[:es]
En el primer curso de arquitectura de la ETSAM, que para mí fue el de 1977-78, había una asignatura (para mí maldita) que se llamaba «Análisis de Formas», y cuyo catedrático era Javier Seguí. (La otra catedrática de la asignatura -creo que vino algo después, pero no lo recuerdo bien- era Helena Iglesias, que la enfocaba de una manera totalmente diferente y exigía habilidades y aptitudes prácticamente opuestas a las que pedía la primera cátedra: Esto es una señal más de la esquizofrenia propia de esta maldita carrera que tanto amamos, pero esto será tema de otra entrada. Hoy no toca).
Javier Seguí y sus profesores seguramente habrían sido excelentes en los últimos cursos de carrera o en el doctorado (alguno de ellos imparte ahora cursos de doctorado y, por lo que me cuentan, es muy bueno), pero en primer curso eran sencillamente terroríficos. Yo tenía diecisiete años. No era más tonto de lo normal, pero tampoco más espabilado. No entendía nada. Había creído infundadamente durante el bachillerato que sabía dibujar (al menos me gustaba mucho y me aplicaba bastante), pero aquí estaba completamente perdido. En el colegio dibujaba laminitas A4 sobre el pupitre, y aquí había que dibujar en A1, en caballete. En el colegio dibujaba con la mano y la muñeca, y aquí había que dibujar con el brazo entero, e incluso con la espalda, con las caderas, con todo. El gesto era importante para afrontar dibujos en un formato para mí tan grande y desbordante, en el que no había trabajado nunca y en el que me perdía.
Pero los profesores, en vez de ayudar con consejos técnicos o con el ejemplo (ay, el ejemplo), nos soltaban discursos teóricos y filosóficos sobre la forma, la expresión, la misión de la representación, la evocación, etc.
Nos recomendaron leer Punto y línea sobre el plano, de un tal Kandinski, a quien no había oído nombrar en mi vida. Empecé a leerlo y no entendí nada.
Me sentía muy angustiado.
El curso empezaba con temas de expresión libre, manchas abstractas, masas de color, etc. Todo ello, como digo, cargado de profundo contenido ideológico-teórico absolutamente indigerible.
Cada día era un susto nuevo. Una vez trajeron unas cuantas gallinas en jaulas que repartieron por el suelo del aula.
Abrieron las jaulas y soltaron las gallinas. ¡Hala! ¡A dibujar!
Recuerdo especialmente la cantidad de excrementos que soltaban. Seguramente estaban estresadas. No lo sé. (Yo sí que estaba estresado y excrementicio).
El caso es que, como pude, intenté dibujarlas. Me quedaban unas líneas insípidas, bastante rígidas, torpes.
Para colmo los profesores nos decían que no teníamos que dibujar las gallinas, sino su espíritu.

¿Eh? ¿Qué era eso del espíritu de las gallinas?
-No dibujéis su forma exterior, su mera apariencia. Id más allá. Penetrad en ellas. Captad su espíritu.
¡Mierda de gallina! ¿Era eso? ¿Era ese su espíritu?
Querían decirnos (creo; aún no estoy seguro) que no dibujáramos las gallinas académica y melifluamente, sino que intentáramos captar su estructura, su movimiento, algo que nos sugirieran… Yo qué sé.
Querían que ante el estímulo visual provocado por una gallina plasmáramos unas manchas que fueran la gallina. Ah, claro, muy sencillo.
Se trataba, supongo o intuyo, de dibujar las gallinas con fuerza y con expresión. Ah, y fantásticamente bien. Si dibujabas de maravilla estabas aprobado. (El truquismo consistía en no terminar los dibujos, sino dejarlos como desenfocados, movidos. Importaba la impronta de la gallina sobre el papel, no un dibujo relamido. Vamos, eso creo).
Nosotros, como no entendíamos nada, trazábamos líneas horizontales sobre el papel, hacíamos curvas muy gestuales (preferentemente con una espátula embadurnada en témpera), e intentábamos construir un discurso incoherente y vacío sobre algo de lo que no teníamos la más mínima noción.
Los profesores eran tan incomprensibles en sus elogios como en sus denuestos. A veces parecía (sólo parecía) que estaban ensalzando los dibujos de un compañero, y, como no veíamos en ellos nada especial ni ningún motivo claro de aplauso, ni teníamos referencia alguna, ni criterio, ni nada, nos quedábamos con las hojas del rábano: «Mira, mira: Dibuja en papel gris, y no en papel blanco como nosotros». «Utiliza carboncillo y barra conté«. «Hace trazos muy largos». Etc. Intentábamos hacer eso mismo, pero nos ponían a caldo. Nada.
