IniciofaroEl populismo se derrota en la ciudad | Óscar Tenreiro DegwitzO populismo...

[:es]El populismo se derrota en la ciudad | Óscar Tenreiro Degwitz[:gl]O populismo derrótase na cidade | Óscar Tenreiro Degwitz[:en]Populism is defeated in the city | Óscar Tenreiro Degwitz[:]

[:es]

Es nuestra labor favorecer el encuentro entre lo precario y lo establecido en un espacio público común | Óscar Tenreiro Degwitz | Fuente: oscartenreiro.com
Es nuestra labor favorecer el encuentro entre lo precario y lo establecido en un espacio público común | Óscar Tenreiro Degwitz | Fuente: oscartenreiro.com

Es cierto que el ambiente urbano, lo decíamos la semana pasada, influye en el ciudadano de una manera tal que crea diferencias entre los individuos, diferencias que pueden separar, excluir, ser factor de desasosiego y tensión. La educación del hombre urbano, y como consecuencia de ella el mejoramiento de la calidad de su vida de familia, tiene que tener como objetivo la reducción de esas diferencias mediante una elevación de su sensibilidad a las carencias de la ciudad, cuya consecuencia es un reto al Estado, un reto a las Instituciones.

No estoy hablando sólo de que en la ciudad, en el barrio, o en la vivienda haya o no haya agua, o teléfono, o incluso luz eléctrica, es decir, de satisfacción de necesidades. Hablo de todas las otras cosas que “hacen” de la ciudad “polis, civitas”, que la convierten en la más alta creación cultural del hombre.

Y a ese respecto vale la pena mencionar las diferencias entre un europeo, ciudadano de cualquiera de las ciudades que han llenado capítulos de la historia cultural de la humanidad, y un norteamericano habitante de alguna de esas grandes ciudades nacidas de la expansión industrial de Estados Unidos, en la que todos los servicios básicos están satisfechos pero que nada significan a los efectos de esos valores que acabamos de mencionar. Ciudades como Basilea, por ejemplo, prodigio de equilibrio, o Detroit, prodigio de irracionalidad y dispersión. O escojamos una ciudad pequeña, Pontevedra de Galicia y Lexington, en Kentucky.

¡Cuanta diferencia de actitudes del ciudadano ante el resto de los cohabitantes de su espacio urbano!

El uno practicante de la convivencia en la plaza, el parque, en los numerosos espacios que la vieja ciudad y sus sucesivas expansiones ofrece, cargados de historia, mientras va a su trabajo muchas veces a pie, o disfruta del ocio de la convivencia civilizada de los espacios públicos que son de todos. El otro, acostumbrado a ver el paisaje urbano desde su automóvil, transitando por una autopista aún viviendo en una minúscula ciudad, que convive con los otros en un Centro Comercial, es decir, en la práctica del consumo. Dos culturas de la ciudad contrapuestas. Dos tipos de hombre diferentes. Dos dinámicas de la vida familiar. Y la del país del Norte mucho ha contribuido a dispersar las relaciones entre padres e hijos, entre hermanos, entre miembros de la familia extendida, para sustituirlas por una relación ensimismada en los términos de la pareja, pareja que por cierto se considera tan esencial, tan única, tan justificable sólo por ella misma, que ya no importa si en el seno de ella se reviva o no el misterio de la vida. Y surgen entonces, como una necesidad, parejas del mismo sexo.

En Venezuela es particularmente necesario que hablemos de esos valores de la ciudad. Es necesario superar el discurso periodístico sobre urgencias para que entendamos que las exigencias deben ir mucho más allá, dirigidas a desarrollar en todos nosotros una comprensión más madura, más amplia de lo que puede esperarse de una ciudad moderna. No se trata de olvidarse de los ingentes problemas diarios, sino que nos demos cuenta que los objetivos finales implican un nivel superior al del mezquino populismo.

