[:es]
La noche del 20 de junio de 1976 caía una lluvia fina sobre Belgrado. Antonín paseó su figura enjuta por los cuarenta metros que separan el centro del campo del punto de penalti, colocó el balón y retrocedió para tomar carrerilla. Levantó la cabeza. Ante él, ese rostro huesudo y feroz de Sepp Maier; tal vez entonces se acordó de Zdeněk Hruška, aquel compañero del Bohemians con el que había ensayado el lanzamiento una y otra vez. Cuando inició la carrera hacia el balón, Antonín Panenka sabía que abandonaría para siempre el anonimato: sería admirado por toda Europa o sería objeto de sus burlas.

En 1957, Jørn Utzon estaba a punto de cumplir cuarenta años. Había recorrido medio mundo visitando arquitecturas orientales y mesoamericanas, había formado parte del PAGON -sector noruego de los CIAM- e incluso había ganado algún concurso1. Pero era consciente de que todo debía cambiar, y el concurso internacional para la construcción de la Ópera de Sídney2 era la ocasión para hacerlo.
Allí, Utzon decidió inventar algo incierto que lo sacase de esa marginalidad que había acompañado a sus grandes maestros de la Kunstakademiet: Kaare Klint, Steen Eiler Rasmussen e incluso, en menor medida, a Kay Fisker. Dibujó entonces un hermoso haz de curvas sobre el espigón de Bennelong Point y atravesó el umbral.

Todo el mundo sabe el final de la historia. Utzon ganó el primer premio (gracias, en gran medida, a la obstinación de Eero Saarinen) y empezaron los problemas. Porque eso que el danés había dibujado no podía ser construido, ni siquiera por Ove Arup:
‘El diseño de Utzon […] consistió en cuatro pares de cáscaras triangulares sustentadas en un punto del triángulo; las dos cáscaras simétricas de cada par se inclinaban una hacia otra, como un par de manos o abanicos. El arco gótico que se formaba entre los dos soportes de cada par no seguía la línea de empuje, por lo que se producían momentos de peso muerto. Si contamos con que las cáscaras estaban fijadas a los soportes veremos que, justo cuando se necesita una fuerza máxima, la anchura de la cáscara se ve reducida al mínimo. Y lo que es más, cada par de cáscaras no está equilibrado longitudinalmente, sino que transmite su fuerza al par siguiente […]
Este es uno de esos casos frecuentes en que la mejor forma arquitectónica no coincide con la forma estructural más apropiada. Si hubiéramos sabido a tiempo dónde nos estábamos metiendo, es posible que hubiésemos desistido’,3
escribió el ingeniero sueco.
El dibujo con el que Utzon había seducido al jurado era gestual, tenía un inefable vigor expresivo; había dibujado un deseo, tal vez un sueño, no la solución a esa entelequia. Y el danés -subraya Frampton- no fue el primero en proceder de este modo:
‘La ópera de Sídney demuestra hasta qué punto no es necesario que coincidan un concepto tectónico y una obra estructuralmente racional; una disfunción que recuerda a la crítica que hiciera Damisch a Viollet-le-Duc, en el sentido de que siempre existe algún salto insalvable entre los medios constructivos y el resultado arquitectónico’.4

Boceto de Utzon para las cubiertas de Sídney, en el que se distinguen las nervaduras, c. 1958, publicado en el Red Book.
Cuatro años después de haber ganado el concurso, cuando todo parecía perdido, Utzon demostró la dimensión de su talento, y fue entonces cuando se mostró como un coloso. Tal vez el último que la arquitectura ha dado hasta hoy. Imaginó una solución extremadamente sencilla desde el punto de vista constructivo; paradójicamente, todo estaba ahí, en una geometría pura, en la esfera:
‘En el caso de la Ópera de Sídney todo puede dibujarse sobre una esfera, como si fuera una naranja conformada por no sé cuántos gajos, por piezas similares que se subdividen e incluso se prefabrican. Ésta es la idea’.5
La solución estaba mucho más cerca de donde todos los demás habían buscado.

Desarrollo de la solución geométrica para las cubiertas, c. 1960, publicado en el número 14 de la revista Zodiac (1962).
La solución propuesta por Utzon permitió la construcción de la cúpula en la bahía de Sídney con un número reducido de piezas prefabricadas de hormigón. Ésa era la forma de pensar del danés: incluso el dibujo inicial escondía el germen de un concepto tectónico. A lo largo del proceso de concreción del edificio surgieron nuevas dificultades que pusieron a prueba su ingenio y la paciencia del estado Nueva Gales del Sur6. Así, arquitecto y cliente se fueron distanciando irremisiblemente: cuando, en 1973, fue culminada la construcción de la ópera, Utzon se había desvinculado del proyecto y había decidido no volver a pisar Australia.