Otro día vino un grupo rockero y tocó en clase. Había que pintar la música. Recuerdo que hice un dibujo un poco psicodélico que mostraba como dos cataratas de trazos de colores, y les gustó a los profesores.
Otra semana tocó pintar el miedo. No nos centrábamos y los profesores nos animaban a sentir miedo y plasmarlo. Yo miedo sí que sentía, naturalmente, pero no sabía cómo conducirlo hacia el papel. Por aferrarme a algo ya experimentado, volví a pintar una cosa muy parecida a las dos cataratas de colores que les habían gustado, pero ahora fueron consideradas una mierda. ¡Vaya por Dios!
Fueron meses muy malos.
Pasado este primer trimestre de locura y angustia tocó dibujar «de verdad». Empezamos a hacer «ambientes»; es decir: el interior de la propia aula, con nosotros mismos dibujando en ella. Ah, amigos, ahí se te iba la perspectiva por menos de nada, y quienes dibujaban de verdad se escapaban claramente del pelotón. Ahí empezó a quedar claro quién sabía y quién no.
Luego tocó hacer estatua, y después, por fin, desnudo.
Recuerdo perfectamente a un compañero pelirrojo que dibujaba como los ángeles. Le vi hacer con pasteles los abdominales de un Ares que era como para morir de lo bien que estaba. Ese mismo pelirrojo dibujó semanas después a uno de los modelos, que era un poco gordito y morcillón, y parecía que su dibujo pesaba y todo. Los profesores le elogiaban. Ahora sí que entendíamos los elogios.
Así que era eso. Así que había que dibujar de puta madre. Acabáramos.
Pintar el espíritu de las gallinas, pintar una música rock, pintar el miedo, el hambre, el sueño… chorradas. Todo eso era un calentamiento de dedos para acabar pintando unas estatuas de escándalo y unas chicas de infarto.
Suspendí, naturalmente.
En el verano y en el curso siguiente me matriculé en una academia en la que me enseñaron a dibujar. Horas y horas de hacer mano. Eso era todo. Aprender a dibujar como Dios, y nada más. (Jejeje: Nada más).
Ese era el verdadero espíritu de las gallinas. Cada vez que veo a alguien dibujar o pintar fantásticamente bien me lo digo a mí mismo:
«Este cabrito ha captado el espíritu de las gallinas».
José Ramón Hernández Correa · Doctor Arquitecto
Toledo · octubre 2013
Dedicado a mis «amigos virtuales» de twitter Laureano Albaladejo (@LaureanoArqui), Cristina Barrón (@CristinArquitec) y Stepien y Barnó (@stepienybarno), que me pidieron que explicara con más detalle lo del espíritu de las gallinas.
PD.- Muchos años después, ya arquitecto, e incluso ya doctor -recién doctorado- tuve una experiencia mística que volvió a unir a mis maestros, amigos y compañeros de la escuela de arquitectura con el verdadero espíritu de las gallinas. De modo que podríamos decir que mi paso por la escuela de arquitectura de Madrid empezó y terminó con espíritus gallináceos. Pero el episodio de mi despedida gallinácea de la escuela sí que me lo tengo que preparar con calma (y buscar documentación) para intentar contarlo. A ver si puedo hacerlo en pocos días.
[:gl]
No primeiro curso de arquitectura da ETSAM, que para min foi o de 1977-78, había unha materia (para min maldita) que se chamaba «Análisis de Formas», e cuxo catedrático era Javier Seguí. (A outra catedrática da materia -creo que veu algo despois, pero non o recordo ben- era Helena Iglesias, que a enfocaba dun xeito totalmente diferente e esixía habilidades e aptitudes practicamente opostas ás que pedía a primeira cátedra: Isto é un sinal máis da esquizofrenia propia desta maldita carreira que tanto amamos, pero isto será tema doutra entrada. Hoxe non toca).
Javier Seguí e os seus profesores seguramente terían sido excelentes nos últimos cursos de carreira ou no doutorado (algún deles imparte agora cursos de doutorado e, polo que me contan, é moi bo), pero en primeiro curso eran sinxelamente terroríficos. Eu tiña dezasete anos. Non era máis parvo do normal, pero tampouco máis espelido. Non entendía nada. Crera infundadamente durante o bacharelato que sabía debuxar (polo menos gustábame moito e aplicábame bastante), pero aquí estaba completamente perdido. No colexio debuxaba laminitas A4 sobre o pupitre, e aquí había que debuxar en A1, en cabalete. No colexio debuxaba coa man e o boneco, e aquí había que debuxar co brazo enteiro, e mesmo coas costas, coas cadeiras, con todo. O xesto era importante para afrontar debuxos nun formato para min tan grande e desbordante, no que non traballara nunca e no que me perdía.
