IniciofaroEl arquitecto de la soledad | Sergio de MiguelO arquitecto da soidade...

El arquitecto de la soledad | Sergio de MiguelO arquitecto da soidade | Sergio de MiguelThe architect of the solitude | Sergio de Miguel

Formentera | Sergio de Miguel

Supe de él por casualidad.
Arquitecto de París, había tenido la oportunidad de trabajar en sus años de formación con Le Corbusier, allá por los primeros cincuenta. En la época de la Unidad de Habitación de Marsella o la Capilla de Ronchamp. Ahora se le encuentra en una isla del Mediterráneo, en una casa hecha por él hace ya veinte años. Una casa, me dijeron, auto suficiente.
Era verano, estaba cerca y fui a visitarle.

La isla tiene un clima extremo y está geográficamente aislada. Aún hoy sólo es accesible por mar. Conserva por ello cierto carácter atávico, primitivo. Su arquitectura es pura y funcional, a menudo exquisita.

El francés, años atrás, antes de construirse la suya propia, vivió durante largo tiempo en una antigua y robusta casa que había sobrevivido nada menos que trescientos años bajo los rigores de aquella isla. La había sabido y querido comprender, aprendiendo cada reacción frente al medio como si de un marino y su nave se tratara. Aquellos años en aquella casa perenne le proporcionarían un conocimiento magnífico a la hora de construirse su casa definitiva. Iba a saber estar.

Estaba bien dirigido, pero me costó mucho encontrar su casa. Me habían dicho que buscara, entre la silueta de prismas blancos diseminados y los macizos de pinos, un molino. Esa era la clave. Después de mucho deambular, un poco desesperado, me fije en una especie de antena sobre un mástil atirantado, casi invisible. Confieso que la imagen mental que tenía de un “molino” no se parecía de ningún modo a aquello, pero era lo único que podía asemejarse en aquel paraje. Al acercarme, comprobé que aquel mástil estaba sensiblemente retirado de la edificación más próxima, aislado en un prado cercano, y que su remate superior, pese a su ridículo tamaño y su forma de libélula, era efectivamente un molino de viento, muy similar al que llevan algunos barcos para cargar sus baterías durante las largas travesías.

Traqueteando ruidosamente por entre los laberínticos caminos llenos de guijarros pude por fin encontrarla. Era ciertamente mimética pero, aún así, nada más verla supe que aquella, entre tantas que había visto al pasar, era la casa que buscaba. Era distinta.

Me reconfortó el inmenso silencio. La estela de polvo que me había venido persiguiendo por fin me sobrepasó y, al despejar la mirada, pude comprobar que era realmente un buen lugar. Bien elegido. Horizontal, despejado, rodeado de pequeñas y diagonales tapias infinitas. Aparentando ser el centro de un geométrico y gigante dibujo. Allí estaba, inundada de la suave brisa del cercano mar.

Desde el camino se mostraba como un conjunto de volúmenes prismáticos maclados, ligeramente apiramidados y de aristas suavemente redondeadas. Hollando el pedregoso terreno, aparecía ciega, fuerte y pesada. Del color de la arena. Algo así cómo un compuesto escalonado, plástico y exacto a la vez, del que emergían tan sólo algunas chimeneas.

El cuerpo más próximo, sin duda el garaje por las dimensiones de su cierre, sobresalía ligeramente. Esquivándolo hallé la entrada. Un hueco en quiebro, tangente. Traspasado el umbral llegué a un zaguán recoleto y amable, enriquecido por el verde de un mínimo patio ajardinado. El “patio de invierno”, pude saber después. En un lateral, un gran portón de madera, abatido sobre uno de los muros, descubría la gran mampara acristalada del acceso principal. Desde ella se veía un interior con pocos muebles, diáfano y luminoso, de paredes blancas y de suelos y techos cerámicos muy rojos, con bóvedas vahídas. Aquel interior transportaba sin remedio hacia las espléndidas “villas mediterráneas” de Le Corbusier (Weekend, Jaoul, Sarabhai…).

Llamé varias veces pero nadie me oyó. Permanecí un largo rato con las manos abiertas entre las sienes y los cristales. Intentando percibir algún movimiento o ruido. Sorprendido por el espléndido eco de aquel interior. Ya me iba a ir cuando descubrí una pequeña libreta y un lápiz atado a un cordel fijado en un lateral. Le llegué a escribir una tímida nota con mi teléfono, pero pensé que no me podía ir así. Mi curiosidad me empujó entonces a dar una vuelta completa alrededor de la casa. Y al hacerlo, no sin cierto sigilo, le vi. Estaba cómodamente tumbado a la sombra. En una hamaca de la amplia terraza delantera. De verano. Aparentemente dormido y acompañado por las ronroneantes voces en francés de una pequeña radio, enfrentado a los amarillos y el azul. Solo.

