(Aviso spoiler: este post contiene información acerca del final de la película que sirve de título al mismo. Si lo lees será bajo tu responsabilidad. Tu verás lo que haces.)

Todavía recuerdo la primera vez que vi el final de «El Planeta de los Simios», era sábado por la tarde y me estaba comiendo un bocadillo de pan con chocolate. Charlton Heston -alias Taylor Ojos Claros– a caballo se tropieza con los restos de lo que en su día fue «La Estatua de la Libertad» y descubre que en realidad no ha llegado a otro planeta sino que ha viajado cientos de años en el tiempo para ver dos cosas:
1º que los seres humanos somos unos bestias que hemos destruido nuestra propia civilización a base de bombazos nucleares.
2º que el mono (todavía peludo) es el nuevo ser superior.

«El Planeta de los Simios» es, además de una buenísima película de ciencia ficción, una aguda reflexión sobre el antropocentrismo y la tendencia autodestructiva de la naturaleza humana, que tiende una y otra vez a cometer los mismos errores, a pesar de conocer y poder prever con anterioridad sus terribles resultados.
Aprender de los errores es, según los antropólogos que estudian la evolución de la inteligencia, una virtud que caracteriza a casi todos los organismos del reino animal en su proceso de adaptación al medio que los rodea, pero que curiosamente tiende a desaparecer cuando el supuesto protagonista de dicho proceso es precisamente ese individuo -en teoría- culmen de la evolución animal y especie superior donde las haya, también conocido como ser humano.
Si en «El Planeta de los Simios» Charlton Heston descubría que los de su especie son unos descerebrados que acabaron con ellos mismos a base de pelotazos nucleares, hoy el ocaso de nuestra civilización amenaza con llegar de una forma mucho menos espectacular pero igual de ridícula gracias a esas 2 características tan esenciales y definitorias de nuestra naturaleza humana:
1ºUna Innata Capacidad para Liarla, cualidad que en pleno siglo XXI viene de la mano de:
– la degradación y contaminación ambiental;
– la sobreexplotación y la pésima gestión de los recursos;
– la terciarización de la economía y pérdida de tejido productivo en los países desarrollados a favor de la deslocalización industrial a países del llamado tercer mundo, donde las condiciones laborales son peores, la mano de obra más barata y la legislación a cumplir por parte de las empresas, mucho más flexible.
2ºUna Asombrosa Habilidad para Diluir Responsabilidades, olvidando así que el primer paso para no cometer otra vez el mismo error, es el reconocerlo.

En esta misma línea -la de reconocer los errores y asumir las presuntas responsabilidades-podíamos leer la semana pasada en El País un artículo en el que, analizando el tema del despilfarro económico debido al boom inmobiliario, el debate se centraba en analizar que parte de responsabilidad recae sobre esos señores (ingenieros y arquitectos) que con su trabajo, perfilan y definen el mundo tal y como lo vemos.
Si hiciésemos una lectura simplificada del problema, podríamos decir que efectivamente nuestra realidad social, económica y territorial se articula a través de decisiones técnico-políticas que se materializan a su vez a través de determinados proyectos, siempre y a la postre, firmados por el técnico redactor de turno.
Y así, centrándonos en el tema de la arquitectura y siguiendo esta lógica aplastante podríamos decir que hay museos vacios porque hay arquitectos que firman proyectos para museos desconociendo si existe programa o no para los mismos; hay piscinas municipales desiertas porque hay arquitectos que firman proyectos para piscinas desconociendo en número real de posibles usuarios; o incluso hay cementerios sin muertos porque aunque para morirse siempre hay voluntarios, a veces el arquitecto perdido en divagaciones formales y compositivas, se “olvida” de comprobar la viabilidad legal de lo que tiene entre las manos.
Vemos así que en un momento en que la figura del arquitecto está tan denostada por parte de la sociedad, es fácil señalar a este colectivo como parte responsable de los grandes males que nos acechan, cuando la realidad, es en sí mucho más compleja.
Los arquitectos son unos señores que en la mayoría de los casos, reciben encargos y su posición es sumamente complicada, tratando de mantener siempre el equilibrio entre el ejercicio de la responsabilidad que se les supone, y la necesidad de un trabajo que les dé de comer.

