
Habitar la lentitud…aquella que espera el ritmo de tu ánimo. Habitar la lentitud es abrazar al tiempo que busca “desprotegernos”, que nos empuja a que avancemos, que intenta soplarnos hasta incorporarnos con el viento, que busca arrimarnos sin pausa.
Habitar la lentitud es avanzar “sin ser conscientes de ello, hacia donde nos dirige” que la vida nos conlleva hacia varias direcciones, es frenar inconscientemente hacia el destino de nuestro siguiente paso, de nuestro andar, de nuestro próximo respiro, de nuestra proyección como personas hacia ese campo visual que nos construye.
Habitar la lentitud es refugiarse a la sombra de un “momento”, es cobijarse en una pausa, es recostarse en el mundo, es adueñarse “por un instante” de un lugar donde no cabemos del todo, es dejar que el tiempo nos tome del brazo y se apodere de nosotros en ese nuevo andar.
Habitar la lentitud nos entrega “nos recuerda” como nos situamos sobre esa mirada del paisaje (llena de eventos y horizontes), como nos vacía hacia el interior de nosotros mismos que reflexiona, observa, imagina, sueña, para luego sujetarnos el rostro y levantarnos la mirada, y seguir, seguir caminando, avanzando.