Pero os profesores, en vez de axudar con consellos técnicos ou co exemplo (ai, o exemplo), soltábannos discursos teóricos e filosóficos sobre a forma, a expresión, a misión da representación, a evocación, etc.
Recomendáronnos ler Punto e línea sobre o plano, dun tal Kandinski, a quen non oíra nomear na miña vida. Empecei a lelo e non entendín nada.
Sentíame moi angustiado.
O curso empezaba con temas de expresión libre, manchas abstractas, masas de cor, etc. Todo iso, como digo, cargado de profundo contido ideolóxico-teórico absolutamente indixerible.
Cada día era un susto novo. Unha vez trouxeron unhas cantas galiñas en gaiolas que repartiron polo chan da aula.
Abriron as gaiolas e soltaron as galiñas. ¡Hala! ¡A debuxar!
Recordo especialmente a cantidade de excrementos que soltaban. Seguramente estaban estresadas. Non o sei. (Eu si que estaba estresado e excrementicio).
O caso é que, como puiden, intentei debuxalas. Quedábanme unhas liñas insípidas, bastante ríxidas, torpes.
Para colmo os profesores dicíannos que non tiñamos que debuxar as galiñas, senón o seu espírito.

¿Eh? ¿Que era iso do espírito das galiñas?
-Non debuxedes a súa forma exterior, a súa mera aparencia. Ide máis alá. Penetrade nelas. Captade o seu espírito.
¡Merda de galiña! ¿Era iso? ¿Era ese o seu espírito?
Querían dicirnos (creo; aínda non estou seguro) que non debuxásemos as galiñas académica e melifluamente, senón que intentásemos captar a súa estrutura, o seu movemento, algo que nos suxerisen… Eu que sei.
Querían que ante o estímulo visual provocado por unha galiña plasmásemos unhas manchas que fosen a galiña. Ah, claro, moi sinxelo.
Tratábase, supoño ou intúo, de debuxar as galiñas con forza e con expresión. Ah, e fantasticamente ben. Se debuxabas de marabilla estabas aprobado. (O truquismo consistía en non rematar os debuxos, senón deixalos como desenfocados, movidos. Importaba a pegada da galiña sobre o papel, non un debuxo relambido. Imos, iso creo).
Nós, como non entendiamos nada, trazabamos liñas horizontais sobre o papel, faciamos curvas moi xestuais (preferentemente cunha espátula enzoufada en témpera), e intentabamos construír un discurso incoherente e baleiro sobre algo do que non tiñamos a máis mínima noción.
Os profesores eran tan incomprensibles nos seus eloxios como nos seus denuestos. Ás veces parecía (só parecía) que estaban a enxalzar os debuxos dun compañeiro, e, como non viamos neles nada especial nin ningún motivo claro de aplauso, nin tiñamos referencia ningunha, nin criterio, nin nada, quedabamos coas follas do ravo: «Mira, mira: Debuxa en papel gris, e non en papel branco como nós». «Utiliza carbón e barra conté«. «Fai trazos moi longos». Etc. Intentábamos facer iso mesmo, pero poñíannos a caldo. Nada.
Outro día veu un grupo roqueiro e tocou en clase. Había que pintar a música. Recordo que fixen un debuxo un pouco psicodélico que mostraba como dúas cataratas de trazos de cores, e lles gustou aos profesores.
Outra semana tocou pintar o medo. Non nos centrabamos e os profesores animábannos a sentir medo e plasmalo. Eu medo si que sentía, naturalmente, pero non sabía como conducilo cara ao papel. Por aferrarme a algo xa experimentado, volvín pintar unha cousa moi parecida ás dúas cataratas de cores que lles gustaran, pero agora foron consideradas unha merda. ¡Vaia por Deus!
Foron meses moi malos.
Pasado este primeiro trimestre de loucura e angustia tocou debuxar «de verdade». Empezamos a facer «ambientes»; é dicir: o interior da propia aula, connosco mesmos debuxando nela. Ah, amigos, aí íasete a perspectiva por menos de nada, e os que debuxaban de verdade escapábanse claramente do pelotón. Aí empezou a quedar claro quen sabía e quen non.
Logo tocou facer estatua, e, despois por fin, nu.