Al verle me quedé inmóvil. Él se dio cuenta de mi aparición y se incorporó muy despacio. Vino a mi encuentro con elegante parsimonia. Tras las breves presentaciones, desapareció unos instantes para regresar descorchando una botella de buen vino, tinto, sin etiqueta.

Nos sentamos con los vasos en aquella viva terraza con muebles bajos de madera.

Sencillos, nada inmediatos y muy cómodos. Las vistas eran ciertamente espectaculares, hipnotizantes. Y comenzamos a charlar. Tuvimos una conversación de esas en las que es más importante lo que no se dice que lo que se dice en realidad. Hablaba cavilando, con ojos inteligentes y cansados, en un perfecto castellano lleno de cultismos. Al rato, como había sucedido con el vino, sigilosamente, se levantó y sacó unos platos con excelentes quesos. Comimos. Tras una larga disertación debió percatarse de que mi curiosidad por ver la casa aumentaba. Tuvo que darse cuenta de que mi mirada se distraía en exceso tras la cortina blanca de la puerta entreabierta, que se hinchaba esporádicamente forzada por el viento. Me invitó entonces a pasar dentro con un leve gesto y una sonrisa.

Al entrar a lo que parecía ser el centro de la casa, el espacio de mayor altura desde el que se distribuían todas las estancias que había podido entrever anteriormente desde el acceso, me fijé en una pintura de Le Corbusier que colgando del pretil de un altillo dominaba la habitación. Él exclamó con cierto desdén:

«me lo regaló él».

La casa era grande, disfrutaba de numerosas habitaciones, todas abovedadas y encaladas, arracimadas en torno a ese generoso espacio central. Todas las estancias se caracterizaban por su gran austeridad y sencilla confortabilidad. Las puertas, de madera, sin cercos ni tapajuntas, estaban encajadas con toda naturalidad en un sencillo rebaje de la pared, el techo y el suelo, de apenas un centímetro. Los almacenamientos, horadados en la tabiquería, estaban formados por escuetas baldas y barras de colgar sin puerta alguna, con la ropa multicolor graciosamente a la vista. Los baños, amplios y bien dispuestos, estaban cubiertos por exagerados lucernarios por los que se filtraba una fuerte luz cenital, pareciendo lugares al aire libre, sin techo, lo que proporcionaba un extrañamiento agradable. Las ventanas y contraventanas, también de madera y de excelente calidad, estaban sólidamente recibidas a las jambas levemente abocinadas. Evidenciando el generoso grosor de los muros, y procurando una fuerte sensación de aislamiento y protección. Los escasos muebles estaban hechos y colocados con toda coherencia. Firmes y resueltos. No había en general demasiados objetos. Nada sobraba en aquellos espacios.

Enseguida me llevó a la cocina. Pieza de completo amueblamiento en la que, protagonizando uno de sus lados, destacaba una extraña nevera. Un enorme baúl erguido, fabricado en madera oscura, probablemente teka, con el frente de las puertas melaminado en blanco sobre bastidor visto de la misma madera y herrajes industriales de acero inoxidable. Ciertamente sorprendente y muy bien hecha. Al ver mis ojos interrogativos acertó a decir, lacónico, – yo mismo la hice, cuatrocientos litros, aprovecha las frigorías del depósito enterrado de agua, con un intercambiador -. Y lo dijo sin dar opciones a abrirla, o a tocarla, que es lo que en realidad me hubiera gustado hacer. Considerando obvio que el que hace una casa debe diseñar y hacer también la nevera.

Reaccionó con cierta perplejidad cuando le pregunté por los exquisitos muebles de la casa. Todos de maderas oscuras y lustrosas, de virtuosa factura. Por supuesto que también había sido él quien los había hecho, con sus manos.

«He hecho muchos más en mi vida»,

se despachó divertido.

Poco a poco empezaron a no caber demasiadas preguntas sobre la supuesta auto suficiencia de la casa. Parecía obvio que no había sido ese su objetivo primordial, ni siquiera que se lo hubiera planteado como algo verdaderamente importante, sino que era una consecuencia directa de su modo de entender el problema, de su rotunda lógica y personalidad. La casa había sido hecha, enteramente, por él y para él. Allí y, por tanto, para no depender prácticamente de nada ni de nadie. Durante la obra, me explicó, tan sólo le habían ayudado algunos albañiles expertos. En el día a día únicamente necesitaba, acertó a comentar brevemente, que un camión cisterna le rellenara sus depósitos de agua una vez al año. Allí no llovía apenas. El agua de lluvia que recogía no era suficiente. Por lo demás, le bastaba con que el molino de viento y unas células fotovoltaicas alimentaran las baterías que le proporcionaban la electricidad necesaria. Distribuida mediante un pequeño ordenador que contabilizaba los distintos aportes y consumos de energía. El diseño constructivo de la casa se encargaba del resto.

