IniciofaroArquitectura-Arte (III) | Óscar Tenreiro DegwitzArquitectura-Arte (III) | Óscar Tenreiro DegwitzArchitecture-Art (III)...

[:es]Arquitectura-Arte (III) | Óscar Tenreiro Degwitz[:gl]Arquitectura-Arte (III) | Óscar Tenreiro Degwitz[:en]Architecture-Art (III) | Óscar Tenreiro Degwitz[:]

[:es]https://veredes.es/blog/arquitectura-arte-ii-oscar-tenreiro-degwitz/

Toda obra de arte, no importa su mayor o menor valor relativo, aspira a mantenerse intacta a través del tiempo en espera de ser vista, leída, ejecutada, representada. Y precisamente por eso, para conservarlas y protegerlas del paso de los años es por lo que existen los Museos y las Bibliotecas.

Dos secciones de la Cité Frugés de Le Corbusier, una modificada, otra rescatada
Dos secciones de la Cité Frugés de Le Corbusier, una modificada, otra rescatada | Fuente: wikipedia.org

Pero con la arquitectura la situación es diferente. Se supone en ella la capacidad de resistir al tiempo, cuando en realidad el uso, el desgaste, la afectan de un modo muy importante, y a pesar de que se supone en ella una vida larga, no siempre tiene la capacidad de resistir con dignidad el paso del tiempo1. Con frecuencia el modo como se construye puede terminar facilitando su deterioro y con él la imposibilidad para cumplir con los fines para los cuales fue creada. Y no existen instituciones dedicadas a conservar la arquitectura porque lo que se supone es que la sociedad, consciente del valor patrimonial de lo construido, hará lo necesario para que permanezca con la frescura de sus primeros tiempos. O para que se adapte con ventaja a nuevos usos, asunto con frecuencia imposible porque el costo de la conservación supera muchas veces la inversión para construirla. Abundan en el mundo importantísimas arquitecturas abandonadas a su destino, expuestas al desgaste y a la acción de los elementos. Así que puede decirse, aunque parezca paradójico, que la arquitectura está más expuesta al envejecimiento y al abandono que cualquier obra de arte.

Si se trata de la arquitectura de las instituciones (religiosas, militares, culturales, educativas, políticas, rituales) puede haber más oportunidades para su conservación, sobre todo en sociedades culturalmente maduras, pero en el ámbito doméstico la situación es mucho más problemática. Porque una casa, por ejemplo, es vivida por dueños distintos y cada uno de ellos se siente plenamente autorizado para modificarla como le convenga. Pueden contarse por miles o decenas de miles en el mundo, las casas que pese a su valor como experiencia arquitectónica, han sido modificadas hasta hacerlas irreconocibles, como comenté la semana pasada a propósito de Craig Ellwood.

Topamos entonces aquí con la paradoja de que la permanencia en el tiempo que se supone propia de la arquitectura, no está acompañada de una resistencia frente al abuso y la modificación.

Todos los arquitectos hemos pasado por la experiencia de ver una obra nuestra, aunque sea relativamente reciente, castigada hasta límites absurdos por el mal uso, la mala gestión o el puro y simple irrespeto. Y no siempre se trata de encontrar culpables sino de entender mejor esta dimensión de nuestro arte: que sufre los vaivenes de una vida que puede ser difícil a raíz de la cual se hace vieja más allá de lo previsible.

Comienza además, junto al descenso del interés por el edificio un proceso acelerado de obsolescencia, si no en términos de uso sí en los de su trascendencia, o, como hemos dicho muchas veces, su vocación patrimonial, su capacidad para ser visto como objeto que nos pertenece a todos. Se transforma en una pieza más del continuum urbano.

Esa desaparición en la urbs es característico de la arquitectura. Afecta a lo exitoso y admirado, más aún si es moda pasajera, como ocurrió con el posmodernismo3 y hoy con la arquitectura del espectáculo; también a lo más convencional, que sufre la tendencia natural del edificio a subsumirse en la ciudad. Y si se dijese que esa absorción en la ciudad es precisamente lo que se busca, como ocurre con el arquitecto que trabaja en contextos históricos delicados o cuando por razones ideológicas se evade toda autoria y se busca el anonimato, ambas intenciones son sin embargo ansias de una individualidad que terminará siendo olvidada. O sea que ninguna intención del arquitecto supera el peso del tiempo. En resumen, toda arquitectura pierde individualidad, duerme en la ciudad, la digiere la vida.

Como consecuencia de todo lo dicho queda claro que los arquitectos en cierto modo luchamos contra el olvido. Reconociendo, como estamos obligados a reconocerlo, que lo que hacemos en algún momento se nos escapará de las manos y será objeto de un destino incierto, estamos obligados a comportarnos como si se nos fuera el alma en cada experiencia. Y digo esto sabiendo que en muchos casos esa exigencia resulta imposible cuando compite con la necesidad de subsistir que impone sus reglas y vence la expectativas más altas. Pero si persistimos aprenderemos en clave más sabia que nos hemos formado en una disciplina difícil en la que no faltan aspectos plenamente ingratos. En una sociedad como la venezolana, por ejemplo, si por una parte estaremos conscientes de que nuestras intenciones se enfrentan a obstáculos casi insuperables, nos corresponde entender nuestro trabajo como una prueba de tenacidad.

