[:es]https://veredes.es/blog/entre-parentesis-jorge-rodriguez/
Con la llegada de las primeras semanas de calor, decidí desplazarme a Campania al encuentro de unos buenos amigos. Una suerte de Grand Tour a la inversa, siempre en tren. Cruzar el estrecho de Messina y notar como tanto el paisaje como las infraestructuras abandonan esa magia africana que contagia la Sicilia. Una experiencia totalmente recomendable.

Mientras atravesaba Calabria, leía una recopilación de las crónicas futboleras que escribió Enric González durante su estancia como corresponsal de El País en Roma, Historias del Calcio. Una manera divertida de acercarse a la idiosincrasia italiana, a través de lo que para ellos es más que un deporte, il calcio. Me preparaba para llegar a Nápoles, quizás una de las ciudades más italianas de Italia, y acompañar mi viaje leyendo las fechorías de Francesco Totti y Antonio Cassano, o las hazañas de un equipo de barrio que llega a la Serie A como el Chievo Verona fue un gustazo. Y a su vez, una manera periférica de abordar una región con un patrimonio arquitectónico, natural y cultural pavoroso. Viendo como un italiano vive el calcio, más cuando se trata de un terrone, con ese tremendismo tan característico, podemos entender como disfrutan de cada momento. Compartir con un italiano meridional un vaso de vino puede ser la mejor media hora de tu vida.
En esta región de Italia confirmé lo que pensaba era una excepción en el caso de Sicilia. La concentración de bienes de todo tipo pone en evidencia al resto de Europa. Me atrevería a decir que el patrimonio cultural, intelectual y natural de cualquier región italiana puede compararse con el de cualquier país al completo. Nadar en esa abundancia ayuda a encontrarse con un concepto diverso de convivencia con el arte. Italia sufre, o más bien disfruta, un fenómeno de “desmitificación del patrimonio” si se me permite la expresión. Encontramos elementos que en cualquier país del mundo supondrían material museístico de primer orden dispersos por cualquier pedanía, aún en uso, sin despojar al objeto de su primigenia función o alterando ésta para en ningún caso romper la tríada vitruviana del firmitas, utilitas, venustas. Encontramos el arte en estado natural. Así, se hace todo mucho más fácil. Te ves capaz de disfrutar la historia, eres consciente de verdad del paso del tiempo. Es algo más que acudir a un museo con la intención de tachar de la lista de la compra las momias egipcias y los triglifos y metopas del Partenón en una misma mañana. Ella misma te va marcando el tempo, con la distancia que separa Paestum de Salerno, el Panteón de San Ivo, Quattro Canti de la Vucciria. Te deja un momento para respirar, pedir un café, siempre solo y con un vaso de agua, y asimilar lo que acabas de ver. Contarle a tu compañía lo cojonudo que es pisar un templo griego.

Si algo hemos de hacer para conocer, aunque sea un poco, donde están las raíces de nuestra cultura y entender cómo evoluciona es vivir Italia. En su sentido más amplio. No concibo una visita a Nápoles sin escuchar ‘o surdato ‘nnamurato o sin tomar una buena buffalina sentado en cualquier vicolò del quartiere spagnolo. No existe otra manera. Es todo uno.
Para sintetizar, pongámosle color. Aproximadamente 106 kilómetros de costa escarpada separan Nápoles de Salerno. Puedo decir que quizás sean los 106 kilómetros más intensos de Europa. Si nos extendemos un poco más al sur, hasta tocar Paestum, podría afirmarlo con rotundidad. Si algún lugar merece llevar la etiqueta de paréntesis, es éste. Uno de esos lugares donde te haces mayor. Donde cada día supone un vuelco total a lo visto hasta entonces. De esos acontecimientos que han de señalarse en cualquier calendario que se precie, de los que ponen las cosas en su sitio. Trataré de dirigir mis palabras hacia la arquitectura, algo que sin saber muy bien qué es, abunda en Italia, seguro.

