[:es]
Hace unos años mi padre iba paseando por su barrio. Había llovido y el suelo estaba mojado. Se resbaló y cayó con tan mala suerte que su pecho halló en la caída un bolardo metálico que le rompió una costilla y le contusionó un pulmón. La costilla se soldó pronto y la lesión pulmonar no fue muy seria, pero ahora, aprovechando unos momentos delicados de salud, aquella vieja lesión quiere volver a hacerse valer.
Por todo ello, estos días que le estoy dando vueltas a aquel tonto accidente, estoy viendo bolardos por todas partes. Las aceras están realmente erizadas de ellos.

Y los pocos bordillos y pasos de peatones que están libres de esos pirulos tienen un coche encima. No hay rincón urbano que no tenga un coche encima. Hasta las catedrales ya tienen que poner bolardos en sus puertas para que no se les metan los coches en el altar mayor.
Vivimos en un ambiente hostil, en el que hay que hacer los bordillos altísimos o entorpecerlos con pivotes, en el que cada mañana al salir de casa nos saluda amenazante un excremento de perro, en el que los conductores aprovechan ratos muertos en semáforos vaciando sus ceniceros por las ventanillas, en el que cuando alguien, niño o adulto, se termina una chuchería tira el papel ahí mismo, donde le pille.
¿Por qué se hacen esas cosas?
Porque el espacio público parece que no es de nadie y que no merece cuidado ni respeto. La gente no piensa que el espacio público es de todos, y que a todos nos atañe mantenerlo en perfectas condiciones para disfrutarlo, y que todos lo necesitamos. No. No es mío, luego no me importa.
El espacio público es el lugar donde hacemos vida pública y nos relacionamos con los demás. Pero estamos recluyéndonos cada vez más en nuestras casas, en nuestros refugios, sin querer saber nada de nadie. Así no somos sociedad, no podemos ser colectividad.
Vivimos en ciudades hostiles y cada vez las hacemos más hostiles. No hablo de vandalismo, no hace falta llegar a tanto, sino de la mera indiferencia pasiva, y del desprecio que muestra la mayoría de la población.
No podemos disfrutar de espacios comunes que nos hagan crecer y madurar políticamente, sino que vivimos aislados, cada uno en su casa, que es como una especie de búnker nuclear, y salimos a la calle, con asco y miedo, lo menos posible. El ideal es no pisar siquiera el espacio público: Salir del garaje de casa ya montados en el coche, accionar la puerta con el mando a distancia y huir por entre los escombros de un mundo desolado.
En el coche (otra burbuja de privacidad imprescindible para muchos que no soportan siquiera los transportes públicos) seguimos siendo igual de bestias.
De nada sirve que las avenidas de las nuevas urbanizaciones se pavimenten bien, con firmes cómodos: Las llenamos de tropezones, de «guardias muertos» y obstáculos de todo tipo para que los coches no se lancen a gran velocidad.
¿Tan difícil sería llegar a la sana convicción de no correr, y circular cómodamente por la cómoda calzada en lugar de dejarse la amortiguación, la dirección y los cálculos nefríticos cada cien metros?
Para eso sería mejor no pavimentar las calzadas. Saldría más barato.
¿Por qué nos tienen que dar un palo al coche cada cien metros?
Pues porque nadie se cree que por poner una señal de tráfico la gente la vaya a respetar.
(Hay que decir que la actitud corriente de nuestras autoridades a este respecto es sorprendente: Como nadie respeta una señal ni una norma que impongan unas limitaciones moderadas y sensatas, se cambian esas señales y normas por otras con limitaciones exageradas y absurdas, pensando que así se van a cumplir mejor. Como por una avenida de una zona residencial la gente no circula a 50 Km/h , sino a 90 Km/h, pues se pone una señal de 20 Km/h, y todos tan panchos).
