[:es]
He mencionado varias veces en este espacio a Eugène Claudius Petit (1907-1989). Debo hablar más de él. Decir en primer lugar que Claudius, nombre que adoptó en la clandestinidad de la resistencia anti-nazi, fue ante todo un político. De origen modesto, obrero, se hizo ebanista formando parte de una de las asociaciones de aprendizaje (los “compagnons”) que existen en Francia desde la Edad Media y todavía hoy disfrutan de un prestigio legendario. Como “compagnon” hizo la “vuelta a Francia”, un recorrido por distintas localidades del país como aprendiz de maestros obreros establecidos. Luchó tempranamente en las organizaciones obreras en la atmósfera política de una Francia convulsionada.
Su participación en la Resistencia le valió la Cruz de Guerra y la Legión de Honor y desarrolló en él la pasión por la política, que le permitió formar parte como Diputado de la Asamblea Constituyente elegida luego de la Liberación, como miembro de la UDSR, de centro-izquierda, que fue parte de las sucesivas coaliciones que marcaron la vida política de su país en la inmediata posguerra. A raíz de la formación de una de ellas fue nombrado Ministro de la Reconstrucción en Noviembre de 1948.
Luego de la Liberación se le hizo miembro de una comisión técnica que debía entre otras cosas viajar a los Estados Unidos en búsqueda de soportes técnicos para el proceso de la reconstrucción del país. Se embarcó pues, en 1945, en el “Liberty Ship Vernon S. Hood” y allí conoció a Le Corbusier, que formaba parte de esa delegación. Fue un encuentro que, se lo oímos decir personalmente, marcó su vida. Durante ese viaje Le Corbusier habría de completar los estudios del “Modulor” (un sistema de normalización dimensional basado en las dimensiones humanas), y es de suponer que al conocerse los dos personajes, hablaron sobre el rico universo de convicciones y motivaciones que el arquitecto de 58 años se sentiría impelido a comunicarle al joven político veinte años menor. Claudius se hizo en ese viaje, podría decirse, discípulo de uno de los arquitectos más influyentes del siglo veinte y así vivió el resto de su vida, dedicado a servir de instrumento para la realización de las ideas de la arquitectura nueva.
La ocasión habría de presentarse más de tres años después con la incorporación de Claudius al Gabinete francés donde estaría hasta 1953 sobreviviendo a cinco coaliciones parlamentarias. Ya Raoul Dautry , comunista, quien lo había antecedido unos años antes en el cargo, había encomendado a Le Corbusier el proyecto de la Unidad de Marsella, que habría de convertirse en uno de los monumentos arquitectónicos del siglo y cuya construcción se encontraba detenida para el momento de Claudius asumir el cargo como resultado de problemas jurídicos y financieros, muchos de ellos producto de la mezquindad política; pero él logró terminarlo, y se abrió al público en 1952.
Nada más por su papel instrumental en este caso específico, Claudius Petit merecería un reconocimiento especial, sin contar sus esfuerzos para abrirle paso a las ideas de una arquitectura y un urbanismo nuevos que se expresaron en el terreno legislativo en 1950 con el Plan Nacional de Organización Territorial, y en muy diversas disposiciones legales relativas al financiamiento de la vivienda y al equipamiento industrial.
En ese mismo año 1953 es elegido alcalde de la ciudad de Firminy, al sur de Francia, cerca de Lyon, cargo que ejercería por más de diez años y que le permitiría promover un ensanche de la ciudad que bautizó como Firminy “verde” para ser un ejemplo de urbanismo moderno en toda Francia. Como alcalde le encarga a Le Corbusier un Centro de Juventud, un sencillo complejo deportivo y la que sería su obra póstuma: la iglesia de Firminy, terminada sólo hace un año, por su ex-colaborador, José Oubrerie.
Pero la gran lección de este hombre, aquella por la que creo muy pertinente hablar de él entre nosotros, es que como político, desde la política, buscó convertir esa perspectiva que pudiéramos llamar ideológica en realización concreta. Por eso, cuando dijo la frase, para mí memorable, que incluyo de nuevo al final de esta nota, en el Auditorio de la Facultad de Arquitectura hace más de veinte años, en cierto modo justificó su vida.
¿Es que acaso el ejercicio de la política es sólo un filosofar moralista sin consecuencias concretas?