Todo esto podría haber sido muy aparatoso, ejemplos hay, pero la realidad es que, excepto el molino alejado unos metros de la casa pareciendo, como ya dije, una antena, o un poste de la luz, el resto de los sistemas técnicos se encontraban de tal modo integrados en la totalidad que era imposible identificarlos.

Ese hombre vivía en la maravilla. Podía encerrarse en aquella hermosa casa durante meses sin contar con nada ni nadie. Rodeado de belleza y bienestar. De hecho comentó un tanto nostálgico:

“ lo que más me gusta es el invierno, pueden pasar muchos días sin ver un alma”.

Hablamos, como no, del modo en el que la casa se había construido. De la composición de aquellos gruesos muros, de la dosificación del fino revoco exterior, de la problemática de las bóvedas. Del agua. Y sus explicaciones fueron siempre nítidas. Al final pude sacar la conclusión de que en esa casa, por encima de sus aspectos puramente técnicos, lo que había pretendido es conseguir pertenecer al lugar ateniéndose a sus limitadas y estrictas reglas, jugar a ser consecuente con un medio en el que no existen, por sus características, muchas posibilidades. Estaba ideada como una perfecta madriguera donde permanecer, durar. Aislada e integrada. Porque en definitiva, era evidente, la casa no había pretendido ser un alarde bioclimático, ni una exhibición de tecnología, ni salir publicada en las revistas (me confesó que las aborrecía), ni siquiera protagonizar su cuidado entorno. Creo que simplemente actuó con toda honestidad y un profundo conocimiento, sustentándose, eso sí, en su dilatada formación estética. Haciéndose la mejor morada en ese preciso emplazamiento. Me contó que estudió con detenimiento el recorrido del sol la incidencia del viento, las soluciones óptimas frente al clima, las estaciones. En suma, la manera de no depender más que de sí mismo. Y lo hizo de tal modo que el conjunto construido aparecía sin tiempo, inmerso milagrosa y sabiamente en ese espacio natural.

Encontré en él una actitud muy interesante aunque sólo sea porque probablemente esté en vías de extinción. Era una mezcla de artesano, ejecutor polifacético y artista. Además de sensible arquitecto y experto en tecnologías, tanto antiguas como actuales.

Me pareció que lo que estaba viendo sólo podía partir de una consciente y viva búsqueda del anonimato, de la profunda necesidad de intimidad y de un concienzudo saber acumulado durante muchos años, sin ninguna intención de ser divulgado o transmitido. Aunque ciertamente vanidoso le sentí muy celoso de lo que allí había sucedido. De su tesoro, de su secreto.

Pensé entonces que el mundo debe de estar lleno de personajes como éste. De casas, de edificios increíbles que muy pocos conocen. Y que, por desventura, sólo transcienden a la colectividad, a través de los escasos medios que divulgan la arquitectura, los ejemplos sesgados, delimitados y repetitivos. Que no nos llegan noticias de los arquitectos anónimos. De aquellos que buscan exclusivamente el conocimiento y no tanto el reconocimiento, aunque sea en la más estricta soledad. Esos héroes del saber que progresan inteligentemente en lugares inhóspitos. Conscientes y sufridores de sus limitaciones y que no esperan aplausos por cuanto hacen. Orgullosos y capaces.

Efectivamente, existe una arquitectura bioclimática interesante: la que es auto suficiente por verdadera necesidad. Basada no tanto en los últimos avances tecnológicos si no en saber aplicar, y reconsiderar, las soluciones que se han perpetuado en cada lugar. Que, sin tener que renunciar a la cuidada presencia, a la belleza, se construye exclusivamente para satisfacer con eficacia la eventual necesidad del aislamiento. Sin demasiados alardes, sin mostrar excesivo esfuerzo. Y que, gracias a ella, hay quien hace posible el sueño de sentirse felizmente solo. Y libre.

Sergio de Miguel, arquitecto
Madrid, enero 2010

Formentera | Sergio de Miguel

I knew of him by chance.

Architect of Paris, had had the opportunity to work in his years of training with Him Corbusier, there by the first fifty. In the period of the Unit of Room of Marseilles or the Chapel of Ronchamp. Now it finds him  in an island of the Mediterranean, in a house done by him does already twenty years. A house, said me, sufficient car. It was summer, was near and went to visit him.

The island has an extreme climate and is geographically isolated. Still today only it is accessible by sea. Preserve thus some character atávico, primitive. His architecture is pure and functional, often exquisite.

The French, years backwards, before building  his own, lived during long time in an ancient and robust house that had survived at all less than three hundred years under the rigours of that island. It had known it and wanted to comprise, learning each reaction in front of the half as if of a marine and his ship treated. Those years in that house perenne would provide him a glorious knowledge to the hour to build  his definite house. It went to know be.

