IniciofaroLa arquitectura moderna y el poder. España y el mundo en el...

La arquitectura moderna y el poder. España y el mundo en el s. XX | Antón CapitelA arquitectura moderna e o poder. España e o mundo no s. XX | Antón CapitelThe modern architecture and the power. Spain and the world in the century xx | Antón Capitel

Construcción del Palazzo della Civiltà Italiana. Arquitectos Giovanni Guerrini, Ernesto Bruno La Padula y Mario Roman (Courtesy of Wikicommons)

Con alguna frecuencia he tenido que explicar, como profesor, la arquitectura de los años 40 en el franquismo, o la del nazismo en los 30. Siempre digo que tanto el nazismo como el franquismo tuvieron a la arquitectura moderna como un enemigo, lo que en realidad resulta insólito, pues la arquitectura moderna -dijeran lo que dijeran algunos críticos e historiadores, o digan lo que digan ahora- no tenía contenido ideológico directo alguno. Bien pudiera haber ocurrido que el dictador nazi hubiera sido un entusiasta de la modernidad, incluso por presumir de radical, y hubiera promovido una arquitectura que en buena medida podía considerarse alemana. En gran modo así se hizo en Italia, por ejemplo, y bajo el dictador fascista. Sin embargo, no era así en el nazismo; el jefe era partidario de la arquitectura clásica y académica, en lo que denunciaba su retraso y su falta de educación, y la impuso como tantas cosas.

En el dictador español la cosa era algo distinta, pues aquel ser no tenía mucho criterio en nada que no fuera político, y fueron algunos arquitectos -sobre todo uno- los que impusieron una política arquitectónica conservadora, lo que cuadraba con los gustos convencionales, de clase media baja, del dictador.

Bien, pero, en definitiva, ¿por qué la identificación de la arquitectura moderna como un enemigo, si éste en realidad no lo era, y su adopción hubiera permitido presumir de progresismo técnico y artístico?

En el caso de España quizá pueda esbozarse una contestación.

Sin olvidar la difícil situación a la que había llegado el país bajo el régimen republicano, en buena medida imposible de disculpar, y aunque aquélla no fuera una responsabilidad tan directa de los políticos como se suele decir, pues abundó el sabotaje de unos y de otros, la supuesta «salvación de la Patria» que decidieron llevar a cabo los militares y aquellos que les ayudaron, no se sostiene como razón, y aparece más bien como simple coartada.

La guerra civil no fue un simple golpe de Estado para enderezar el régimen republicano e imponer el orden, lo que podría haber sido. Fue una guerra cruenta, fratricida, artificialmente sostenida en su larga duración para liquidar al enemigo al máximo posible y cambiar por completo la estructura política del país. Si la guerra, según tantos, era inevitable, el resultado tras ella no lo era. Una república parlamentaria se sustituyó por una dictadura personal, al mando de un general de brigada africanista, sin otros méritos que su prestigio entre la extrema derecha, su astucia y su crueldad, ya exhibida con su acción al sofocar y reprimir la revolución de Asturias en 1934.

El oscuro y astuto general de brigada se libró por accidente de sus principales rivales, el general Sanjurjo, Marqués del Rif (africanista como él, que fue su jefe y ya anteriormente sublevado contra la república) y Emilio Mola Vidal (organizador de la rebelión), ambos más inteligentes y de pensamiento político menos limitado del de aquél que luego se las arregló, con trampas bien conocidas, para ser nombrado dictador.

El general de brigada se ascendió a sí mismo a capitán general y pasó a presidir una cruenta y despótica dictadura, apoyado en las derechas, en general, pero sobre todo en un ejército pretoriano, guardaespaldas y cómplice de la operación y pagado con la corrupción más absoluta. No salvaron la Patria, se limitaron a apoderarse de ella. Se apoderaron del Estado y de la sociedad y la pusieron a su servicio. Ello pasó por la destrucción del país, por la muerte y el asesinato de muchos cientos de miles, y por la instauración de la corrupción sistemática y de la entronización social de los negocios sucios.