No hemos entendido que estamos en realidad fundando nuestra cultura urbana. Que a pesar de que se ha asimilado en gran parte a la imitación del Norte, está diferenciada de ella por la fuerte convivencia que mantenemos aquí con lo popular, convivencia que tal vez nos ofrece la posibilidad de conferirle a nuestras ciudades su propia personalidad. En efecto, en Latinoamérica, la persistencia de los patrones de conducta populares, que no han podido ser doblegados por la ciudad porque ésta es débil, desestructurada y balbuceante, especialmente en países como el nuestro, parece ser la fuerza más importante en la cual apoyarse para intentar eso que he llamado nuevos modos de convivencia.

Esto, unido a un esfuerzo consistente para impedir que desaparezca la ciudad tradicional decimonónica, puede constituirse en la clave para buscar el equilibrio. Un equilibrio del cual sin duda tendrá que formar parte la ciudad “moderna”, imitativa y hasta cierto punto superpuesta, pero también parte de nuestro proceso. Se trata en suma de modificar tendencias. Y de hacer un esfuerzo sistemático y sostenido para ir recuperando para cada quien condiciones urbanas estimuladoras del desarrollo personal. Que como ya dijimos, se realiza, si es realmente desarrollo, en la convivencia familiar.

Es una labor lenta y difícil. En lugar de ser la ciudad civilizada, ordenada, relativamente armoniosa, la que va progresivamente “civilizando” a la ciudad desasistida y golpeada por el abandono, a la ciudad histórica deteriorada o a la ciudad marginal, lo que esta ocurriendo es que lo marginal, el deterioro, los standards disminuidos, el abandono, las sedes institucionales sin calidad alguna, van erosionando a la ciudad civilizada.

Ese es el sedimento que ha dejado en nuestros países la ilusión del populismo, la creencia de que la democratización es una especie de repartición pareja de oportunidades que debían venir de un Estado filantrópico, imbuido de una idea distributiva elemental. Ilusión que fue una respuesta política a otra ilusión, la del socialismo marxista, hoy enarbolado por el Poder caudillista, concebido como un férreo control capaz de garantizar un equilibrio teórico y una producción de riqueza disfrutada por las grandes mayorías.

Ambos populismos, agobiados por la idea de cantidad, han golpeado la calidad de nuestra educación en nombre de la universalidad de la enseñanza cueste lo que cueste, son el apoyo para políticas de vivienda que construyeron y construyen por todo el país viviendas incapaces de formar ciudad, que hizo y hace de los hospitales cascarones vacíos: un modo de ver la acción pública que es el mayor obstáculo para la formación de nuestra cultura urbana. Y uno de los campos donde esa lucha contra el populismo deberá resolverse triunfadora si queremos revertir esas tendencias nefastas, es en la ciudad, en el modo de vernos como ciudadanos.

Óscar Tenreiro Degwitz, Arquitecto.
Venezuela, enero 2008,
Entre lo Cierto y lo Verdadero

[:gl]

Es nuestra labor favorecer el encuentro entre lo precario y lo establecido en un espacio público común | Óscar Tenreiro Degwitz | Fuente: oscartenreiro.com
É o noso labor favorecer o encontro entre o precario e o establecido nun espazo público común | Óscar Tenreiro Degwitz | Fonte: oscartenreiro.com

É certo que o ambiente urbano, diciámolo a semana pasada, inflúe no cidadán dunha maneira tal que crea diferenzas entre os individuos, diferenzas que poden separar, excluír, ser factor de desasosego e tensión. A educación do home urbano, e como consecuencia dela o mejoramiento da calidade da súa vida de familia, ten que ter como obxectivo a redución desas diferenzas mediante unha elevación da súa sensibilidade ás carencias da cidade, cuxa consecuencia é un reto ao Estado, un reto ás Institucións.