Se trata de hacernos conscientes de que la progresiva toma de posesión de la arquitectura por la normalidad urbana, una forma de olvido (o de trascendencia en lo más amplio), sólo puede ser superada por lo excepcional, lo simbólico, lo monumental (aunque lo sea sólo por su tamaño y no por su valor artístico, otra paradoja), lo venerado popularmente. Lo demás queda oculto, oscuro, hasta que, el desarrollo económico, social y cultural de una sociedad, decide reconocerle un valor gracias a la aparición de puntos de vista que quieren ser más inclusivos, más completos, conscientes de lo que a primera vista no había sido tomado en cuenta. Eso ocurre en el caso de sociedades culturalmente maduras, económicamente dotadas para volver una mirada respetuosa hacia la arquitectura4.

Dos secciones de la Cité Frugés de Le Corbusier, una modificada, otra rescatada
Dos secciones de la Cité Frugés de Le Corbusier, una modificada, otra rescatada | Fuente: wikipedia.org

Hay que entenderlo, vivimos en la persecución de un arte que se hace esquivo. Es, como decía Le Corbusier, una botella con un mensaje, lanzado al mar.

Óscar Tenreiro Degwitz, Arquitecto.
Venezuela, octubre 2013,
Entre lo Cierto y lo Verdadero

Notas:

1. No es sólo venezolana sino universal, aunque aquí sea particularmente fuerte, la tendencia que la gente tiene de modificar la arquitectura de sus casas, hacerle agregados, apropiarse de los espacios que el edificio original dejaba intactos. Es lógico suponer que la razón de ese afán modificatorio, que se da en todos los niveles económicos, es la de afirmar un modo de vivir que exige de un conjunto de características que en cierta manera forman parte de la personalidad del propietario. Son cosas de muy distinto tipo, desde detalles hasta características más generales en las que la persona desea dejar su huella. Mostrar lo que se es, fijar un territorio.

Esa tendencia a modificar y dejar huella se hace más fuerte a medida que hay más dinero para hacerlo, llegando en ese caso a hacerse peligrosa por agresiva. En los sectores más pudientes, en efecto, es casi inconcebible dejar una casa recientemente adquirida tal como ella era originalmente y sólo ocurre así cuando se trata de una edificación patrimonial, en cuyo caso los nuevos propietarios están asumiendo un compromiso. Así sucede de modo relativamente frecuente en los Estados Unidos cuando se trata de obras de arquitectos muy reconocidos, pero en nuestros países tendría que tratarse de una edificación “protegida” lo cual es raro que ocurra en el sector privado. En un medio como el venezolano lo común es un nuevoriquismo más o menos desafiante que busca mostrarse a toda costa modificando a voluntad la arquitectura.

2. Si vamos hacia más lejos, cabe referirse por su carácter emblemático, a la forma como se transformaron las casas de la Cité Frugés, de Le Corbusier, cerca de Burdeos, hecha notar en publicaciones de hace años, y que impresiona hoy de todos modos cuando uno, como es mi caso, la aprecia en fotos recientes. Me las envió José Manuel Da Silva, colega venezolano residente en esa ciudad, incluyendo unas de ciertas secciones del conjunto que fueron rescatadas en su estética original por parte de propietarios más conscientes, de un nivel cultural más alto.

Como en la nota de hoy reflexiono sobre la transformación de la arquitectura, ese ejemplo se pone muy a la mano porque muestra la fuerza que tiene la tendencia de la vida urbana de, en cierto modo, “tragarse” a la arquitectura, aunque se trate de la mejor y la más ejemplar.

Por una parte uno puede pensar que si eso le sucede a una obra de Le Corbusier en un país tan culturalmente avanzado como para ser capaz de darle a la arquitectura todo el valor que tiene, es muy poco lo que podría esperarse en un contexto como el nuestro.

Pero también hay lugar, y fue eso lo que hicieron los ideólogos del posmodernismo, para decir que la transformación de las viviendas de la cité Frugés era una prueba irrefutable del esfuerzo “moderno” por hacer vivir a la gente dentro de arquitecturas que no respetaban las aspiraciones “naturales” de la gente. Y eso lo dijeron cuando había también espacio, como lo sigue habiendo hoy, para pensar que lo que ocurrió allí no fue sino un ejemplo de la dificultad general por apreciar la dimensión más trascendente de la arquitectura, la artística desde luego, que exige aproximarse a ella, utilizarla, respetando o valorizando (aún en la modificación) las premisas que le dieron forma. Una de ellas en este caso fue la del techo plano, cuya estanqueidad y aislamiento térmico, con los recursos disponibles entonces y aún después, incluyendo el período de la guerra, era un aspecto técnico problemático. Los techos planos de la Cité Frugés, en resumen, habiendo surgido de una afirmación estética también suponían una apuesta tecnológica. Se trataba de un reto que en Francia tropezó durante décadas y hasta bien entrada la posguerra con la inadecuación de la industria de construcción francesa. A eso se debió sobre todo, más que a un tema de preferencias estéticas, el que la gente techara las terrazas planas con pintorescos techos de tejas que aún sobreviven, incluso renovados.