Ahora, bien, todo esto ¿qué tiene que ver con la arquitectura moderna? Nada en absoluto, pero tampoco tenía nada que ver la arquitectura con la ideología de otros países que, sin embargo, reaccionaron fuertemente en relación a ella. Stalin suprimió violentamente la arquitectura rusa de vanguardia para dar paso a un academicismo decadente «al servicio del pueblo». De Hitler y de Mussolini ya hemos hablado. En Estados Unidos, lo más importante de la arquitectura oficial, las grandes obras en Washington construidas en los años 30, eran un «revival» del neoclásico. En Inglaterra, no sólo las obras oficiales, sino también muchas de las privadas, al menos en Londres, fueron obligadas a servir un clasicismo decadente, que pretendía aún representar al imperio, y que ya flaqueaba incluso en las hábiles manos de Lutyens. La sacralización de la arquitectura moderna como arquitectura de la democracia por parte de los aliados al acabar la segunda guerra mundial fue un apresurado invento, al comprobar que el viejo y vencido enemigo -el nazismo- y el inmediatamente antes aliado y ahora enemigo -el comunismo- practicaban el clasicismo, como ellos mismos también habían hecho. Era, preciso, pues, distinguirse y entronizar un nuevo icono capaz de representar a las «democracias».

En la España franquista, feroz régimen dictatorial, la propaganda era enormemente necesaria, por lo que ya se ha dicho, pues se trataba de justificar por sublimación el hecho de haberse apoderado del país y de haber provocado tal desastre material y tan incontable número de muertos entre los propios compatriotas. La arquitectura fue llamada así a unirse a la propaganda. Quizá el general de brigada devenido dictador y Pedro Muguruza Otaño, arquitecto guipuzcoano a quien el militar africanista había nombrado «Director General de Arquitectura», urdieron juntos la grosera trama de resucitar la arquitectura ecléctica, a la que se iba a llamar «Nacional» -no era la primera vez- y oponerse a los incipientes racionalismo y expresionismo, más o menos identificados con la república por simples razones temporales, y a la que se iba a llamar «arquitectura roja». Quizá el invento fue más bien de Muguruza, que se lo propuso al general de brigada, el cual aplaudiría la ocurrencia, que venía a coincidir con su mediocre gusto de hombre ineducado.

Se promovió, pues, la arquitectura historicista como «arquitectura española». Los arquitectos hubieron de desempolvar sus antiguos libros y manuales de principios de siglo, y tan sólo a uno, Luis Moya Blanco, no le tembló la mano al hacer clasicismo, jugando un papel comparable al de Lutyens en el Reino Unido de anteguerra, aunque más solitario aún.

La pesada broma no pasó de los años 40, salvo en el caso de Moya. Los jóvenes arquitectos franquistas convirtieron pronto la arquitectura moderna en la imagen del Estado y de la sociedad de la dictadura.

La arquitectura se usó así, por unos y por otros, al servicio de la ideología, sin que ésta pudiera verdaderamente contenerla. Fue, por parte de todos, un abuso con respecto a nuestro arte, que si había estado ya a lo largo de la historia al servicio del poder, como es lógico, nunca había sufrido, hasta el siglo XX, manipulaciones tan groseras y tan extraordinarias.

Antonio González-Capitel Martínez · Doctor arquitecto · catedrático en ETSAM
Madrid · febrero 2010

Italian construction of the Palazzo della Civiltà. Architects Giovanni Guerrini, Ernesto Bruno La Padula and Mario Roman (Courtesy of Wikicommons)

With some frequency I have had to explain, as teacher, the architecture of the 40s in the Franco’s regime, or that of the Nazism in the 30. Always I say that both the Nazism and the Franco’s regime had to the modern architecture as an enemy, which actually turns out to be unusual, since the modern architecture – they were saying what some critics and historians should say, or say what they should say now – it did not have ideological direct any content. Well it could have happened that the dictator Nazi had been an enthusiast of the modernity, enclosed for presuming of radically, and had promoted an architecture that mostly German could consider. In great way like that it was done in Italy, for example, and under the fascist dictator. Nevertheless, it was not like that in the Nazism; the chief was partial to the classic and academic architecture, in what it was denouncing his delay and his lack of education, and it imposed it as so many things.

In the Spanish dictator the thing was slightly different, since that being did not have very much criterion in anything that was not political, and they were some architects – especially every one – those who imposed an architectural conservative politics, which was fitting with the conventional tastes, of low middle class, of the dictator.