Por eso, ante la actual y aparente incompetencia de nuestros políticos, responsables últimos de las decisiones que conforman nuestra realidad social y territorial y pensando en aquello de asumir los propios errores, podríamos preguntarnos:
¿Hasta dónde llega entonces la responsabilidad del arquitecto?
¿Deben los arquitectos manifestar un cierto nivel de compromiso social allá donde los políticos se olvidan de hacerlo?
¿O deben simplemente adaptarse a las exigencias establecidas por el cliente, aunque este se llame Carlos Fabra y quiera hacer un aeropuerto donde no vuelan ni las gaviotas?
¿Existe esperanza para los de nuestra especie o estamos destinados -como los humanos de «The Planet of the Apes»– a acabar corriendo semidesnudos por los bosques al servicio de una nueva especie dominante?
Entender la arquitectura como una disciplina al servicio del ciudadano en particular y de la sociedad en general es una idea defendida por casi todos los arquitectos que conozco (aunque reconozcámoslo, hay también arquitectos de corte mediático que salen a media tarde en programas de tipo tropical y sabrosón a quien directamente se la pela) y sin embargo, la opinión acerca del nivel de compromiso que estos deben alcanzar, es tan diversa como contradictoria.
Pensemos por ejemplo en Alejandro Aravena, un conocido arquitecto chileno que se ha hecho famoso a través de su empresa ELEMENTAL, dedicada a la construcción de viviendas e infraestructuras para las clases menos pudientes de su país; pues bien, lo que para unos es una arquitectura de la austeridad con unos objetivos sociales, para otros y cito textualmente “es limosna arquitectónica” al servicio de un sistema que fomenta las desigualdades sociales y económicas.
Existen por supuesto posiciones intermedias y hay arquitectos que defienden una postura más ambigua, hablan de falta de responsabilidad del arquitecto con la sociedad ante la ignorancia total de los políticos y sostienen que son estos los responsables últimos de la misma, centrando la crítica en malos proyectos, edificios icónicos y presupuestos desorbitados.
Más allá de la polémica, el caso es que ahora que desayunamos todos los días con noticias de edificios que tienen que permanecer cerrados por que son inviables económicamente y teniendo en cuenta que de las responsabilidades de los políticos no pienso ni hablar porque solo de pensarlo me entra urticaria, tengo que confesaros que mi intención original con todo este discurso pseudoapocalítico de sobremesa de domingo era introducir lo que pretendía ser el tema principal del post de hoy: una reflexión acerca de la implicación de la figura del arquitecto en la construcción de esta sociedad de crisis pero tomando como ejemplo el caso concreto de lo que será el nuevo edifico para la futura estación del AVE de la ciudad de Vigo y cuyas obras –tal y como os mostrábamos en el anterior post– generan en la actualidad una gran expectación entre los jubilados de la ciudad.

El proyecto de Vialia Vigo Urzáiz -firmado por el arquitecto norteamericano Tom Mayne- contempla la construcción de un tremendo edificio de 5 plantas que incluyendo 29.000 m2 de zona comercial, una planta para 1.300 plazas de aparcamiento, y una gran terraza-mirador de 18.000 m2 ubicada en su cubierta, coloniza un inmenso vacío urbano situado en el centro de la ciudad al servicio de un modelo de desarrollo socioeconómico basado en una terciarización de la actividad productiva que apuesta por el sector servicios como motor indiscutible de la economía.

El problema es que hoy el motor amenaza con calarse y el futuro del edificio se revela peligrosamente incierto ya que los elevados costes de mantenimiento y la poca previsión de beneficios ha obligado a las empresas que optaban a la gestión y explotación de la zona comercial a replantear su participación en el proyecto, dejando así en el aire la financiación privada que hacía viable la ejecución del nuevo edificio.

