[:es]
-Señores: la economía de nuestro país amenaza ruina, es ya un viejo fenómeno ante el cual sólo nos queda buscarle una solución y dejar ya de lamentarlo. Voy a ser breve y voy a deciros, tan rápidamente como pueda, la medida, la única medida, para lo que creo debemos solicitar del poder público su rápida implantación: España es un país, amigos míos, en el que, sin demora alguna, se debe ir al rápido exterminio de la cabra. Creo que es necesario que todas las cabras mueran para que nosotros podamos seguir viviendo.
Camilo José Cela
«¡Ah, las cabras!»
El Gallego y su cuadrilla
Llevo unos cuantos años buscando números de la revista Nueva Forma, y tengo que reconocer avergonzado que después de tanto tiempo acabo de conseguir mi sexto ejemplar. Tan sólo seis. Sobre un total de ciento once no puede decirse que lo mío sea una desbocada carrera hacia el éxito. (Por cierto, aprovecho para deciros, amables lectores, que si tenéis por ahí algún número de la revista admito donaciones, o incluso ventas a precios razonables. Muchas gracias).

El número que acabo de conseguir es el 65 (junio 1971), dedicado a Higueras y a Miró. También está dedicado, lateral y subrepticiamente, a Camilo José Cela. Juan Daniel Fullaondo (director de la revista) tenía la sana costumbre de aderezar las imágenes de arquitectura y de otras artes con citas literarias que aparentemente no tenían nada que ver con las obras mostradas. En este número son de Cela, y, concretamente la que he copiado al principio está en la página 37, junto a la «corona de espinas», que aparece (en junio de 1971) como Centro Nacional de las Artes y de la Cultura, al comienzo de su azarosa existencia.
Las citas de Cela así, como tiradas a voleo, dan mucha risa.
¿Qué tiene que ver esa cita con ese edificio?
Directamente nada, pero indirectamente todo. Esa cita, de alguna manera, tiene que ver con todos nosotros.
Siempre hay alguien dispuesto a decirnos que nuestra salvación pasa por el exterminio de algún tipo de cabra, y nos parece bien. Nos viene bien lo que sea, siempre que sea por nuestra salvación. Hasta que nos damos cuenta de que las cabras somos nosotros.
La «corona de espinas» es una cabra loca concebida por dos cabras (Higueras y Miró). El texto de Cela junto a la foto del edificio nos lleva a pensar que todos los males de la humanidad tienen por causa y origen este tipo de disparates, pergeñados por este tipo de gente disparatada.
La gente que quiere «hacer algo» es muy molesta. No se queda quietecita. Y no digamos si, sobre ese deseo de hacer algo, lo hace. Con lo fácil que sería que todos fuéramos mansos, sensatos, educados, circunspectos, como ovejas emasculadas, en vez de díscolos como chivas locas. Las cabras,
¡ah, las cabras!
Bichos montaraces, incívicos y nada prácticos.
Durante casi toda mi vida me he sentido cabra en algún sentido, de alguna manera, más o menos. Y he visto cómo el poder, el sistema, el estado, clamaba por el exterminio de la gente como yo para que así el resto de la sociedad pudiera vivir.
Corrijo: Nadie promulgaba el exterminio de la gente como yo, sino el exterminio de lo que yo (y todos) tenemos de cabra. Es decir, la mutilación de las partes caprinas en todos nosotros.
Concretamente, en lo que se refiere a mi profesión de arquitecto, desde que empecé a ejercerla (1985) he vivido muchos cambios, todos encaminados a suprimir ciertas caprinidades nuestras, y de las que se hablaba como de privilegios, chollos, exclusivas, mamandurrias, abusos, etc. Así, poco a poco, se ha llegado a la idea generalizada de que trabajar con libertad en aquello para lo que uno se ha formado, y cobrar unos honorarios justos por ello es algo fuera de toda sensatez; algo propio de cabras.
