Las fantasías de Bohigas (o las mentiras publicitarias de los catalanes) | Antón Capitel


J.A.Coderch

Creo honestamente que Coderch no es el mejor arquitecto de España en el siglo XX, si es que esta definición tuviera algún sentido. De buscar uno, los mejores habrían sido Alejandro de la Sota o Francisco Javier Sáenz de Oíza. Ninguno de los dos era de Madrid, Sota de Pontevedra y Oíza de Navarra, pero los dos se afincaron aquí. Coderch era uno de los buenos, pero creo firmemente que estos dos le superaron (repito, si hablar de una competencia tal tuviera sentido) y posiblemente también Fisac. A Coderch hay que ponerle en una lista larga de los mejores, desde luego, en la que están también Sota, Oíza, Fisac, Cabrero, Fernández del Amo, José Antonio Corrales y Ramón Vázquez Molezún. O sea, ocho, dos naturales de Madrid, cinco que estudiaron y se afincaron aquí y uno de Barcelona. (Goleada, contraria totalmente a la publicidad catalana).

Conozco muy bien la arquitectura de Coderch. Incluso le conocí a él mismo, pues me encargué (con Javier Ortega y al final de los 70) de hacer un libro para la editorial Xarait (en Madrid) sobre su obra. De aquella pensé mucho en su arquitectura y escribí un artículo, que introduce el libro, y que puede ser consultado. Fue ésta la primera monografía de Coderch, hecha por una editorial madrileña (dirigida por un señor de Santander).

Coderch era buen arquitecto, pero no el mejor. Incluso puede decirse que nunca se midió con los grandes temas, ni siquiera con temas diferentes de la vivienda y de oficinas. Ni fue tan refinado y exquisito como de la Sota, ni fue tan brillante o tan intenso como Sáenz de Oíza. Tampoco fue tan original y creativo como Fisac, un manchego. Coderch fue incluso un poco provinciano. Un arquitecto de provincias, lujoso, pero de provincias; de una ciudad provincial muy buena y lujosa, como es Barcelona. (No se escandalicen; yo pienso que Alvar Aalto fue un arquitecto de provincias, pues Helsinki es una ciudad que no llega en importancia ni a Valencia, siquiera; la diferencia fundamental es que, a pesar de ello, fue un genio, que trascendió por completo su situación y sus circunstancias. Y no es éste el caso.)

Sus temas fueron, sobre todo, la vivienda unifamiliar, y además para burgueses (para burguesones), una de las peores clientelas posibles. Están bien, desde luego, incluso frecuentemente muy bien, pero nunca alcanzó cotas realmente extraordinarias, ni siquiera en la celebrada Casa Ugalde. En la mayoría de las otras abusó muchísimo de recursos un poco tontos como los dientes de sierra, y se copió también mucho a sí mismo. Es decir, nunca atisbó siquiera las excelencias (simplemente en cuanto a las casas unifamiliares) de Wright, de la Villa Savoye o de la Villa Mairea, pongamos por diversos arquetipos. (Pienso en cambio que Sota u Oíza si que atisbaron algunas veces la genialidad de los maestros, en otros temas).

Una de sus obras más importantes (quizá la que más) fue en Madrid, el edificio de viviendas llamaso “Girasol”, en el que se propuso agredir (un poco tontamente) las condiciones del ensanche madrileño y que probablemente no hubiera sido permitido en el barcelonés, (esto es, en el sacrosanto “eixample” del mitificado ingeniero de caminos impuesto por el gobierno central). La vivienda tipo del Girasol es muy interesante y lograda, desde luego, y cumple con creces el intento de Coderch de hacer una vivienda de gran programa sobre un fondo edificado de 30m. y sin patios interiores, aunque con patios a fachada.

Pero cuando la serie (un poco tontamente oblicua, gesto puramente estético y que tan sólo se percibe en planta) llega al final, esto es, a la esquina, el edificio se remata con una planta muy vulgar y una fachada deficiente, indigna de la calle de Ortega y Gasset, que es la principal. La planimetría de Coderch ignora la esquina; o, dicho de otro modo, no sabe resolverla, si no es de forma simplona. Y aunque sale bastante airoso en la fachada a Lagasca, que cuenta con los grandes voladizos y los patios para resolver el volumen, fracasa por completo en la fachada principal. Un edificio convencional, como es el de Ruiz de la Prada, que está justamente enfrente, le da una verdadera lección. Una lección urbana, que es lo que él no acepta ni sabe.