3. En todo caso, si es posible acusar a la crítica posmodernista de haberse dejado llevar por un espíritu “light” cediendo a la presión de la moda y así acusar al punto de vista moderno de todos los males, también podemos agradecerle que el techo inclinado y en particular el techo a dos aguas haya pasado de ser considerado anatema, desde la perspectiva del Movimiento Moderno (excluyendo los techos de una pendiente de Alvar Aalto), a ser visto con benevolencia. La insistencia de arquitectos como Aldo Rossi, por ejemplo, de hacer del techo de dos aguas una especie de icono simbólico que fue diseminado por el mundo con extraordinario éxito, tuvo mucho que ver con su revalorización, pese a que, por ejemplo en nuestro medio tropical, marcado por la tradición del alero y la protección del corredor sombreado, el techo inclinado cubierto de “tejas romanas” o “tejas españolas” nunca fue mal visto, como lo atestiguan en el caso venezolano, las arquitecturas de Diego Carbonell y Tomás Sanabria, Gustavo Legórburu, Fruto Vivas, Klaus Heufer, Oscar Carpio y muchos otros, quienes bien conscientes de la herencia moderna del techo plano, no lo manejaron sin embargo con carácter de canon estético ni hicieron ideología con ello, sino lo tomaron como una opción. En América en general fue así, y en América del Norte en particular Frank Lloyd Wright, que hablaba en tono despreciativo de “Mrs. Flatroof” fue siempre un encarnizado y efectivo defensor del techo inclinado.

4. Puedo ser acusado de culpable de modificar la arquitectura que nos pertenece, porque mi casa, proyectada por mí y construida en 1965-66 ha sufrido importantes cambios, hasta el punto de que he hablado de ella diciendo que ha sufrido una metamorfosis. ¿Por qué entonces le niego derecho de modificación a otros si yo mismo lo he ejercido de modo radical? Y la respuesta está en que para mí el proceso de cambio ha sido algo parecido a una constante revisión por superposición y adición, de lo que la casa fue en los tiempos iniciales, manteniendo las claves de su potencial trascendencia. Esa ha sido la base de una actuación que creo libre de pecado. Las modificaciones fueron hechas en un espíritu análogo al de la propuesta original.

Podría decirse que eso está garantizado si se trata del mismo arquitecto, pero también sucede y ha sido así en muchos casos cuando se trata de otro arquitecto atento a la conservación y la potenciación de las virtudes originales.

Parece un juego de azar el que determina el destino de la arquitectura. Si conservará su singularidad como experiencia artística o se verá absorbida, anónima, en la cotidianidad urbana. Nos corresponde ser consecuentes con esa indeterminación para evitar que nos afecten propósitos inflados, expectativas falsas, ídolos sin fundamento. No es el brillo aparente del éxito lo que da la pauta (no todo lo exitoso es lo que merece trascender), sino una mejor comprensión de lo que somos. Tarea que descubre la precariedad, la común insuficiencia de nuestra intenciones. Y lo más importante: desnuda los mitos sobre los cuales se funda con frecuencia nuestra formación y nuestra experiencia.

[:gl]

Toda obra de arte, non importa o seu maior ou menor valor relativo, aspira a manterse intacta a través do tempo en espera de ser vista, lida, executada, representada. E precisamente por iso, para conservalas e protexelas do paso dos anos é polo que existen os Museos e as Bibliotecas.

Dos secciones de la Cité Frugés de Le Corbusier, una modificada, otra rescatada
Dúas seccións da Cité Frugés de Le Corbusier, unha modificada, outra rescatada

Pero coa arquitectura a situación é diferente. Suponse nela a capacidade de resistir ao tempo, cando en realidade o uso, o desgaste, aféctana dun modo moi importante, e a pesar de que se supón nela unha vida longa, non sempre ten a capacidade de resistir con dignidade o paso do tempo1. Con frecuencia o modo como se constrúe pode rematar facilitando a súa deterioración e con el a imposibilidade para cumprir cos fins para os cales foi creada. E non existen institucións dedicadas a conservar a arquitectura porque o que se supón é que a sociedade, consciente do valor patrimonial do construído, fará o necesario para que permaneza coa frescura dos seus primeiros tempos. O para que se adapte con vantaxe a novos usos, asunto con frecuencia imposible porque o custo da conservación supera moitas veces o investimento para construíla. Abundan no mundo importantes arquitecturas abandonadas ao seu destino, expostas ao desgaste e á acción dos elementos. Así que pode dicirse, aínda que pareza paradoxal, que a arquitectura está máis exposta ao envellecemento e ao abandono que calquera obra de arte.