Fue gol. Sepp Maier se dejó caer hacia su izquierda y, desde el suelo, pudo ver cómo el balón entraba manso, casi ingrávido durante unos segundos, por el centro de la portería. Checoslovaquia se convertía así, por primera vez, en campeón de Europa; y Panenka en un mito.
A veces imagino a Utzon en su estudio de Hellebaek, a miles de kilómetros de Sídney, repitiendo una y otra vez las maquetas de la ópera, observándolas mientras recuerda los astilleros de Ålborg en los que había pasado su infancia. Entonces me viene a la mente Antonín Panenka, con su melena oscura y sus patillas de hacha, puliendo el lanzamiento día tras día al finalizar el entrenamiento. Apostándose chocolatinas con su compañero Hruška.
Al fin y al cabo, pienso, la parábola que describió el balón pateado en la final de Belgrado no fue muy diferente a la curva dibujada por Utzon diecinueve años antes. Esos dos hombres, uno mientras cogía su lápiz para garabatear un papel, el otro mientras caminaba hacia los once metros, sabían que su vida -y quizá la historia de sus respectivas disciplinas- no volvería a ser igual. El final era incierto, el fracaso era posible. Pero ambos sabían que no había vuelta atrás.
Borja López Cotelo. Doctor arquitecto
A Coruña. mayo 2013
Notas:
1 En 1953, Utzon ganó el concurso de viviendas económicas Skånska hustiper en el sur de Suecia. El proyecto no fue construido, pero dio origen a los celebrados conjuntos de Elsinor (1956) -las denominadas casas Kingo– o Fredensborg (1959) en Dinamarca, y de Lund (1957) y Bjuv (1956) en Suecia. En todos ellos, Utzon indagó en las posibilidades de la agregación de la tipología de casa-patio.
2 El concurso fue convocado en diciembre de 1955 por el estado de Nueva Gales del Sur, y a él se presentaron 233 propuestas. Entre los arquitectos participantes se encontraban Alison y Peter Smithson o el australiano Harry Seidler. Ver FERRER FORÉS, J.: Jørn Utzon. Obras y Proyectos (Ed. Gustavo Gili, 2008) p. 148
3 Ove Arup, en un texto recogido en FRAMPTON, K.: Estudios sobre cultura tectónica (Ed. Akal Arquitectura, 1999), p.266
4 Ibid., p.262
5 Utzon en PUENTE, M.: Conversaciones con Jørn Utzon (Ed. Gustavo Gili, 2010), p.26
6 Especialmente llamativas son las dificultades surgidas durante el proceso de definición de los falsos techos acústicos; de nuevo, Utzon ideó una solución basada en una geometría elemental, en este caso la del cilindro. Pero su propuesta nunca fue construida. Ver WESTON, R.: Utzon (Ed. Bløndal, 2008), p. 168
[:en]
The night of June 20, 1976 it was falling a thin rain on Belgrade. Antonín walked his skinny figure for forty meters that separate the midfield of the penalty spot, placed the ball and moved back to take run. It raised the head. Before him, this Sepp Maier’s bony and fierce face; maybe then he remembered Zdeněk Hruška, that companion of the Bohemians with the one that had tested the launch again and again. When it initiated the career towards the ball, Antonín Panenka knew that it would leave forever the anonymity: it would be admired by the whole Europe or would be an object of his jeers.

In 1957, Jørn Utzon was on the verge of expiring forty years. It had crossed half a world visiting oriental and Indo-American architectures, it had formed a part of the PAGON – Norwegian sector of the CIAM – and enclosed some contest had gained1. But it was conscious that everything had to change, and the international contest for the construction of Sídney’s Opera2 was the occasion to do it. There, Utzon decided to invent something uncertain that was extracting it of this marginality that had accompanied his big teachers of the Kunstakademiet: Kaare Klint, Steen Eiler Rasmussen and even, in minor measure, to Kay Fisker. It drew then a beautiful bundle of curves on Bennelong Point’s sting of an insect and crossed the threshold.