Hoy los que acaban la carrera de arquitectos consideran una suerte trabajar como becarios sin cobrar, y cosas parecidas.
Releed ahora el texto de Cela e intentad ponerlo en boca del Ministro de Econonía y Competitividad. ¿No os suena? Y en boca del Ministro de Hacienda, y del Presidente del Gobierno, y del decano de vuestra universidad, y del de cualquier colegio de arquitectos, o de médicos, o de abogados, y del alcalde de vuestra ciudad, y del presidente de cualquier banco. Ya hace menos gracia.
Pero no quiero seguir refiriéndome a los problemas de los arquitectos, que, a pesar de todo, vistos desde fuera siguen pareciendo problemas de privilegiados. Y no hay nada más feo que ver a un millonario llorando porque su caviar está ligeramente pasado. Me temo que todo lo que digamos al respecto será tomado de esa forma. Así que lo dejo ahí.
El exterminio de la cabra se refiere a cada uno de nosotros, y cada uno lo puede leer en la clave que quiera.
«Es necesario que todas las cabras mueran para que nosotros podamos seguir viviendo».
¿Y quienes son esos «nosotros»? Pues yo diría que deben de ser los cabrones.
Voy a ver a un amigo mío que trabaja en un magnífico edificio de oficinas, y me quedo atónito cuando me dice que ya sólo permanece ocupada la planta primera. Y ellos se irán pronto de allí.
A amigos y familiares (qué os voy a contar) les están echando o les están precarizando sus condiciones de trabajo de una manera tan descarada que sólo puede presagiar más paro o más esclavitud. (¿Derechos? ¿Sueldos decentes? ¿Ventajas? ¿Bienestar?).
Las cabras estamos en las últimas.
A cambio de ello, cada vez vemos más corderos.
Aparte del drama económico en el que vivimos, («Señores: la economía de nuestro país amenaza ruina»), todavía me pasma más el drama socio-cultural. En medio de este marasmo el pueblo celebra las mamarrachadas de los grandeshermanos, los túsíquevales, los tíratedesdeeltrampolín y las belenesestébanes. Todos babean con placer viendo estas cosas después de volver de un trabajo en el que les han dicho que no les van a pagar las horas extras, y, para colmo, aplauden con arrobo a un arquitecto di-vi-no (pero lo que se dice di-vi-no) que dice que ese jarrón del plató es un ho-rrrrorrrr, y también ven complacidos en la tele (ese arma de destrucción masiva, ese matacabras que todos tenemos en casa) unas mansiones tremendas, unos cochazos obscenos y unos personajillos impresentables que presumen de riqueza monetaria y de aridez mental.
¿Qué nos ha pasado? ¿No éramos cabras?
Parece que ya nos han exterminado. Ya ni siquiera tiramos al monte. En este marasmo vuelve a tomar sentido la corona de espinas de Higueras y Miró, y su colosal fracaso, su grandioso fracaso de cabra.
Vivan las cabras.
Aunque ya quedan pocas. Esperemos que quede una mínima brasa, un pequeño esqueje, un testimonio. Esperemos dar todavía un poquito de guerra, aunque sólo sea protestando. Pongámoselo lo más difícil posible a los cabrones.
José Ramón Hernández Correa
Doctor Arquitecto y autor de Arquitectamos locos?
Toledo · mayo 2013
[:gl]
-Señores: a economía do noso país ameaza ruína, é xa un vello fenómeno ante o cal só quédanos buscarlle unha solución e deixar xa de lamentalo. Vou ser breve e vou dicirvos, tan rápidamente como poida, a medida, a única medida, para o que creo debemos solicitar do poder público a súa rápida implantación: España é un país, amigos meus, no que, sen demora algunha, débese ir ao rápido exterminio da cabra. Creo que é necesario que todas as cabras morran para que nós podamos seguir vivindo.
Camilo José Cela
«Ah, as cabras!»