El caso es que, si al final el proyecto no consigue salir adelante y acaba convertiéndose en otro coladero gigante de fondos públicos ¿sería lógico considerar al arquitecto como parte responsable de dicho coladero por el hecho de colaborar en el desarrollo de un proyecto que “suponemos” debe ir acompañado de un plan de viabilidad previo en el que se justifica y avala la necesidad y el éxito del mismo?
¿Es obligación de Mayne cuestionar la viabilidad de un plan en el que analizando todos los componentes del mercado, haciendo una previsión de gastos y calculando los posibles ingresos, se haya definido el proyecto de la nueva estación como un elemento clave, necesario y estratégico para el futuro de la ciudad de Vigo?
¿O podríamos simplemente limitar la responsabilidad técnica de los arquitectos que trabajan para la administración pública al trabajo de definir un edificio, que dando respuesta a las necesidades espaciales y funcionales requeridas por ésta, cumpla también con las previsiones anuales de gastos por mantenimiento del mismo?
¿Y si éste es insostenible?
¿Debería añadirse un nuevo Documento Básico al Código Técnico de la Edificación que titulado a modo de CTE DB-Ojo a lo que te cuesta: Seguridad en caso de Político con Toda la Pinta de Liarla obligase al arquitecto de turno a relacionar los m2 del -por ejemplo- Museo del Chorizo Picante de Villa Rodrigo de Arriba con el consumo económico que supondría tener iluminadas las longanizas los 365 días del año, evidenciando así que el único museo del embutido que pueden permitirse los de Villa Rodrigo es la tienda de Teresita la charcutera?

Y sobre todo y ya para concluir, si a partir de ahora esto fuese así, si los arquitectos nos viésemos obligados a integrar los criterios económicos como una parte más -y no una consecuencia- del proceso creativo que acompaña a la redacción de todo proyecto, ¿estaríamos con ello aprendiendo de los errores previamente cometidos, tendiendo lazos hacia las necesidades reales de la sociedad que nos da de comer y demostrando que más allá de lo mal que pinta el futuro (de nuestra profesión), éste no sólo existe sino que además es imprescindible para no acabar todos como Charlton, desquiciados y en taparrabos?
Sra. Farnsworth
Vigo. noviembre 2012
(Warning spoiler: this post contains information about the end of the film that serves of title to the same. If you read it it will be under your responsibility. Your will see what do.)

Still I remember the first time that saw the end of «The Planet of the Apes», was Saturday in the afternoon and was eating me a bocadillo of bread with chocolate. Charlton Heston -alias Taylor Clear Eyes– to horse trips with the rests of what in his day was «The Statue of the Freedom» and discovers that in reality it has not arrived to another planet but it has travelled cientos of years in the time to see two things:
1º that the human beings are some beasts that have destroyed ours own civilisation to base of bombazos nuclear.
2º that the monkey (still hairy) is the new to be upper.

«The Planet of the Apes» is, in addition to a very good film of science fiction, an acute reflection on the anthropocentrism and the tendency autodestructiva of the human nature, that tends one and again to commit the same errors, in spite of knowing and can foresee previously his terrible results.
Learn of the errors is, according to the anthropologists that study the evolution of the intelligence, a virtue that characterises to almost all the organisms of the animal realm in his process of adaptation to the half that surrounds them, but that curiously tends to disappear when the leading supposition of said process is precisely this individual -in theory- culmen of the animal evolution and upper species where there are them, also known like human being.
If in «The Planet of the Apes» Charlton Heston was discovering that those of his species are a few descerebrados that finished with them themselves based on nuclear hits, today the west of our civilization threatens to come from a much less spectacular but equal form of ridiculous thanks to these 2 so essential characteristics and definitorias from our human nature:
1º An Innate Aptitude To tie It, quality that in full 21st century comes from the hand of:
– the degradation and environmental pollution;
– the overexploitation and the terrible management of the resources;
– the terciarización of the economy and loss of productive fabric in the countries developed in favour of the industrial relocation to countries of the so called third world, where the working conditions are worse, the cheapest workforce and the legislation to expiring on the part of the companies, more flexible much.
2º An Amazing Skill To dilute Responsibilities, forgetting so the first step not to commit again the same mistake, is to recognize it.