Se se trata da arquitectura das institucións (relixiosas, militares, culturais, educativas, políticas, rituais) pode haber máis oportunidades para a súa conservación, sobre todo en sociedades culturalmente maduras, pero no ámbito doméstico a situación é moito máis problemática. Porque unha casa, por exemplo, é vivida por donos distintos e cada un deles séntese plenamente autorizado para modificala como lle conveña. Poden contarse por miles ou decenas de miles no mundo, as casas que malia o seu valor como experiencia arquitectónica, foron modificadas ata facelas irrecoñecibles, como comentei a semana pasada a propósito de Craig Ellwood.

Topamos entón aquí coa paradoja de que a permanencia no tempo que se supón propia da arquitectura, non está acompañada dunha resistencia fronte ao abuso e a modificación.

Todos os arquitectos pasamos pola experiencia de ver unha obra nosa, aínda que sexa relativamente recente, castigada ata límites absurdos polo mal uso, a mala xestión ou o puro e simple irrespeto. E non sempre se trata de atopar culpables senón de entender mellor esta dimensión da nosa arte: que sofre os vaivéns dunha vida que pode ser difícil a raíz da cal faise vella máis aló do previsible.

Comeza ademais, xunto ao descenso do interese polo edificio un proceso acelerado de obsolescencia, si non en términos de uso si nos da súa transcendencia, ou, como dixemos moitas veces, a súa vocación patrimonial, a súa capacidade para ser visto como obxecto que nos pertence a todos. Transfórmase nunha peza máis do continuum urbano.

Esa desaparición na urbs é característico da arquitectura. Afecta ao exitoso e admirado, máis aínda si é moda pasaxeira, como ocorreu co posmodernismo3 e hoxe coa arquitectura do espectáculo; tamén todo o máis convencional, que sofre a tendencia natural do edificio a subsumirse na cidade. E si dixésese que esa absorción na cidade é precisamente o que se busca, como ocorre co arquitecto que traballa en contextos históricos delicados ou cando por razóns ideolóxicas evádese toda autoria e búscase o anonimato, ambas intencións son con todo ansias dunha individualidade que terminará sendo esquecida. Ou sexa que ningunha intención do arquitecto supera o peso do tempo. En resumo, toda arquitectura perde individualidade, dorme na cidade, dixírea a vida.

Como consecuencia de todo o devandito queda claro que os arquitectos en certo xeito loitamos contra o esquecemento. Recoñecendo, como estamos obrigados a recoñecelo, que o que facemos nalgún momento escaparállenos das mans e será obxecto dun destino incerto, estamos obrigados a comportarnos coma se fósellenos a alma en cada experiencia. E digo isto sabendo que en moitos casos esa esixencia resulta imposible cando compite coa necesidade de subsistir que impón as súas regras e vence a expectativas máis altas. Pero si persistimos aprenderemos en clave máis sabia que nos formamos nunha disciplina difícil na que non faltan aspectos plenamente ingratos. Nunha sociedade como a venezolana, por exemplo, si por unha banda estaremos conscientes de que as nosas intencións enfróntanse a obstáculos case insuperables, correspóndenos entender o noso traballo como unha proba de tenacidade.

Trátase de facernos conscientes de que a progresiva toma de posesión da arquitectura pola normalidad urbana, unha forma de esquecemento (ou de transcendencia no máis amplo), só pode ser superada polo excepcional, o simbólico, o monumental (aínda que o sexa só polo seu tamaño e non polo seu valor artístico, outra paradoja), o venerado popularmente. O demais queda oculto, escuro, ata que, o desenvolvemento económico, social e cultural dunha sociedade, decide recoñecerlle un valor grazas á aparición de puntos de vista que queren ser máis inclusivos, máis completos, conscientes do que a primeira vista non fora tomado en conta. Iso ocorre no caso de sociedades culturalmente maduras, económicamente dotadas para volver unha mirada respetuosa cara á arquitectura4.

Dos secciones de la Cité Frugés de Le Corbusier, una modificada, otra rescatada
Dúas seccións da Cité Frugés de Le Corbusier, unha modificada, outra rescatada

Hai que entendelo, vivimos na persecución dunha arte que se fai esquivo. É, como dicía Le Corbusier, unha botella cunha mensaxe, lanzado ao mar.

Óscar Tenreiro Degwitz, Arquitecto.
Venezuela, outubro 2013,
Entre lo Cierto y lo Verdadero

Notas:

1. Non é só venezolana senón universal, aínda que aquí sexa particularmente forte, a tendencia que a xente ten de modificar a arquitectura das súas casas, facerlle agregados, apropiarse dos espazos que o edificio orixinal deixaba intactos. É lóxico supoñer que a razón dese afán modificatorio, que se dá en todos os niveis económicos, é a de afirmar un modo de vivir que esixe dun conxunto de características que en certo xeito forman parte da personalidade do propietario. Son cousas de moi distinto tipo, desde detalles ata características máis xerais nas que a persoa desexa deixar a súa pegada. Mostrar o que se é, fixar un territorio.