The whole world knows the end of the history. Utzon gained the first prize (thank you, to a great extent, to Eero Saarinen’s obstinacy) and they began the problems. Because it that the Danish had drawn could not be constructed, not at least for Ove Arup: ‘Utzon’s design […] consisted of four couples of triangular rinds sustained in a point of the triangle; both symmetrical rinds of every couple were inclining one towards other one, as a couple of hands or ranges. The Gothic arch that was formed between both supports of every couple was not following the line of push, for what there were taking place moments of dead weight. If we rely on that the rinds were fixed to the supports we will see that, rightly when a maximum force is needed, the width of the rind sees come down to the minimum. And what is more, every couple of rinds is not balanced longitudinally, but it transmits his force at par following […] East is one of these frequent cases with which the best architectural form does not coincide with the most appropriate structural form. If we had known in time where we were getting, it is possible that we had desisted’3 , the Swedish engineer wrote. The drawing with which Utzon had seduced the juror was gestual, had an indescribable expressive vigor; it had drawn a desire, maybe a dream, not the solution to this entelequia. And the Danish – underlines Frampton – was not the first one in proceeding thus: ‘ Sídney’s opera demonstrates up to what point it is not necessary that there coincide a tectonic concept and a structurally rational work; a dysfunction that resembles the critique that Damisch was doing to Viollet-le-Duc, to the effect that always some insurmountable jump exists between the constructive means and the architectural result’4.

Utzon’s sketch for Sídney’s covers, in which the nervures are distinguished, c. 1958 published in Red Book.
Four years after having gained the contest, when everything seemed to be lost, Utzon demonstrated the dimension of his talent, and was at the time when it appeared as a Colossus. Maybe the last one that the architecture has given up to today. He imagined an extremely simple solution from the constructive point of view; paradoxically, everything was there, in a pure geometry, in the sphere: ‘ In case of Sídney’s Opera everything can show on a sphere, as if it was an orange shaped for do not be how many clusters, for similar pieces that are subdivided and even they are prefabricated. This one is the idea’5. The solution was much more near where all the rest had searched.

Development of the geometric solution for the covers, c. 1960 published in the number 14 of the Zodiac magazine (1962).
The solution proposed by Utzon allowed the construction of the dome in Sídney’s bay with a limited number of prefabricated pieces of concrete. That one was the way of thinking of the Danish: even the initial drawing was hiding the germ of a tectonic concept. Along the process of concretion of the building there arose new difficulties that tested his ingenuity and the patience of the condition New South Wales6. This way, architect and client were drifting apart unpardonably: when, in 1973, the construction of the opera was reached, Utzon had got free of the project and had decided not to return to tread On Australia.

It was a goal. Sepp Maier was left to fall down towards his left side and, from the soil, could see how the ball was entering manor-house, almost weightlessly during a few seconds, for the center of the desk. Czechoslovakia was turning this way, for the first time, into champion of Europa; and Panenka in a myth.
Sometimes I imagine Utzon in his Hellebaek’s study, to thousands of Sídney’s kilometres, repeating again and again the models of the opera, observing them while he remembers the shipyards of Ålborg in that his infancy had happened. Then me Antonín Panenka comes to the mind, with his dark lock and his sideburns of axe, puliendo the launch day after day on having finished the training. Competing chocolatinas with his companion Hruska. In the end, I think, the parable that described the ball stamped in the final of Belgrade was not very different from the curve drawn by Utzon nineteen years before. These two men, one while it was taking his pencil to scribble a paper, other one while it was walking towards eleven meters, knew that his life – and probably the history of his respective disciplines – would not turn to be equal. The end was uncertain, the failure was possible. But both knew that it had not gone back.
Borja López Cotelo. Doctor architect
A Coruña. may 2013
Notes:
1 In 1953, Utzon gained the contest of economic housings Skånska hustiper in the south of Sweden. The project was not constructed, but it gave origin to the celebrated sets of Elsinor (1956) – called the houses Kingo – or Fredensborg (1959) in Denmark, and of Lund (1957) and Bjuv (1956) in Sweden. In all of them, Utzon investigated in the possibilities of the aggregation of the typology of house – court.
2 The contest was summoned in December, 1955 by the condition of New South Wales, and to him they presented 233 offers. Between the architects participants were Alyssum and Peter Smithson or the Australian Harry Seidler. See FERRER FORÉS, J.: Jørn Utzon. Obras y Proyectos (Ed. Gustavo Gili, 2008) p. 148
3 Ove Arup, in a text gathered in FRAMPTON, K.: Estudios sobre cultura tectónica (Ed. Akal Arquitectura, 1999), p.266
4 Ibid., p.262
5 Utzon in PUENTE, M.: Conversaciones con Jørn Utzon (Ed. Gustavo Gili, 2010), p.26
6 Specially showy they are the difficulties arisen during the process of definition of the false acoustic ceilings; again, Utzon designed a solution based on an elementary geometry, on this case that of the cylinder. But his offer was never constructed. See WESTON, R.: Utzon (Ed. Bløndal, 2008), p. 168
[:gl]
A noite do 20 de xuño de 1976 caía unha chuvia fina sobre Belgrado. Antonín paseou a súa figura pendente polos corenta metros que separan o centro do campo do punto de penalti, colocou o balón e retrocedeu para coller carreira. Levantou a cabeza. Ante el, ese rostro osudo e feroz de Sepp Maier; talvez entón se acordou de Zdeněk Hruška, aquel compañeiro do Bohemians co que ensaiara o lanzamento unha e outra vez. Cando iniciou a carreira cara ao balón, Antonín Panenka sabía que abandonaría para sempre o anonimato: sería admirado por toda Europa ou sería obxecto das súas burlas.