No lo creo, se hace política para legislar o ayudar a legislar, para ayudar a construir una sociedad. Y en ese ayudar a construir, la ciudad es un emblema, un objetivo. El ejercicio de la política tiene consecuencias en la modificación del espacio físico en el que vivimos. Si no la tiene, es hojarasca, es ejercicio retórico, es, para nosotros los venezolanos “revolución bolivariana”, ni más ni menos. Esa tendría que ser la enseñanza más importante de este período de nuestra historia política en la que el hablar y proclamar una vocación de redención social, financiado con chorros de dólares, ha sustituido a la acción.
Esas recurrentes manifestaciones del populismo y la demagogia nos han hecho un terrible daño, ante el cual uno puede reivindicar el legado de un hombre de otra tradición, de otra cultura, como Claudius Petit.
Aquí dejó una semilla a pesar de que su visita fue parcialmente ignorada. Y la dejó en su país como lo prueban dos frases incluidas el el texto escrito por el joven arquitecto Michel Kagan, a propósito del homenaje que tuvo lugar el año pasado en París:
Sobre el principio que orientó sus luchas:
“Las redes de servicios básicos dependen de la primacía del espacio, de la arquitectura y del urbanismo, en simbiosis con el paisaje y el territorio, y no a la inversa”.
Y sobre el sentido de su labor como político:
“Para este Hombre de Estado, -ayudar a los que quieren construir y los que construyen- es servir en lugar de mandar… el fue el amigo de la arquitectura y los arquitectos para servir al hombre común”.
Concluyo, una vez más, con la frase que quisiera convertir en lema de un nuevo modo nuestro de hacer política:
“Todo programa político se manifiesta en el dominio de lo construído”.
Sin más.
Óscar Tenreiro Degwitz, Arquitecto.
Venezuela, febrero 2008,
Entre lo Cierto y lo Verdadero
[:gl]
Mencionei varias veces neste espazo a Eugène Claudius Petit (1907-1989). Debo falar máis del. Dicir en primeiro lugar que Claudius, nome que adoptou na clandestinidade da resistencia anti-nazi, foi ante todo un político. De orixe modesta, obreiro, fíxose ebanista formando parte dunha das asociacións de aprendizaxe (os “compagnons”) que existen en Francia desde a Idade Media e aínda hoxe gozan dun prestixio lendario. Como “compagnon” fixo a “volta a Francia”, un percorrido por distintas localidades do país como aprendiz de mestres obreiros establecidos. Loitou tempranamente nas organizacións obreiras na atmosfera política dunha Francia convulsionada.
A súa participación na Resistencia valeulle a Cruz de Guerra e a Lexión de Honra e desenvolveu nel a paixón pola política, que lle permitiu formar parte como Deputado da Asemblea Constituínte elixida logo da Liberación, como membro da UDSR, de centro-esquerda, que foi parte das sucesivas coalicións que marcaron a vida política do seu país na inmediata posguerra. Por mor da formación dunha delas foi nomeado Ministro da Reconstrución en novembro de 1948.
Logo da Liberación fíxoselle membro dunha comisión técnica que debía entre outras cousas viaxar aos Estados Unidos en procura de soportes técnicos para o proceso da reconstrución do país. Embarcouse pois, en 1945, no “Liberty Ship Vernon S. Hood” e alí coñeceu a Le Corbusier, que formaba parte desa delegación. Foi un encontro que, oímosllo dicir persoalmente, marcou a súa vida. Durante esa viaxe Le Corbusier habería de completar os estudos do “Modulor” (un sistema de normalización dimensional baseado nas dimensións humanas), e é de supoñer que ao coñecerse os dous personaxes, falaron sobre o rico universo de conviccións e motivacións que o arquitecto de 58 anos sentiría impelido a comunicarlle ao mozo político vinte anos menor. Claudius fíxose nesa viaxe, podería dicirse, discípulo dun dos arquitectos máis influentes do século vinte e así viviu o resto da súa vida, dedicado a servir de instrumento para a realización das ideas da arquitectura nova.