El cúmulo de todas estas experiencias vividas a lo largo de este rico país, no han hecho sino alejarme del mamoneo que rodea una profesión en peligro. Ese denso telar de tecnicismos, exquisiteces, referencias, contactos, críticas, politiqueos, presupuestos, amiguismos, leyes, normativas y materiales innombrables que hacen que muchas veces nos despistemos de aquello que tanto reivindicamos y defendemos con casco y espada. La verdadera arquitectura, la del buen vivir. Acudo a la acepción más primitiva y pasional de la profesión. Explotar las condiciones de un lugar y unas destrezas para vivir lo mejor posible. Vivir bien, suena fácil. Pero a veces nos olvidamos de este sencillo cometido. No todos somos capaces de hacer un hogar. En estos casi diez meses, alejado de las publicaciones, los premios y la escuela, han venido a mi cabeza pocos nombres, muy pocos. Me acordaba de las kingo y de Utzon paseando por Pompeya. De Kahn, de Asplund y del Corbu. De Lewerentz. De los que de verdad se mancharon los puños en grandes combates. De Miralles, de los que hacen el esfuerzo de interpretar la historia, de entenderla. De quien ha intentado construir el tiempo
Quizás sea un espejismo, una fascinación fruto del empacho visual que arrastro de este viaje. Puede que en realidad sea necesario reflexionar sobre un nuevo concepto de habitar, encontrar un lenguaje capaz de expresar las características de nuestra sociedad. Inventar un nuevo material, o un software que permita parametrizar la felicidad de los habitantes de una arquitectura. Puede que el atraso económico del sur de Italia haya influido en el desarrollo de la arquitectura. Quizás la especulación, la mafia y el estado hayan impedido un avance hacia la nueva arquitectura. Estarán anticuados, son latinos. ¿Cómo lo harán en Alemania?
Pero giras la esquina, sales del bosque que protege tu nuca un sol asfixiante, y entre los arbustos, asoma. Ahí está. Ralentizas el paso, se te escapa una sonrisilla y al agua.

¿De qué estábamos hablando?
Jorge Rodríguez Seoane
Últimos días de Junio de 2013. Palermo
[:gl]
(entre paréntese) (I) | Jorge Rodríguez
Coa chegada das primeiras semanas de calor, decidín desprazarme a Campania ao encontro duns bos amigos. Unha sorte de Grand Tour á inversa, sempre en tren. Cruzar o estreito de Messina e notar como tanto a paisaxe como as infraestructuras abandonan esa maxia africana que contaxia a Sicilia. Unha experiencia totalmente recomendable.
Mentres atravesaba Calabria, lía unha recopilación das crónicas futboleiras que escribiu Enric González durante a súa estancia como corresponsal de El País en Roma, Historias do Calcio. Un xeito divertido de achegarse á idiosincrasia italiana, a través do que para eles é máis que un deporte, il calcio. Preparábame para chegar a Nápoles, quizais una das cidades máis italianas de Italia, e acompañar a miña viaxe lendo as fechorías de Francesco Totti e Antonio Cassano, ou as fazañas dun equipo de barrio que chega á Serie A como o Chievo Verona foi un gustazo. E á súa vez, un xeito periférica de abordar unha rexión cun patrimonio arquitectónico, natural e cultural pavoroso. Vendo como un italiano vive o calcio, máis cando se trata dun terrone, con ese tremendismo tan característico, podemos entender como gozan de cada momento. Compartir cun italiano meridional un vaso de viño pode ser a mellor media hora da túa vida.
Nesta rexión de Italia confirmei o que pensaba era unha excepción no caso de Sicilia. A concentración de bens de todo tipo pon en evidencia ao resto de Europa. Atreveríame a dicir que o patrimonio cultural, intelectual e natural de calquera rexión italiana pode compararse co de calquera país ao completo. Nadar nesa abundancia axuda a atoparse cun concepto diverso de convivencia coa arte. Italia sofre, ou máis ben goza, un fenómeno de “desmitificación do patrimonio” se me permiten a expresión. Atopamos elementos que en calquera país do mundo supoñerían material museístico de primeira orde dispersos por calquera pedanía, aínda en uso, sen desposuír ao obxecto do seu primigenia función ou alterando esta para en ningún caso romper a tríada vitruviana do firmitas, utilitas, venustas. Atopamos a arte en estado natural. Así, faise todo moito máis fácil. Vesche capaz de gozar a historia, es consciente de verdade do paso do tempo. É algo máis que acudir a un museo coa intención de tachar da lista da compra as momias exipcias e os triglifos e metopas do Partenón nunha mesma mañá. Ela mesma vaiche marcando o tempo, coa distancia que separa Paestum de Salerno, o Panteón de San Ivo, Quattro Canti da Vucciria. Déixache un momento para respirar, pedir un café, sempre só e cun vaso de auga, e asimilar o que acabas de ver. Contarlle á túa compañía o colloudo que é pisar un templo grego.