Pero hay más. Coderch (que odiaba visceralmente a Le Corbusier, como a tantas otras cosas), admiraba sin embargo a Wright, a quien imitaba, como hace de hecho en el Girasol, cuya imagen es un trasunto de proyectos como el de St Mark (1929), el de los apartamentos para Chicago (1930) y el del Crystal Heights Hotel (Washington, 1940). Pero en otras cosas no sabe seguirle. Wright, como gran “organicista”, ambicionaba fundir forma y estructura, lograr que constituyeran, casi, una identidad (cuestión que está por ejemplo, y también a imitación del maestro estadounidense, en las importantes obras de Sáenz de Oíza de Torres Blancas y del Banco de Bilbao). Pero, en cambio, Coderch ignora por completo esta importante cuestión, a pesar de querer alinearse con la arquitectura orgánica.

Así, en el Girasol, aparecen rasgos murales que aluden al sistema constructivo de los muros de carga, pero de ello no hay nada. La estructura es una estructura metálica convencional y vulgar, que alguien ha colocado donde ha podido para construir la casa en forma ordinaria. Esto es lo que es profesionalmente provinciano. Coderch, a pesar de su tremenda soberbia, hace lo mismo que sus compañeros más vulgares: le da las plantas a un especialista en cálculo, que le propone la colocación de los soportes en sitios en que no estorben su disposición en planta. Del pensamiento wrightiano no queda nada; en realidad, ni lo conocía.

Uno de sus amigos madrileños, Francisco de Asís Cabrero le dio una lección de primer orden en el gran edificio de la Delegación Nacional de Sindicatos (hoy Ministerio de Sanidad, con otro de sus amigos, Rafael de Aburto), como se comprueba viendo el proyecto para el concurso que hizo Coderch (puede verse en mi libro), algo perplejo entre una solución a lo Perret o a lo Terragni (¿los conocía? ¡Qué va! Incluso presumía de su ignorancia), y que no sabe interpretar bien el lugar en el que actúa, al menos ni se acercó siquiera a los aciertos urbanos del brillante ejercicio de Cabraro y Aburto. Puede decirse lo contrario, por supuesto, como ya lo hizo hace años un sedicente crítico castellonense afincado en Barcelona, pero ello no sería más que una falsedad típicamente catalana.

Lo cierto es que si acordáramos que Coderch es el arquitecto español más importante del siglo XX, no estaríamos haciendo otra cosa que rebajar la calidad de la arquitectura de nuestro país en ese período. Afortunadamente no es así, e incluso una polémica tal no tendría sentido si no conviniera salir al paso de tanta superficialidad.

En cuanto a la otra cuestión, la del franquismo, no merece ni la pena de ser atendida. El franquismo era algo gallego, ¿no?. Y como tal cosa periférica interesaría más a Barcelona que a Madrid. Desde luego Barcelona carece del heroico historial republicano de Madrid defendiéndose del ataque de los franquistas durante toda la guerra civil. Y después de ella, Cataluña y Barcelona fueron tan franquistas como en todas partes, o más en que todas. Además, los burguesones catalanes que encargaban sus grandes chalets a Coderch, ¿qué eran, si no franquistas? Me juego el cuello a que decían algo así como: “Oye, vamos a encargar la casa a ese arquitecto que es tan bueno y que además es de derechas, como Dios manda”. De derechas; o, mejor, dicho, de extrema derecha. O sea, como ellos.

Antonio González-Capitel Martínez · Doctor arquitecto · catedrático en ETSAM
Madrid · noviembre 2011

Antón Capitel

Es arquitecto y catedrático de Proyectos de la Escuela de Arquitectura de Madrid, fue director de la revista Arquitectura (COAM) de 1981-86 y de 2001-09. Historiador, ensayista y crítico, ha publicado numerosos artículos en revistas españolas y extranjeras sobre arquitectura española e internacional. Entre sus libros destacan diferentes monografías sobre arquitectos.

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