It was very directed, but cost me a lot find his house. They had said me that it looked for, between the silhouette of white prisms disseminated and the macizos of pines, a mill. That was the key. After a lot stroll, a bit desperate, fix me in a species of antenna on a topmast atirantado, almost invisible. I confess that the mental image that had of a “mill” did not seem  of any way to that, but was the only that could asemejarse in that place. When approaching me, checked that that topmast was noticeably withdrawn of the edificación more next, isolated in a near meadow, and that his finish upper, in spite of his ridiculous size and his form of dragonfly, was sure enough a mill of wind, very similar to the that carry some ships to load his batteries during the long travesías.

Crackling noisily for between the labyrinthine ways full of pebbles I could find her finally. It was certainly mimetic but, nonetheless, nothing any more to see her I knew that that one, between so many people that it had seen on having happened, was the house that was searching. It was different.

It encouraged the immense silence. The stela of powder that me had come chasing finally it exceeded me and, on having cleared the look, I could verify that it was really a good place. Chosen good. Horizontal, clear, surrounded of small and diagonal infinite walls. Showing off to be the center of a geometric and giant drawing. There it was, flooded with the soft breeze of the nearby sea.

From the way maclados was appearing as a set of prismatic volumes, lightly apiramidados and of softly rounded edges. Treading the stony area, it was turning out to be blind, strong and heavy. Of the color of the sand. Something like that how a staggered, plastic and exact compound simultaneously, of that they were emerging only some chimneys.

The most next body, undoubtedly the garage for the dimensions of his closing, was standing out lightly. Avoiding it I found the entry. A hollow in I fail, tangent. Penetrated the threshold I came to a peaceful and nice vestibule enriched by the green one of a minimal landscaped court. The «winter court», I could know later. In a wings, a great inner door of wood, swooped down on one of the walls, was discovering the great glazed screen of the principal access. From her one saw an interior with few furniture, diaphanous and luminously, of white walls and of soils and ceramic very red ceilings, with vaults vahídas. That interior was transporting without remedy towards the splendid «Mediterranean villas» of Le Corbusier (Weekend, Jaoul, Sarabhai …).

I called several times but nobody heard me. I remained a long moment with the hands opened between the temples and the crystals. Trying to perceive some movement or noise. Surprised by the splendid echo of that interior. Already I was going away to going when I discovered a small passbook and a pencil tied to a cord concentrated on a wings. I managed to him to write a shy note with my telephone, but I thought that I could not go away this way. My curiosity pushed me then to give a complete return about the house. And on having made it, not without certain seal, I saw him. It was comfortably knocked down to the shade. In a hammock of the wide front terrace. Of summer. Seemingly slept and accompanied by the ronroneantes voices in Frenchman of a small radio, faced the yellow ones and the blue. Only.

Having seen him remained immobile. He realized my appearance and joined very slow. It came to my meeting with elegant parsimony. After the brief presentations, it eliminated a few instants to return uncorking a bottle of good wine, red wine, without label.

We sit down with the glasses in that alive terrace with low furniture of wood.

Simple, not immediate at all and very comfortable. The sights were certainly spectacular, hipnotizantes. And we begin to chat. We had a conversation of this in that it is more important than he does not say that what is said actually. He was speaking pondering, with intelligent and tired eyes, in a perfect full Castilian of cultismos. To the moment, since it had happened with the wine, secretly, it got up and extracted a few plates with excellent cheeses. We ate. After a long dissertation it should have noticed that my curiosity for seeing the house was increasing. It had to realize that my look was relaxing in excess after the white curtain of the half-open door, which was swelling up itself sporadically forced by the wind. It invited me then to happen inside with a slight gesture and a smile.

On having entered to what was seeming to be the center of the house, the space of major height from which there were distributed all the stays that it could have guessed previously from the access, I concentrated on a painting of Le Corbusier that hanging of the railing of a hillock it was dominating the room. He exclaimed with certain disdain:

«He gave it to me».

The house was big, was enjoying numerous rooms, all domed and whitewashed, clustered concerning this generous central space. All the stays were characterized by his great austerity and simple confortabilidad. The doors, of wood, without fences not tapajuntas, were fitted by all naturalness into the simple one reduce of the wall, the ceiling and the soil, of scarcely a centimeter. The storages perforated in the tabiquería, were formed for succinct you disable and bars of hanging without any door, with the multicolored clothes gracefully at sight. The baths, wide and ready well, were covered for exaggerated lucernarios through that a strong zenithal light was filtering, looking like places outdoors, without ceiling, which was providing an agreeable wonder. The windows and shutters, also of wood and of excellent quality, were solidly received to the slightly widened jambs. Demonstrating the generous thickness of the walls, and trying a strong sensation of isolation and protection. The scanty furniture were done and placed by all coherence. Firm and decisive. There were no in general too many objects. Nothing was exceeding in those spaces.