Recordo perfectamente un compañeiro rubio que debuxaba como os anxos. Vinlle facer con pasteis os abdominais dun Ares que era como para morrer do ben que estaba. Ese mesmo rubio debuxou semanas despois a un dos modelos, que era un pouco gordito e morcillón, e parecía que o seu debuxo pesaba e todo. Os profesores eloxiábano. Agora si que entendiamos os eloxios.
Así que era iso. Así que había que debuxar de puta nai. Rematásemos.
Pintar o espírito das galiñas, pintar unha música rock, pintar o medo, a fame, o sono… parvadas. Todo iso era un quentamento de dedos para acabar pintando unhas estatuas de escándalo e unhas rapazas de infarto.
Suspendín, naturalmente.
No verán e no curso seguinte matriculeime nunha academia na que me ensinaron a debuxar. Horas e horas de facer man. Iso era todo. Aprender a debuxar como Deus, e nada máis. (Jejeje: Nada máis).
Ese era o verdadeiro espírito das galiñas. Cada vez que vexo alguén debuxar ou pintar fantasticamente ben dígomo a min mesmo:
«Este cabrito captou o espírito das galiñas».
José Ramón Hernández Correa · Doutor Arquitecto
Toledo · outobre 2013
Dedicado aos meus «amigos virtuais» de twitter Laureano Albaladejo (@LaureanoArqui), Cristina Barrón (@CristinArquitec) e Stepien e Barnó (@stepienybarno), que me pediron que explicase con máis detalle o do espírito das galiñas.
PD.- Moitos anos despois, xa arquitecto, e mesmo xa doutor -recén doutorado- tiven unha experiencia mística que volveu unir aos meus mestres, amigos e compañeiros da escola de arquitectura co verdadeiro espírito das galiñas. De modo que poderiamos dicir que o meu paso pola escola de arquitectura de Madrid empezou e rematou con espíritos galináceos. Pero o episodio da miña despedida galinácea da escola si que mo teño que preparar con calma (e buscar documentación) para intentar contalo. A ver se podo facelo en poucos días.
[:en]
In the first course of architecture of the ETSAM, which for me was of 1977-78, there was a subject (for damned me) that was called «Analysis of Forms», and whose professor was Javier Seguí. (Another professor of the subject – I believe that it came a little later, but I it do not remember good – she was Helena Iglesias, who was focusing it in a totally different way and it was required skills and aptitudes practically opposite to for those that the first chair was asking: This is one more sign of the own schizophrenia of this damned career that so much we love, but this will be a topic of another entry. Today it does not touch).
Javier Seguí and his teachers surely would have been excellent in the last courses of career or at the doctorate (someone of them gives now courses of doctorate and, for what they tell me, it is very good), but in the first course they were simply terrifying. I was seventeen years old. It was not sillier of the normal thing, nor any more espabilado. He did not understand anything. He had believed groundlessly during the baccalaureate that it could draw (at least I liked much and was applying myself enough), but here it was completely lost. In the college it was drawing laminitas A4 on the desk, and here it was necessary to draw in A1, in trestle. In the college it was drawing with the hand and the wrist, and here it was necessary to draw with the entire, and enclosed arm with the back, with the hips, with everything. The gesture was important to confront drawings in a format for so big and overflowing me, at which it had never been employed and at the one that was getting lost.
But the teachers, instead of helping with technical advices or with the example (sigh, the example), were giving up theirs theoretical and philosophical speeches on the form, the expression, the mission of the representation, the evocation, etc.
They recommended to us to read Punto y línea sobre el plano, of such a Kandinski, whom it had not heard naming in my life. I started reading it and did not understand anything.
I was feeling very distressed.
The course was beginning with topics of free expression, abstract spots, masses of color, etc. All this, as I say, loaded with deep ideological – theoretical absolutely indigestible content.
Every day was a new fright. Once they brought a few hens in cages that they distributed for the soil of the classroom.
They opened the cages and gave up the hens. Pull! To drawing!
I remember specially the quantity of excrements that were giving up. Surely they were stressed. I do not know it. (I yes that was put stress and excrementicio).
The case is that, since I could, I them tried to draw. I still had a few insipid, rigid enough, awkward lines.
For limit the teachers were saying to us that we did not have to draw the hens, but his spirit.

Eh? What age it of the spirit of the hens?
-Do not draw his exterior form, his mere appearance. Go beyond. Penetrate in them. Catch his spirit.
Shit of hen! Was it it? Was it this his spirit?