En 1957, Jørn Utzon estaba a punto de cumprir corenta anos. Percorrera medio mundo visitando arquitecturas orientais e mesoamericanas, formara parte do PAGON -sector noruegués dos CIAM- e mesmo gañara algún concurso1. Pero era consciente de que todo debía cambiar, e o concurso internacional para a construción da Ópera de Sídney2 era a ocasión para facelo. Alí, Utzon decidiu inventar algo incerto que o sacase desa marxinalidade que acompañara aos seus grandes mestres da Kunstakademiet: Kaare Klint, Steen Eiler Rasmussen e mesmo, en menor medida, a Kay Fisker. Debuxou entón un fermoso feixe de curvas sobre o espigón de Bennelong Point e atravesou o albor.

Todo o mundo sabe o final da historia. Utzon gañou o primeiro premio (grazas, en boa medida, á obstinación de Eero Saarinen) e empezaron os problemas. Porque iso que o danés debuxara non podía ser construído, nin sequera por Ove Arup: ‘O deseño de Utzon […] consistiu en catro pares de cascas triangulares sustentadas nun punto do triángulo; as dúas cascas simétricas de cada par inclinábanse unha cara a outra, como un par de mans ou abanos. O arco gótico que se formaba entre os dous soportes de cada par non seguía a liña de pulo, polo que se producían momentos de peso morto. Se contamos con que as cascas estaban fixadas aos soportes veremos que, xusto cando se necesita unha forza máxima, a anchura da casca se ve reducida ao mínimo. E o que é máis, cada par de cascas non está equilibrado lonxitudinalmente, senón que transmite a súa forza ao par seguinte […] Leste é un deses casos frecuentes en que a mellor forma arquitectónica non coincide coa forma estrutural máis apropiada. Se tivésemos sabido a tempo onde nos estabamos a meter, é posible que tivésemos desistido’3 , escribiu o enxeñeiro sueco. O debuxo co que Utzon seducira o xurado era xestual, tiña un inefable vigor expresivo; debuxara un desexo, talvez un sono, non a solución a esa entelequia. E o danés -subliña Frampton- non foi o primeiro en proceder deste modo: ‘A ópera de Sídney demostra ata que punto non é necesario que coincidan un concepto tectónico e unha obra estruturalmente racional; unha disfunción que recorda á crítica que fixera Damisch a Viollet-lle-Duc, no sentido de que sempre existe algún salto insalvable entre os medios construtivos e o resultado arquitectónico’4.

Boceto de Utzon para as cubertas de Sídney, no que se distinguen as nervaduras, c. 1958, publicado no Red Book.
Catro anos despois de gañar o concurso, cando todo parecía perdido, Utzon demostrou a dimensión do seu talento, e foi entón cando se mostrou como un coloso. Talvez o último que a arquitectura deu ata hoxe. Imaxinou unha solución extremadamente sinxela dende o punto de vista construtivo; paradoxalmente, todo estaba aí, nunha xeometría pura, na esfera: ‘No caso da Ópera de Sídney todo pode debuxarse sobre unha esfera, coma se fose unha laranxa conformada por non sei cantos gallos, por pezas similares que se subdividen e mesmo se prefabricar. Esta é a idea’5. A solución estaba moito máis preto de onde todos os demais buscaran.