Well, but, definitively, why the identification of the modern architecture as an enemy, if this one actually it was not, and had his adoption allowed to presume of technical and artistic progressism?

In case of Spain probably an answer could be outlined.

Without forgetting the difficult situation to which the country had come under the republican regime, mostly impossibly to forgive, and though that one was not such a direct responsibility of the politicians since it is in the habit of saying, since the sabotage abounded in some and in others, supposed «salvation of the Mother land» that there decided to carry out the military men and those that helped them, is not supported as reason, and appears rather as simple alibi.

The civil war was not a simple coup d’état to straighten the republican regime and to impose the order, which might have been. It was a bloody, fratricidal war, artificially supported in his long duration to liquidate the enemy to the maximum possibly and to change completely the political structure of the country. If the war, according to so many people, was inevitable, the result after her it was not. A parliamentary republic replaced with a personal dictatorship, supervised by a general of brigade Africanist, without other merits that his prestige between the extreme right, his trickery and his cruelty already exhibited with his action on having suffocated and to suppress the revolution of Asturias in 1934.

The dark and crafty general of brigade freed himself for accident of his principal rivals, the general Sanjurjo, Marquess of the Rif (Africanist like he, which was his chief and already previously revolted against the republic) and Emilio Mola Vidal (organizer of the revolt), more intelligent both and of less limited political thought of of that one who then fixed them up, with well-known traps, to be nominated a dictator.

The general of brigade was promoted to yes same to general captain and happened to preside at a bloody and despotic dictatorship, supported on the rights, in general, but especially in an army pretoriano, bodyguard and accomplice of the operation and paid with the most absolute corruption. They did not save the Mother land, they limited themselves to empowering of her. They got hold of the State and of the company and put it to his service. It happened for the destruction of the country, for the death and the murder of many hundreds of thousands, and for the restoration of the systematic corruption and of the social enthronement of the dirty business.

Now, well, all that what has it to see with the modern architecture? Not by no means at all, but nothing had either that to see the architecture with the ideology of other countries that, nevertheless, reacted strongly in relation to her. Stalin suprimió violently the Russian architecture of forefront to give step to a decadent academicismo «to the service of the people». About Hitler and about Mussolini already we have spoken. In The United States, the most important of the official architecture, the big works in Washington constructed in the 30s, were a «revival» of the neoclassicist. In England, not only the official works, but also great as the private roads, at least in London, were forced to use a decadent classicism, which it was trying to represent still to the empire, and that already was weakening even in Lutyens’s skilful hands. The sacralización of the modern architecture like architecture of the democracy on the part of the allies on having ended the second world war was a hurried invention, on having verified that the old and defeated enemy – the Nazism – and immediately before allied and now enemy – the communism – they were practising the classicism, since they themselves also had done. It was, I add, so, to there distinguish and to be enthroned a new icon capable of representing to the «democracies».

In the pro-Franco Spain, fierce dictatorial regime, the propaganda was enormously necessary, by what already it has been said, since it was a question of justifying for sublimation the fact of having got hold of the country and of having provoked such a material disaster and so countless number of dead men between the own compatriots. The architecture was a call like that to joining the propaganda. Probably the general of brigade developed dictator and Pedro Muguruza Otaño, of Guipuzcoa architect whom the military Africanist had nominated a «General manager of Architecture», urdieron together the rude plot of reviving the eclectic architecture, to which he was going to be been called «A» «Native» – it was not the first time – and to be opposed to the incipient rationalism and expressionism more or less identified with the republic by simple temporary reasons, and to the one that was going to be been called a «red architecture». Probably the invention was rather of Muguruza, who proposed it to the general of brigade, who would applaud the occurrence, which was coming to coincide with his mediocre taste of unpolite man.

The historicist architecture was promoted, so, as «Spanish architecture». The architects had to dust his former books and manuals of beginning of century, and only to one, Luis Moya Blanco, him the hand did not tremble on having done classicism, playing a paper comparable to that of Lutyens in the United Kingdom of anteguerra, though more solitary still.

The heavy joke did not happen of the 40s, except in case of Moya. The young pro-Franco architects turned soon the modern architecture into the image of the State and of the company of the dictatorship.