Esa tendencia a modificar e deixar pegada faise máis forte a medida que hai máis diñeiro para facelo, chegando nese caso a facerse perigosa por agresiva. Nos sectores máis podentes, en efecto, é case inconcibible deixar unha casa recientemente adquirida tal como ela era originalmente e só ocorre así cando se trata dunha edificación patrimonial, nese caso os novos propietarios están asumindo un compromiso. Así sucede de modo relativamente frecuente nos Estados Unidos cando se trata de obras de arquitectos moi recoñecidos, pero nos nosos países tería que tratarse dunha edificación “protexida” o cal é raro que ocorra no sector privado. Nun medio como o venezolano o común é un nuevoriquismo máis ou menos desafiante que busca mostrarse custe o que custe modificando a vontade a arquitectura.

2. Si imos cara a máis lonxe, cabo referirse polo seu carácter emblemático, á forma como se transformaron as casas de Cité Frugés, de Le Corbusier, preto de Burdeos, feita notar en publicacións de fai anos, e que impresiona hoxe de todos os xeitos cando un, como é o meu caso, apréciaa en fotos recentes. Envioumas José Manuel Da Silva, colega venezolano residente nesa cidade, incluíndo unhas de certas seccións do conxunto que foron rescatadas na súa estética orixinal por parte de propietarios máis conscientes, dun nivel cultural máis alto.

Como na nota de hoxe reflexiono sobre a transformación da arquitectura, ese exemplo ponse moi á man porque mostra a forza que ten a tendencia da vida urbana de, en certo xeito, “tragarse” á arquitectura, aínda que se trate da mellor e a máis exemplar.

Por unha banda un pode pensar que si iso lle sucede a unha obra de Le Corbusier nun país tan culturalmente avanzado como para ser capaz de darlle á arquitectura todo o valor que ten, é moi pouco o que podería esperarse nun contexto como o noso.

Pero tamén hai lugar, e foi iso o que fixeron os ideólogos do posmodernismo, para dicir que a transformación das vivendas de citeina Frugés era unha proba irrefutable do esforzo “moderno” por facer vivir á xente dentro de arquitecturas que non respectaban as aspiracións “naturais” da xente. E iso dixérono cando había tamén espazo, como o segue habendo hoxe, para pensar que o que ocorreu alí non foi senón un exemplo da dificultade xeral por apreciar a dimensión máis trascendente da arquitectura, a artística desde logo, que esixe aproximarse a ela, utilizala, respectando ou valorizando (aínda na modificación) as premisas que lle deron forma. Unha delas neste caso foi a do teito plano, cuxa estanqueidad e illamento térmico, cos recursos dispoñibles entón e aínda despois, incluíndo o período da guerra, era un aspecto técnico problemático. Os teitos planos de Citeina Frugés, en resumo, habendo xurdido dunha afirmación estética tamén supoñían unha aposta tecnolóxica. Tratábase dun reto que en Francia tropezou durante décadas e ata ben entrada a posguerra coa inadecuación da industria de construción francesa. A iso debeuse sobre todo, máis que a un tema de preferencias estéticas, o que a xente techara as terrazas planas con pintorescos teitos de tezas que aínda sobreviven, ata renovados.

3. En todo caso, si é posible acusar á crítica posmodernista de haberse deixado levar por un espírito “light” cedendo á presión da moda e así acusar ao momento de vista moderno de todos os males, tamén podemos agradecerlle que o teito inclinado e en particular o teito a dúas augas pase de ser considerado anatema, desde a perspectiva do Movemento Moderno (excluíndo os teitos dunha pendente de Alvar Aalto), a ser visto con benevolencia. A insistencia de arquitectos como Aldo Rossi, por exemplo, de facer do teito de dúas augas unha especie de icono simbólico que foi diseminado polo mundo con extraordinario éxito, tivo moito que ver co seu revalorización, pese a que, por exemplo no noso medio tropical, marcado pola tradición do beirado e a protección do corredor sombreado, o teito inclinado cuberto de “tellas romanas” ou “tellas casteláns” nunca foi mal visto, como o testemuñan no caso venezolano, as arquitecturas de Diego Carbonell e Tomás Sanabria, Gustavo Legórburu, Froito Vivas, Klaus Heufer, Oscar Carpio e moitos outros, quen ben conscientes da herdanza moderna do teito plano, non o manexaron con todo con carácter de canon estético nin fixeron ideoloxía con iso, senón tomárono como unha opción. En América en xeral foi así, e en América do Norte en particular Frank Lloyd Wright, que falaba en ton despreciativo de ?Mrs. Flatroof? foi sempre un encarnizado e efectivo defensor do teito inclinado.

En todo caso, si es posible acusar a la crítica posmodernista de haberse dejado llevar por un espíritu “light” cediendo a la presión de la moda y así acusar al punto de vista moderno de todos los males, también podemos agradecerle que el techo inclinado y en particular el techo a dos aguas haya pasado de ser considerado anatema, desde la perspectiva del Movimiento Moderno (excluyendo los techos de una pendiente de Alvar Aalto), a ser visto con benevolencia. La insistencia de arquitectos como Aldo Rossi, por ejemplo, de hacer del techo de dos aguas una especie de icono simbólico que fue diseminado por el mundo con extraordinario éxito, tuvo mucho que ver con su revalorización, pese a que, por ejemplo en nuestro medio tropical, marcado por la tradición del alero y la protección del corredor sombreado, el techo inclinado cubierto de “tejas romanas” o “tejas españolas” nunca fue mal visto, como lo atestiguan en el caso venezolano, las arquitecturas de Diego Carbonell y Tomás Sanabria, Gustavo Legórburu, Fruto Vivas, Klaus Heufer, Oscar Carpio y muchos otros, quienes bien conscientes de la herencia moderna del techo plano, no lo manejaron sin embargo con carácter de canon estético ni hicieron ideología con ello, sino lo tomaron como una opción. En América en general fue así, y en América del Norte en particular Frank Lloyd Wright, que hablaba en tono despreciativo de “Mrs. Flatroof” fue siempre un encarnizado y efectivo defensor del techo inclinado.