También es frecuente ver que en un hueco muy amplio, tan amplio que caben cómodamente dos coches, hay aparcado uno solo, justo en medio. Así, tan a gustito. (Yo no veo castigo ni pena lo suficientemente altos para con esta gente que ocupa dos huecos porque sí. Tal vez algún asesinato se pueda comprender. Muchos atracos y delitos diversos pueden tener una explicación que nos lleve, si no a apoyarlos, al menos a entenderlos. Pero aparcar en medio de un hueco doble es el mal por el mal, el mal absoluto, sin justificación ni perdón. Y tirar un papel al suelo también).
Tengo entendido que Julio Cano Lasso dijo que el grado de evolución y avance de una civilización es inversamente proporcional a la altura de los bordillos de las aceras. He buscado la cita para asegurarme y copiarla bien, pero no la encuentro por ningun sitio. Ni siquiera puedo asegurar que sea de Don Julio; pero lo digo tal como me lo contaron.
La suscribo; naturalmente. Aquí, en nuestro querido país, los bordillos nunca son lo suficientemente altos. La gente los escala con cuatrosporcuatro, con hummers, con panzers. Cada vez hay vehículos más trepadores y más agresivos. Se apretujan bajo las estatuas de las plazas, se suben a los pretiles, se sumergen en los pasos de peatones…
Ahora hay muchas zonas en nuestro querido país (incluso en mi querido pueblo) que se han pavimentado a un mismo nivel, separando tan sólo por colores y texturas las zonas de circulación de coches, de aparcamiento, de bicicletas, de peatones… Se han usado distintos tipos de adoquines, con distintas disposiciones (a soga, a espinapez…), e inmediatamente se ha llenado todo de jardineras de hormigón, boloncios de piedra o de fundición, bolardos, pinchos, etc, con lo que el espacio urbano ha quedado aún más hostil e inhabitable que antes.
Supongo que todo lo que digo es propio de los países latinos (que, por otra parte, tenemos fama de pasarnos la vida en la calle y de disfrutarla a tope). En los nórdicos es otra cosa. Los conjuntos de los centros urbanos de Rovaniemi, Jyväskylä y Seinäjoki (Finlandia) me emocionaron no sólo por la maravillosa arquitectura de Alvar Aalto (por supuesto), sino porque había flores, y aparcabicis llenos de bicis, y no había papeles tirados, ni los coches se subían por donde no debían…
En Bergen (Noruega) los coches esperaban pacientemente ante los pasos de peatones por si acaso se me ocurría cruzar, y aguardaban hasta que hubiera terminado de hacerlo. (Aquí, si por alguna rara circunstancia alguien te deja pasar, te afeita el culo con el espejo retrovisor).
En Noruega vi cosas que no creeríais: Parques con los bancos limpios, calles con coches tranquilos, papeleras en buen uso, aceras bajas…
Aquí para hacer urbanismo hay que acorazarse. Para hacer diseño urbano hay que partir de un perfil delictivo de ciudadano, de un perfil bestiajo. Así no se puede hacer nada. Primero deberíamos intentar ser ciudadanos. Es decir, cívicos.
José Ramón Hernández Correa
Doctor Arquitecto y autor de Arquitectamos locos?
Toledo · marzo 2013
[:gl]
Fai uns anos o meu pai ía paseando polo seu barrio. chovera e o chan estaba mollado. Escorregouse e caeu con tan mala sorte que o seu peito achou na caída un bolardo metálico que lle rompeu unha costela e lle contusionó un pulmón. A costela se soldó pronto e a lesión pulmonar non foi moi seria, pero agora, aproveitando uns momentos delicados de saúde, aquela vella lesión quere volver facerse valer.
Por todo iso, estes días que lle estou dando voltas a aquel parvo accidente, estou vendo bolardos por todas partes. As beirarrúas están realmente erizadas deles.

E os poucos bordillos e pasos de peatones que están libres deses pirulos teñen un coche encima. Non hai recuncho urbano que non teña un coche encima. Ata as catedrais xa teñen que poñer bolardos nas súas portas para que non se lles metan os coches no altar maior.
