La parábola del inglés | Borja López Cotelo

Recuerdo mi breve estancia en el St. James College, en Maypole Green, Essex. En las tardes de lluvia, el repicar de las gotas contra el alféizar sonaba como el segundero de un reloj que parecía ir cada vez más lento, mientras un paisaje verde y gris se filtraba a través de la ventana ojival. Yo, a menudo, perdía el tiempo rebuscando en su biblioteca algún manuscrito; según me había confesado el decano Brown, el gran Chesterton había pasado allí largas temporadas charlando sobre teología y paradojas con su bisabuelo.

G. K. Chesterton

Jamás encontré allí rastro alguno del escritor, pero entre los miles – ¿o eran millones?- de libros acumulados en sus estanterías descubrí algo tal vez más extraordinario: el diario de Hiram Mallord Sinclair, séptimo duque de Connaught. Me tropecé con él sin pretenderlo, mientras dejaba que mi vista vagase entre las páginas de una edición original de El paraíso perdido de Milton. Las memorias de Sinclair dibujaban un personaje particular: iconoclasta, culto, refinado en sus gustos1, audaz en sus empresas y tenaz en sus propósitos. Vivió, según se desprende de sus escritos, como un respetable aristócrata dedicado a la administración de su fortuna hasta que en el verano de 1824, a la edad de 47 años y sin motivo explícito, abandonó la seguridad de su castillo para consagrar su vida a un propósito incierto: la búsqueda del grafiti más antiguo del mundo.

Tal vez exista entre la aristocracia inglesa una tradición de extravagancia capaz de conceder legitimidad a empresas de este género; quizá hubiera en el equipaje de Hiram Sinclair tanto esnobismo como curiosidad, tanta voluntad de embaucar a las damas en una conversación ligera como de desvelar los arcanos del arte, tanto deseo de impresionar a caballeros de potentadas familias como de arrojar luz sobre ancestrales comportamientos humanos. Sea como fuere, cuando subió al barco que debía trasladarlo desde Bristol hasta Nápoles, Sinclair fue consciente de que ‘nada en su vida, ni en la del resto de los hombres, volvería a ser igual’2.

Nápoles hacia 1850, fotografiada por J. Dunlop

La nave arribó a puerto el 19 de septiembre, día de San Genaro. Bulliciosa, hosca, arrogante y amparada por el descomunal Vesubio, la ciudad no prestó atención al noble inglés:

‘Las gentes se agolpaban ante la portada de la inmensa catedral: allí, aseguran, se licúa la sangre de San Genaro. El aire olía a todas las especias de Oriente y los gritos llenaban las plazas. Se percibía un éxtasis colectivo, un paroxismo que me resultaba ajeno; decidí entonces acercarme a una diminuta posada cercana al puerto. Llamé con insistencia y hube de esperar unos segundos. Como suponía, se trataba de un discreto fumadero de opio’.

Los siguientes párrafos son ilegibles. Sinclair, propenso a la experimentación y la moral relajada, parecía haber encontrado en la ciudad partenopea la horma de su zapato:

‘No recuerdo con precisión qué me ha traído hasta aquí. Pero sólo una buena razón me hará regresar’,

escribía ocho días después de su llegada a Nápoles. Las páginas siguientes parecen haber sido arrancadas, y la caligrafía desmañada de los párrafos conservados dificulta la reconstrucción del relato. En la siguiente nota, escrita una semana más tarde, se puede leer:

‘Schiaffino me ha hablado hoy de una ciudad sepultada por la lava del Vesubio en tiempos remotos. Los muros de sus edificios conservan dibujos antiquísimos y numerosas anotaciones, jeroglíficos indescifrables. La semana que viene partiré hacia allí para verlos con mis propios ojos’.

Por primera vez, ese día de otoño de 1824, Hiram Sinclair oyó hablar de la infausta ciudad de Pompeya; en realidad, pocos la conocían entonces más allá del Reino de Nápoles. Siete días después, cuando vio los vestigios por primera vez, escribió:

‘No se trata de ruinas, sino de un instante detenido.  Aquí está lo grandioso de Roma, los templos y villas, pero también los tugurios y lupanares. Se percibe lo sucio y perverso en íntima convivencia con aquello que nos ha sido legado por las fuentes clásicas. Todo ello, el bien y el mal, lo explícito y lo secreto, el esplendor y la ignominia latente en cada ciudad, en cada vida, sepultados bajo la lava un día cualquiera’.