4. Podo ser acusado de culpable de modificar a arquitectura que nos pertence, porque a miña casa, proxectada por min e construída en 1965-66 sufriu importantes cambios, ata o punto de que falei dela dicindo que sufriu unha metamorfose. Por que entón lle nego dereito de modificación a outros si eu mesmo exercino de modo radical? E a resposta está en que para min o proceso de cambio foi algo parecido a unha constante revisión por superposición e adición, do que a casa foi nos tempos iniciais, mantendo as claves da súa potencial transcendencia. Esa foi a base dunha actuación que creo libre de pecado. As modificacións foron feitas nun espírito análogo ao da proposta orixinal.

Podería dicirse que iso está garantido si trátase do mesmo arquitecto, pero tamén sucede e foi así en moitos casos cando se trata doutro arquitecto atento á conservación e a potenciación das virtudes orixinais.

Parece un xogo de azar o que determina o destino da arquitectura. Si conservará a súa singularidade como experiencia artística ou se verá absorbida, anónima, na cotidianidad urbana. Correspóndenos ser consecuentes con esa indeterminación para evitar que nos afecten propósitos inflados, expectativas falsas, ídolos sen fundamento. Non é o brillo aparente do éxito o que dá a pauta (non todo o exitoso é o que merece transcender), senón unha mellor comprensión do que somos. Tarefa que descobre a precariedad, a común insuficiencia da nosa intencións. E o máis importante: ispe os mitos sobre os cales fúndase con frecuencia a nosa formación e a nosa experiencia.

[:en]

Any work of art, it does not import his major or minor relative value, aspires to be kept intact across the time in wait to be a sight, reading, executed, represented. And precisely because of it, to preserve them and to protect them from the step of the years is for what the Museums and the Libraries exist.

Dos secciones de la Cité Frugés de Le Corbusier, una modificada, otra rescatada
Two sections of of the Cité Frugés by Le Corbusier, the modified one, other one rescued

But with the architecture the situation is different. There is supposed in her the aptitude to resist to the time, when actually the use, the wear, they affect her in a very important way, and in spite of the fact that a long life is supposed in her, not always it has the aptitude to resist with dignity the passage of time1. Often the way like constructs can end up by facilitating his deterioration and with him the inability to expire with the ends for which it was created. And institutions do not exist dedicated to preserving the architecture because what is supposed is that the company, conscious of the patrimonial value of the constructed, will do the necessary thing in order that it remains with the freshness of his first times. Or in order that he adapts with advantage to new uses, matter often impossibly because the cost of the conservation overcomes often the investment to construct it. There abound in the world the most important architectures left his destination, exposed to the wear and to the action of the elements. So it can be said, though it seems to be paradoxical, that the architecture is more exposed to the aging and to the abandon that any work of art.

Pero con la arquitectura la situación es diferente. Se supone en ella la capacidad de resistir al tiempo, cuando en realidad el uso, el desgaste, la afectan de un modo muy importante, y a pesar de que se supone en ella una vida larga, no siempre tiene la capacidad de resistir con dignidad el paso del tiempo1. Con frecuencia el modo como se construye puede terminar facilitando su deterioro y con él la imposibilidad para cumplir con los fines para los cuales fue creada. Y no existen instituciones dedicadas a conservar la arquitectura porque lo que se supone es que la sociedad, consciente del valor patrimonial de lo construido, hará lo necesario para que permanezca con la frescura de sus primeros tiempos. O para que se adapte con ventaja a nuevos usos, asunto con frecuencia imposible porque el costo de la conservación supera muchas veces la inversión para construirla. Abundan en el mundo importantísimas arquitecturas abandonadas a su destino, expuestas al desgaste y a la acción de los elementos. Así que puede decirse, aunque parezca paradójico, que la arquitectura está más expuesta al envejecimiento y al abandono que cualquier obra de arte.

If it is a question of the architecture of the institutions (religious, military, cultural, educational, political, ritual) there can be more opportunities for his conservation, especially in culturally mature companies, but in the domestic area the situation is much more problematic. Because a house, for example, is lived by different owners and each of them feels fullly authorized to modify it since him is convenient. They can be counted by thousands or dozens of thousands in the world, the houses that in spite of his value as architectural experience, have been modified up to making them unrecognizable, as I commented last week about Craig Ellwood.

We run then here against the paradox of which the permanency in the time that is supposed own of the architecture, is not accompanied of a resistance opposite to the abuse and the modification.