A ocasión habería de presentarse máis de tres anos despois coa incorporación de Claudius ao Gabinete francés onde estaría ata 1953 sobrevivindo a cinco coalicións parlamentarias. Xa Raoul Dautry , comunista, quen o antecedía uns anos antes no cargo, encomendara a Le Corbusier o proxecto da Unidade de Marsella, que habería de converterse nun dos monumentos arquitectónicos do século e cuxa construción se atopaba detida para o momento de Claudius asumir o cargo como resultado de problemas xurídicos e financeiros, moitos deles produto da mezquindad política; pero el logrou terminalo, e abriuse ao público en 1952.
Nada máis polo seu papel instrumental neste caso específico, Claudius Petit merecería un recoñecemento especial, sen contar os seus esforzos para abrirlle paso ás ideas dunha arquitectura e un urbanismo novos que se expresaron no terreo lexislativo en 1950 co Plan Nacional de Organización Territorial, e en moi diversas disposicións legais relativas ao financiamiento da vivenda e ao equipamento industrial.
Nese mesmo ano 1953 é elixido alcalde da cidade de Firminy, ao sur de Francia, preto de Lyon, cargo que exercería por máis de dez anos e que lle permitiría promover un ensanche da cidade que bautizou como Firminy “verde” para ser un exemplo de urbanismo moderno en toda Francia. Como alcalde encárgalle a Lle Corbusier un Centro de Mocidade, un sinxelo complexo deportivo e a que sería a súa obra póstuma: a igrexa de Firminy, terminada só hai un ano, polo seu ex-colaborador, José Oubrerie.
Pero a gran lección deste home, aquela por a que creo moi pertinente falar del entre nós, é que como político, desde a política, buscou converter esa perspectiva que puidésemos chamar ideolóxica en realización concreta. Por iso, cando dixo a frase, para min memorable, que inclúo de novo ao final desta nota, no Auditorio da Facultade de Arquitectura fai máis de vinte anos, en certo xeito xustificou a súa vida.
É que seica o exercicio da política é só un filosofar moralista sen consecuencias concretas?
Non o creo, faise política para lexislar ou axudar a lexislar, para axudar a construír unha sociedade. E nese axudar a construír, a cidade é un emblema, un obxectivo. O exercicio da política ten consecuencias na modificación do espazo físico no que vivimos. Se non a ten, é follaxe, é exercicio retórico, é, para nós a venezolanos “revolución bolivariana”, nin máis nin menos. Esa tería que ser o ensino máis importante deste período da nosa historia política na que o falar e proclamar unha vocación de redención social, financiado con chorros de dólares, substituíu á acción.
Esas recorrentes manifestacións do populismo e a demagoxia fixéronnos un terrible dano, ante o cal un pode reivindicar o legado dun home doutra tradición, doutra cultura, como Claudius Petit.
Aquí deixou unha semente a pesar de que a súa visita foi parcialmente ignorada. E deixouna no seu país como o proban dúas frases incluídas o o texto escrito polo novo arquitecto Michel Kagan, á mantenta da homenaxe que tivo lugar o ano pasado en París:
Aquí dejó una semilla a pesar de que su visita fue parcialmente ignorada. Y la dejó en su país como lo prueban dos frases incluidas el el texto escrito por el joven arquitecto Michel Kagan, a propósito del homenaje que tuvo lugar el año pasado en París:
Sobre o principio que orientou as súas loitas:
“As redes de servizos básicos dependen da primacía do espazo, da arquitectura e do urbanismo, en simbiose coa paisaxe e o territorio, e non á inversa”.
E sobre o sentido do seu labor como político:
“Para este Home de Estado, -axudar aos que queren construír e os que constrúen- é servir en lugar de mandar… o foi o amigo da arquitectura e os arquitectos para servir ao home común”.
Conclúo, unha vez máis, coa frase que quixese converter en lema dun novo modo o noso de facer política:
“Todo programa político maniféstase no dominio do construído”.
Sen máis.
Óscar Tenreiro Degwitz, Arquitecto.
Venezuela, febreiro 2008,
Entre lo Cierto y lo Verdadero
[:en]
I have mentioned Eugène Claudius Petit (1907-1989) several times in this space. I have to talk more about him. To say first of all that Claudius, a name he adopted in the underground of the anti-Nazi resistance, was first and foremost a politician. Of modest origin, worker, he became a cabinetmaker as part of one of the learning associations (the “compagnons”) that exist in France since the Middle Ages and still today enjoy legendary prestige. As “compagnon” he made the “return to France”, a tour of different localities of the country as an apprentice of established working masters. He fought early in the workers’ organizations in the political atmosphere of a convulsed France.
