen vía, como de determinar e predicir actitudes (non) desexadas, como analizando os seus gustos (likes) e preferencias: os lugares que máis —visitaban—, aquilo que máis miraban, certas procuras ocasionais, etc…— os habitantes do cristal modelaron a súa conduta para evitar calquera señalamiento ou conduta que puidese traer algún tipo de marca sobre eles.
Portadora tamén de información, esta luz actuaba era como unha bruma lechosa pero inocua e sempre fría que fixo posible, ademais, extinguir a noite e superar as vellas divisións de traballo-lecer-descanso, transformando cada lugar do mundo nun espazo produtivo que puidese render en pleno funcionamento durante 24 horas ao día e 7 días á semana. Esa dispoñibilidade completa, permitiulles tanto consumir e devorar insaciablemente calquera aspecto do mundo, así como manterse ocupados permanentemente e abortar, de paso, calquera forma de implicación que transformase os seus sentimentos cara a lugares non desexados. O obxectivo, finalmente, era propiciar unha contorna o suficientemente segura e afastado de calquera aspecto indesexable —fóra externo ou propio de cada un dos habitantes do cristal—, algo extremadamente importante nun mundo alagado de imaxes indeseadas, de imaxes que, en definitiva, causasen ou propiciasen algunha afección non necesaria. Cabe aclarar que, aínda que a privacidade parecía desterrada baixo a luz, non todo podía estar igualmente iluminado. A construción das súas próteses-pantalla era consecuencia de formas de explotación planetarias que poucos estaban dispostos a sacrificar. Conscientemente, construíronse zonas de escasa resolución e menor potencia lumínica que, por esa menor visibilidade, daban conta da violencia que supoñía a súa censura. Esta realidade, configurada como unha imaxe pobre fronte a unha contorna emitida en alta definición, podían introducirse por algunha greta e chegar, aínda que fóra de forma imprevista, aos habitantes do cristal. O perigo radicaba entón na capacidade destas imaxes de xerar unha resposta non desexada para os habitantes do cristal, un shock, que puidese sacalos do seu soñado mundo compartido. Con todo, tal perigo era case sempre improbable: como ningunha imaxe pasaba o tempo suficiente ante eles, descubriron pronto que xa non existía a necesidade de implicarse en calquera asunto que estivese máis aló deles mesmos.
Así, esta luz cargada sempre de información acelerada funcionaba como unha anestesia á empatía: acougaba e tranquilizaba a tensión producida por un modelo de vida sen descanso —24/7—, insensible —sen aquilo que percibían cos sentidos—, sen contacto co outro —fose persoa, animal ou cousa—, e que necesitaba dun alto custo humano e ambiental para existir.
Unha alternativa.
Finalmente, os habitantes do cristal desapareceron. A posibilidade de compartilo todo de si mesmo non implica a construción dun mundo común e a gran verdade era, despois de todo, que aos habitantes do cristal sufriran o secuestro da súa vida: o seu corpo, a súa noite, o seu descanso, os seus sentidos, os seus afectos, que foran atrapados pola nostalxia e capitalizados e vendidos sen demora ao mellor ofertante.
A destrución da privacidade trouxo consigo unha preocupación do eu individual fronte ao nós colectivo e, en especial, da imaxe fronte ao corpo. Pero este corpo, a pesar dos intentos de eliminación, persistía como un remanente dun mundo anterior. Quizais estaba atrofiado, minimizado e canso, pero foi xusto nesa dor e nesa vulnerabilidade onde aínda existía a capacidade do mesmo de revelarse: a súa potencia.

Fixo falta que os habitantes do crireflexiónstal sacudísense do seu letargo contra todas as formas de dominio que enclaustraban a súa vida: foi nese momento cando cara ás marxes da representación, valorando o periférico da súa mirada e o fóra do foco de atención das miradas impostas. Foi alí onde comezaron a construír outras relacións, lonxe das pantallas, da luz; foi alí onde recuperaron o mundo sensible: o tacto, a caricia, o golpe e do valor da palabra, os seus sentidos. O coidado, o propio e o do outro. Á calor dun novo mundo común permitíuselles recoñecer e recoñecerse no outro e os habitantes do cristal, ata entón cegados, decidiron que, de novo, debían deixarse afectar.