All the architects we have happened for the experience of seeing our work, though it is relatively recent, punished up to absurd limits for the evil I use, the bad management or the pure and simple irrespeto. And not always it is a question of finding culprits but to understanding better this dimension of our art: that suffers the sways of a life that can be difficult immediately after which it gets old beyond the predictable thing.

It begins in addition, close to the decrease of the interest for the building an intensive process of obsolescence, if not in terms of use yes in those of his transcendency, or, since we have said often, his patrimonial vocation, his aptitude to be seen as object that us belongs to all. It transforms in one more piece of the urban continuum.

This disappearance in the urbs is typical of the architecture. It concerns the successful and admired thing, even more if it is a mode passenger, since it happened with posmodernism3 and today with the architecture of the spectacle; also to the most conventional thing, which suffers the natural trend of the building to subsumirse in the city. And if it was said that this absorption in the city is precisely what is looked, since it happens with the architect that it is employed at historical delicate contexts or when for ideological reasons one evades any authorship and the anonymity is looked, both intentions are nevertheless anxieties of an individuality that will end up by being forgotten. Or that no intention of the architect overcomes the weight of the time. In short, any architecture loses individuality, sleeps in the city, digests the life.

Since consequence of everything above mentioned remains clear that the architects in certain way we fight against the oblivion. Recognizing, since we it are forced to recognize, that what we do in some moment will escape from us of the hands and will be an object of an uncertain destination, are forced to behave as if us the soul went away in every experience. And I say this knowing that in many cases this exigency turns out to be impossible when he competes with the need to survive that it imposes his rules and conquers higher expectativas. But if we persist we will learn in key more wise that we have been formed in a difficult discipline in which fullly ungrateful aspects are not absent. In a company like the Venezuelan, for example, if on one hand we will be conscious that our intentions face almost insuperable obstacles, it corresponds to us to understand our work as a test of tenacity.

It is a question of making us conscious that the progressive capture of possession of the architecture by the urban normality, it forms a of oblivion (or of transcendency in the most wide thing), only it can be overcome by the exceptional thing, the symbolic thing, the monumental thing (though it it is only for his size and not for his artistic value, another paradox), the venerated popularly. The rest remains secret, dark, until, the economic, social and cultural development of a company, it decides to recognize him a value thanks to the appearance of points of view that want to be more inclusive, more complete, conscious than to the first sight had not been born in mind. It happens in case of culturally mature companies, economically endowed to turn a respectful look towards the architecture4.

Dos secciones de la Cité Frugés de Le Corbusier, una modificada, otra rescatada
Two sections of of the Cité Frugés by Le Corbusier, the modified one, other one rescued

It is necessary to understand it, we live in the pursuit of an art that becomes shy. It is, as was saying Le Corbusier, a bottle with a message thrown to the sea.

Óscar Tenreiro Degwitz, Architect.
Venezuela, october 2013,
Entre lo Cierto y lo Verdadero

Notes:

1. It is not only Venezuelan but universal, though here it is particularly strong, the trend that the people have of modifying the architecture of his houses, they make him attachés, to appropriate of the spaces that the original building was making intact. It is logical to suppose that the reason of this zeal modificatorio, that gives itself in all the economic levels, is her of a way of living affirms that it is required of a set of characteristics that in certain way they form a part of the personality of the owner. They are things of very different type, from details up to more general characteristics in which the person wants to leave his fingerprint. To show what one is, to fix a territory.

This trend to modify and leave fingerprint becomes stronger as there is more money to do it, managing in this case to become dangerous for aggressive. In the most wealthy sectors, in effect, it is almost inconceivable to leave a recently acquired house as she was originally and only it happens this way when it is a question of a patrimonial building, in whose case the new owners are assuming a commitment. This way it happens in a relatively frequent way in the United States when it is a question of works of very recognized architects, but in our countries there would have to treat about a “protected” building which is rare that happens in the private sector. In a way like the Venezuelan the common thing is a more or less challenging nuevoriquismo that seeks to appear at any expense modifying to will the architecture.

2. If we go towards beyond, it is necessary to recount for his emblematic character, to the form like they transformed the houses of Cité Frugés, of Le Corbusier, near Bordeaux, done to notice in publications of years ago, and that impresses today anyhow when one, since it is my case, estimates her in recent photos. Me they were sent By Jose Manuel Da Silva, Venezuelan resident colleague in this city, including some of certain sections of the set that they were rescued in his original aesthetics on the part of more conscious owners, of a higher cultural standard.

Since in the today note I think about the transformation of the architecture, this example puts very to the hand because it shows the force that has the trend of the urban life of, in certain way, “to swallow” to the architecture, though it treats itself of the the best and the the exemplariest.

On one hand one can think that if it happens to him to a work of Le Corbusier in a country so culturally advanced like to be capable of giving him to the architecture the whole value that has, it is so that might be waited in a context as ours.