Vivimos nun ambiente hostil, no que hai que facer os bordillos altísimos ou entorpecerlos con pivotes, no que cada mañá ao saír de casa saúdanos amenazante un excremento de can, no que os condutores aproveitan intres mortos en semáforos baleirando os seus ceniceros polos portelos, no que cando alguén, neno ou adulto, termínase unha chuchería tira o papel aí mesmo, onde lle pille.
Por que se fan esas cousas?
Porque o espazo público parece que non é de ninguén e que non merece coidado nin respecto. A xente non pensa que o espazo público é de todos, e que a todos incúmbenos mantelo en perfectas condicións para gozalo, e que todos o necesitamos. Non. Non é meu, logo non me importa.
O espazo público é o lugar onde facemos vida pública e relacionámonos cos demais. Pero estamos a nos recluír cada vez máis nas nosas casas, nos nosos refuxios, sen querer saber nada de ninguén. Así non somos sociedade, non podemos ser colectividade.
Vivimos en cidades hostís e cada vez facémolas máis hostís. Non falo de vandalismo, non fai falta chegar a tanto, senón da mera indiferenza pasiva, e do desprezo que mostra a maioría da poboación.
Non podemos gozar de espazos comúns que nos fagan crecer e madurar políticamente, senón que vivimos illados, cada un na súa casa, que é como unha especie de búnker nuclear, e saímos á rúa, con noxo e medo, o menos posible. O ideal é non pisar sequera o espazo público: Saír do garaxe de casa xa montados no coche, accionar a porta co mando a distancia e fuxir por entre os cascallos dun mundo abatido.
No coche (outra burbulla de privacidade imprescindible para moitos que non soportan sequera os transportes públicos) seguimos sendo igual de bestas.
Tan difícil sería chegar á sa convicción de non correr, e circular comodamente pola cómoda calzada en lugar de deixarse a amortiguación, a dirección e os cálculos nefríticos cada cen metros?
Para iso sería mellor non pavimentar as calzadas. Sairía máis barato.
Por que nos teñen que dar un pau ao coche cada cen metros?
Pois porque ninguén se cre que por poñer un sinal de tráfico a xente a vaia a respectar.
(Hai que dicir que a actitude corrente das nosas autoridades a este respecto é sorprendente: Como ninguén respecta un sinal nin unha norma que impoñan unhas limitacións moderadas e sensatas, cámbianse eses sinais e normas por outras con limitacións esaxeradas e absurdas, pensando que así se van a cumprir mellor. Como por unha avenida dunha zona residencial a xente non circula a 50 Km/ h , senón a 90 Km/ h, pois se pon un sinal de 20 Km/ h, e todos tan panchos).
Tamén é frecuente ver que nun oco moi amplo, tan amplo que caben comodamente dous coches, hai aparcado un só, xusto no medio. Así, tan a gustito. (Eu non vexo castigo nin pena o suficientemente altos para con esta xente que ocupa dous ocos porque si. Talvez algún asasinato póidase comprender. Moitos atracos e delitos diversos poden ter unha explicación que nos leve, se non a apoialos, polo menos a entendelos. Pero aparcar no medio dun oco dobre é o mal polo mal, o mal absoluto, sen xustificación nin perdón. E tirar un papel ao chan tamén).
Teño entendido que Xulio Cano Lassoo dixo que o grao de evolución e avance dunha civilización é inversamente proporcional á altura dos bordos das beirarrúas. Busquei a cita para asegurarme e copiala ben, pero non a encontro por ningun sitio. Nin sequera podo asegurar que sexa de Don Xullo; pero dígoo tal como contáronmo.