Pedro Hernández · arquitecto
Ciudad de México. Maio 2017
Este texto foi publicado nas actas do Congreso COCA 2017. ETSAM, Madrid[:en]
“One night, the people of the mirror invaded the Earth. His force was big, but after bloody battles the magic arts of the Yellow Emperor prevailed. This one rejected the invaders, imprisoned them in the mirrors and they were imposed by the task of repeating, since in a species of dream, all the acts of the men. It deprived them of his force and of his figure and reduced them to simple servile reflections. One day, nevertheless, they will shake this magic lethargy.”
Background.
It turns out difficult to need what they were the inhabitants of the crystal. In the distance, still they are a crux, proved maybe inevitably of the transformations suffered by the glass from the 19th century the XXIst, especially of his use in the architecture: his first applications, in the whiteness of the Industrial Revolution, in the construction of the most frivolous and transparent spaces -that were expanding the limits of the reason to the last hollow of a world till then populated only by shades and myths- gave step to his massive multiplication, proliferation and expansion on the screens – retinas of the mobile devices, which happened to work as sensitive protheses of the bodies of the so called inhabitants of the crystal – stuck to them, to his eyes and to his fingers-.

It was at the time when the world filled with windows by all appearances opaque but hyperconnected between yes, that flooded everything with a superabundant information. In spite of the time that has happened, still today it costs develar all this process, but it turns out necessary to attend to the qualities that were distinguishing to these inhabitants of these ‘another’ architecture more focused in the capacity of interconnection that in the space, where the form was less important than the speed of response and in which, finally, there was fulfilled one of the most out-standing modern expectations: the total exile of deprived of the human life.
Without senses: neither tact, nor sight.
Wrapped for the thinnest cap of glass, the inhabitants of the crystal only could face an aseptic environment, lacking in flavor and in smell. A prison for the senses that, though it was preventing them from entering in touch with any thing beyond the glass, also it was defending them from any hurt. The surrounding impenetrable one was acting as a screen that not only was making them come light and information, but he was relieving them of the need to face from direct form to an extremely chaotic and incomprehensible exterior. Nevertheless, and in spite of the pun that can give place this form of separation, the inhabitants of the crystal were feeling often; they were using his fingers of reiterative form, but as the things that «were» ‘touching’ they were located always to another side of the mentioned screen – a hard but affable membrane to so much that was wrapping everything under a smooth surface, without roughnesses and agreeable to the tact – only they could feel the world as a place without friction, or fret, or transgression, on which his fingers could slide without having to face either any problem or ruggedness. The tact was limiting itself to the interaction with a sensitive veil, capable of reacting to the yolk of the fingers, but that was condemning to the bodies to live in an impermeable interior.
Why to continue supporting the nostalgia of the contact? Provided that the glass that was enclosing the inhabitants of the crystal, was allowing them to support them to security in an innocuous environment separated from permanent form of any threat, the insistence for continuing touching owed, probably, to a genetic residue in the evolution or to an imperishable longing arisen from the denial of the physical pleasure. Anyhow, it was a minor evil and the above mentioned veil had his advantages: the fingers and the skin of the inhabitants of the crystal were already too thin and delicate to face the real material nature of the things that were populating the world and, of having touched the above mentioned things without the intermediation of the screen, they would have suffered forehead the rough texture of the royal thing.
But the inhabitants of the crystal not only saw his sense of the tact reduced, also they were lacking own eyes. Theirs had been captured a lot of time behind by a vision ocularcentrista, emancipated from his bodies, which it was producing always from out and in the distance; an expressed vision, which was looking and was looking at them with a few eyes cold and hard, lacking in eyelids and that, more that to meditate, was monitoring and suspecting – registering always in high definition-. It is not that they were lacking literal form of ocular organs, but these had been submitted by new visual empire marked by the new optical devices – the screens – retina-that were acting as protheses that were expanding and enriching the reality beyond the visible thing, superposing and develando information – existing or not in this place – that was transforming the royal thing – he was a thing, animal or human being – into a predefined image, ready to be processed and consumed without question by the depressed eyes of the inhabitants of the crystal.

