El arquitecto de la soledad | Sergio de Miguel

Formentera | Sergio de Miguel

Supe de él por casualidad.
Arquitecto de París, había tenido la oportunidad de trabajar en sus años de formación con Le Corbusier, allá por los primeros cincuenta. En la época de la Unidad de Habitación de Marsella o la Capilla de Ronchamp. Ahora se le encuentra en una isla del Mediterráneo, en una casa hecha por él hace ya veinte años. Una casa, me dijeron, auto suficiente.
Era verano, estaba cerca y fui a visitarle.

La isla tiene un clima extremo y está geográficamente aislada. Aún hoy sólo es accesible por mar. Conserva por ello cierto carácter atávico, primitivo. Su arquitectura es pura y funcional, a menudo exquisita.

El francés, años atrás, antes de construirse la suya propia, vivió durante largo tiempo en una antigua y robusta casa que había sobrevivido nada menos que trescientos años bajo los rigores de aquella isla. La había sabido y querido comprender, aprendiendo cada reacción frente al medio como si de un marino y su nave se tratara. Aquellos años en aquella casa perenne le proporcionarían un conocimiento magnífico a la hora de construirse su casa definitiva. Iba a saber estar.

Estaba bien dirigido, pero me costó mucho encontrar su casa. Me habían dicho que buscara, entre la silueta de prismas blancos diseminados y los macizos de pinos, un molino. Esa era la clave. Después de mucho deambular, un poco desesperado, me fije en una especie de antena sobre un mástil atirantado, casi invisible. Confieso que la imagen mental que tenía de un “molino” no se parecía de ningún modo a aquello, pero era lo único que podía asemejarse en aquel paraje. Al acercarme, comprobé que aquel mástil estaba sensiblemente retirado de la edificación más próxima, aislado en un prado cercano, y que su remate superior, pese a su ridículo tamaño y su forma de libélula, era efectivamente un molino de viento, muy similar al que llevan algunos barcos para cargar sus baterías durante las largas travesías.

Traqueteando ruidosamente por entre los laberínticos caminos llenos de guijarros pude por fin encontrarla. Era ciertamente mimética pero, aún así, nada más verla supe que aquella, entre tantas que había visto al pasar, era la casa que buscaba. Era distinta.

Me reconfortó el inmenso silencio. La estela de polvo que me había venido persiguiendo por fin me sobrepasó y, al despejar la mirada, pude comprobar que era realmente un buen lugar. Bien elegido. Horizontal, despejado, rodeado de pequeñas y diagonales tapias infinitas. Aparentando ser el centro de un geométrico y gigante dibujo. Allí estaba, inundada de la suave brisa del cercano mar.

Desde el camino se mostraba como un conjunto de volúmenes prismáticos maclados, ligeramente apiramidados y de aristas suavemente redondeadas. Hollando el pedregoso terreno, aparecía ciega, fuerte y pesada. Del color de la arena. Algo así cómo un compuesto escalonado, plástico y exacto a la vez, del que emergían tan sólo algunas chimeneas.

El cuerpo más próximo, sin duda el garaje por las dimensiones de su cierre, sobresalía ligeramente. Esquivándolo hallé la entrada. Un hueco en quiebro, tangente. Traspasado el umbral llegué a un zaguán recoleto y amable, enriquecido por el verde de un mínimo patio ajardinado. El “patio de invierno”, pude saber después. En un lateral, un gran portón de madera, abatido sobre uno de los muros, descubría la gran mampara acristalada del acceso principal. Desde ella se veía un interior con pocos muebles, diáfano y luminoso, de paredes blancas y de suelos y techos cerámicos muy rojos, con bóvedas vahídas. Aquel interior transportaba sin remedio hacia las espléndidas “villas mediterráneas” de Le Corbusier (Weekend, Jaoul, Sarabhai…).

Llamé varias veces pero nadie me oyó. Permanecí un largo rato con las manos abiertas entre las sienes y los cristales. Intentando percibir algún movimiento o ruido. Sorprendido por el espléndido eco de aquel interior. Ya me iba a ir cuando descubrí una pequeña libreta y un lápiz atado a un cordel fijado en un lateral. Le llegué a escribir una tímida nota con mi teléfono, pero pensé que no me podía ir así. Mi curiosidad me empujó entonces a dar una vuelta completa alrededor de la casa. Y al hacerlo, no sin cierto sigilo, le vi. Estaba cómodamente tumbado a la sombra. En una hamaca de la amplia terraza delantera. De verano. Aparentemente dormido y acompañado por las ronroneantes voces en francés de una pequeña radio, enfrentado a los amarillos y el azul. Solo.

