Lo bueno de la crisis | José Ramón Hernández Correa

Vivienda sostenible en Teo (A Coruña), del estudio de arquitectos Iterare | Fotografía: Héctor Santos-Díez | BIS IMAGES
Vivienda sostenible en Teo (A Coruña), del estudio de arquitectos Iterare | Fotografía: Héctor Santos-Díez | BIS IMAGES

Hay en EL PAÍS un artículo [Historias de la arquitectura ‘mileurista] cuya lectura recomiendo encarecidamente. Trata de la fuerza con la que unos arquitectos jóvenes y creativos luchan contra… Iba a escribir “luchan contra la crisis”, pero en realidad contra lo que luchan es contra la inercia y el pesimismo. En cierto sentido “luchan a favor de la crisis”.

A ver si sé aclararme las ideas y explicar lo que quiero decir. Me he negado siempre, por principio, a hablar en este espacio de la crisis que nos está matando. Arquitectos sin dinero, sin trabajo, sin presente y sin futuro. Bancos (esos mismos bancos que hace cuatro días no sabían ya que regalarnos, qué ofrecernos: cavas de ébano para conservar vino, relojes termonucleares, cafeteras anaeróbicas…) que nos cierran cuentas de crédito.

Demandas de “listos” que buscan arañar lo que pueden… No sé dónde vamos a llegar. No sé qué va a ser de nosotros.

La crisis económica ha reducido un promedio de un 5% los sueldos de los funcionarios, ha reducido un no sé cuántos por ciento las ventas de coches, un tanto más la de zapatos… Pero a nosotros no nos ha reducido la actividad un tanto por ciento. No. Nos ha multiplicado por cero, como diría el filósofo americano Bart J. Simpson.

Nos han laminado, nos han aplanado, nos han dejado exhaustos. Y ahora que nos hemos quedado boquerones, la compañía de seguros de responsabilidad civil nos sube la prima una barbaridad porque no da abasto, y el colegio de arquitectos nos sube la cuota, y ya no sabemos qué hacer, ni a quién recurrir.

Leo un aviso de un arquitecto que se ha ido a currar a Sydney y proclama su aventura, pero en seguida dice que apenas puede trabajar como delineante en un estudio, diez horas diarias, en régimen  de semiesclavitud.

A todo esto, el colegio de Madrid celebra un curso de dos mañanas sobre cómo dejar de ser imbécil y empezar a reconvertirse de una puñetera vez. Y resulta que el curso cuesta doscientos euros (¡por dos mañanas! ¡precio especial para colegiados!) para que te digan que aprendas inglés (para irte a Sydney, ¿no te digo?) y que diseñes páginas web.

Y la conclusión que saco es que la mejor reconversión consiste en ponerse a dar cursillos de dos mañanas sobre reconversión, a doscientos euros. (Porque, si no, nos vamos a pasar la vida haciendo páginas web, y en inglés).

Y todo es gris, y todo se hunde, y estamos como colgados de las puntas de los dedos, a punto de caer en el abismo. Los dedos ya no pueden más. Ya no tienen fuerza. A nuestro lado cae un compañero. Después, un poco más allá, cae otro. Ya nos toca. Ya nos toca.

Pero dejemos esa porquería y congratulémonos.

La crisis tiene algo bueno para la arquitectura (la poca arquitectura que se hace) y para los arquitectos: Una revolución de la dignidad.

En estos años pasados podíamos asistir consternados a las cenas anuales de los colegios de arquitectos. ¡Qué parque móvil! ¡Qué abrigos! ¡Qué sombreros! ¡Qué conversaciones! Éramos estupendos, nos sabíamos tocados por el dedo de los dioses, pero nuestro único mérito era tener una churrería de chalés adosados, una cinta sin fin de metros cuadrados de forjados.

Eran años poceriles. Todo el mundo entendía de vinos, todos tenían yate, todos jugaban al golf (incluso en plena Sagra toledana).

Fue un empacho y una orgía cutre. (Una especie de pesadilla en la que queríamos creer que gozábamos de placeres sublimes entre huríes y valquirias, pero en realidad eran los regüeldos pedorros de la zafiedad. Huríes ni una).

Cada promotor quería distinguir su producto con elementos decorativos más singulares y llamativos que el de al lado, pero todo se reducía a salón comedor, cocina y aseo en planta baja y tres dormitorios arriba. Con un patio de tres metros de fondo -retranqueo mínimo exigido- y seis de ancho -el ancho del chalet-. Ese era el paraíso, y si el vecino de la derecha hacía barbacoas y el de la izquierda tenía perro ladrador, ya me dirás tú dónde se escondían las jodías valquirias de las turmas, porque yo te juro que no las vi.

En el artículo que os digo se habla de arquitectos que trabajan, que piensan, que sueñan. Que luchan contra todo, en condiciones precarias, que abaratan la construcción (y sus honorarios) hasta lo inimaginable, para que la ridícula financiación del maldito banco valga para hacer la casa de su cliente.

Ya no se despliegan por doquier los insufribles sofás tapizados con escroto de búfalo. Ya no se ven los suelos de madera de sequoya viudo del Canadá. Ya no se sonoriza el salón de la casa con Dolby Surround 3D Megasound Reflection (para ver Aquí no hay quien viva).

(Fuera de coña. Conocí a un alcalde que tenía en el coche un equipo de música que costaba varios miles de euros, y solo ponía el torito bravo que tiene botines y no va descalzo).

Pues toda esa tontería se ha ido a la mierda. ¡Bien! ¡Tres hurras!

¡Estos chicos de los que habla ese artículo solo hacen arquitectura. Arquitectura heroica!

Algunos dicen que tienen que hacérselo todo, hasta fregar el estudio. Perfecto.

¿No hacían eso y más los alegres discípulos de Taliesin?

No se nos caen los anillos. Porque ya no nos quedan. Los hemos empeñado.

Pero la arquitectura, la poquísima arquitectura que se hace, está más viva que nunca, y está más lista y más despabilada que antes. Por la cuenta que le tiene.

José Ramón Hernández Correa
Doctor Arquitecto y autor de Arquitectamos locos?
Toledo · noviembre 2011

José Ramón Hernández Correa

Nací en 1960. Arquitecto por la ETSAM, 1985. Doctor Arquitecto por la Universidad Politécnica, 1992. Soy, en el buen sentido de la palabra, bueno. Ahora estoy algo cansado, pero sigo atento y curioso.

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