
Habitamos esa grieta que a veces nos separa de lo que sigue, continua, de lo que vemos pero aun no hemos ocupado, de lo que es sin que eso sea consciente que pronto lo habitaremos, tocaremos sus bordes, nos dejaremos abrazar por sus limites sin que ellos nos desgasten; sin dejar que el viento nos invada. Habitamos la unión de nosotros mismos, de nuestros sueños que nacen en cada paso que damos.
Nos convidamos al espacio, nos pausamos, convivimos, nos detenemos, “nos pausa la vida”, nos tomamos de ese tiempo que ya no será el mismo en el siguiente paso, no será siquiera el mismo que reconozca nuestra levedad, ya no será el mismo nunca, y nosotros tampoco al mirar atrás, tampoco al volver la mirada sobre nuestros hombros.
Habitar la unión es componer, es reconstruir, es comprender que vamos significándonos a medida que el tiempo nos deja señas en la piel, en las rodillas -que cuenta una caída- en las manos – que cuenta una levantada- en la mirada, que extiende su vida llena de vestigios y sueños que se caen y se deslizan por el rostro hasta ser detenido por una grieta.
Habitar la unión es sentirnos vivos en cada paso que damos, cuando vivimos y nos damos cuenta que estamos a un paso más de lo que dejamos de ser.