Al verle me quedé inmóvil. Él se dio cuenta de mi aparición y se incorporó muy despacio. Vino a mi encuentro con elegante parsimonia. Tras las breves presentaciones, desapareció unos instantes para regresar descorchando una botella de buen vino, tinto, sin etiqueta.

Nos sentamos con los vasos en aquella viva terraza con muebles bajos de madera.

Sencillos, nada inmediatos y muy cómodos. Las vistas eran ciertamente espectaculares, hipnotizantes. Y comenzamos a charlar. Tuvimos una conversación de esas en las que es más importante lo que no se dice que lo que se dice en realidad. Hablaba cavilando, con ojos inteligentes y cansados, en un perfecto castellano lleno de cultismos. Al rato, como había sucedido con el vino, sigilosamente, se levantó y sacó unos platos con excelentes quesos. Comimos. Tras una larga disertación debió percatarse de que mi curiosidad por ver la casa aumentaba. Tuvo que darse cuenta de que mi mirada se distraía en exceso tras la cortina blanca de la puerta entreabierta, que se hinchaba esporádicamente forzada por el viento. Me invitó entonces a pasar dentro con un leve gesto y una sonrisa.

Al entrar a lo que parecía ser el centro de la casa, el espacio de mayor altura desde el que se distribuían todas las estancias que había podido entrever anteriormente desde el acceso, me fijé en una pintura de Le Corbusier que colgando del pretil de un altillo dominaba la habitación. Él exclamó con cierto desdén:

“me lo regaló él”.

La casa era grande, disfrutaba de numerosas habitaciones, todas abovedadas y encaladas, arracimadas en torno a ese generoso espacio central. Todas las estancias se caracterizaban por su gran austeridad y sencilla confortabilidad. Las puertas, de madera, sin cercos ni tapajuntas, estaban encajadas con toda naturalidad en un sencillo rebaje de la pared, el techo y el suelo, de apenas un centímetro. Los almacenamientos, horadados en la tabiquería, estaban formados por escuetas baldas y barras de colgar sin puerta alguna, con la ropa multicolor graciosamente a la vista. Los baños, amplios y bien dispuestos, estaban cubiertos por exagerados lucernarios por los que se filtraba una fuerte luz cenital, pareciendo lugares al aire libre, sin techo, lo que proporcionaba un extrañamiento agradable. Las ventanas y contraventanas, también de madera y de excelente calidad, estaban sólidamente recibidas a las jambas levemente abocinadas. Evidenciando el generoso grosor de los muros, y procurando una fuerte sensación de aislamiento y protección. Los escasos muebles estaban hechos y colocados con toda coherencia. Firmes y resueltos. No había en general demasiados objetos. Nada sobraba en aquellos espacios.

Enseguida me llevó a la cocina. Pieza de completo amueblamiento en la que, protagonizando uno de sus lados, destacaba una extraña nevera. Un enorme baúl erguido, fabricado en madera oscura, probablemente teka, con el frente de las puertas melaminado en blanco sobre bastidor visto de la misma madera y herrajes industriales de acero inoxidable. Ciertamente sorprendente y muy bien hecha. Al ver mis ojos interrogativos acertó a decir, lacónico, – yo mismo la hice, cuatrocientos litros, aprovecha las frigorías del depósito enterrado de agua, con un intercambiador -. Y lo dijo sin dar opciones a abrirla, o a tocarla, que es lo que en realidad me hubiera gustado hacer. Considerando obvio que el que hace una casa debe diseñar y hacer también la nevera.

Reaccionó con cierta perplejidad cuando le pregunté por los exquisitos muebles de la casa. Todos de maderas oscuras y lustrosas, de virtuosa factura. Por supuesto que también había sido él quien los había hecho, con sus manos.

“He hecho muchos más en mi vida”,

se despachó divertido.