In the same line – her of recognizing the mistakes and assuming the supposed responsibilities we could read last week in El País newspaper an article in which, analyzing the topic of the economic squandering due to the real-estate boom, the debate was centring on analyzing that it departs from responsibility it relapses on these gentlemen (engineers and architects) that with his work, outline and define the world as we it see.
If hiciésemos a reading simplified of the problem, we might say that really our social, economic and territorial reality is articulated across decisions technician – policies who materialize in turn across certain projects, always and at last, signed by the technical editor of shift.
And this way, centring on the topic of the architecture and following this crushing logic we might say that there are empty museums because there are architects who sign projects for museums not knowing if program exists or not for the same ones; there are municipal desert swimming pools because there are architects who sign projects for swimming pools not knowing in royal number of possible users; or even there are cemeteries without dead men because though to die always there are volunteers, sometimes the architect lost in formal ramblings and compositivas, it «forgets» to verify the legal viability of what has between the hands.
We see so in a moment in which the figure of the architect is so reviled on the part of the company, it is easy to indicate this group as part responsible for the big males that they us stalk, when the reality, it is in yes much more complex.
The architects are a few gentlemen that in most cases, they receive orders and his position is extremely complicated, trying to support always the balance between the exercise of the responsibility that one supposes them, and the need of a work that feeds them.

Because of it, before the current and apparent incompetence of our politicians, last persons in charge of the decisions who shape our social and territorial reality and thinking about that one of assuming the own mistakes, we might wonder:
Up to where does the responsibility of the architect come then?
Have they to the architects demonstrate a certain level of social commitment there where the politicians forget to do it?
Or have they to adapt simply to the requirements established by the client, though this one am called Carlos Fabra and wants to do an airport where they demolish not even the gulls?
Hope exists for those of our species or we are destined – as the human beings of » The Planet of the Apes» – to end up by traversing seminude by the forests to the service of a new dominant species?
To understand the architecture as a discipline to the service of the citizen especially and of the company in general is an idea defended by almost all the architects that I know (though reconozcámoslo, there are also architects of media cut who go out in the middle of the evening in programs of tropical type and sabrosón for the one who directly struggles it) and nevertheless, the opinion brings over of the level of commitment that these must reach, it is so diverse as contradictory.
Let’s think for example about Alejandro Aravena, an acquaintance Chilean architect who has become famous across his ELEMENTAL company dedicated to the construction of housings and infrastructures for the least wealthy classes of his country; well then, what for some is an architecture of the austerity with a few social aims, for others and I mention textually «it is an architectural alms» to the service of a system that promotes the social and economic desigualdades.
Intermediate positions exist certainly and there are architects who defend a more ambiguous position, they speak about lack of responsibility of the architect with the company before the total ignorance of the politicians and hold that the last persons in charge of the same one are these, centring the critique on bad projects, buildings icónicos and astronomical budgets.
Beyond the polemic, the case is that now that we have for breakfast every day with building news that have to remain closed by that they are unviable economically and bearing in mind that about the responsibilities of the politicians I do not think to speak because only of thinking it it enters his nettle-rash, I have to confess to you that my original intention with all this speech pseudoapocalítico of Sunday tablecloth was to introduce what was trying to be the principal topic of the today post: a reflection brings over of the implication of the figure of the architect in the construction of this company of crisis but taking the concrete case as an example of what will be the new one I build for the future station of the AVE of the city of Vigo and whose works –as and we were showing you in the previous post – they generate at present a great expectation between the pensioners of the city.

Vialia Vigo’s project Urzáiz – signed by the North American architect Tom Mayne – contemplates the construction of a tremendous building of 5 plants that including 29.000 m2 of commercial district, a plant for 1.300 parking lots, and a great terrace – viewing-point of 18.000 m2 located in his cover, colonizes an immense urban emptiness placed in the downtown to the service of a model of socioeconomic development based on a terciarización of the productive activity who bets for the sector services as indisputable engine of the economy.

The problem is that today the engine threatens to get soaked and the future of the building to be revealed dangerously uncertainly since the high costs of maintenance and small profit forecasting has forced to the companies that they were competing for the management and exploitation of the commercial district to restate his participation in the project, leaving this way in the air the private financing that was making viable the execution of the new building.