Without body: neither memory, nor language, nor imagination.
It was a natural step that, once his senses already had been reduced to the minimum, it was equally easy to surrender of other aspects for then not essential at all: his memory, his language and the matter itself of his bodies. In certain way, the inhabitants of the crystal noticed little by little that the weight of his meat was ballasting them of the possibility of living really the crystal. His major challenge was of advancing then towards the superficialness, where the things are not things, but his own ideal images. In addition, so soon there was discovered that these images were circulating better and more efficiently than the bodies, till then too heavy, fragile and ineffective, and provided that the acceleration was a requirement every time major to be in the world, a lot of time did not happen in order that anyone wanted to turn into image. The subsequent result was the proliferation and overabundance of million images that, in a few years, it allowed to the inhabitants of the crystal to stop imagining, this is, they stopped producing new images; not because they did not have capacity, but because the effort already was not costing a sorrow, since always there existed a previous and available image to know, to consume or to communicate with the others.
Without imagination and with access to an infinite information, the inhabitants of the crystal discovered that, rarely, they had the need to remember – at least less the form in which we do it-. They, though they had the availability of registering and filing all his life thanks to the screens – retinas – a record that some company in some relocated and unknown place protects to except from the passage of time, from the powder or from the dampness-, donated his own memory, they her externalized and allowed that his recollections were always accessible for a reasonable symbolic cost. This indifference did that only they were capable to retain in his mind a few images: those that could be read of clearer form and with minor energetic expense. It provoked that the communicative codes had the need of be abstracted and be simplified – in short they summarize, superficializarse-, to adapt better to the demands of his new environment. But the things were not so simple, The images – as well as as the inhabitants of the crystal, who, for then, were not another thing that an image – they discovered that his survival was depending not only on his levelling, but of the aptitude to reproduce and to answer of viral form again and again in a process of wear that was going of the hand of his own immolation in thousands of fragments of yes same that, nevertheless, he was avoiding them to be exiled to the oblivion. The fortune wanted that the inhabitants of the crystal were allied by his screens, where they found the necessary refuge, first in his replicación to end up by doing of his life a performance that to be followed live – or without scarcely lack of coordination – for any person. His capacity of autorreproducción was situated in the materialization of an own brand strongly and sufficient identity, in which the inhabitants of the crystal were acting as businessmen of yes same and of his opinions.
It had not happened very much, when they realized that already they did not have much any more that to say. Little mattered, they continued speaking until, finally, they emptied completely the language of sense. Once the language was conquered, the inhabitants of the crystal managed, to the end, to part with his body, – his weight, his meat, his abjectness-, that happened to be an old too vulnerable reminiscence that only was warning them of the passage of time. Denying it – and therefore denying his power – they could develop into a perfect image and to risk in such an appealed passiveness: supposed rest and possession of a life voyerista. And it is that, caught and insensitive, without voice or memory to be recognized, the inhabitants of the crystal turned, in his great majority, spectators of a life that they did not concern – a life out of his one-. As such, his action was coming down to looking – always from the distance, the necessary distance for the sufficient thing never implying with the things or the problems – what was happening and was falling apart ahead his.
To avoid to fall down in some action that was returning to make them conscious of his corporeidad, the inhabitants of the crystal sheltered on his screens, which granted them the faculty to accede to any point, of knowing any thing or discovering how to do that one that could interest them in this precise moment. With everything the available one at any hour of the day, the inhabitants of the crystal, always eager to know more, were ordering, were consuming, were unloading and accumulating thousands of information on those who rarely were returning. This way, the inhabitants of the crystal finally constructed a particular and different relation with the time, to which they were not perceiving as a more or less linear succession of events or events – where the past already happened and the future is for coming-, but the time began rightly when the screens were igniting and was ending when they were going out – if it is that at some time they were doing it-. It was allowing them to think a multiple time: anachronistic, synchronous, diacrónico and real time.

Without ghosts: neither shade, nor night, nor emotion.
Though they had found the way of reducing his senses, his imagination and up to his body, the inhabitants of the crystal still had it desapegarse of the emotion. The way was simple enough: the precise control of the lighting.