Desenrolo da solución xeométrica para as cubertas, c. 1960, publicado no número 14 da revista Zodiac (1962).
A solución proposta por Utzon permitiu a construción da cúpula na baía de Sídney cun número reducido de pezas prefabricadas de formigón. Esa era a forma de pensar do danés: mesmo o debuxo inicial escondía o xerme dun concepto tectónico. Ao longo do proceso de concreción do edificio xurdiron novas dificultades que puxeron a proba o seu enxeño e a paciencia do estado Nova Gales do Sur6. Así, arquitecto e cliente fóronse distanciando irremisiblemente: cando, en 1973, foi culminada a construción da ópera, Utzon desvinculárase do proxecto e decidira non volver pisar Australia.

Foi gol. Sepp Maier deixouse caer cara á súa esquerda e, dende o chan, puido ver como o balón entraba manso, case ingrávido durante uns segundos, polo centro da portaría. Checoslovaquia convertíase así, por primeira vez, en campión de Europa; e Panenka nun mito.
Ás veces imaxino a Utzon no seu estudo de Hellebaek, a miles de quilómetros de Sídney, repetindo unha e outra vez as maquetas da ópera, observándoas mentres recorda os estaleiros de Ålborg nos que pasara a súa infancia. Entón vénme á mente Antonín Panenka, coa súa melena escura e as súas patillas de machado, pulindo o lanzamento día tras día ao finalizar o adestramento. Apostándose chocolatinas co seu compañeiro Hruska. Á fin e ao cabo, penso, a parábola que describiu o balón pateado na final de Belgrado non foi moi diferente á curva debuxada por Utzon dezanove anos antes. Eses dous homes, un mentres collía o seu lapis para esborranchar un papel, o outro mentres camiñaba cara aos once metros, sabían que a súa vida -e quizais a historia das súas respectivas disciplinas- non volvería ser igual. O final era incerto, o fracaso era posible. Pero ambos os dous sabían que non había volta atrás.
Borja López Cotelo. Doutor arquitecto
A Coruña. maio 2013
Notas:
1 En 1953, Utzon gañou o concurso de vivendas económicas Skånska hustiper no sur de Suecia. O proxecto non foi construído, pero deu orixe aos celebrados conxuntos de Elsinor (1956) -as denominadas casas Kingo– ou Fredensborg (1959) en Dinamarca, e de Lund (1957) e Bjuv (1956) en Suecia. En todos eles, Utzon indagou nas posibilidades da agregación da tipoloxía de casa-patio.
2 El concurso foi convocado en decembro de 1955 polo estado de Nova Gales do Sur, e a el presentáronse 233 propostas. Entre os arquitectos participantes encontrábanse Alison e Peter Smithson ou o australiano Harry Seidler. Ver FERRER FORÉS, J.: Jørn Utzon. Obras y Proyectos (Ed. Gustavo Gili, 2008) p. 148
3 Ove Arup, nun texto recollido en FRAMPTON, K.: Estudios sobre cultura tectónica (Ed. Akal Arquitectura, 1999), p.266
4 Ibid., p.262
5 Utzon en PUENTE, M.: Conversaciones con Jørn Utzon (Ed. Gustavo Gili, 2010), p.26
6 Especialmente rechamantes son as dificultades xurdidas durante o proceso de definición dos falsos teitos acústicos; de novo, Utzon ideou unha solución baseada nunha xeometría elemental, neste caso a do cilindro. Pero a súa proposta nunca foi construída. Ver WESTON, R.: Utzon (Ed. Bløndal, 2008), p. 168
[:]





La casa feliz | jotdown
Hacía apenas unos meses que había regresado de Can Feliz porque
su corazón de 90 años le estaba dando señales de que ya no le quedaba
casi nada dentro. El 29 de noviembre de 2008, mientras dormía, terminó
de vaciarlo. Apenas unos meses desde que salió de Mallorca. Cuarenta y
dos años desde la última vez que pisó Australia.
Saarinen, Candela y las velas al viento
Lo primero que hizo Eero Saarinen, arquitecto norteamericano de evidente origen finés e hijo de Eliel Saarinen (autor de la muy Gothamesca Estación
Central de Helsinki) cuando entró en el jurado del concurso para el
edificio de la Ópera de Sídney, fue revisar los planos que habían sido
descartados en la ronda preliminar, en la cual no había estado presente.
[…]
Pedro Torrijos
http://goo.gl/xI0npb