Se algo habemos de facer para coñecer, aínda que sexa un pouco, onde están as raíces da nosa cultura e entender como evoluciona é vivir Italia. No seu sentido máis amplo. Non concibo unha visita a Nápoles sen escoitar ‘o surdato ‘nnamurato ou sen tomar unha boa buffalina sentado en calquera vicolò do quartiere spagnolo. Non existe outro xeito. É todo un.
Para sintetizar, pongámoslle cor. Aproximadamente 106 quilómetros de costa escarpada separan Nápoles de Salerno. Podo dicir que quizais sexan os 106 quilómetros máis intensos de Europa. Se nos estendemos un pouco máis ao sur, ata tocar Paestum, podería afirmalo con rotundidad. Se algún lugar merece levar a etiqueta de paréntesis, é este. Un deses lugares onde te fas maior. Onde cada día supón un envorco total ao visto ata entón. Deses acontecementos que han de sinalarse en calquera calendario que se preciar, dos que poñen as cousas no seu sitio. Tratarei de dirixir as miñas verbas cara á arquitectura, algo que sen saber moi ben que é, abunda en Italia, seguro.
O cúmulo de todas estas experiencias vividas ao longo deste rico país, non fixeron senón afastarme do mamoneo que rodea unha profesión en perigo. Ese denso telar de tecnicismos, exquisiteces, referencias, contactos, críticas, politiqueos, orzamentos, amiguismos, leis, normativas e materiais innombrables que fan que moitas veces nos despistemos daquilo que tanto reivindicamos e defendemos con casco e espada. A verdadeira arquitectura, a do bo vivir. Acudo á acepción máis primitiva e pasional da profesión. Explotar as condicións dun lugar e unhas destrezas para vivir o mellor posible. Vivir ben, soa fácil. Pero ás veces esquecémonos deste sinxelo cometido. Non todos somos capaces de facer un fogar. Nestes case dez meses, afastado das publicacións, os premios e a escola, viñeron á miña cabeza poucos nomes, moi poucos. Acordábame das kingo e de Utzon paseando por Pompeya. De Kahn, de Asplund e do Corbu. De Lewerentz. Dos que de verdade se mancharon os puños en grandes combates. De Miralles, dos que fan o esforzo de interpretar a historia, de entendela. De quen intentou construír o tempo.
Quizais sexa un espellismo, unha fascinación froito do empacho visual que arrastro desta viaxe. Poida que en realidade sexa necesario reflexionar sobre un novo concepto de habitar, atopar unha linguaxe capaz de expresar as características da nosa sociedade. Inventar un novo material, ou un software que permita parametrizar a felicidade dos habitantes dunha arquitectura. Poida que o atraso económico do sur de Italia inflúa no desenvolvemento da arquitectura. Quizais a especulación, a mafia e o estado impidan un avance cara á nova arquitectura. Estarán anticuados, son latinos. ¿Como o farán en Alemania?
Pero viras a esquina, sales do bosque que protexe a túa caluga un sol asfixiante, e entre os arbustos, asoma. Aí está. Ralentizas o paso, escapar unha sonrisilla e ao auga.
¿De qué estábamos falando?
Jorge Rodríguez Seoane
Últimos días de Xuño de 2013. Palermo
(entre paréntese) (III) | Jorge Rodríguez[:en]
(in brackets) (I) | Jorge Rodríguez
With the arrival of the first weeks of heat, I decided to move to Campania to the meeting of a few good friends. A luck of Grand Tour inversely, always in train. To cross Messina’s strait and to notice as so much the landscape as the infrastructures they leave this African magic that infects the Sicily. A totally advisable experience.