O Galego e súa cuadrilla
Levo uns cantos anos buscando números da revista Nova Forma, e teño que recoñecer avergoñado que logo de tanto tempo acabo de conseguir o meu sexto exemplar. Tan só seis. Sobre un total de cento once non pode dicirse que o meu sexa unha desbocada carreira cara ao éxito. (Por certo, aproveito para dicirvos, amables lectores, que si tedes por aí algún número da revista admito donaciones, ou ata vendas a prezos razoables. Moitas grazas).

O número que acabo de conseguir é o 65 (xuño 1971), dedicado a Higueras e a Miró. Tamén está dedicado, lateral e subrepticiamente, a Camilo José Cela. Juan Daniel Fullaondo (director da revista) tiña o san costume de aderezar as imaxes de arquitectura e doutras artes con citas literarias que aparentemente non tiñan nada que ver coas obras mostradas. Neste número son de Cela, e, concretamente a que copiei ao principio está na páxina 37, xunto á «coroa de espinas», que aparece (en xuño de 1971) como Centro Nacional das Artes e da Cultura, ao comezo do seu azarosa existencia.
As citas de Cela así, como tiradas a bato, dan moita risa.
Que ten que ver esa cita con ese edificio?
Directamente nada, pero indirectamente todo. Esa cita, dalgunha maneira, ten que ver con todos nós.
Sempre hai alguén disposto a dicirnos que a nosa salvación pasa polo exterminio dalgún tipo de cabra, e parécenos ben. Vénnos ben o que sexa, sempre que sexa pola nosa salvación. Ata que nos damos conta de que as cabras somos nós.
A «coroa de espiñas» é unha cabra tola concibida por dúas cabras (Higueiras e Miró). O texto de Cela xunto á foto do edificio lévanos a pensar que todos os males da humanidade teñen por causa e orixe este tipo de disparates, bosquexados por este tipo de xente disparatada.
A xente que quere «facer algo» é moi molesta. Non queda quietecita. E non digamos se, sobre ese desexo de facer algo, faio. Co fácil que sería que todos fósemos mansos, sensatos, educados, circunspectos, como ovellas emasculadas, no canto de díscolos como chivas tolas. As cabras,
ah, as cabras!
Bichos montaraces, incívicos e nada prácticos.
Durante case toda a miña vida sentinme cabra nalgún sentido, dalgunha maneira, máis ou menos. E vin como o poder, o sistema, o estado, clamaba polo exterminio da xente como eu para que así o resto da sociedade puidese vivir.
Corrixo: Ninguén promulgaba o exterminio da xente como eu, senón o exterminio do que eu (e todos) temos de cabra. É dicir, a mutilación das partes caprinas en todos nós.
Concretamente, no que se refire á miña profesión de arquitecto, desde que empecei a exercela (1985) vivín moitos cambios, todos encamiñados a suprimir certas caprinidades nosas, e das que se falaba como de privilexios, choios, exclusivas, mamandurrias, abusos, etc. Así, aos poucos, chegouse á idea xeneralizada de que traballar con liberdade naquilo para o que un se formou, e cobrar uns honorarios xustos por iso é algo fóra de toda sensatez; algo propio de cabras.
Hoxe os que acaban a carreira de arquitectos consideran unha sorte traballar como bolseiros sen cobrar, e cousas parecidas.
Relede agora o texto de Cela e tentade poñelo en boca do Ministro de Econonía e Competitividade. Non vos soa? E en boca do Ministro de Facenda, e do Presidente do Goberno, e do decano da vosa universidade, e do de calquera colexio de arquitectos, ou de médicos, ou de avogados, e do alcalde da vosa cidade, e do presidente de calquera banco. Xa fai menos graza.
Pero non quero seguir referíndome aos problemas dos arquitectos, que, a pesar de todo, vistos desde fóra seguen parecendo problemas de privilexiados. E non hai nada máis feo que ver a un millonario chorando porque o seu caviar está lixeiramente pasado. Témome que todo o que digamos respecto diso será tomado desa forma. Así que o deixo aí.