They wanted to say to us (I believe; still I am not sure) that we were not drawing the hens academician and mellifluously, but we were trying to catch his structure, his movement, anything that they were suggesting us… I what I know.
They wanted that before the visual stimulus provoked by a hen we were forming a few spots that were the hen. Ah, clear, very simple.
It was treating itself, I suppose or feel, of drawing the hens strongly and with expression. Ah, and fantasticly well. If you were drawing of marvel you were approved. (The knack was consisting of not finishing the drawings, but of making them like got out of focus, moved. It was importing the stamp of the hen on the paper, not a re-licked drawing. We go, I believe it).
We, since we did not understand anything, were planning horizontal lines on the paper, were doing curves very gestuales (preferably with a spatula daubed in témpera), and were trying to construct an incoherent and empty speech on something of what we did not have the most minimal notion.
The teachers were so incomprehensible in his praises as in his insults. Sometimes it seemed (only it seemed) that the drawings of a companion were ensalzando, and, since we saw in them not specially at all not even any clear motive of plaudit, we did not even have neither any reference, or criterion, or anything, were remaining with the leaves of the radish: «Look, it looks: It draws in gray paper, and not in white paper as us». «Charcoal and bar uses was counted by me». «It does very long outlines». Etc. We were trying to make it same, but they were putting us to broth. Nothing.
Another day rocker came a group and touched in class. It was necessary to paint the music. I remember that I did an a bit psychodelic drawing that was showing as two cataracts of outlines of colors, and the teachers liked it.
Another week had to paint the fear. We were not centring and the teachers were encouraging us to be frightened and to form it. I fear yes that was feeling, naturally, but did not know how to lead it towards the paper. For sticking to something already experienced, I returned to paint a thing very similar to both cataracts of colors that they had liked, but now they were considered to be a shit. Go for God!
They were very bad months.
Past this first quarter of madness and distress had to draw «indeed». We start doing «environments»; it is to say: the interior of the own classroom, with us themselves drawing in her. Ah, friends, there you was going away the perspective for less nothing, and those who were drawing indeed were escaping clearly of the squad. There there started remaining clear the one who knew and whom not.
Then it had to do statue, and later, finally, I undress.
I remember perfectly a red-haired companion who was drawing as the angels. I saw him to do with pastry the abdominal ones of one Plough that it was like to die of well that was. The same red-haired one drew some weeks later one of the models, who was a bit rather fat and morcillón, and it seemed that his drawing was weighing and everything. The teachers were praising him. Now yes that we understood the praises.
So it was it. So mother was necessary to draw of prostitute. We were finishing.
To paint the spirit of the hens, a music to paint rock, to paint the fear, the hunger, the dream … foolishness. All that was a warming finger to end up by painting a few statues of scandal and a few girls of heart attack.
I suspended, naturally.
In the summer and in the following course I registered in an academy in which they taught me to draw. Hours and hours of doing hand. It was quite. To learn to draw as God, and nothing more. (Jejeje: Nothing more).
This it was the real spirit of the hens. Whenever I see to drawing or painting someone fantasticly well I say it to me itself:
«This kid has caught the spirit of the hens».
José Ramón Hernández Correa · Doctor Architect
Toledo · october 2013
Dedicated to my » virtual friends » of twitter Laureano Albaladejo (@LaureanoArqui), Cristina Barrón (@CristinArquitec) and Stepien and Barnó (@stepienybarno), that asked me to explain with more details it of the spirit of the hens.
PD.- Many years later, already architect, and even already doctor – newly conferred a doctor’s degree – I had a mystical experience that returned to join my teachers, friends and companions of the school of architecture with the real spirit of the hens. So that we might say that my step along the school of architecture of Madrid began and ended with spirits gallináceos. But the episode of my farewell gallinácea of the school yes that I have to prepare calmly (and to look for documentation) to try to count it. To seeing if I can do it in a few days.
[:]





son puntos de vista…espirituales diria yo, me ha gustado como ha encarado el asunto del alma de la gallina. de mi parte y los chicos de la hermandad blanca (http://hermandadblanca.org/), les deseamos feliz 2017 chicos!
A Javier Seguí lo tuve en un curso de doctorado hace unos años. Solo decía chorradas, decía que proyectar es un acto intuitivo, que no se puede proyectar con una idea previa que «la idea de proyecto no existe». Me pareció de lo más estúpido y como venía en plan catedrático nadie le podía llevar la contraria. Tuvimos una discusión en clase, al final se quedó sin argumentos, llegó a aceptar que sí que es necesaria una «imagen desencadenante». Lamentable