The case is that, if ultimately the project does not manage to go out forward and it finishes convertiéndose in another giant strainer of public funds, would it be logical to consider the architect to be a part responsible for the above mentioned strainer for the fact of collaborating in the development of a project that «we suppose» it must go accompanied of a previous plan of viability in which it justifies itself and supports the need and the success of the same one?
It is A Mayne’s obligation to question the viability of a plan in which analyzing all the components of the market, doing a forecast of expenses and calculating the possible income, there has been defined the project of the new station as a key, necessary and strategic element for the future of the city of Vigo?
Or we might limit simply the technical responsibility of the architects who work for the public administration to the work of defining a building, that giving response to the spatial and functional needs needed by this one, expire also with the annual forecasts of expenses for maintenance of the same one?
And if this one is untenable?
A new Basic Document should be added to the Technical Code of the Building that titled like CTE DB-eye to what it costs you: Security in case of Politician with the Whole Looks of Tying It was Rodrigo forcing the architect of shift to relate them m2 of – for example – Chorizo Picante de Villa Rodrigo de Arriba Museum to the economic consumption that would suppose having the sausages illuminated 365 days of the year, demonstrating so the only museum of the sausage that those of Villa can allow him Rodrigo is Teresita’s shop the charcutera?

And especially and already to conclude, if from now this was like that, if the architects we were meeting obliged to integrate the economic criteria as one more part – and not a consequence – of the creative process that he accompanies on the draft of any project, we would be with it learning of the before committed mistakes, stretching bows towards the royal needs of the company that feeds us and demonstrating that beyond badly that it paints the future (of our profession), this one not only exists but in addition it is indispensable not to end all as Charlton, upset and in loincloth?
Sra. Farnsworth
Vigo. november 2012
(Aviso spoiler: este post contén información achega do final da película que serve de título ao mesmo. Si lelo será baixo a túa responsabilidade. O teu verás o que fas.)

Aínda recordo a primeira vez que vin o final de «O Planeta dos Simios», era sábado pola tarde e estábame comendo un bocadillo de pan con chocolate. Charlton Heston -alias Taylor Ollos Claros– dacabalo tropézase cos restos do que no seu día foi «A Estatua da Liberdade» e descobre que en realidade non chegou a outro planeta senón que viaxou centos de anos no tempo para ver dúas cousas:
1º que os seres humanos somos uns bestas que destruímos nosa propia civilización a base de bombazos nucleares.
2º que o mono (aínda peludo) é o novo ser superior.

«O Planeta dos Simios» é, ademais dunha buenísima película de ciencia ficción, unha aguda reflexión sobre o antropocentrismo e a tendencia autodestructiva da natureza humana, que tende unha e outra vez a cometer os mesmos erros, malia coñecer e poder prever con anterioridad os seus terribles resultados.
Aprender dos erros é, segundo os antropólogos que estudan a evolución da intelixencia, unha virtude que caracteriza a case todos os organismos do reino animal no seu proceso de adaptación ao medio que os rodea, pero que curiosamente tende a desaparecer cando o suposto protagonista de devandito proceso é precisamente ese individuo -en teoría- culmen da evolución animal e especie superior onde as haxa, tamén coñecido como ser humano.
Se en «O Planeta dos Simios» Charlton Heston descubría que os da súa especie son uns descerebrados que acabaron con eles mesmos a base de pelotazos nucleares, hoxe o ocaso da nosa civilización ameaza con chegar dunha forma moito menos espectacular pero igual de ridícula grazas a esas 2 características tan esenciais e definitorias da nosa natureza humana:
1º Unha Innata Capacidade para Liala, calidade que en pleno século XXI vén da man de:
– a degradación e contaminación ambiental;
– a sobreexplotación e a pésima xestión dos recursos;
– a terciarización da economía e perda de tecido produtivo nos países desenvolvidos a favor da deslocalización industrial a países do chamado terceiro mundo, onde as condicións laborais son peores, a man de obra máis barata e a lexislación a cumprir por parte das empresas, moito máis flexible.
2º Unha Asombrosa Habilidade para Diluír Responsabilidades, esquecendo así que o primeiro paso para non cometer outra vez o mesmo erro, é recoñecelo.