O exterminio da cabra refírese a cada un de nós, e cada un pódeo ler na clave que queira.
«É necesario que todas as cabras morran para que nós podamos seguir vivindo».
E quen é eses «nós»? Pois eu diría que deben de ser os cabróns.
Vou ver a un amigo meu que traballa nun magnífico edificio de oficinas, e quédome atónito cando me di que xa só permanece ocupada a planta primeira. E eles iranse pronto de alí. A amigos e familiares (que vos vou a contar) están a botarlles ou lles están precarizando as súas condicións de traballo dunha maneira tan descarada que só pode presaxiar máis paro ou máis escravitude. (Dereitos? Soldos decentes? Vantaxes? Benestar?).
As cabras estamos nas últimas.
A cambio diso, cada vez vemos máis cordeiros.
Á parte do drama económico no que vivimos, («Señores: a economía do noso país ameaza ruína»), aínda me pasma máis o drama socio-cultural. No medio deste marasmo o pobo celebra as mamarrachadas dos grandeshermanos, os túsíquevales, os tíratedesdeeltrampolín e as belenesestébanes. Todos babean con pracer vendo estas cousas despois de volver dun traballo no que lles dixeron que non lles van a pagar as horas extras, e, aínda por riba, aplauden con arrobo a un arquitecto dei-vi-non (pero o que se di dei-vi-non) que di que ese vaso do estudio é un ho- rrrrorrrr, e tamén ven compracidos na tele (esa arma de destrución masiva, ese matacabras que todos temos en casa) unhas mansións tremendas, uns cochazos obscenos e uns personajillos impresentables que presumen de riqueza monetaria e de aridez mental.
Que nos pasou? Non eramos cabras?
Parece que xa nos exterminaron. Xa nin sequera tiramos ao monte. Neste marasmo volve tomar sentido a coroa de espiñas de Figueiras e Mirou, e o seu colosal fracaso, o seu grandioso fracaso de cabra.
Vivan as cabras.
Aínda que xa quedan poucas. Esperemos que quede unha mínima brasa, un pequeno esqueje, un testemuño. Esperemos dar aínda un pouquiño de guerra, aínda que só sexa protestando. Pongámoselo o máis difícil posible aos cabróns.
José Ramón Hernández Correa
Doutor Arquitecto e autor de Arquitectamos locos?
Toledo · maio 2013
[:en]
-Gentlemen: the economy of our country looms ruin, is already an old phenomenon in front of which only remains us look for him a solution and leave already to regret it. I go to be brief and go to say you, so quickly as it can, the measure, the only measure, for what create have to request of the public power his fast implantation: Spain is a country, fellow mine, in which, without demora any, has to go to the fast exterminio of the goat. I think that it is necessary that all the goats die so that we can follow living.
Camilo José Cela
«Ah, the goats!»
The Galician and his group
I carry a few years looking for numbers of the Nueva Forma magazine, and have to recognise embarrassed that after so much time finish to achieve my sixth copy. So only six. On a total of ciento eleven can not say that the mine was a desbocada career to the success. (By the way, I take advantage of to say you, kind readers, that if you have by here some number of the magazine admit donations, or even sales to reasonable prices. Thank you very much).

The number that finish to achieve is the 65 (June 1971), devoted to Higueras and to Miró. Also it is devoted, lateral and subrepticiamente, to Camilo José Cela. Juan Daniel Fullaondo (director of the magazine) had the healthy habit to prepare the images of architecture and of other arts with literary appointments that apparently did not have at all that see with the works showed. In this number are of Cela, and, specifically the one who have copied at the beginning is in the page 37, beside the «crown of spines», that appears (in June of 1971) like National Centre of the Arts and of the Culture, to the beginning of his azarosa existence.
Cela’s quotes like that, like spins, give a lot of laughter.
What does that appointment have to do with that building?
Directly nothing, but indirectly everything. That appointment, in some way, has to do with all of us.