Non estou a falar só de que na cidade, no barrio, ou na vivenda haxa ou non haxa auga, ou teléfono, ou mesmo luz eléctrica, é dicir, de satisfacción de necesidades. Falo de todas as outras cousas que “fan” da cidade “polis, civitas”, que a converten na máis alta creación cultural do home.

E a ese respecto vale a pena mencionar as diferenzas entre un europeo, cidadán de calquera das cidades que encheron capítulos da historia cultural da humanidade, e un norteamericano habitante dalgunha desas grandes cidades nadas da expansión industrial de Estados Unidos, na que todos os servizos básicos están satisfeitos pero que nada significan para os efectos deses valores que acabamos de mencionar. Cidades como Basilea, por exemplo, prodixio de equilibrio, ou Detroit, prodixio de irracionalidad e dispersión. Ou escollamos unha cidade pequena, Pontevedra de Galicia e Lexington, en Kentucky.

Canta diferenza de actitudes do cidadán ante o resto dos cohabitantes do seu espazo urbano!

O un practicante da convivencia na praza, o parque, nos numerosos espazos que a vella cidade e as súas sucesivas expansións ofrece, cargados de historia, mentres vai ao seu traballo moitas veces a pé, ou goza do lecer da convivencia civilizada dos espazos públicos que son de todos. O outro, afeito ver a paisaxe urbana desde o seu automóbil, transitando por unha autoestrada aínda vivindo nunha minúscula cidade, que convive cos outros nun Centro Comercial, é dicir, na práctica do consumo. Dúas culturas da cidade contrapostas. Dous tipos de home diferentes. Dúas dinámicas da vida familiar. E a do país do Norte moito ha contribuído a dispersar as relacións entre pais e fillos, entre irmáns, entre membros da familia estendida, para substituílas por unha relación ensimesmada nos termos da parella, parella que por certo considérase tan esencial, tan única, tan xustificable só por ela mesma, que xa non importa se no seo dela revívase ou non o misterio da vida. E xorden entón, como unha necesidade, parellas do mesmo sexo.

En Venezuela é particularmente necesario que falemos deses valores da cidade. É necesario superar o discurso xornalístico sobre urxencias para que entendamos que as esixencias deben ir moito máis alá, dirixidas a desenvolver en todos nós unha comprensión máis madura, máis ampla do que pode esperarse dunha cidade moderna. Non se trata de esquecerse dos inxentes problemas diarios, senón que nos deamos conta que os obxectivos finais implican un nivel superior ao do mezquino populismo.

Non entendemos que estamos en realidade fundando a nosa cultura urbana. Que a pesar de que se asimilou en gran parte á imitación do Norte, está diferenciada dela pola forte convivencia que mantemos aquí co popular, convivencia que talvez nos ofrece a posibilidade de conferirlle ás nosas cidades a súa propia personalidade. En efecto, en Latinoamérica, a persistencia dos patróns de conduta populares, que non puideron ser dobregados pola cidade porque esta é débil, desestructurada e balbuceante, especialmente en países como o noso, parece ser a forza máis importante na cal apoiarse para tentar iso que chamei novos modos de convivencia.

Isto, unido a un esforzo consistente para impedir que desapareza a cidade tradicional decimonónica, pode constituírse na clave para buscar o equilibrio. Un equilibrio do cal sen dúbida terá que formar parte a cidade “moderna”, imitativa e ata certo punto superposta, pero tamén parte do noso proceso. Trátase en suma de modificar tendencias. E de facer un esforzo sistemático e sostido para ir recuperando para cada quen condicións urbanas estimuladoras do desenvolvemento persoal. Que como xa dixemos, realízase, se é realmente desenvolvemento, na convivencia familiar.

É un labor lento e difícil. En lugar de ser a cidade civilizada, ordenada, relativamente harmoniosa, a que vai progresivamente “civilizando” á cidade desasistida e golpeada polo abandono, á cidade histórica deteriorada ou á cidade marxinal, o que esta ocorrendo é que o marxinal, a deterioración, os standards diminuídos, o abandono, as sedes institucionais sen calidade algunha, van erosionando á cidade civilizada.