Y prosigue, entre el alivio y la excitación:

‘Los jeroglíficos a los que se refería Schiaffino son, en realidad, inscripciones en latín. Cientos. Miles. No sabría precisar cuántas. Algunas recogen citas clásicas -¡ahí estaban Virgilio y Ovidio!-, otras parecen mera propaganda de políticos. Un tercer grupo, el más numeroso, lo componen frases obscenas escritas sobre las paredes de los prostíbulos: tarifas de prostitutas, alusiones a atributos sexuales, insultos a antiguas concubinas3. En ocasiones, garabatos de cuestionable virtuosismo ilustran las proclamas. Esta debe de haber sido la ciudad de la lujuria, el refugio de los promiscuos4. Las paredes lo atestiguan. Los dibujos deben de haber sido realizados más de veinte siglos atrás: mi viaje parece haber llegado a su fin’.

Grafitis conservados en la ciudad de Pompeya

Con estas palabras podría haber concluido el periplo de Hiram Sinclair. Pero alguien, tal vez a su vuelta a Nápoles, tal vez en algún otro fumadero de opio que sin duda visitó durante su largo viaje de regreso a Inglaterra, le habló de un personaje particular, Joseph Kyselak:

‘Un joven austrohúngaro que tiene por costumbre grabar su nombre en todos los rincones del Imperio’ -anota-. ‘Un hombre que tal vez comparta mis inquietudes’, escribe (o, quizá, suplica).  

Apenas cuatro semanas más tarde, Sinclair logró reunirse en Viena con Kyselak. Fue el 2 de diciembre de 1824, en el célebre café Sacher:

‘Se trata de un muchacho anodino. Me ha confesado que la costumbre de grabar su nombre en las paredes de edificios singulares comenzó como una apuesta de juventud. Más tarde, su afición por escalar las montañas más remotas del Imperio le hizo pensar que también allí debía figurar su apellido’.

El inglés parece, en estos párrafos, profundamente decepcionado.

‘No es más que un chiquillo’ -lamenta-, ‘y tanto su forma de hablar como sus gestos denotan una educación pulcra. No lo creo capaz de acometer una empresa arriesgada. Tal vez no sea más que un charlatán’.

Sin embargo, esas palabras habían sido tachadas de su diario; quizá porque, para sorpresa de Sinclair, cuando ese vienés de refinadas maneras se hubo alejado, descubrió sobre la mesa de madera oscura que habían compartido fugazmente siete letras cuidadosamente talladas: Kyselak5.

Grabado representando a Joseph Kyselak
Tag de Kyselak en el Schwarzenbergpark de Viena

Según se deduce de sus diarios, Hiram Sinclair decidió entonces regresar a Londres. El viaje había tocado a su fin. Pero esa misma noche, en la cafetería del hotel Imperial, conoció al Mariscal de Campo Otto Gerstner, ‘un hombre de estatura formidable, barba poblada y diminutos ojos azules’. Fue él quien le habló de unos grafitis remotos, situados en el extremo septentrional de Europa:

‘En la región de Alta, en Noruega, hasta donde lo llevó una expedición financiada por el Emperador. Gerstner asegura que lo visto en Pompeya palidecerá en mi memoria tras contemplar las maravillas grabadas en la roca por los primeros hombres del Norte’.

Parece, no obstante, que los recursos económicos de Sinclair comenzaban a agotarse. Dudó entre regresar a Inglaterra para atender a sus obligaciones financieras o culminar su hazaña6. Fiel a sí mismo, decidió finalmente emprender el camino más difícil: vendió  sus efectos personales y se dirigió a Noruega, alternando largas caminatas y trayectos a caballo, protegiéndose del frío con el único abrigo de Astrakán que pudo rescatar de su equipaje.