Poco a poco empezaron a no caber demasiadas preguntas sobre la supuesta auto suficiencia de la casa. Parecía obvio que no había sido ese su objetivo primordial, ni siquiera que se lo hubiera planteado como algo verdaderamente importante, sino que era una consecuencia directa de su modo de entender el problema, de su rotunda lógica y personalidad. La casa había sido hecha, enteramente, por él y para él. Allí y, por tanto, para no depender prácticamente de nada ni de nadie. Durante la obra, me explicó, tan sólo le habían ayudado algunos albañiles expertos. En el día a día únicamente necesitaba, acertó a comentar brevemente, que un camión cisterna le rellenara sus depósitos de agua una vez al año. Allí no llovía apenas. El agua de lluvia que recogía no era suficiente. Por lo demás, le bastaba con que el molino de viento y unas células fotovoltaicas alimentaran las baterías que le proporcionaban la electricidad necesaria. Distribuida mediante un pequeño ordenador que contabilizaba los distintos aportes y consumos de energía. El diseño constructivo de la casa se encargaba del resto.

Todo esto podría haber sido muy aparatoso, ejemplos hay, pero la realidad es que, excepto el molino alejado unos metros de la casa pareciendo, como ya dije, una antena, o un poste de la luz, el resto de los sistemas técnicos se encontraban de tal modo integrados en la totalidad que era imposible identificarlos.

Ese hombre vivía en la maravilla. Podía encerrarse en aquella hermosa casa durante meses sin contar con nada ni nadie. Rodeado de belleza y bienestar. De hecho comentó un tanto nostálgico:

“ lo que más me gusta es el invierno, pueden pasar muchos días sin ver un alma”.

Hablamos, como no, del modo en el que la casa se había construido. De la composición de aquellos gruesos muros, de la dosificación del fino revoco exterior, de la problemática de las bóvedas. Del agua. Y sus explicaciones fueron siempre nítidas. Al final pude sacar la conclusión de que en esa casa, por encima de sus aspectos puramente técnicos, lo que había pretendido es conseguir pertenecer al lugar ateniéndose a sus limitadas y estrictas reglas, jugar a ser consecuente con un medio en el que no existen, por sus características, muchas posibilidades. Estaba ideada como una perfecta madriguera donde permanecer, durar. Aislada e integrada. Porque en definitiva, era evidente, la casa no había pretendido ser un alarde bioclimático, ni una exhibición de tecnología, ni salir publicada en las revistas (me confesó que las aborrecía), ni siquiera protagonizar su cuidado entorno. Creo que simplemente actuó con toda honestidad y un profundo conocimiento, sustentándose, eso sí, en su dilatada formación estética. Haciéndose la mejor morada en ese preciso emplazamiento. Me contó que estudió con detenimiento el recorrido del sol la incidencia del viento, las soluciones óptimas frente al clima, las estaciones. En suma, la manera de no depender más que de sí mismo. Y lo hizo de tal modo que el conjunto construido aparecía sin tiempo, inmerso milagrosa y sabiamente en ese espacio natural.

Encontré en él una actitud muy interesante aunque sólo sea porque probablemente esté en vías de extinción. Era una mezcla de artesano, ejecutor polifacético y artista. Además de sensible arquitecto y experto en tecnologías, tanto antiguas como actuales.

Me pareció que lo que estaba viendo sólo podía partir de una consciente y viva búsqueda del anonimato, de la profunda necesidad de intimidad y de un concienzudo saber acumulado durante muchos años, sin ninguna intención de ser divulgado o transmitido. Aunque ciertamente vanidoso le sentí muy celoso de lo que allí había sucedido. De su tesoro, de su secreto.

Pensé entonces que el mundo debe de estar lleno de personajes como éste. De casas, de edificios increíbles que muy pocos conocen. Y que, por desventura, sólo transcienden a la colectividad, a través de los escasos medios que divulgan la arquitectura, los ejemplos sesgados, delimitados y repetitivos. Que no nos llegan noticias de los arquitectos anónimos. De aquellos que buscan exclusivamente el conocimiento y no tanto el reconocimiento, aunque sea en la más estricta soledad. Esos héroes del saber que progresan inteligentemente en lugares inhóspitos. Conscientes y sufridores de sus limitaciones y que no esperan aplausos por cuanto hacen. Orgullosos y capaces.

Efectivamente, existe una arquitectura bioclimática interesante: la que es auto suficiente por verdadera necesidad. Basada no tanto en los últimos avances tecnológicos si no en saber aplicar, y reconsiderar, las soluciones que se han perpetuado en cada lugar. Que, sin tener que renunciar a la cuidada presencia, a la belleza, se construye exclusivamente para satisfacer con eficacia la eventual necesidad del aislamiento. Sin demasiados alardes, sin mostrar excesivo esfuerzo. Y que, gracias a ella, hay quien hace posible el sueño de sentirse felizmente solo. Y libre.

Sergio de Miguel, arquitecto
Madrid, enero 2010

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