Ese é o sedimento que deixou nos nosos países a ilusión do populismo, a crenza de que a democratización é unha especie de repartición parella de oportunidades que debían vir dun Estado filantrópico, imbuído dunha idea distributiva elemental. Ilusión que foi unha resposta política a outra ilusión, a do socialismo marxista, hoxe enarborado polo Poder caudillista, concibido como un férreo control capaz de garantir un equilibrio teórico e unha produción de riqueza gozada polas grandes maiorías.

Ambos os populismos, angustiados pola idea de cantidade, golpearon a calidade da nosa educación en nome da universalidade do ensino custe o que custe, son o apoio para políticas de vivenda que construíron e constrúen por todo o país vivendas incapaces de formar cidade, que fixo e fai dos hospitais cascarones baleiros: un modo de ver a acción pública que é o maior obstáculo para a formación da nosa cultura urbana. E un dos campos onde esa loita contra o populismo deberá resolverse triunfadora se queremos reverter esas tendencias nefastas, é na cidade, no modo de vernos como cidadáns.

Óscar Tenreiro Degwitz, Arquitecto.
Venezuela, xaneiro 2008,
Entre o Certo e o Verdadeiro[:en]

Es nuestra labor favorecer el encuentro entre lo precario y lo establecido en un espacio público común | Óscar Tenreiro Degwitz | Fuente: oscartenreiro.com
It is our job to favor the encounter between the precarious and the established in a common public space | Óscar Tenreiro Degwitz | Source: oscartenreiro.com

It is true that the urban environment, we said last week, influences the citizen in a way that creates differences between individuals, differences that can separate, exclude, be a factor of unrest and tension. The education of the urban man, and as a consequence of it the improvement of the quality of his family life, has to have like objective the reduction of those differences by means of an elevation of his sensitivity to the deficiencies of the city, whose consequence is a challenge to the State, a challenge to the Institutions.

I’m not just talking about the city, the neighborhood, or the home having or no water, or telephone, or even electric light, that is, satisfaction of needs. I speak of all the other things that «make» the city «polis, civitas», which make it the highest cultural creation of man.

And in that respect it is worth mentioning the differences between a European, a citizen of any of the cities that have filled chapters of the cultural history of humanity, and an American inhabitant of one of those great cities born of the industrial expansion of the United States. , in which all basic services are satisfied but which mean nothing for the purposes of those values that we have just mentioned. Cities such as Basel, for example, a marvel of balance, or Detroit, a prodigy of irrationality and dispersion. Or choose a small city, Pontevedra de Galicia and Lexington, in Kentucky.

How much difference of attitudes of the citizen before the rest of the cohabitants of his urban space!

The one practicing the coexistence in the square, the park, in the many spaces that the old city and its successive expansions offer, full of history, while going to work many times on foot, or enjoy the leisure of the civilized coexistence of the public spaces that belong to everyone. The other, accustomed to seeing the urban landscape from his car, traveling along a highway still living in a tiny city, which coexists with the others in a shopping center, that is, in the practice of consumption. Two opposing cultures of the city. Two different types of man. Two dynamics of family life. And that of the country of the North has greatly contributed to disperse the relations between parents and children, between siblings, between members of the extended family, to replace them with a self-absorbed relationship in the terms of the couple, a couple that by the way is considered so essential, so unique, so justifiable only by herself, that it no longer matters whether the mystery of life is revived or not within her. And then, as a necessity, couples of the same sex emerge.

In Venezuela it is particularly necessary that we talk about those values of the city. It is necessary to overcome the journalistic discourse on emergencies so that we understand that the demands must go much further, aimed at developing in all of us a more mature, broader understanding of what can be expected from a modern city. It is not a question of forgetting the enormous daily problems, but that we realize that the final objectives imply a level superior to the petty populism.