Immediately it took me to the kitchen. Piece of I complete amueblamiento in that, leading one of his sides, a strange icebox was standing out. An enormous trunk raised, made of dark wood, probably teka, with the front of the doors melaminado in white on frame I dress of the same wood and industrial iron-works of stainless steel. Certainly surprising and very well made. On having seen my interrogative eyes it happened to say, tersely, – I itself did it, four hundred liters, he takes advantage of the frigorías of the warehouse buried of water, with an interchanger-. And he said it without giving options to open her, or to touching it, that is what actually I had liked to do. Considering to be obvious that the one that does a house it must design and do also the icebox.

It reacted with certain perplexity when I asked him about the exquisite furniture of the house. All of dark and glossy wood, of virtuous invoice. Certainly that also had been he who had done them, with his hands.

«I have done many more in my life»,

it finished off entertained.

Little by little too many questions started not fitting on supposed car sufficiency of the house. It seemed to be obvious that it had not been this his basic aim, not even that had appeared it as anything really important, but it was a direct consequence of his way of understanding the problem, of his logical rotunda and personality. The house had been done, entirely, by him and for him. There and, therefore, to depend practically neither on anything nor of anybody. During the work, it explained to me, only some expert bricklayers had helped him. In day after day only it was necessary, it happened to comment brief, that a tanker him should refill his water tanks once a year. There it was not raining scarcely. The water of rain that he was gathering was not sufficient. For the rest, it was enough to him that the windmill and a few photovoltaic cells were feeding the batteries that were providing the necessary electricity to him. Distributed by means of a small computer that was assessing the different contributions and energy consumptions. The constructive design of the house was taking charge of the rest.

All that might have been very showy, examples it is, but the reality is that, except the remote mill a few meters of the house looking like, as already charm, an antenna, or a post of the light, the rest of the technical systems were of such a way integrated the totality that was impossible to identify them.

This man was living in the marvel. It could shut in in that beautiful house for months without possessing neither anything or anybody. Surrounded with beauty and well-being. In fact it commented rather nostalgically:

“ what more I like is the winter, they can happen many days without seeing a soul”.

We speak, since not, about the way in which the house had been constructed. Of the composition of those thick walls, of the dosing of the thin one I revoke exterior, of the problematics of the vaults. Of the water. And his explanations were always clear. Ultimately I could extract the conclusion of which in this house, over his purely technical aspects, which he had claimed is to manage to belong to the place being abided by his limited and strict rules, to play at being consistent with a way in which many possibilities do not exist, for his characteristics. It was designed as a perfect burrow where to remain, to last. Isolated and integrated. Because definitively, it was evident, the house had tried neither be an ostentation bioclimático, not an exhibition of technology, nor to work out published in the magazines (he confessed to me that he was detesting them), at least to lead his elegant environment. I think that simply it acted with all honesty and a deep knowledge, being sustained, it yes, in his extensive aesthetic formation. The best mansion being done in this precise emplacement. It told me that the tour of the Sun studied thoroughly the incident of the wind, the ideal solutions opposite to the climate, the stations. In sum, the way of not depending any more than of yes same. And it did it in such a way that the constructed set was appearing without time, immersed miraculously and wisely in this natural space.

I found in him a very interesting attitude though only it is because probably it is endangered. It was a mixture of craftsman, versatile executor and artist. Besides sensitive architect and expert in technologies, both ancient and current.

It seemed to me that what it saw only it could depart from a conscious and alive search of the anonymity, from the deep need of intimacy and from the conscientious one know accumulated for many years, without any intention of being spread or transmitted. Though certainly conceited I felt him very jealous of what there had happened. Of his exchequer, of his secret.

I thought then that the world must be full of prominent figures as this one. Of houses, of incredible buildings that very few ones know. And that, for misfortune, only transcienden to the collectivity, across the scanty means that spread the architecture, the slanted, delimited and repetitive examples. That do not come to us news of the anonymous architects. Of those that look exclusively for the knowledge and not so much the recognition, though it is in the most strict loneliness. These heroes of to know that they progress intelligently in inhospitable places. Conscious and suffering of his limitations and that do not wait for plaudits since they do. Proud and capable.

Really, an architecture exists bioclimática interesting: the one that is a sufficient car for real need. Stocks not so much in the last technological advances if not in being able to apply, and reconsider, the solutions that have been perpetuated in every place. That, without having to resign the elegant presence, the beauty, is constructed exclusively to satisfy with efficiency the eventual need of the isolation. Without too many ostentations, without showing excessive effort. And that, thanks to her, exists the one who makes possible the dream of feeling happily alone. And free.

Sergio de Miguel, architect
Madrid, january 2010

Formentera | Sergio de Miguel

Souben del por casualidade.
Arquitecto de París, tivera a oportunidade de traballar nos seus anos de formación con Le Corbusier, alá polo primeiros cincuenta. Na época da Unidade de Habitación de Marsella ou a Capela de Ronchamp. Agora atópaselle nunha illa do Mediterráneo, nunha casa feita por el fai xa vinte anos. Unha casa, dixéronme, auto suficiente.
Era verán, estaba preto e fun visitarlle.