But also there is place, and it was it what the ideologists of the postmodernism did, to say that the transformation of the housings of I mentioned Frugés it was an irrefutable test of the “modern” effort for making live through the people inside architectures that were not respecting the “natural” aspirations of the people. And they said it when there was also space, as it continues being today, to think that what happened there was not but an example of the general difficulty for estimating the most transcendent dimension of the architecture, the artistic one certainly, that is required to come closer her, to use it, respecting or valuing (still in the modification) the premises that gave to him form. One of them in this case was that of the flat ceiling, which watertightness and thermal isolation, with the available resources at the time and still later, including the period of the war, was a technical problematic aspect. The flat ceilings of Cité Frugés, in short, having arisen from an aesthetic affirmation also they supposed a technological bet. It was a question of a challenge that in France it stumbled during decades and up to entered well the postwar period with the inadequacy of the industry of French construction. To it it was necessary to especially, more than to a topic of aesthetic preferences, the fact that the people were roofing in the flat terraces with picturesque ceilings of tiles that still survive, even renewed.

3. In any case, if it is possible to accuse to the critique posmodernista of having been left to go for a “light” spirit yielding to the pressure of the mode and this way to accuse to the modern point of view of all the males, also we can be grateful to him that the sloping ceiling and especially the ceiling to two waters has gone on of being considered to be an anathema, from the perspective of the Modern Movement (excluding the ceilings of Alvar Aalto’s slope), to being seen by benevolence. The architects’ insistence like Aldo Rossi, for example, of doing of the ceiling of two waters a species of symbolic icon that was spread by the world by extraordinary success, had much that to see with his revaluation, in spite of that, for example in our tropical way marked by the tradition of the eaves and the protection of the shaded corridor, the sloping covered ceiling of “Roman tiles” or “Spanish tiles” it was never an evil I dress, since they testify it in the Venezuelan case, the architectures of Diego Carbonell and Tomás Sanabria, Gustavo Legórburu, Fruto Vivas, Klaus Heufer, Oscar Carpio and different many, conscious well who of the modern inheritance of the flat ceiling, neither handled it nevertheless with character of aesthetic canon did not even do ideology with it, but they took it as an option. In America in general it was like that, and in North America especially Frank Lloyd Wright, who was speaking in scornful tone of “Mrs. Flatroof” was always a fierce and effective defender of the sloping ceiling.

4. I can be accused of culprit of modifying the architecture that us belongs, because my house projected by me and constructed in 1965-66 it has suffered important changes, up to the point of which I have spoken about her saying that it has suffered a metamorphosis. Why do I deny right of modification to others if I itself have exercised it in a radical way? And the response is in that for me the process of change has been something similar to a constant review for overlapping and addition, of what the house was in the initial times, supporting the keys of his potential transcendency. This it has been the base of an action that I believe free of sin. The modifications were done in an analogous spirit to that of the original offer.

It might be said that it is guaranteed if it is a question of the same architect, but also it happens and has been like that in many cases when it is a question of another attentive architect to the conservation and the involution of the original virtues.

It looks like a game of chance the one that determines the destination of the architecture. If his singularity will preserve as artistic experience or will meet absorbed, anonymous, in the urban commonness. It corresponds to us to be consistent with this indetermination to prevent them from affecting theirs inflated intentions, false expectations, idols without foundation. It is not the apparent sheen of the success what gives the guideline (not everything successful is what deserves to come out), but a better comprehension of what we are. Task that discovers the precariousness, the common insufficiency of our intentions. And the most important thing: he undresses the myths on which our formation and our experience is founded often.

[:]

Óscar Tenreiro Degwitz
Óscar Tenreiro Degwitzhttps://oscartenreiro.com/
Es un arquitecto venezolano, nacido en 1939, Premio Nacional de Arquitectura de su país en 2002-2003, profesor de Diseño Arquitectónico por más de treinta años en la Universidad Central de Venezuela, quien paralelamente con su ejercicio ha mantenido ya por años presencia en la prensa de su país en un esfuerzo de comunicación hacia la gente en general de los puntos de vista del arquitecto acerca de los más diversos temas, entre los cuales figuran los agudos problemas políticos de una sociedad como la venezolana. Tenreiro practica así lo que el llama el “pensamiento desde y hacia la arquitectura”, insistiendo en que lo hace como arquitecto en ejercicio, para escapar de los estereotipos y cautelas propios de la “crítica arquitectónica”. Respecto a la cual no oculta su desconfianza, que explica recurriendo al aforismo de Nietzsche sobre el crítico de arte “que ve el arte desde cerca sin llegar a tocarlo nunca”.
ARTÍCULOS RELACIONADOS
ARTÍCULOS DEL AUTOR
0 0 votos
Article Rating
Suscribirse
Notificarme
guest
0 Comments
Los más recientes
Los más viejos Los más votados

Espónsor

Síguenos

23,683FansMe gusta
5,321SeguidoresSeguir
1,844SeguidoresSeguir
23,782SeguidoresSeguir

Promoción

También:

feedly

Columnistas destacados

Íñigo García Odiaga
87 Publicaciones0 COMENTARIOS
Antonio S. Río Vázquez
57 Publicaciones0 COMENTARIOS
José del Carmen Palacios Aguilar
54 Publicaciones0 COMENTARIOS
Aldo G. Facho Dede
50 Publicaciones0 COMENTARIOS