The architecture was used this way, for some and for others, to the service of the ideology, without this one could contain it really. It was, on the part of all, an abuse with regard to our art, which if it had been already along the history to the service of the power, since it is logical, had never suffered, up to the 20th century, so rude and so extraordinary manipulations.

Antonio González-Capitel Martínez · Doctor architect · professor in ETSAM

Madrid · february 2010

Construción do Palazzo della Civiltà Italiana. Arquitectos Giovanni Guerrini, Ernesto Bruno La Padula e Mario Roman (Courtesy of Wikicommons)

Con algunha frecuencia tiven que explicar, como profesor, a arquitectura dos anos 40 no franquismo, ou a do nazismo nos 30. Sempre digo que tanto o nazismo coma o franquismo tiveron á arquitectura moderna como un inimigo, o que en realidade resulta insólito, pois a arquitectura moderna -dixesen o que dixeran algúns críticos e historiadores, ou digan o que digan agora- non tiña contido ideolóxico directo ningún. Ben puidera acontecer que o ditador nazi tivese sido un entusiasta da modernidade, mesmo por presumir de radical, e tivese promovido unha arquitectura que en boa medida podía considerarse alemá. En gran modo así fíxose en Italia, por exemplo, e baixo o ditador fascista. Non obstante, non era así no nazismo; o xefe era partidario da arquitectura clásica e académica, no que denunciaba o seu atraso e a súa falta de educación, e impúxoa como tantas cousas.

No ditador español a cousa era algo distinta, pois aquel ser non tiña moito criterio en nada que non fose político, e foron algúns arquitectos -sobre todo un- os que impuxeron unha política arquitectónica conservadora, o que cadraba cos gustos convencionais, de clase media baixa, do ditador.

Ben, pero, en definitiva, ¿por que a identificación da arquitectura moderna como un inimigo, se este en realidade non o era, e a súa adopción tería permitido presumir de progresismo técnico e artístico?

No caso de España quizais poida esbozarse unha contestación.

Sen esquecer a difícil situación á que chegara o país baixo o réxime republicano, en boa medida imposible de desculpar, e aínda que aquela non fose unha responsabilidade tan directa dos políticos como se adoita dicir, pois abundou a sabotaxe duns e doutros, a suposta «salvación da Patria» que decidiron levar a cabo os militares e aqueles que lles axudaron, non se sostén como razón, e aparece máis ben como simple coartada.

A guerra civil non foi un simple golpe de Estado para endereitar o réxime republicano e impoñer a orde, o que podería ter sido. Foi unha guerra cruenta, fratricida, artificialmente sostida na súa longa duración para liquidar o inimigo ao máximo posible e cambiar por completo a estrutura política do país. Se a guerra, segundo tantos, era inevitable, o resultado tras ela non o era. Unha república parlamentaria substituíuse por unha ditadura persoal, ao mando dun xeneral de brigada africanista, sen outros méritos que o seu prestixio entre a extrema dereita, a súa astucia e a súa crueldade, xa exhibida coa súa acción ao sufocar e reprimir a revolución de Asturias en 1934.

O escuro e astuto xeneral de brigada librouse por accidente dos seus principais rivais, o xeneral Sanjurjo, Marqués do Rif (africanista como el, que foi o seu xefe e xa anteriormente sublevado contra a república) e Emilio Mola Vidal (organizador da rebelión), ambos os dous máis intelixentes e de pensamento político menos limitado do daquel que logo llas arranxou, con trampas ben coñecidas, para ser nomeado ditador.

O xeneral de brigada ascendeuse a si mesmo a capitán xeral e pasou a presidir unha cruenta e despótica ditadura, apoiado nas dereitas, en xeral, pero sobre todo nun exército pretoriano, gardacostas e cómplice da operación e pagado coa corrupción máis absoluta. Non salvaron a Patria, limitáronse a apoderarse dela. Apoderáronse do Estado e da sociedade e puxérona ao seu servizo. Iso pasou pola destrución do país, pola morte e o asasinato de moitos centos de miles, e pola instauración da corrupción sistemática e da entronización social dos negocios sucios.