A illa ten un clima extremo e está xeograficamente illada. Aínda hoxe só é accesible por mar. Conserva por iso certo carácter atávico, primitivo. A súa arquitectura é pura e funcional, a miúdo exquisita.

O francés, anos atrás, antes de construírse a súa propia, viviu durante longo tempo nunha antiga e robusta casa que sobrevivira nada menos que trescentos anos baixo os rigores daquela illa. Soubéraa e querido comprender, aprendendo cada reacción fronte ao medio coma se dun mariño e a súa nave tratásese. Aqueles anos naquela casa perenne proporcionaríanlle un coñecemento magnífico á hora de construírse a súa casa definitiva. Ía saber estar.

Estaba ben dirixido, pero custoume moito atopar a súa casa. Dixéranme que buscase, entre a silueta de prismas brancos diseminados e os macizos de piñeiros, un muíño. Esa era a clave. Despois de moito deambular, un pouco desesperado, fíxeme nunha especie de antena sobre un mastro atirantado, case invisible. Confeso que a imaxe mental que tiña dun “muíño” non se parecía de ningún modo a aquilo, pero era o único que podía asemellarse naquela paraxe. Ao achegarme, comprobei que aquel mastro estaba sensiblemente retirado da edificación máis próxima, illado nun prado próximo, e que o seu remate superior, a pesar do seu ridículo tamaño e a súa forma de libélula, era efectivamente un muíño de vento, moi similar ao que levan algúns barcos para cargar as súas baterías durante as longas travesías.

Traqueteando ruidosamente por entre os labirínticos camiños cheos de seixos puiden por fin encontrala. Era certamente mimética pero, aínda así, nada máis vela souben que aquela, entre tantas que vira ao pasar, era a casa que buscaba. Era distinta.

Reconfortoume o inmenso silencio. O ronsel de po que me viñera perseguindo por fin superoume e, ao despexar a mirada, puiden comprobar que era realmente un bo lugar. Ben elixido. Horizontal, despexado, rodeado de pequenos e diagonais valos infinitos. Aparentando ser o centro dun xeométrico e xigante debuxo. Alí estaba, inundada da suave brisa do próximo mar.

Dende o camiño mostrábase como un conxunto de volumes prismáticos maclados, lixeiramente apiramidados e de arestas suavemente redondeadas. Hollando o pedregoso terreo, aparecía cega, forte e pesada. Da cor da area. Algo así como un composto graduado, plástico e exacto á vez, do que emerxían tan só algunhas chemineas.

O corpo máis próximo, sen dúbida o garaxe polas dimensións do seu peche, sobresaía lixeiramente. Esquivándoo achei a entrada. Un oco en caneo, tanxente. Traspasado o albor cheguei a un zaguán recoleto e amable, enriquecido polo verde dun mínimo patio axardinado. O «patio de inverno», puiden saber despois. Nun lateral, un gran portón de madeira, abatido sobre un dos muros, descubría o gran biombo acritalar do acceso principal. Dende ela víase un interior con poucos mobles, diáfano e luminoso, de paredes brancas e de chans e teitos cerámicos moi vermellos, con bóvedas vahídas. Aquel interior transportaba sen remedio cara ás espléndidas «vilas mediterráneas» de Le Corbusier (Weekend, Jaoul, Sarabhai…).

Chamei varias veces pero ninguén me oíu. Permanecín un longo anaco coas mans abertas entre as tempas e os cristais. Intentando percibir algún movemento ou ruído. Sorprendido polo espléndido eco daquel interior. Xa me ía ir cando descubrín unha pequena libreta e un lapis atado a un cordel fixado nun lateral. Chegueille a escribir unha tímida nota co meu teléfono, pero pensei que non me podía ir así. A miña curiosidade empurroume entón a dar unha volta completa arredor da casa. E ao facelo, non sen certo sixilo, vino. Estaba comodamente tombado á sombra. Nunha hamaca da ampla terraza dianteira. De verán. Aparentemente durmido e acompañado polas ronroneantes voces en francés dunha pequena raio, enfrontado aos amarelos e o azul. Só.

Ao velo quedei inmóbil. El decatouse da miña aparición e incorporouse moi devagar. Viño ao meu encontro con elegante parsimonia. Tras as breves presentacións, desapareceu uns instantes para regresar destapando unha botella de bo viño, tinto, sen etiqueta.

Sentámonos cos vasos naquela viva terraza con mobles baixos de madeira.