Nesta mesma liña -a de recoñecer os erros e asumir as presuntas responsabilidades-podiamos ler a semana pasada en El País un artigo no que, analizando o tema da dilapidación económica debido ao boom inmobiliario, o debate se centraba en analizar que parte de responsabilidade recae sobre eses señores (enxeñeiros e arquitectos) que co seu traballo, perfilan e definen o mundo tal e como o vemos.
Se fixésemos unha lectura simplificada do problema, poderiamos dicir que efectivamente a nosa realidade social, económica e territorial se articula a través de decisións técnico-políticas que se materializan á súa vez a través de determinados proxectos, sempre e ao cabo, asinados polo técnico redactor correspondente.
E así, centrándonos no tema da arquitectura e seguindo esta lóxica apisoante poderiamos dicir que hai museos vacios porque hai arquitectos que asinan proxectos para museos descoñecendo se existe programa ou non para estes; hai piscinas municipais desertas porque hai arquitectos que asinan proxectos para piscinas descoñecendo en número real de posibles usuarios; ou mesmo hai cemiterios sen mortos porque aínda que para morrerse sempre hai voluntarios, ás veces o arquitecto perdido en divagacións formais e compositivas, se «esquece» de comprobar a viabilidade legal do que ten entre as mans.
Vemos así que nun momento en que a figura do arquitecto está tan deostada por parte da sociedade, é doado sinalar a este colectivo como parte responsable dos grandes males que nos axexan, cando a realidade, é en si moito máis complexa.
Os arquitectos son uns señores que na maioría dos casos, reciben encargos e a súa posición é sumamente complicada, tratando de manter sempre o equilibrio entre o exercicio da responsabilidade que se lles supón, e a necesidade dun traballo que lles dea de comer.

Por iso, ante a actual e aparente incompetencia dos nosos políticos, responsables últimos das decisións que conforman a nosa realidade social e territorial e pensando naquilo de asumir os propios erros, poderiamos preguntarnos:
¿Ata onde chega entón a responsabilidade do arquitecto?
¿Deben manifestar os arquitectos certo nivel de compromiso social alá onde aos políticos se esquece facelo?
¿Ou deben simplemente adaptarse ás esixencias establecidas polo cliente, aínda que este se chame Carlos Fabra e queira facer un aeroporto onde non voan nin as gaivotas?
¿Existe esperanza para os da nosa especie ou estamos destinados -como os humanos de «The Planet of the Apes» – a acabar correndo seminus polos bosques ao servizo dunha nova especie dominante?
Entender a arquitectura como unha disciplina ao servizo do cidadán en particular e da sociedade en xeral é unha idea defendida por case todos os arquitectos que coñezo (aínda que o recoñezamos, hai tamén arquitectos de corte mediático que saen a media tarde en programas de tipo tropical e sabrosón a quen directamente o a pela) e non obstante, a opinión acerca do nivel de compromiso que estes deben alcanzar, é tan diversa como contraditoria.
Pensemos por exemplo en Alejandro Aravena, un coñecido arquitecto chileno que se fixo famoso a través da súa empresa ELEMENTAL, dedicada á construción de vivendas e infraestruturas para as clases menos podentes do seu país; pois ben, o que para uns é unha arquitectura da austeridade cuns obxectivos sociais, para outros e cito textualmente «é esmola arquitectónica» ao servizo dun sistema que fomenta as desigualdades sociais e económicas.
Existen por suposto posicións intermedias e hai arquitectos que defenden unha postura máis ambigua, falan de falta de responsabilidade do arquitecto coa sociedade ante a ignorancia total dos políticos e sosteñen que son estes os responsables últimos desta, centrando a crítica en malos proxectos, edificios icónicos e presupostos desorbitados.
Máis alá da polémica, o caso é que agora que almorzamos todos os días con noticias de edificios que teñen que permanecer pechados por que son inviables economicamente e tendo en conta que das responsabilidades dos políticos non penso nin falar porque só de pensalo me entra urticaria, teño que confesarvos que a miña intención orixinal con todo este discurso pseudoapocalítico de sobremesa de domingo era introducir o que pretendía ser o tema principal do post de hoxe: unha reflexión acerca da implicación da figura do arquitecto na construción desta sociedade de crise pero tomando como exemplo o caso concreto do que será o novo edifico para a futura estación da AVE da cidade de Vigo e cuxas obras –tal e como vos mostrábamos no anterior post– xeran na actualidade unha grande expectación entre os xubilados da cidade.