Agora, ben, todo isto ¿que ten que ver coa arquitectura moderna? Nada en absoluto, pero tampouco tiña nada que ver a arquitectura coa ideoloxía doutros países que, non obstante, reaccionaron fortemente en relación a ela. Stalin suprimiu violentamente a arquitectura rusa de vangarda para dar paso a un academicismo decadente «ao servizo do pobo». De Hitler e de Mussolini xa falamos. En Estados Unidos, o máis importante da arquitectura oficial, as grandes obras en Washington construídas nos anos 30, eran un «revival» do neoclásico. En Inglaterra, non só as obras oficiais, senón tamén moitas das privadas, polo menos en Londres, foron obrigadas a servir un clasicismo decadente, que pretendía aínda representar ao imperio, e que xa fraqueaba mesmo nas hábiles mans de Lutyens. A sacralización da arquitectura moderna como arquitectura da democracia por parte dos aliados ao rematar a segunda guerra mundial foi un apresurado invento, ao comprobar que o vello e vencido inimigo -o nazismo- e o inmediatamente antes aliado e agora inimigo -o comunismo- practicaban o clasicismo, como eles mesmos tamén fixeran. Era, preciso, pois, distinguirse e entronizar unha nova icona capaz de representar ás «democracias».

Na España franquista, feroz réxime ditatorial, a propaganda era enormemente necesaria, polo que xa se dixo, pois se trataba de xustificar por sublimación o feito de terse apoderado do país e de ter provocado tal desastre material e tan incontable número de mortos entre os propios compatriotas. A arquitectura foi chamada así a unirse á propaganda. Quizais o xeneral de brigada devido ditador e Pedro Muguruza Otaño, arquitecto guipuscoano a quen o militar africanista nomeara «Director Xeral de Arquitectura», urdiron xuntos a groseira trama de resucitar a arquitectura ecléctica, á que se ía chamar «Nacional» -non era a primeira vez- e opoñerse aos incipientes racionalismo e expresionismo, máis ou menos identificados coa república por simples razóns temporais, e á que se ía chamar «arquitectura vermella». Quizais o invento foi máis ben de Muguruza, que llo propuxo ao xeneral de brigada, o cal aplaudiría a ocorrencia, que viña a coincidir co seu mediocre gusto de home ineducado.

Promoveuse, pois, a arquitectura historicista como «arquitectura española». Os arquitectos houberon de desempoar os seus antigos libros e manuais de principios de século, e tan só a un, Luis Moya Blanco, non lle tremeu a man ao facer clasicismo, xogando un papel comparable ao de Lutyens no Reino Unido de anteguerra, aínda que máis solitario aínda.

A pesada broma non pasou dos anos 40, salvo no caso de Moya. Os novos arquitectos franquistas converteron pronto a arquitectura moderna na imaxe do Estado e da sociedade da ditadura.

A arquitectura usouse así, por uns e por outros, ao servizo da ideoloxía, sen que esta puidese verdadeiramente contela. Foi, por parte de todos, un abuso con respecto á nosa arte, que se estivera xa ao longo da historia ao servizo do poder, como é lóxico, nunca sufrira, ata o século XX, manipulacións tan groseiras e tan extraordinarias.

Antonio González-Capitel Martínez · Doctor arquitecto · catedrático en ETSAM

Madrid · febreiro 2010

Antón Capitel
Antón Capitelhttp://acapitel.blogspot.com.es/
Es arquitecto y catedrático de Proyectos de la Escuela de Arquitectura de Madrid, fue director de la revista Arquitectura (COAM) de 1981 a 1986 y de 2001 a 2009. Historiador, ensayista y crítico, ha publicado numerosos artículos en revistas españolas y extranjeras sobre arquitectura española e internacional. Entre sus libros destacan diferentes monografías sobre arquitectos.
ARTÍCULOS RELACIONADOS
ARTÍCULOS DEL AUTOR
0 0 votos
Article Rating
Suscribirse
Notificarme
guest
0 Comments
Los más recientes
Los más viejos Los más votados

Espónsor

Síguenos

23,683FansMe gusta
5,321SeguidoresSeguir
1,844SeguidoresSeguir
23,782SeguidoresSeguir

Promoción

También:

feedly

Columnistas destacados

Íñigo García Odiaga
87 Publicaciones0 COMENTARIOS
Antonio S. Río Vázquez
57 Publicaciones0 COMENTARIOS
José del Carmen Palacios Aguilar
54 Publicaciones0 COMENTARIOS
Aldo G. Facho Dede
50 Publicaciones0 COMENTARIOS