While it was crossing Calabria, there was reading a summary of the chronicles futboleras that wrote Enric Gonzalez during his stay as correspondent of El País in Rome, Histories of the Calcio. An enterteining way of approaching the Italian idiosyncrasy, across what for them it is more than a sport, il calcio. I was preparing myself to come to Naples, probably one of the most Italian cities of Italy, and to accompany my trip reading the misdeeds of Francesco Totti and Antonio Cassano, or the exploits of an equipment of neighborhood that comes to the Serie A To since the Chievo Verona it was a great pleasure. And in turn, a peripheral way of approaching a region with an architectural, natural and cultural frightening heritage. Seeing as an Italian the calcio lives, more when it is a question of a terrone, with this so typical stark reality, we can deal since they enjoy every moment. To share with a southern Italian a glass of wine can be the best half hour of your life.
In this region of Italy I confirmed what he was thinking it was an exception in case of Sicily. The concentration of goods of all kinds puts in evidence to the rest of Europa. I would dare to say that the cultural, intellectual and natural heritage of any Italian region can be compared with that of any country to the complete one. To wallow in this abundance helps find with a diverse concept of conviviality with the art. Italy suffers, or rather he enjoys, a phenomenon of “debunking of the heritage” if the expression is allowed me. We find elements that in any country of the world they would suppose material museístico of the first order dispersed for any pedanía, still in use, without clearing in order to his original function or altering this one for in no case to break the triad vitruviana of the firmitas, utilitas, venustas. We find the art in natural condition. This way, it becomes quite much easier. You meet capable of enjoying the history, are conscious indeed of the passage of time. It is something more that to come to a museum with the intention of correcting of the list of the purchase the Egyptian mummies and the triglifos and metopas of the Parthenon during the same morning. She itself is marking the tempo, with the distance that Paestum de Salerno separates, the Pantheon of San Ivo, Quattro Canti of the Vucciria. It leaves a moment you to breathe, to ask for a coffee, always only and with a water glass, and to assimilate what you have just seen. To tell him to your company the brilliant thing that is to tread on a Greek temple.
If we have to do something to know, though it is a bit, where there are the roots of our culture and to understand how it evolves it is to live through Italy. In his more wide sense. I do not conceive a visit to Naples without listening ‘or surdato ‘nnamurato or without taking a good buffalina sat in any vicolò of the quartiere spagnolo. Another way does not exist. It is every one.
To synthesize, pongámosle color. Approximately 106 kilometres of steep coast separate Salerno’s Naples. I can say that probably they should be the 106 most intense kilometres of Europe. If we spread a bit more in the southern part, up to touching Paestum, it might affirm it categorically. If some place deserves to take the label of parenthesis, it is this one. One of these places where you make yourself major. Where every day supposes one I overturn total to the seen till then. Of these events that have to distinguish themselves in any calendar that should boast, of that they put the things in his site. I will try to direct my words to the architecture, something that without knowing very well what is, abounds in Italy, insurance.
The heap of all these experiences lived along this rich country, they have not done but to move away from the mamoneo that surrounds a profession in danger. This dense loom of tecnicismos, exquisitenesses, references, contacts, critiques, politiqueos, budgets, patronages, laws, regulations and unmentionable materials that do that often we get confused of that one that so much we claim and defend with hull and sword. The real architecture, to live through that of the good one. I come to the most primitive and passional meaning of the profession. To exploit the conditions of a place and a few skills to live through the possible better thing. To live well, it sounds easily. But sometimes we forget this simple assignment. Not we all are capable of doing a home. In these almost ten months, removed from the publications, the prizes and the school, few names have come to my head, very small. I was remembering the kingo and of Utzon walking along Pompeii. Of Kahn, of Asplund and of the Corbu. Of Lewerentz. Of those who indeed got dirty the fists in big combats. Of Miralles, of which they do the effort to interpret the history, of understanding it. Of whom it has tried to construct the time.
Probably it is a mirage, a fascination fruit of the visual embarrassment that I drag of this trip. It is possible that actually it is necessary to think about a new concept of living, finding a language capable of expressing the characteristics of our company. To invent a new material, or a software that allows to parametrize the happiness of the inhabitants of an architecture. It is possible that the economic lag of the south of Italy has influenced the development of the architecture. Probably the speculation, the mafia and the condition have prevented an advance towards the new architecture. They will be antiquated, they are Latin. How will they do it in Germany?
But you turn the corner, go out of the forest that protects your nape the asphyxiating Sun, and between the shrubs, it begins to show. There it is. You slow down the step, a sonrisilla escapes from you and to the water.
About what were we speaking?
Jorge Rodríguez Seoane
Last days of June, 2013. Palermo