His participation in the Resistance earned him the Cross of War and the Legion of Honor and developed in him the passion for politics, which allowed him to be a member of the Constituent Assembly elected after the Liberation, as a member of the UDSR, of center-left, which was part of the successive coalitions that marked the political life of his country in the immediate postwar period. Following the formation of one of them he was appointed Minister of Reconstruction in November 1948.
After Liberation, he was made a member of a technical commission that had, among other things, to travel to the United States in search of technical support for the process of reconstruction of the country. He embarked then, in 1945, in the “Liberty Ship Vernon S. Hood” and there he met Le Corbusier, who was part of that delegation. It was an encounter that, we heard him say personally, marked his life. During that trip Le Corbusier would complete the studies of the “Modulor” (a system of dimensional normalization based on human dimensions), and it is to be assumed that when the two characters met, they talked about the rich universe of convictions and motivations that the architect 58 years old he would feel impelled to communicate to the young politician twenty years younger. Claudius was made on that trip, it could be said, a disciple of one of the most influential architects of the twentieth century and thus lived the rest of his life, dedicated to serve as an instrument for the realization of the ideas of new architecture.
The occasion was to be presented more than three years later with the incorporation of Claudius to the French Cabinet where he would be until 1953 surviving five parliamentary coalitions. Already Raoul Dautry, a Communist, who had preceded him a few years earlier, had entrusted to Le Corbusier the project of the Marseille Unit, which was to become one of the architectural monuments of the century and whose construction was halted for the Claudius’ moment to assume the position as a result of legal and financial problems, many of them product of political pettiness; but he managed to finish it, and it was opened to the public in 1952.
Nothing more for its instrumental role in this specific case, Claudius Petit deserve special recognition, without counting their efforts to open the way to the ideas of a new architecture and urbanism that were expressed in the legislative field in 1950 with the National Organization Plan Territorial, and in very diverse legal dispositions relative to the financing of the housing and the industrial equipment.
In that same year 1953 he was elected mayor of the city of Firminy, in the south of France, near Lyon, a position he would exercise for more than ten years and that would allow him to promote a widening of the city that he named Firminy “green” to be an example of modern urbanism throughout France. As mayor he commissioned Le Corbusier a Youth Center, a simple sports complex and what would be his posthumous work: the church of Firminy, completed only a year ago, by his former collaborator, José Oubrerie.
But the great lesson of this man, the one for which I think it is very pertinent to talk about him among us, is that as a politician, from politics, he sought to turn that perspective that we could call ideological into concrete realization. Therefore, when he said the phrase, for me memorable, which I include again at the end of this note, in the Auditorium of the Faculty of Architecture more than twenty years ago, in a certain way he justified his life.
Is it that the exercise of politics is only a moral philosophizing without concrete consequences?
I do not believe it, it is politics to legislate or help to legislate, to help build a society. And in that help to build, the city is an emblem, an objective. The exercise of politics has consequences in the modification of the physical space in which we live. If you do not have it, it is leaf litter, it is a rhetorical exercise, it is, for us Venezuelans, the “Bolivarian Revolution”, neither more nor less. That would have to be the most important lesson of this period of our political history in which speaking and proclaiming a vocation of social redemption, financed with jets of dollars, has replaced action.
These recurrent manifestations of populism and demagogy have done us a terrible damage, before which one can claim the legacy of a man from another tradition, from another culture, like Claudius Petit.
Here he left a seed despite the fact that his visit was partially ignored. And he left it in his country as proven by two phrases including the text written by the young architect Michel Kagan, on the occasion of the tribute that took place last year in Paris:
On the principle that guided their struggles:
“Networks of basic services depend on the primacy of space, architecture and urbanism, in symbiosis with the landscape and the territory, and not the other way around”.
And about the meaning of his work as a politician:
“For this Stateman, -helping those who want to build and those who build- is to serve instead of to command … he was the friend of architecture and architects to serve the common man”.
I conclude, once again, with the phrase that I would like to turn into a motto of a new way of doing politics:
“Every political program manifests itself in the domain of the built.”.
No more.
Óscar Tenreiro Degwitz, Architect.
Venezuela, february 2008,
Entre lo Cierto y lo Verdadero
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