There is always someone willing to tell us that our salvation goes through the extermination of some kind of goat, and it seems good to us. Anything is good for us, provided it is for our salvation. Until we realize that the goats are us.
The «crown of thorns» is a crazy goat conceived by two goats (Higueras and Miró). The text of Cela next to the photo of the building leads us to think that all the evils of humanity are caused and origin this kind of nonsense, designed by this kind of crazy people.
People who want to «do something» are very upset. It does not stay quiet. And let’s not say if, on that desire to do something, it does. With how easy it would be for all of us to be tame, sensible, educated, circumspect, like emasculated sheep, instead of wayward as crazy goats. The goats,
Ah, the goats!
Monkey bugs, incívicos and nothing practical.
For almost all my life I have felt like a goat in some way, somehow, more or less. And I have seen how the power, the system, the state, clamored for the extermination of people like me so that the rest of society could live.
Correct: Nobody promulgated the extermination of people like me, but the extermination of what I (and all) have goat. That is, the mutilation of the goat parts in all of us.
Specifically, as far as my profession of architect is concerned, since I began to exercise it (1985) I have experienced many changes, all aimed at suppressing certain caprinities of ours, and of which we spoke of privileges, bargains, exclusives, mamandurrias, abuses, etc. So, little by little, it has come to the general idea that working with freedom in what one has been formed for, and charging a fair fee for it, is something beyond all reasonableness; something typical of goats.
Today those who finish the career of architects consider it fortunate to work as unpaid scholars, and similar things.
Reread now the text of Cela and try to put it in the mouth of the Minister of Econony and Competitiveness. Does not it sound? And in the mouth of the Minister of Finance, and the President of the Government, and the dean of your university, and of any college of architects, or doctors, or lawyers, and the mayor of your city, and the president of any bank . It’s less funny.
But I do not want to continue referring to the problems of the architects, who, in spite of everything, seen from outside, still seem privileged problems. And there is nothing uglier than seeing a millionaire crying because his caviar is slightly past. I’m afraid that everything we say about it will be taken that way. So I leave it there.
The extermination of the goat refers to each one of us, and each one can read it in the key that he wants.
«It is necessary that all goats die so that we can continue to live».
And who are those «us»? Well, I would say that they must be the bastards.
I am going to see a friend of mine who works in a magnificent office building, and I am stunned when he tells me that only the first floor remains occupied. And they will leave soon from there.
To friends and family (what can I tell you) they are being thrown out or their working conditions are precarious in such a brazen way that it can only presage more unemployment or more slavery. (Rights? Decent wages? Advantages? Welfare?).
The goats are in the last.
In exchange for this, we see more and more lambs.
Apart from the economic drama in which we live, («Gentlemen: the economy of our country threatens ruin»), I am still more amazed by the socio-cultural drama. In the midst of this marasmus, the town celebrates the big brothers, the tuesíquevales, the tíratedesde the swimsuit and the nativity scenes. They all drool with pleasure seeing these things after returning from a job in which they have been told that they will not be paid overtime, and, to top it off, applaud with an architect di-no-no (but what is says di-vi-no) that says that vase on the set is a ho-rrrrrrrrr, and they also look pleased on TV (that weapon of mass destruction, that matacabra that we all have at home) a tremendous mansions, obscene cars and unpresentable characters that boast monetary wealth and mental aridity.
What happened to us? We were not goats?
It seems that they have already exterminated us. We do not even throw to the mountain anymore. In this morass, the crown of thorns of Higueras and Miró, and their colossal failure, their great failure of goat, once again take on meaning.
Live the goats.
Although there are few left. Let’s hope there is a minimum of coal, a small cutting, a testimony. We hope to still give a little bit of war, even if only by protesting. Let’s put the bastards as hard as possible.
José Ramón Hernández Correa
PhD Architect and author of Arquitectamos locos?
Toledo · may 2013
[:]