We have not understood that we are actually founding our urban culture. That although it has been assimilated largely to the imitation of the North, is differentiated from it by the strong coexistence that we maintain here with the popular, coexistence that perhaps offers us the possibility of conferring our cities their own personality. Indeed, in Latin America, the persistence of popular behavior patterns, which have not been able to be subdued by the city because it is weak, unstructured and babbling, especially in countries like ours, seems to be the most important force on which to rely to try that which I have called new modes of coexistence.

This, together with a consistent effort to prevent the disappearance of the traditional nineteenth-century city, can be the key to seeking balance. A balance which will undoubtedly have to be part of the «modern» city, imitative and to some extent superimposed, but also part of our process. In short, it is about modifying trends. And to make a systematic and sustained effort to recover for each one urban conditions that stimulate personal development. That as we said, is done, if it is really development, in family life.

It is a slow and difficult task. Instead of being the civilized, orderly, relatively harmonious city, which progressively «civilizes» the unassisted city hit by the abandonment, the deteriorated historic city or the marginal city, what is happening is that the marginal, the deterioration, diminished standards, abandonment, institutional headquarters without any quality, erode the civilized city.

That is the sediment that has left in our countries the illusion of populism, the belief that democratization is a kind of even distribution of opportunities that should come from a philanthropic state, imbued with an elementary distributive idea. Illusion that was a political response to another illusion, that of Marxist socialism, today housed by the caudillista power, conceived as a tight control capable of guaranteeing a theoretical balance and a production of wealth enjoyed by the great majorities.

Both populisms, overwhelmed by the idea of quantity, have hit the quality of our education in the name of the universality of education at all costs, are the support for housing policies that built and built throughout the country homes unable to form a city , which made and makes hospitals empty shells: a way of seeing public action that is the biggest obstacle to the formation of our urban culture. And one of the fields where this fight against populism must be resolved triumphantly if we want to reverse these nefarious tendencies, is in the city, in the way we see ourselves as citizens.

Óscar Tenreiro Degwitz, Architect.
Venezuela, january 2008,
Entre lo Cierto y lo Verdadero[:]

Óscar Tenreiro Degwitz
Óscar Tenreiro Degwitzhttps://oscartenreiro.com/
Es un arquitecto venezolano, nacido en 1939, Premio Nacional de Arquitectura de su país en 2002-2003, profesor de Diseño Arquitectónico por más de treinta años en la Universidad Central de Venezuela, quien paralelamente con su ejercicio ha mantenido ya por años presencia en la prensa de su país en un esfuerzo de comunicación hacia la gente en general de los puntos de vista del arquitecto acerca de los más diversos temas, entre los cuales figuran los agudos problemas políticos de una sociedad como la venezolana. Tenreiro practica así lo que el llama el “pensamiento desde y hacia la arquitectura”, insistiendo en que lo hace como arquitecto en ejercicio, para escapar de los estereotipos y cautelas propios de la “crítica arquitectónica”. Respecto a la cual no oculta su desconfianza, que explica recurriendo al aforismo de Nietzsche sobre el crítico de arte “que ve el arte desde cerca sin llegar a tocarlo nunca”.
ARTÍCULOS RELACIONADOS
ARTÍCULOS DEL AUTOR
0 0 votos
Article Rating
Suscribirse
Notificarme
guest
0 Comments
Los más recientes
Los más viejos Los más votados

Espónsor

Síguenos

23,683FansMe gusta
5,321SeguidoresSeguir
1,844SeguidoresSeguir
23,782SeguidoresSeguir

Promoción

También:

feedly

Columnistas destacados

Íñigo García Odiaga
87 Publicaciones0 COMENTARIOS
Antonio S. Río Vázquez
57 Publicaciones0 COMENTARIOS
José del Carmen Palacios Aguilar
54 Publicaciones0 COMENTARIOS
Aldo G. Facho Dede
50 Publicaciones0 COMENTARIOS