O proxecto de Vialia Vigo Urzáiz -asinado polo arquitecto norteamericano Tom Mayne– contempla a construción dun tremendo edificio de 5 plantas que incluíndo 29.000 m2 de zona comercial, unha planta para 1.300 prazas de aparcadoiro, e unha gran terraza-miradoiro de 18.000 m2 situada na súa cuberta, coloniza un inmenso baleiro urbano situado no centro da cidade ao servizo dun modelo de desenvolvemento socioeconómico baseado nunha terciarización da actividade produtiva que aposta polo sector servizos como motor indiscutible da economía.

O problema é que hoxe o motor ameaza con calarse e o futuro do edificio se revela perigosamente incerto xa que os elevados custos de mantemento e a pouca previsión de beneficios obrigou as empresas que optaban á xestión e explotación da zona comercial a reformular a súa participación no proxecto, deixando así no aire o financiamento privado que facía viable a execución do novo edificio.

O caso é que, se ao final o proxecto non consegue saír adiante e remata convertiéndose noutro coadoiro xigante de fondos públicos ¿sería lóxico considerar o arquitecto como parte responsable do devandito coadoiro polo feito de colaborar no desenvolvemento dun proxecto que «supoñemos» debe ir acompañada dun plan de viabilidade previo no que se xustifica e avala a necesidade e o éxito deste?
¿É obriga de Mayne cuestionar a viabilidade dun plan no que analizando todos os compoñentes do mercado, facendo unha previsión de gastos e calculando os posibles ingresos, se definise o proxecto da nova estación como un elemento clave, necesario e estratéxico para o futuro da cidade de Vigo?
¿Ou poderiamos simplemente limitar a responsabilidade técnica dos arquitectos que traballan para a administración pública ao traballo de definir un edificio, que dando resposta ás necesidades espaciais e funcionais requiridas por esta, cumpra tamén coas previsións anuais de gastos por mantemento deste?
¿E se este é insostible?
¿Debería engadirse un novo Documento Básico ao Código Técnico da Edificación que titulado a xeito de CTE DB-Ollo ao que te custa: Seguridade en caso de Político con Toda la Pinta de Liala obrigase o arquitecto correspondente a relacionar os m2 do -por exemplo- Museo do Chourizo Picante de Vila Rodrigo de Arriba co consumo económico que supoñería ter iluminadas as longaínzas os 365 días do ano, evidenciando así que o único museo do embutido que poden permitirse os de Villa Rodrigo é a tenda de Teresita a carniceira?

E sobre todo e xa para concluír, se a partir de agora isto fose así, se os arquitectos nos vísemos obrigados a integrar os criterios económicos como unha parte máis -e non unha consecuencia- do proceso creativo que acompaña a redacción de todo proxecto, ¿estariamos con iso a aprender dos erros previamente cometidos, tendendo lazos cara ás necesidades reais da sociedade que nos dá de comer e demostrando que máis alá do mal que pinta o futuro (da nosa profesión), este non só existe senón que ademais é imprescindible para non rematar todos como Charlton, alporizados e en taparrabos?
Sra. Farnsworth
Vigo. novembro 2012






Y sobre todo y ya para concluir, si a partir de ahora esto fuese así, si los arquitectos nos viésemos obligados a integrar los criterios económicos como una parte más -y no una consecuencia-del proceso creativo que acompaña a la redacción de todo proyecto, ¿estaríamos con ello aprendiendo de los errores previamente cometidos, tendiendo lazos hacia las necesidades reales de la sociedad que nos da de comer y demostrando
que más allá de lo mal que pinta el futuro (de nuestra profesión), éste no sólo
existe sino que además es imprescindible para no acabar todos como Charlton, desquiciados y en taparrabos?
La Sra. Farnsworth