In spite of the popular belief, which it they associates with the traditional transparency, the inhabitants of the crystal scantily were receiving the solar light – or of any other natural source of energy-. On the contrary, the light that they were perceiving was, actually, a mere lighting issued by the multiple screens – membranes that they were making a detour. A light that was trying to extinguish completely any secret, any sinister aspect that one could appear in his lives. After everything, like the screens that were containing the inhabitants of the crystal not only were projecting thousands of images, but also they were registering – already out by means of the use of chambers incorporated on the crystal, capable of understanding the feelings of those whom they saw, since of determining and predicting (not wished attitudes, as analyzing his tastes (likes) and preferences: the places that more «they» «were» ‘visiting’, that one at that more they were looking, certain occasional searches, etc … – the inhabitants of the crystal shaped his conduct to avoid any señalamiento or conduct that could bring some type of brand on them.
Carrier also of information, this light was acting was like a milky but innocuous haze and always cold that made possible, in addition, to extinguish the night and to overcome the old divisions of work – ocio-descanso, transforming every place of the world into a productive space that could give good results in full functioning for 24 hours to the day and 7 days a week. This availability completes, it allowed them to consume and to devour so much insatiably any aspect of the world, as well as to be kept busy permanently and to abort, of step, any form of implication that was transforming his feelings towards not wished places. The aim, finally, was an environment propitiated the sufficiently sure thing and removed from any undesirable aspect – it was external or own of each of the inhabitants of the crystal-, slightly extremely important in a world flooded with unwanted images, with images that, definitively, were causing or propitiating some not necessary affection. It is necessary to clarify that, though the privacy it seemed to be exiled under the light, not everything could be equally illuminated. The construction of his prothesis – screen was a consequence of planetary forms of exploitation that few ones were ready to sacrifice. Consciously, there were constructed zones of scanty resolution and minor promotes light that, for this minor visibility, were realizing of the violence that supposed his censorship. This reality formed as a poor image opposite to an environment issued in high definition, they could interfere for some crack and come, though out of unforeseen form, to the inhabitants of the crystal. The danger was taking root then in the capacity of these images to generate a response not wished for the inhabitants of the crystal, a shock, which could extract them of his dreamed shared world. Nevertheless, such a danger was almost always improbable: since no image was happening the sufficient time before them, they discovered soon that already did not exist the need of be involved in any matter that was beyond them same.
This way, this light loaded always with intensive information was working as an anesthesia to the empathy: it was calming and pacifying the stress produced by a model of life without rest-24/7-, insensitively – without that one that they were perceiving with the senses-, without contact with other one – she was a person, animal or thing-, and that needed from a high human and environmental cost to exist.
An alternative.
Finally, the inhabitants of the crystal disappeared. The possibility of sharing everything of yes same does not imply the construction of a common world and the great truth was, after everything, that to the inhabitants of the crystal they had suffered the kidnapping of his life: his body, his night, his rest, his senses, his affections, which had been caught by the nostalgia and capitalized and sold without he delays the best bidder.
The destruction of the privacy brought I obtain a worry of individual me opposite to we group and, especially, of the image opposite to the body. But this body, in spite of the attempts of elimination, was persisting as a remnant of a previous world. Probably it was atrophied, minimized and tired, but it was just in this pain and in this vulnerability where still there existed the capacity of the same one to be revealed: his power.

It was necessary that the inhabitants of the crireflexiónstal were shaking off of his lethargy against all the forms of domain that were cloistering his life: it was in this moment when towards the margins of the representation, valuing the peripheral of his look and out of the area of attention of the well versed looks. It was there where they began to construct other relations, far from the screens, the light; it was there where they recovered the sensitive world: the tact, the caress, the blow and of the value of the word, his senses. The care, the own one and of other one. To the heat of a new common world it was allowed to them recognize and to be recognized in other one and the inhabitants of the crystal, till then blocked up, they decided that, again, they had to stop concern.
Pedro Hernández · architect
Ciudad de México. May 2017
This text was published in the minutes of the Congress COCA 2017. ETSAM, Madrid[:]