Sinxelos, nada inmediatos e moi cómodos. As vistas eran certamente espectaculares, hipnotizantes. E comezamos a charlar. Tivemos unha conversación desas nas que é máis importante o que non se di que o que se di en realidade. Falaba cavilando, con ollos intelixentes e cansos, nun perfecto castelán cheo de cultismos. Ao anaco, como sucedera co viño, sixilosamente, levantouse e sacou uns pratos con excelentes queixos. Comemos. Tras unha longa disertación debeu decatarse de que a miña curiosidade por ver a casa aumentaba. Tivo que decatarse en exceso tras a cortina branca da porta entreaberta, que se inchaba esporadicamente forzada polo vento, de que a miña mirada se distraía. Invitoume entón a pasar dentro cun leve xesto e un sorriso.

Ao entrar ao que parecía ser o centro da casa, o espazo de maior altura dende o que se distribuían todas as estanzas que puidera entrever anteriormente dende o acceso, fixeime nunha pintura de Le Corbusier que colgando do peitoril dun alzadeiro dominaba o cuarto. El exclamou con certo desdén:

«regaloumo el».

A casa era grande, gozaba de numerosos cuartos, todas abovedadas e encaladas, arremuiñadas en torno a ese xeneroso espazo central. Todas as estanzas se caracterizaban pola súa grande austeridade e sinxela confortabilidad. As portas, de madeira, sen cercos nin tapaxuntas, estaban encaixadas con toda naturalidade nun sinxelo rebaixe da parede, o teito e o chan, de apenas un centímetro. Os almacenamentos, horadados na tabiquería, estaban formados por concisos andeis e barras de colgar sen porta ningunha, coa roupa multicolor graciosamente á vista. Os baños, amplos e ben dispostos, estaban cubertos por esaxerados lucernarios polos que se filtraba unha forte luz cenital, parecendo lugares ao aire libre, sen fogar, o que proporcionaba un estrañamento agradable. As ventás e contras, tamén de madeira e de excelente calidade, estaban solidamente recibidas ás xambas levemente abucinadas. Evidenciando o xeneroso grosor dos muros, e procurando unha forte sensación de illamento e protección. Os escasos mobles estaban feitos e colocados con toda coherencia. Firmes e resoltos. Non había en xeral demasiados obxectos. Nada sobraba naqueles espazos.

Deseguida me levou á cociña. Peza de completo amoblamento na que, protagonizando un dos seus lados, destacaba unha estraña neveira. Un enorme baúl ergueito, fabricado en madeira escura, probablemente teka, coa fronte das portas melaminado en branco sobre bastidor visto da mesma madeira e ferraxes industriais de aceiro inoxidable. Certamente sorprendente e moi ben feita. Ao ver os meus ollos interrogativos acertou a dicir, lacónico – eu mesmo fíxena, catrocentos litros, aproveita as frigorías do depósito enterrado de auga, cun intercambiador -. E díxoo sen dar opcións a abrila, ou a tocala, que é o que en realidade me tivese gustado facer. Considerando obvio que o que fai unha casa debe deseñar e facer tamén a neveira.

Reaccionou con certa perplexidade cando lle preguntei polos exquisitos mobles da casa. Todos de madeiras escuras e lustrosas, de virtuosa factura. Por suposto que tamén fora el quen os fixera, coas súas mans.

«Fixen moitos máis na miña vida»,

despachouse divertido.

Pouco a pouco empezaron a non caber demasiadas preguntas sobre a suposta auto suficiencia da casa. Parecía obvio que non fora ese o seu obxectivo primordial, nin sequera que llo tivese formulado como algo verdadeiramente importante, senón que era unha consecuencia directa do seu modo de entender o problema, da súa rotunda lóxica e personalidade. A casa fora feita, enteiramente, por el e para el. Alí e, polo tanto, para non depender practicamente de nada nin de ninguén. Durante a obra, explicoume, tan só o axudaran algúns albaneis expertos. No día a día unicamente necesitaba, acertou a comentar brevemente, que un camión cisterna lle enchese os seus depósitos de auga unha vez ao ano. Alí non chovía apenas. A auga de chuvia que recollía non era suficiente. Polo demais, abondáballe con que o muíño de vento e unhas células fotovoltaicas alimentasen as baterías que lle proporcionaban a electricidade necesaria. Distribuída mediante un pequeno ordenador que contabilizaba as distintas achegas e consumos de enerxía. O deseño construtivo da casa encargábase do resto.

Todo isto podería ter sido moi aparatoso, exemplos hai, pero a realidade é que, agás o muíño afastado uns metros da casa parecendo, como xa dixen, unha antena, ou un poste da luz, o resto dos sistemas técnicos se encontraban de tal modo integrados na totalidade que era imposible identificalos.

Ese home vivía na marabilla. Podía encerrarse naquela fermosa casa durante meses sen contar con nada nin ninguén. Rodeado de beleza e benestar. De feito comentou un tanto nostálxico:

“o que máis me gusta é o inverno, poden pasar moitos días sen ver unha alma”.