Subscríboa; naturalmente. Aquí, no noso querido país, os bordos nunca son o suficientemente altos. A xente os escala con 4×4, con hummers, con panzers. Cada vez hai vehículos máis trepadores e máis agresivos. Se apretujan baixo as estatuas das prazas, sóbense aos peitoriis, mergúllanse nos pasos de peóns…
Agora hai moitas zonas no noso querido país (mesmo no meu querido pobo) que se pavimentaron a un mesmo nivel, separando tan só por cores e texturas as zonas de circulación de coches, de aparcadoiro, de bicicletas, de peóns… Usáronse distintos tipos de lastras, con distintas disposicións (a soga, a espinapez…), e inmediatamente encheuse todo de xardineiras de formigón, boloncios de pedra ou de fundición, bolardos, petiscos, etc, co que o espazo urbano ha quedado aínda máis hostil e inhabitable que antes.
Supoño que todo o que digo é propio dos países latinos (que, por outra banda, temos fama de pasarnos a vida na rúa e de gozala a lume de biqueira). Nos nórdicos é outra cousa. Os conxuntos dos centros urbanos de Rovaniemi, Jyväskylä e Seinäjoki (Finlandia) emocionáronme non só pola marabillosa arquitectura de Alvar Aalto (por suposto), senón porque había flores, e aparcabicis cheos de bicis, e non había papeis tirados, nin os coches subíanse por onde non debían…
En Bergen (Noruega) os coches esperaban pacientemente ante os pasos de peóns polo si ou polo non ocorríalleme cruzar, e agardaban ata que terminase de facelo. (Aquí, se por algunha rara circunstancia alguén che deixa pasar, aféitache o cu co espello retrovisor).
En Noruega vi cousas que non creriades: Parques cos bancos limpos, rúas con coches tranquilos, papeleiras en bo uso, beirarrúas baixas…
Aquí para facer urbanismo hai que acoirazarse. Para facer deseño urbano hai que partir dun perfil delituoso de cidadán, dun perfil bestiajo. Así non se pode facer nada. Primeiro deberiamos tentar ser cidadáns. É dicir, cívicos.
José Ramón Hernández Correa
Doutor Arquitecto e autor de Arquitectamos locos?
Toledo · marzo 2013
[:en]
A few years ago my father was walking along his neighborhood. It had rained and the soil was wet. One slipped and fell with so bad luck that his chest found in the fall a metallic bollard that broke a rib and bruised him a lung. The rib knit soon and the pulmonary injury was not very serious, but now, taking advantage of a few delicate moments of health, that old injury wants to return to make use.
For all this, these days that I him am turning to that idiot injure, I see bollards throughout. The sidewalks are really bristled of them.

And few kerbs and pedestrian crossings that are free of these «pirulos» have a car above. There is no urban corner that does not have a car above. Up to the cathedrals already they have to put bollards in his doors in order that the cars do not get into the major altar.
We live in a hostile environment, in that it is necessary to make the highest kerbs or obstruct them with pivots, in that every morning on having gone out of house we are greeted threatening by an excrement of dog, in which the drivers take advantage of moments died in semaphores emptying his ashtrays for the windows, that when someone, child or adult, finishes a bauble it throws the paper there same, where it plunders him.
Why are these things done?
Because the public space seems to belong to nobody and does not deserve care or respect. People do not think that public space belongs to everyone, and that we all have to keep it in perfect conditions to enjoy it, and that we all need it. No. It’s not mine, then I do not care.
The public space is the place where we make public life and relate to others. But we are confined increasingly in our homes, in our shelters, without wanting to know anything about anyone. So we are not society, we can not be collectivity.
We live in hostile cities and every time we make them more hostile. I’m not talking about vandalism, it’s not necessary to get so much, but the mere passive indifference, and the contempt that shows the majority of the population.
We can not enjoy common spaces that make us grow and mature politically, but we live isolated, each in his house, which is like a kind of nuclear bunker, and we go out into the street, with disgust and fear, as little as possible. The ideal is not to step on even the public space: Leave the garage of the house already mounted in the car, operate the door with the remote control and flee through the rubble of a desolate world.
