Lisboa. La ciudad de Fernando Pessoa

Un lugar de elección, un lugar de cita, un paisaje visto, revisitado, una construcción.
Cuando el paisaje visto es elegido, nos dice Juan Eduardo Cirlot en su Diccionario, es decir, cuando “una interpretación automática e inconsciente nos revela una afinidad que nos hace detenernos en él, buscarlo, volver repetidamente.”, se produce una analogía que determina “la adopción del paisaje por el espíritu, en virtud de las cualidades que posé por sí mismo y que son las mismas del sujeto. El subjetivismo concierne sólo a la elección. La intelección del significado de un paisaje es ya plenamente objetiva…” De ahí que “los lugares elegidos sean la imagen-coyuntura que en ellos se desenvuelven. El lugar de cita, cuando es auténtico y no arbitrario ni ocasional, es una transposición al espacio y a la topografía de lo que allí se reúne o realiza.” Más adelante, continúa Cirlot citando a Mircea Eliade: “El hombre no elige nunca el lugar; se limita a descubrirlo“, por lo que “Debe buscarse entonces: el orden espacial del paisaje dentro de una demarcación que lo limite y particularice, estructurándolo a manera de una construcción u obra de arte.”

La demarcación que particulariza esta Lisboa, discurre entre desastres e invenciones, entre el uno de noviembre de 1755 y el 30 de noviembre de 1935 aproximadamente, y a la luz del drama-romance en gente pessoano.

Y así, se muestran sus lugares, hechos de:
Una realidad exterior, la destrucción-construcción de la Lisboa moderna. Ciudades heridas o desaparecidas definitivamente, como: Canopus, Herakleion, Cartago, Babilonia, Pompeya, Roma, Cádiz, Londres, San Francisco, Berlín, Dresde, Hiroshima, Nagasaki, Guernica, Madrid, Nueva York, Bagdad. Y asimismo Lisboa, ciudad de terremotos: en el siglo XIV, otros tantos durante el  XVI, tres en el siglo XVII, y ya en el mismo siglo XVIII, los de 1724 y 1750, hasta el de 1755 que trastocará de manera definitiva el destino de lo moderno, inaugurando un tiempo de desastres naturales-artificiales encadenados.

Y una realidad interior, en la que una vez perdido el mejor de los mundos posibles, se manifiesta como inquietud ambiental, atmosférica, donde el cotidiano más real es el formado por un conjunto de fingimientos, máscaras y creaciones que si habláramos en términos clínicos vendrían a mostrar el síntoma-Lisboa, un imaginario para después de la catástrofe. Realidad de través, como el proyecto de escritura de Fernando Pessoa, un trabajo en construcción, hecho de intersecciones de literaturas, textos y autores. Donde no hay libros o estarían todos los posibles libros en un “libro total”, un conjunto-inconjunto, inacabado, sin pasar a limpio, el que dejó en su baúl-espólio.

La arquitectura de “Lisboa. La ciudad de Fernando Pessoa”, quiere ser persona, ni conjunto ni partes, como la pared de A. Bretón, como los estudios ramonianos,  los paneles de A. Warburg  o el corcho de J. Berger; una suerte de materiales encontrados que toman sentido al compartir el mismo espacio.

+ artículo publicado en recolectores urbanos

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