Falamos, como non, do modo no que a casa se construíra. Da composición daqueles grosos muros, da dosificación da fina revocadura exterior, da problemática das bóvedas. Da auga. E as súas explicacións foron sempre nítidas. Ao final puiden sacar a conclusión de que nesa casa, por enriba dos seus aspectos puramente técnicos, o que pretendera é conseguir pertencer ao lugar aténdose ás súas limitadas e estritas regras, xogar a ser consecuente cun medio no que non existen, polas súas características, moitas posibilidades. Estaba ideada como un perfecto tobo onde permanecer, durar. Illada e integrada. Porque en definitiva, era evidente, a casa non pretendera ser un alarde bioclimático, nin unha exhibición de tecnoloxía, nin saír publicada nas revistas (confesoume que as aborrecía), nin sequera protagonizar o seu coidado ámbito. Creo que simplemente actuou con toda honestidade e un profundo coñecemento, sustentándose, iso si, na súa dilatada formación estética. Facéndose a mellor morada nesa precisa localización. Contoume que estudou con detemento o percorrido do sol a incidencia do vento, as solucións óptimas fronte ao clima, as estacións. En suma, o xeito de non depender máis que de si mesmo. E fíxoo de modo que o conxunto construído aparecía sen tempo, inmerso milagrosa e sabiamente nese espazo natural.

Encontrei nel unha actitude moi interesante aínda que só sexa porque probablemente estea en vías de extinción. Era unha mestura de artesán, executor polifacético e artista. Ademais de sensible arquitecto e experto en tecnoloxías, tanto antigas coma actuais.

Pareceume que o que estaba a ver só podía partir dunha consciente e viva busca do anonimato, da profunda necesidade de intimidade e dun concienciudo saber acumulado durante moitos anos, sen ningunha intención de ser divulgado ou transmitido. Aínda Que certamente vaidoso sentinlle moi celoso do que alí sucedera. Do seu tesouro, do seu segredo.

Pensei entón que o mundo debe de estar cheo de personaxes como este. De casas, de edificios incribles que moi poucos coñecen. E que, por desventura, só transcienden á colectividade, a través dos escasos medios que divulgan a arquitectura, os exemplos nesgados, delimitados e repetitivos. Que non nos chegan noticias dos arquitectos anónimos. Daqueles que buscan exclusivamente o coñecemento e non tanto o recoñecemento, aínda que sexa na máis estrita soidade. Eses heroes de saber que progresan intelixentemente en lugares inhóspitos. Conscientes e sufridores das súas limitacións e que non esperan aplausos por canto fan. Orgullosos e capaces.

Efectivamente, existe unha arquitectura bioclimática interesante: a que é auto abondo por verdadeira necesidade. Baseada non tanto nos últimos avances tecnolóxicos se non en saber aplicar, e reconsiderar, as solucións que se perpetuaron en cada lugar. Que, sen ter que renunciar á coidada presenza, á beleza, se constrúe exclusivamente para satisfacer con eficacia a eventual necesidade do illamento. Sen demasiados alardes, sen mostrar excesivo esforzo. E que, grazas a ela, hai quen fai posible o sono de sentirse felizmente só. E libre.

Sergio de Miguel, arquitecto
Madrid, xaneiro 2010

Sergio de Miguel García
Sergio de Miguel Garcíahttp://www.hand-architecture.com/
Ph.D. Arquitectura, Universidad Politécnica de Madrid, (ETSAM) 2016. M.A. Arquitectura, Universidad Politécnica de Madrid, (ETSAM) 1990. Profesor en la Universidad Politécnica de Madrid, (ETSAM) desde 1995.
ARTÍCULOS RELACIONADOS
ARTÍCULOS DEL AUTOR

2 COMENTARIOS

0 0 votos
Article Rating
Suscribirse
Notificarme
guest
2 Comments
Los más recientes
Los más viejos Los más votados
Laura Fraser
Laura Fraser
6 months ago

Las citas en línea son adecuadas para aquellos que valoran la libertad de elección y la flexibilidad. Me interesó el mujeres para follar. Aquí se puede comunicarse a su ritmo, volver a los diálogos cuando es conveniente y desarrollar poco a poco el contacto. Las plataformas ofrecen diferentes formas de autoapresentarse, desde descripciones hasta pequeñas historias personales. Esto ayuda a crear una imagen más viva y encontrar a las personas con las que es fácil mantener una conversación sincera.

Iago López
10 years ago

Una historia muy sugerente. Me gustaría mucho ver fotos o dibujos de la casa, los muebles…

Espónsor

Síguenos

23,683FansMe gusta
5,321SeguidoresSeguir
1,844SeguidoresSeguir
23,782SeguidoresSeguir

Promoción

También:

feedly

Columnistas destacados

Íñigo García Odiaga
87 Publicaciones0 COMENTARIOS
Antonio S. Río Vázquez
57 Publicaciones0 COMENTARIOS
José del Carmen Palacios Aguilar
54 Publicaciones0 COMENTARIOS
Aldo G. Facho Dede
50 Publicaciones0 COMENTARIOS