In the car (another bubble of privacy essential for many who can not even bear public transport) we are still just like beasts.
It is useless for the avenues of the new developments to be paved well, with firm signs: We fill them with stumbles, «dead guards» and obstacles of all kinds so that the cars do not launch at great speed.
Would it be so difficult to arrive at the healthy conviction of not running, and circulate comfortably along the comfortable road instead of leaving the dampening, the direction and the nephritic calculations every hundred meters?
For that it would be better not to pave the roads. It would be cheaper.
Why do they have to give us a stick to the car every hundred meters?
Because nobody believes that by putting a traffic signal people will respect it.
(It must be said that the current attitude of our authorities in this regard is surprising: Since no one respects a signal or a rule that imposes moderate and sensible limitations, those signals and norms are exchanged for others with exaggerated and absurd limitations, thinking that they are going to fulfill better, as by an avenue in a residential area, people do not drive at 50 km / h, but at 90 km / h, because a signal of 20 km / h is set, and all are so horny).
It is also common to see that in a very wide space, so wide that two cars fit comfortably, there is one parked, right in the middle. So, so to gustito. (I do not see punishment or punishment high enough for these people who occupy two holes because they do.) Maybe some murder can be understood, many robberies and diverse crimes can have an explanation that leads us, if not to support them, at least to to understand them, but to park in the middle of a double hole is evil for evil, absolute evil, without justification or forgiveness, and to throw a paper on the floor as well).
I understand that Julio Cano Lasso said that the degree of evolution and progress of a civilization is inversely proportional to the height of the curbs of the sidewalks. I have searched for the appointment to make sure and copy it well, but I can not find it anywhere. I can not even say it’s from Don Julio; but I say it as they told me.
I subscribe; naturally. Here, in our beloved country, the curbs are never high enough. People scale them with four fours, with hummers, with panzers. Every time there are more climbing and more aggressive vehicles. They squeeze under the statues of the squares, climb the parapets, submerge in the crosswalks …
Now there are many areas in our beloved country (even in my beloved town) that have been paved to the same level, separating only the areas of circulation of cars, parking, bicycles, pedestrians … They have used different types of paving stones, with different arrangements (rope, spine …), and immediately everything has been filled with concrete planters, stone or foundry boloncios, bollards, spikes, etc., so that the space urban has become even more hostile and uninhabitable than before.
I guess everything I say is typical of Latin countries (which, on the other hand, we have a reputation for spending our lives on the street and enjoying it to the fullest). In the Nordics it is something else. The ensembles of the urban centers of Rovaniemi, Jyväskylä and Seinäjoki (Finland) moved me not only because of the wonderful architecture of Alvar Aalto (of course), but because there were flowers, and bike parks full of bikes, and there were no papers thrown away, nor were the cars went up where they should not …
In Bergen (Norway) the cars waited patiently before the pedestrian crossings in case I happened to cross, and waited until I had finished doing so. (Here, if by some rare circumstance someone lets you pass, you shave your ass with the rearview mirror).
In Norway I saw things that you would not believe: Parks with clean banks, streets with quiet cars, litter bins in good use, low sidewalks…
Here to do urban planning you have to iron yourself. To do urban design, we must start from a criminal profile of a citizen, of a beastly profile. So nothing can be done. First we should try to be citizens. That is, civic.
José Ramón Hernández Correa
PhD Architect and author of Arquitectamos locos?
Toledo · march 2013
[:]





Sergio de Miguel [via google+]
somos una ruina como sociedad en muchos aspectos, con unas mínimos
educativos claramente insuficientes, pero la cuestión que el artículo me
trajo a la cabeza fue ¿por qué usamos tan mal el diseño para intentar
solucionar esas deficiencias? se vuelve necesario recordar aquello de
«piensa más, diseña menos», y no una vez…cientos de veces cada vez que
camino por la ciudad o leo ciertas noticias
http://goo.gl/MD6VT