Pictogramas conservados en la región de Alta, Noruega

Así, el 14 de junio de 1825, Hiram Mallord Sinclair llegó al fiordo de Alta, tras haber atravesado la yerma meseta de Finnmarksvidda y millas de inescrutables bosques hamsunianos. A partir de este punto, el diario parece mezclar ya sin rubor realidad y ficción. Se convierte en un conjunto de notas inconexas acerca de diferentes escenas y personajes con los que -según su relato- se topó en la gélida costa escandinava: habla de Knut, un marinero de Narvik que había fletado tres expediciones con el único fin de dar muerte al kraken; cita también a Ole, ‘un pescador de más de siete pies de estatura aterrado ante la amenaza del Malström’, y a Sigurd, un hombre docto que años antes había tenido bajo su tutela en Copenhague a un muchacho llamado Søren Kierkegaard. Hace referencia por último a Ingrid Håkonsdatter, una campesina que aseguraba conocer los dibujos prehistóricos descritos por Gerstner aquella noche, en el lujoso café Imperial de Viena.

‘Ingrid afirma que los grafitis se hallan en la bahía de Hjemmeluft, a dos millas del lugar donde pasaré la noche’- escribía Sinclair-  ‘Mañana será el último día de mi viaje’.

Pictogramas conservados en la región de Alta, Noruega

Con esas palabras concluye el diario. Quizá haya algún otro cuaderno extraviado; tal vez Sinclair llegó a ver los pictogramas de Alta y se maravilló ante su descubrimiento para regresar más tarde a Gran Bretaña, recuperar su fortuna y ganarse una reputación de audaz viajero, de explorador ávido y admirado gentleman. Pero puede también que muriese de frío y agotamiento esa misma noche, presa de los delirios en el confín de Europa, velado por una campesina bajo la  luz tenue de una bujía7.

Borja López Cotelo. Doctor arquitecto
A Coruña. mayo 2012

Notas:
1. Eso parecen indicar algunos pasajes de su autobiografía, en los que -rememorando viajes de juventud- pondera el exquisito sabor del caviar del Volga o el delicado tacto de las sedas de Damasco.
2. La cita exacta, conservada en el primero de sus diarios, es: ‘Supe al partir que esta decisión -como cualquier otra- haría que nada en mi vida, ni en la del resto de los hombres, volvería a ser igual’. Estas palabras traen inevitablemente a la memoria aquéllas de Borges: ‘No hay acto que no sea coronación de una infinita serie de causas y manantial de una infinita serie de efectos’.
3. Hoy en día, gran parte de estos grafitis se encuentran inventariados en el cuarto volumen del Corpus Inscriptionum Latinarum. Tanto las referencias políticas y filosóficas como las eróticas y vejatorias fueron cuidadosamente estudiadas durante las décadas posteriores al viaje de Hiram Sinclair. En Pompeya se han encontrado más de 20.000 grafitis, datados antes de agosto del año 79 A.D (fecha de la erupción del Vesubio).
4. Las inscripciones a las que hace referencia Sinclair son legibles aún hoy en las paredes pompeyanas. En su mayoría se trata de textos políticos (Trebium Valiente(m) et Gaviun Rufum viros bon(os), es decir ‘Votad por Trebio Valiente y Gayo Rufo. Son hombres buenos’), sexuales (Suspirium puellarum Celadus thraex , es decir ‘Celadus el Tracio hace suspirar a las chicas’, inscripción recogida en el C.I.L. IV, 4397) y citas de autores clásicos como Ovidio o Virgilio.
5. Una anécdota similar es atribuida a Kyselak durante su vista con el emperador austrohúngaro Francisco I, quien lo había llamado a palacio para exigirle que cesase en su pretensión de grabar su nombre en todos los edificios singulares de Viena.
6. El dilema consumió gran parte del segundo tomo de su diario. Durante dos semanas, Hiram Sinclair anotó febrilmente todas sus dudas y deseos, en los pasajes más personales de su obra. Se conserva también un inventario de bienes, en el que aquéllos que fueron vendidos aparecen cuidadosamente tachados.
7. Sea como fuere, el extraordinario conjunto de pinturas rupestres de Alta no fue descubierto oficialmente hasta el otoño de 1972, ciento cincuenta años después de la expedición de Sinclair. Datados entre el 4.200 A.C. y el 500 A.C., los petroglifos representan tanto figuras humanas como animales, primitivas embarcaciones y rituales chamanísticos.

Borja López Cotelo, arquitecto por la ETSAC desde 2007, y doctor por la UdC desde 2013.

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