(Aviso spoiler: este post contiene información acerca del final de la película que sirve de título al mismo. Si lo lees será bajo tu responsabilidad. Tu verás lo que haces.)
Todavía recuerdo la primera vez que vi el final de “El Planeta de los Simios”, era sábado por la tarde y me estaba comiendo un bocadillo de pan con chocolate. Charlton Heston -alias Taylor Ojos Claros- a caballo se tropieza con los restos de lo que en su día fue “La Estatua de la Libertad” y descubre que en realidad no ha llegado a otro planeta sino que ha viajado cientos de años en el tiempo para ver dos cosas:
“El Planeta de los Simios” es, además de una buenísima película de ciencia ficción, una aguda reflexión sobre el antropocentrismo y la tendencia autodestructiva de la naturaleza humana, que tiende una y otra vez a cometer los mismos errores, a pesar de conocer y poder prever con anterioridad sus terribles resultados.
Aprender de los errores es, según los antropólogos que estudian la evolución de la inteligencia, una virtud que caracteriza a casi todos los organismos del reino animal en su proceso de adaptación al medio que los rodea, pero que curiosamente tiende a desaparecer cuando el supuesto protagonista de dicho proceso es precisamente ese individuo -en teoría- culmen de la evolución animal y especie superior donde las haya, también conocido como ser humano.
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La Sra. Farnsworth

